viernes, 10 de julio de 2026
"Guardianes del silencio" fotografías de Claudia Rivarelli
jueves, 2 de julio de 2026
“Las Flores de la Vida” cuento de Claudia Rivarelli
Giuliana era una joven artista plástica que se encontraba en la galería de los Uffizi en Florencia, Italia, frente al cuadro “La primavera” de Botticelli. Además, estaba por recibirse de profesora de historia del arte y tenía que presentar su tesis.
Ella tenía en su mano una grabadora, con la cual registraba los detalles pictóricos de la obra.” Los colores suaves y luminosos de la pintura creaban una atmósfera luminosa y etérea, que contrastaba con el verde oscuro de la vegetación y el azulado de la figura de Céfiro.
Mientras se deleitaba admirando el cuadro y grabando detalles, las figuras empezaron a cobrar vida. Esta quedó atónita ante este magnífico acontecimiento.
Mercurio con sus ropajes rojizos y vaporosos, se acercó a ella y le dijo: “Jovencita, ¿por qué observas solo la superficie?
Observa más detenidamente el movimiento, la danza de las Gracias, la pasión de Céfiro, la serenidad y delicadeza de Venus, la belleza de la metamorfosis de Cloris en Flora, al pequeño y travieso Cupido y toda la magnífica variedad de flores que hay. Esto no es solo un jardín, es un paraíso donde la naturaleza y los dioses conviven en perfecta armonía.
Me presento, soy Mercurio, el dios de la elocuencia, protector del ingenio y guardián de la paz. Represento la comunicación con lo divino y la aspiración humana a la unión con Dios, por eso miro hacia arriba. También soy la superación de la tristeza y la llegada de la alegría de la primavera.
Empezó a observar los diferentes personajes del cuadro con más esmero y empezó a preguntar con curiosidad y cautela: “¿Y tú por qué eres distinto de los demás?” —
preguntó curiosamente, dirigiéndose a Céfiro.
La figura de Céfiro se presenta en tonos azulados, como vaporosa, en contraste con las demás figuras.
Céfiro, un poco altanero, respondió: “Soy la fuerza que impulsa la vida, la pasión que transforma la tierra en primavera, pero sin la razón de Mercurio sería incontrolable. Soy el dios del viento asociado con la primavera.”
Giuliana se dirigió hacia las tres Gracias y les cuestionó: “¿Qué simboliza su danza?”
Las Tres Gracias, mientras danzaban en círculo sonrientes y con un aura etérea, simplemente se detenían para responder a Giuliana.
“Somos: Aglaia, Eufrósine y Talia. Es la danza del amor, querida. Representamos las diferentes facetas del amor: dar, recibir y compartir. Lo honramos con nuestro baile.
Luego se dirigió a Venus, que vestía una túnica ceñida al pecho y un manto rojo símbolo de pasión. Tiene la mano levantada con elegancia.
Le dijo: “Y tú, Venus ¿crees en el amor verdadero?”
Venus la miró y opinó serenamente:
“Soy la diosa de la belleza y el amor. El amor verdadero que da sentido a la existencia. Pero este requiere mucho cuidado y esfuerzo; no todos están dispuestos a luchar por él. Soy la mediadora entre lo terrenal y espiritual”
Giuliana se quedó fascinada con la vestimenta de Flora, una túnica blanca vaporosa adornada con flores y semillas. Flora esparce flores de su vestido simbolizando la primavera y la fertilidad.
Giuliana le pregunta: “¿Crees en el renacer?”
“Me llamo Flora y soy la diosa de las flores y la primavera”, exclamó con tono dulce y angelical. “Soy la renovación de la belleza efímera que renace cada año en cada flor. Represento la abundancia y la fertilidad de la primavera. Soy el renacer de cada bello pimpollo.”
“¿Y tú, pequeño travieso, porque tienes los ojos vendados?”
Cupido pícaramente le dice: “Soy el dios del amor y la pasión. Porque el amor no se ve, se siente. El amor está impulsado más por las emociones y los sentimientos que por el pensamiento racional”
Giuliana entendió que la obra no es solo una representación de la naturaleza, sino una metáfora de la vida.
La primavera con su explosión de colores y vida era un reflejo del potencial humano, de la necesidad de encontrar el equilibrio entre el amor, la pasión, la razón y la belleza.
La obra de Botticelli, como la vida, era un ciclo constante de transformación y renovación constante donde la belleza y el amor se entrelazan en una danza eterna.
Mercurio, sonriendo, le dijo a Giuliana:
“Ahora, jovencita, lleva este conocimiento contigo. La primavera está en tu interior; recuerda que todo es un ciclo de renovación constante”.
Con Estas palabras las figuras se desvanecieron, dejando a Giuliana contemplando la obra, con una nueva comprensión de la belleza y la filosofía que Botticelli había plasmado en ese sublime cuadro.
*Claudia Rivarelli es una autora uruguaya de varios cuentos y diseñadora de vestimenta. Algunos de sus cuentos son: Pequeñas señales en Exequias Piadosas (Antología de duelo y pérdida), Carta a mi abuelo en Palabras que nunca llegaron (Antología epistolar), Querida mamá en Pólvora en las márgenes (Antología epistolar), El jardín de mis sueños en Entre todos Uruguay (Antología con escritores de Paraguay), El abrazo del barrio en Happy Ending (Antología solidaria), Las flores de la vida en El jardín del absurdo (Antología de ficción filosófica), Maldita guerra en A contrafoco del mundo (Antología de monólogos), Melodías prohibidas y En la mira en Lo que guarda el corazón (Antología de romance), Segundas oportunidades en el corazón de la ciudad (Antología de relatos de la calle). Secreto inconfesable en Huellas en el pavimento (Antología libre), Entre pétalos y alas (Antología de duelo y pérdida), Maldito cáncer (Antología de monólogos) y Carta a mi hermano desaparecido en la dictadura (Antología epistolar). Cursó estudios en la Facultad de Comunicación y Bellas Artes. Autora políglota (inglés, italiano, francés, portugués). Además, es dibujante, ilustradora, fotógrafa y publicista. En audiovisual se destaca como actriz, voiceover, vestuarista y guionista.
viernes, 19 de junio de 2026
"Tiempo" poemas de Fiorella M. Pacheco
El tiempo termina siendo polvo
Ante todo tu arte que ver imploro
Cada rasgo que emite mi carbón
Me hace sentir que de verdad soy quien soy
No alguien que teme de ser
Ni que se guarda por el qué dirán
Sino aquella mente que encontró su alma
Aquel cuerpo que liberó su espíritu de la carga
Un recuerdo sufragando en el olvido del que vivo
Porque sería ingenuo pensar que no es a lo que he venido
El tiempo termina siendo polvo
Cuando tu arte también es parte mi nido
Mi nido tu mundo tu mundo mi nido
“Te observé brevemente antes de irme
Dormías en nuestra cama de sábanas blancas enredada a tu almohada
Esbozabas una pequeña sonrisa
Seguro es porque te sientes tranquila
Tu cabello alborotado, muestra de la pasión que vivimos anoche
Tu cuerpo desnudo siendo tocado por la brisa que entra por la ventana
Tu libro en la mesita de luz, que dejaste a medio leer porque emocionada me contaste sobre tu futuro
Dulce mujer, jamás estuve tan cerca de tocar el cielo
Verte crecer y darle rienda suelta a tu anhelo
Ojalá me alcance la vida para decirte cuánto te admiro
Ojalá me alcance la vida para darte los besos que ayer no nos dimos”.
Nada se asemeja a ella,
porque fue nombrada como el mal
por buscar hacer el bien,
por despertar un corazón dormido,
por alzar su voz que yacía en el olvido.
Nada se asemeja a ella,
que creó las rosas naciendo de las espinas,
porque su lugar le fue arrebatado
por un mundo que creía en una sola salida.
Nada se asemeja a ella,
Adan,
desde tus tiempos nuestra condena.
Nada se asemeja a ella,
que caminó en la arena caliente,
sirvió de templo y de puente.
Nadie agradeció,
más siempre callada y risueña debió ser,
aunque sus sueños una y otra vez,
hayan sido devorados por la imagen de la “mala suerte”.
Nada se asemeja a ella,
estandarte de batallas,
porque madre es de la Tierra,
aunque los más poderosos nunca parezcan de esa pertenencia.
Nada se asemeja a ella,
porque es creadora de la palabra vida,
que su templo algún día elija serlo,
porque nos han bendecido y maldecido.
Nada se asemeja a ella,
porque renacer de las cenizas de alguien más
nunca fue para lo que ella había nacido.
Nada se asemeja a ella,
porque su lucha también es mi guerra,
porque cuanto más observo a mi alrededor
más me doy cuenta.
Nada se asemeja a ellas,
que por querer ser,
fueron entregadas al infierno,
y que su portavoz sea nombrado ángel caído
cuando en realidad fueron ellos los que corrompieron lo bendito.
Nada se asemeja a ellas,
porque fueron nombradas como el mal
por buscar hacer el bien,
por despertar un corazón dormido,
por alzar su voz que yacía en el olvido.
jueves, 15 de enero de 2026
"Letras aladas" Poemas de Washington Daniel Gorosito Pérez
La palabra poética es pájaro.
En su vuelo,
para hablar con los dioses
esquiva las lanzas del astro rey,
dejando a su paso cristalitos de mar aéreo.
El verbo incandescente
hace que la neblina de la tinta
se vaya disipando.
Fluyen letras en bandadas
tejiendo poesía en movimiento
y al nacer los versos
son coronados con aureolas
de polvo solar.
LAS NO PALABRAS
Máquinas y pájaros
comparten las alturas.
Alas metálicas
contra plumas multicolores.
Los pájaros ya casi,
no tienen cielo.
Sus ojos gotas de miel
observan polimorfos objetos.
La palabra en vuelo
el viento la empuja.
Y, los versos laten
con la calidez del verbo.
Un poema rompevientos
es festejado por los aleteos rítmicos.
En la biblioteca de los pájaros
sólo hay poesía.
Y, la brisa acarrea
las no palabras.
LETRAS ALADAS
Seré un pedazo de tierra.
Seré surco donde plantarán
semillas de poesía,
y surgirán versos
que nacerán lagrimosos.
Carrusel de letras girando silenciosas,
versos que romperán el tiempo,
esperados por pájaros ansiosos,
ávidos de nuevos poemas
que no comieron ni una semilla
las cuidaron,
volando en círculos concéntricos
multicolores.
Aromas de letras calientes
versos dorados
recién horneados.
Pan de letras,
nutrientes del espíritu
volarán muy alto.
Poesía con alas.
ALZANDO EL VUELO
Una realidad armada a pedacitos,
entre sueños y realidades
desplegando metáforas
letra por letra,
construyendo palabras
pulcramente
buscando las coordenadas nuevas del camino,
en una conjunción de silencios,
rompiendo
el eco de la perpetuidad,
reflejada en una luna
roja y negra
de sombras redondas.
Desplegando brazos de pájaro,
alzando el vuelo.
Destino:
llegar al amanecer
persiguiendo a la luna
mirando al horizonte eterno,
engendrando versos
entre la noche y el alba.
JAULA POÉTICA
Los boliches están vacíos,
sólo una sombra camina por los pasillos.
Se cierra el día inexorable,
el borrador de conciencias nocturnas
huye por las cornisas,
techos mudos y mojados.
En la tarde,
llovió a cubetazos
es decir a montones.
Por la calle del tiempo
vuela el polvo del olvido,
azotado por el látigo
lento y doloroso de las horas.
Todo seguirá en su lugar,
los libros ahogados en sus tintas,
ríos de letras oxidadas
de cobrizos colores.
Las palabras son testigos,
poesía eficaz eternamente
verbos conjugados a sol y luna
metáforas,
imágenes ciegas,
escritas sobre mesas chuecas.
Dócil, frágil, volátil,
como una hoja seca
acariciada por el viento.
Estás encerrado,
en tú jaula de papel,
viviendo la soledad-fragilidad del pétalo
como un grano
en un reloj de arena.
miércoles, 19 de noviembre de 2025
"Crónica de una palabra diminuta" por Mónica Cabrera López
Una brisa sutil —más suspiro que vientecillo— se coló por la rendija de
la ventana. Fue apenas un aliento, pero lo bastante perceptible para despertar
a Don Papiro, que dormía extendido sobre el escritorio, entre migas de galleta
y manchas redondas dejadas por la taza de café.
—¡Ha llegado el momento! —exclamó, con voz de pergamino antiguo—. Hoy
debemos prepararnos para dar comienzo a una historia.
A su lado, Carboncillo, un lápiz corto, mordido y cansado, rodó
perezosamente, sin entusiasmarse.
—¿Otra vez con eso...? —gruñó—. ¿Qué historia, Don? Si el tipo que vive
aquí no escribe una línea desde hace tres inviernos.
—¡Por eso mismo! —replicó Don Papiro, inflando su superficie como si
pudiera erguirse—. Hoy será distinto. El destino nos ha elegido, Carboncillo.
Tú y yo seremos los peritos de una epopeya.
Carboncillo suspiró. Ya no tenía suficiente mina ni para dibujar una
ceja arqueada.
—Mire, Don... con todo respeto: soy medio lápiz, usted es una hoja
arrugada, y el escritor lleva días mirando el cursor parpadear como si fuera
una luciérnaga agónica. No hay historia. No hay tinta. No hay musa.
—¡Pero hay fe! —tronó Don Papiro—. ¡Y mientras haya fe, hay posibilidad
de verbo!
Carboncillo rodó un poco más, resignado. Ya conocía ese tono de su
amigo: era el preludio de alguna locura tierna.
En el rincón más sombrío del escritorio, la Goma suspiró con fastidio.
—Otra vez esos dos —murmuró—. ¿Cuántas veces habrá que borrarles las
ilusiones?
—Shhhh... —la interrumpió la Regla de madera, que todo lo medía—. Deja
que sueñen. El mundo necesita de locos como ellos.
En cuanto Don Papiro declaró su cruzada, las vibraciones se propagaron
por el escritorio como un llamado ancestral. No tardaron en llegar los otros:
la Goma, siempre suspicaz; la Regla, recta y ceremonial; el Sacapuntas,
excéntrico y gruñón; y la Pluma Fuente, que vivía retirada en su estuche de
terciopelo, convencida de que ningún siglo posterior al XIX merecía su tinta.
—¡Este papel se ha vuelto loco otra vez! —protestó la Goma, rebotando
ligeramente sobre sí misma—. ¡No aprendió nada desde aquel cuento incompleto de
2011!
—No es locura —intervino la Regla, colocándose en el centro del escritorio
como si fuera a dictar sentencia—. Es exceso de esperanza, que a veces es peor.
—¡Cállense todos! —interrumpió el Sacapuntas, que había sido traído de
Argentina y conservaba cierto tono tanguero—. ¿Quién de ustedes ha sentido la
emoción de girar y girar hasta dar punta a una idea?
Todos lo miraron en silencio.
—Exacto —continuó, inflándose—. Solo yo. Así que déjenlos. Si el papel y
el lápiz quieren jugar a ser inmortales, déjenlos. ¿Qué otra cosa nos queda?
—Nos queda dignidad —sentenció la Goma—. Y yo no pienso desgastarme otra
vez borrando palabras huecas.
En un rincón, Carboncillo observaba en silencio. Había escuchado todo,
como siempre. Y aunque no creía en epopeyas ni finales felices, sabía que Don
Papiro lo necesitaba. Y eso, aunque absurdo, era razón suficiente.
Se aproximó al borde del escritorio, donde su amigo lo esperaba, vibrando
de emoción.
—Muy bien, Don. Si está convencido de hacerlo... lo haremos, pero será a
mi manera.
Don Papiro permanecía inmóvil. Estaba en silencio desde que la asamblea
se había dispersado entre murmullos y bostezos. Carboncillo, que lo conocía
bien, sabía que aquella quietud era peligrosa.
—Don... —dijo en voz baja—. ¿Está bien?
Don Papiro no respondió. Solo se estremeció al paso de una corriente de
aire que olía a tinta seca y tiempo perdido.
—¿Por qué no me responde?
Emitió un sonido. No fue un suspiro, sino algo más profundo: un crujido
melancólico. Como si le doliera no haber sido escrito nunca.
—¿Y si esta vez sí? —aventuró Carboncillo, con el tono de quien no cree,
pero quiere creer.
Don Papiro respondió con una voz delgada, apenas audible:
—Es que… si no soy historia, ¿qué soy?
Carboncillo sintió un nudo en su astilla. Se arrastró hasta el borde
superior de Don Papiro.
—Tal vez no logre una epopeya… —dijo, mientras apuntaba la mina contra
la superficie blanquecina—. Pero puedo grabar en ti una palabra.
—¿Cuál? —preguntó Don Papiro, esperanzado.
—No lo sé aún. Las palabras no se piensan, Don. A veces surgen solas,
como migas del alma —respondió, y con la poca mina que le quedaba escribió:
"Despertar."
El trazo no fue firme, ni elegante, pero fue trazo.
Don Papiro se emocionó. Contuvo las lágrimas, temiendo que el agua
borrara esa única palabra, pequeña y temblorosa. Por primera vez, ya no era
solo una promesa vacía: tenía contenido, tenía inicio.
Desde su estuche, la Pluma Fuente lo observó con curiosidad. La Goma,
pese a sí misma, sintió un estremecimiento en su caucho. El Sacapuntas giró
sobre su eje, murmurando:
—Valientes, los dos.
Afuera, la lluvia comenzaba a cesar. Dentro, aunque el despacho
continuaba en penumbras, como todos los días desde hacía meses, algo —casi
imperceptible— había cambiado.
El escritor —despeinado, con la barba crecida y los ojos agotados por el
desvelo— se acercó al escritorio arrastrando las pantuflas, resignado a perder
el tiempo con dignidad.
Se sentó, sin mirar. Apoyó el codo sobre la mesa y, por puro hábito,
tomó el lápiz más cercano.
Carboncillo contuvo la respiración, si es que un lápiz puede hacerlo.
Don Papiro crujió suavemente de emoción.
La mirada del escritor se posó sobre la hoja arrugada y leyó, con asombro,
la única palabra escrita en ella.
Esa palabra lo golpeó sin violencia, pero aun así lo sacudió. Sintió
algo en su pecho —dormido hacía mucho— girar sobre sí mismo como un engranaje
viejo que vuelve a funcionar.
Instintivamente, llevó a Carboncillo al Sacapuntas y lo giró. Una, dos,
tres veces.
Carboncillo, entre vértigo y júbilo, gritó en silencio. Don Papiro
hubiera aplaudido… si hubiese tenido manos.
El escritor se acomodó, irguió la espalda, respiró hondo y comenzó a
escribir. Una primera frase. Luego otra. Y ya no pudo parar.
Mientras las letras se enhebraban como perlas tímidas en el cuerpo de
Don Papiro, todos los objetos del escritorio permanecieron en silencio e
inmóviles. Solo la Regla —por una vez— se permitió desviarse un milímetro.
La historia había comenzado. Y aunque no era perfecta, era la historia
que Don Papiro siempre había soñado.
*Mónica Cabrera López nació en Montevideo, Uruguay. Desde muy joven se sintió atraída por el lenguaje y el conocimiento, lo que la llevó a emprender estudios de Derecho. Pero no fue entre códigos y leyes donde encontró su voz, sino en los ritmos más exactos y desafiantes de los números. Así fue como cambió las letras jurídicas por la Administración de Empresas, en busca de un lenguaje propio para interpretar el mundo. La vida, generosa en movimientos, la llevó a habitar distintos países de América Latina y el Caribe. Cada lugar dejó en ella huellas, preguntas, historias. Hoy reside en San Antonio, Texas, pero su mirada conserva esa amplitud nómada, forjada entre culturas, paisajes y acentos distintos. Su escritura nace de esa confluencia entre la lógica y la emoción, entre la estructura y la intuición. Escribe desde la certeza de que cada experiencia, cada desplazamiento, es también una forma de narrarse. En 2023 publicó su primer libro, La vida en un Cuento, disponible en Amazon.
viernes, 24 de octubre de 2025
"Una palabra tuya bastará para sanarme" poemas de Regina Ramos
TELARAÑA
SOBRE HERRADURAS
Tengo el magnetismo del campo estampado en la remera.
Aro cuando taconeo la hoja que va rumiando
La Femme Natura Fatale.
Son chistosas nutrias pulso y palabra
que se zambullen presurosas ante la amenaza del olvido y
arrastran tierra hacia adentro de la letra.
Sobona en los garrones se me engancha algún verso
a veces se posa cabizbajo como un tordo,
tordo verso reflexivo.
Pieza del puzzle de la noche bohemia
o águila posada en el ombú existencialista.
Soy de madera
acacia
de pasto-gramilla.
Tengo las manos ásperas con aroma a eucaliptus
pero a veces madre selva.
La mujer bicho.
Negada de elegancia
con desolación de tapera y robustez de monte.
Para mí no se hizo la esbeltez o el histrionismo,
sí un objetivo y un intento.
Hay un manto de pradera que recubre una pieza
esa que solo muestro cuando asoman los dientes
cuando burla la ciudad:
valor.
lunes, 21 de julio de 2025
"El peso de la memoria" relato de Mónica Cabrera López
Una interminable consecución de listones de maderas serpenteaba y se perdía en el horizonte.
El parque nacional de los Everglade estaba pronto a cerrar por el día. Entonces llegaste tu, Hana, cuando solo disponías de una hora y media para recorrerlo. Te fijaste que no había nadie esperando en la casilla de venta de entradas, ni tampoco sobre el sendero que se divisaba a no mas de cien metros.
Con tu tiquete en mano, te dirigiste con determinación y con una curiosidad casi infantil hacia el camino.
El sonido de la naturaleza lo inundaba todo, percibías al unísono el croar de las ranas, el aleteo de las garzas, el canto de las aves, el sonido de los tallos quebrándose por el deslizar de criaturas que tu no llegabas a distinguir.
Te volviste a preguntar por enésima vez, que impulso absurdo te había empujado a tomar esa decisión. No te referías a “esta” decisión, a la de internarte en el parque, habitado por animales y alimañas desconocidos, donde el calor, la humedad y el enjambre de mosquitos te estaban atormentando, sino a la decisión de abandonar tu Fairbanks natal y trasladarte al extremo sur del país, en busca de un cambio drástico de vida.
Ahora no estas tan segura de la elección. Meses atrás renunciaste a tu trabajo, vendiste la casa materna y subastaste hasta el ultimo mueble. Solo te aferraste a tu vieja camioneta Ford Expedition, donde cargaste descuidadamente, seis cajas con libros, otra con fotos y recuerdos y dos maletas viejas con ropa y zapatos.
No te animaste a despedirte de nadie, tenias la certeza que las fuerzas te flaquearían si debías mirar a los ojos a tus amigos, que los abrazos de ellos te retendrían en ese lugar por siempre.
Por eso, ingresaste automáticamente la ciudad de Homestead en Waze y emprendiste la marcha sin mirar atrás. Un largo viaje, que te tomaría mas de doce días en completar, donde cruzarías cuatro estados Canadienses y nueve en territorio americano.
Con veintisiete años y una licenciatura en literatura te abriste camino a lo desconocido.
Aunque tu madre te había dado la libertar de escoger la carrera, hay momentos en que no te sientes segura de haber elegido bien; por esa razón no te fue difícil renunciar al puesto de profesora en Hutchison High School.
En Alaska quedaron todos los recuerdos y las vivencias de mas de dos décadas de existencia. Una sucesión de eventos que tu no sabría como encasillarlos, porque siempre van mezclados de instantes felices, adversos, dichosos, rutinarios, decepcionantes.
Se agolpan en tu mente los recuerdo del año anterior y te vuelves a conmover, han estado signado por la tristeza y la desilusión. Estas segura que todo eso ha conspirado para que los veintiséis años vividos en Alaska, se diluyeran como lagrimas en el mar. Ese ha sido el motivo que te ha hecho huir, que te ha creado una necesidad apremiante de alejarte, de ver el mundo, de hacer cosas nuevas; te sentía lo suficientemente libre y fuerte para comenzar de nuevo.
Ahora caminas lentamente, con la cabeza llena de recuerdos y el corazón apretado por la incertidumbre. Ante tus ojos se abre la vasta extensión del pantano. El color indefinido del agua turbia permanece prácticamente oculta bajo la interminable propagación de juncos, donde solo interrumpe la monotonía del paisaje algunos arboles cipreses.
El camino de madera es sinuoso y se elevaba a unos dos metros sobre el nivel del suelo. El cielo azul prístino resplandece por el brillo intenso del sol. Un olor acre producto del agua estancada y la putrefacción de la vegetación acuática inunda tus sentidos.
Espantas fastidiada los mosquitos que te persiguen sin piedad y retienes el aire por unos segundos. Lamentas haberte vestido en forma tan inadecuada para la ocasión. Esa musculosa corta de algodón que solo cubre tu busto poco desarrollado y ese short de jean dejan tus piernas largas, exponen por completo tu cuerpo a la tentación de los insectos.
El calor es, sin lugar a dudas, lo que mas detestas de este nuevo destino. Sientes que aún completamente desnuda el sudor te cubre entera. Tu primera semana en Homestead, Florida, te ha parecido insoportable y la has catalogado como surrealista. Todo te ha resultado ajeno, el ingles ha sido desplazado por el español, las personas visten con tantos colores y los olores de platos de comida son tan distintos a los que estabas acostumbrada.
Aunque no te fue difícil encontrar un pequeño apartamento para alquilar, una vez dentro, no te has tomado el tiempo de abrir ninguna de las cajas. Hasta las maletas han permanecido sin deshacer, tu excusa es que la ropa mas liviana que habías empacado no es lo suficientemente ligera y por esa razón has salido a comprar mas prendas de vestir.
Te has tomado el tiempo de recorrer las calles de la ciudad y el área suburbana, dedicada a la actividad agrícola, pero lo has hecho con desgano. Con esa misma actitud comenzaste a buscar trabajo, por eso te ha sorprendido la facilidad y la rapidez con que lo haz logrado. Sin embargo, y a pesar de tener resuelto lo de la vivienda y lo del trabajo, continuas sin desempacar la mudanza Hana.
Muy a menudo sientes impulsos de volver a cargar la camioneta y huir, como lo hiciste hace un mes atrás de Fairbank. Se también, que no quieres regresar a Alaska, sino continuar recorriendo el país, quizás hacia el oeste, que estas buscando “tu” lugar.
De pronto, un sonido fuerte, desgarrador, desconocido te desconecta abruptamente de tus pensamientos, te hacen regresar en mente y cuerpo al sendero de madera. A tu derecha, dos caimanes están disputándose el cuerpo inerte de una pobre garza blanca, desmembrado su cuerpo sin piedad.
Horrorizada desvías la mirada, te aterra observar esa escena. Te detienes en seco en medio del sendero. Una tristeza infinita te invade por entera, un dolor intenso se instala en tu pecho, experimentas pena incontenible por la garza, por tu madre, que ha muerto nueve meses atrás víctima de un cáncer atroz, por tu novio que te ha abandonado sin explicación cuando todo se derrumbaba a tus pies. Sientes pena por ti, Hana, porque te encuentras en el medio de la nada, comida por los insectos y achicharrada por el calor abrazador del sol.
Te desplomas sobre las tablas de madera y abrazando fuertemente tus piernas con los brazos, hecha un ovillo, te hechas a llorar. Lloras Hana, lloras por todo lo que no has llorado lo suficiente, lloras por tu amada madre muerta, por el miedo atroz al futuro incierto, por la garza blanca…Lloras Hana, por que en este instante sientes envidia la suerte de tu madre, sientes envidia de la garza blanca.
*Mónica Cabrera López nació en Montevideo, Uruguay, un día de invierno de 1966. Estudió leyes y, casi simultáneamente, Administración de Empresas. Abandonó las leyes porque no eran el tipo de letras que la motivaban, y decidió perseguir los números. Actualmente vive en San Antonio, Texas, pero la fortuna la ha llevado a residir en diferentes países de América Latina y el Caribe. Hace dos años publicó su primer libro, titulado La vida en un Cuento, el cual se puede encontrar en Amazon.
jueves, 24 de abril de 2025
"Un café" poemas de Federico Rizzo Sebben
esencia de ser
existencia humana de
caleidoscopio
Siglo XX
La niebla envuelve
al Hombre,
fragmentado en
un
esmirriado
grito ahogado.
Escuálido esqueleto
deambulando sobre el
fango de Ávalon…
Solitario espíritu,
¡oh pequeño Adán de las
manos
de Dios olvidado!
Un café
Un café
humea,
una crema
nada
en el mar
Oscuro…
eco de voces
disueltas
en cada cucharada,
caricia del sorbo
tibio y
un cigarrillo
se consume en
la ciudad;
Siglo XXI
Crepúsculo psicodélico,
importación de credos,
vida en mariposas
al viento marchitas.
Putrefactos
tubérculos,
de sangre gota gélida.
En heces andantes gusanos.
Cambalaches de
ilusiones.
Calidoscopio mediocre.
Crepúsculo psicodélico.
*Federico Rizzo Sebben. Uruguay. Vive en un balneario de nombre mítico: Atlántida. La literatura lo acompaña en su vida. Ha obtenido premios en certámenes literarios a nivel nacional e internacional. Posee tres libros de narrativa breve publicados: Los misterios del castaño (2017), Caleidoscopía (2024) y Acenizados (2024).
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