miércoles, 2 de septiembre de 2020

"Biblioteca humana" Cuento de Martín Parra Olave.


     Hoy he vuelto a entrar a la biblioteca de mi padre luego de muchos años. He visto los libros y recordé, con miedo, lo que siempre me decía: “hija, yo convierto a las personas en libros”, y volteaba con su brazo extendido para mostrarme todos los estantes con los cientos de libros amontonados uno junto al otro. Yo miraba con asombro todos esos pequeños rectángulos de colores y me imaginaba las razones que podría haber tenido para hacerlo. Entonces, en mi cabeza realizaba un rápido repaso pensando en algunas de las pocas personas que conocía y podían estar ahí transformadas eternamente. Él único que me parecía no haber visto desde hace tiempo era a mi abuelo, por lo que supuse que su forma circular, era más bien gordo, había sufrido una metamorfosis hacia lo rectangular. Yo crecí escuchando esas historias hasta que mi padre desapareció. No podría decir con claridad si fue a los cuatro o a los seis años que me la contó por primera vez, ya que como dije, he vivido con ella desde siempre. La pieza destinada a sus libros, que en realidad llamábamos escritorio no era muy grande, debe haber tenido unos quince metros cuadrados. De los cuatro muros, uno lo ocupaban las ventanas y otro un estrecho closet donde se guardaba de todo.  Las otras dos murallas eran el soporte para los estantes. Esos muebles se miraban a los ojos, como si enfrentados pudieran conversar, como si fueran celdas invisibles desde donde sus presos pudiesen entablar diálogos en voz baja para no llamar la atención. Era evidente, esto lo supe después, muchos años después, que lo que él intentaba hacer era alejarme de sus libros, que no ingresara por ninguna razón a ellos. Sin embargo, una noche que bajé, desde el segundo piso hacia la cocina, en busca de algo para comer y al pasar junto a la puerta cerrada de la biblioteca, escuché una especie de ruido muy similar a una conversación en voz baja. Entonces me animé a entrar sola por primera vez. Mi padre ya no se encontraba con nosotros, pues al segundo año de la plaga salió a  comprar y no volvió más. No hallaron su cadáver ni hubo noticias de que estuviera viviendo en otro lado.  

            Estábamos en el año 2022 en medio de la pandemia que nos tuvo encerrados por varios años en la casa. Las cosas se pusieron muy extrañas y difíciles. Nuestras costumbres cambiaron. Por las noches se escuchaban continuamente disparos y detonaciones, ruidos de sirenas y en ocasiones gritos, sobre todo eso, muchos gritos. Exclamaciones de dolor que recorrían la noche y se metían por las ventanas. Yo me iba a la cama de mamá y me tapaba hasta arriba para no escuchar nada. Fueron cuatro años completos que no fuimos a clases. Estudiábamos en casa, ahí aprendimos a leer, escribir, algo de idiomas, además de algunas cosas relacionadas con las matemáticas y el medio ambiente. Al principio no se podía salir por precaución frente al contagio de una enfermedad desconocida, una enfermedad que nos volvió nuevamente a nuestro lugar de animales frágiles y más propensos a morir. De la noche a la mañana pasamos de amos del planeta a insectos escondidos en sus cuevas, debajo de las piedras, apenas asomando las antenas con mucho cuidado. Cuando se pensó que el virus estaba controlado se permitió salir a la calle, pero nos volvimos a llenar de brotes y rebrotes muy agresivos por todos lados. Las dos vacunas que se probaron a nivel masivo fracasaron estrepitosamente, una generaba un cuadro alérgico grave, y la otra no era lo suficientemente efectiva. A partir de ese momento no pudimos salir más. La forma más efectiva de no enfermar era aislarse. La pobreza y el hambre se generalizó. Había mucho robo, linchamientos y muertes. Con mi hermano mayor, que en ese entonces tenía nueve años, dos más que yo, ideamos un juego en las ventanas del segundo piso, como ya no podíamos salir a la calle por el peligro que significaba, nos pusimos a hacer dibujos con el vapor de nuestras bocas: caras, arboles, pájaros, naves espaciales, algunos animales fáciles de representar y por supuesto, la corona viral. Sin embargo, el juego era peligroso pues no podían vernos desde afuera, ya que la gente que ahora andaba por la calle era gente agresiva, que explotaba frente a la más mínima provocación. Todo se había transformado. El aire había cambiado para siempre, ahora en todo momento sentíamos olor a humo, a plástico quemado, una neblina permanente que no se iba fácilmente. Debió ser a raíz de los constantes incendios que se desencadenaban en la ciudad, a todas horas del día. Como si la vida hubiera desparecido para siempre, como si la vida humana estuviera en otro lado, escondida hasta que todo esto pase. Aprendimos a vivir al borde del precipicio, con la permanente sensación de que todo iba a empeorar.

            Fue por aquella época que decidí entrar, ya sabía leer y quería conocer ese mundo secreto que por tanto tiempo había estado vedado, al principio por la porfía de mi padre y luego por la indiferencia nuestra. Entonces, entré al escritorio de papá, a su biblioteca, con temor pues creía que si tocaba algo, algún libro por ejemplo, iba a salir un rayo y de forma inmediata iba a quedar transformada en uno de ellos. Pensaba lo triste que podría haber sido no alcanzar a despedirme de mi hermano y mi mamá. Verlos entrar, pasar junto a mí y no verme, incluso pensar que podrían vender los libros me estremecía, pues me imaginaba dentro de una caja de cartón por años, en lugares nuevos y desconocidos, sin ser leída jamás.   Así que prendí la luz y mire desde la puerta esperando encontrar alguna pista. Sin embargo, y como toda mente sana entiende, ahí no había nada más que libros, un sillón y un escritorio para sentarse a leer o escribir. Como no había espacio en las pareces ni cuadros tenía colgados. Al día siguiente, le dije a mi hermano que me acompañara pues quería sacudir y limpiar ese lugar “sagrado” de nuestro papá. Obviamente no quiso y tuve que hacerlo sola. Armada con un paño y un plumero comencé quitar el polvo de los estantes y a luchar palmo a palmo por rescatar algunos ejemplares que estaban en manos de sanguinarias arañas de rincón. Estuve toda una mañana haciendo ese trabajo. Pienso que si el escritorio hubiera tenido más luz y algo de humedad, más de alguna planta habría surgido de aquellas estanterías.  Los iba sacando en grupos de cinco para sacudirlos y luego los dejaba ahí mismo, no quería hacer cambios. Ya vendría el momento de analizar, por ahora quería solamente dejarlo habitable para poder entrar y leer en él.    Al finalizar la tarde ya estaba todo casi listo. Solamente me quedaba sacudir las cosas que estaban sobre un pequeño mueble donde se podía poner el computador. En su lugar había unas  un montón de hojas anilladas, algo polvorientas aún, pero que rápidamente limpié con el paño que tenía en la mano. El título era “Biblioteca humana” y al abrirlo sentí un extraño estremecimiento corporal que por un segundo me nublo la vista.


*Martín Parra es Magister en letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha participado en diferentes congresos y ponencias sobre literatura latinoamericana, tanto a nivel nacional como internacional. Además, realiza contribuciones como reseñas y ensayos en diferentes medios electrónicos.  Escribe poesía y narrativa desde que tiene uso de razón. En la actualidad prepara un libro de poesía, además de estar trabajando en un libro de relatos que obtuvo financiamiento concursable del Fondo del Libro 2020.

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