No era culpa de los cigarros, aunque eso dijeran todos, no. La enfermedad era por ese maldito encendedor de plata, que tanto quise un día, y del que ya no puedo deshacerme.
Lo había heredado de mi tío, el señor Petrov, un rumano de mal talante cuyos pocos amigos solían llamar Van Dracul, por pertenecer a la estirpe de aquel conde tan difamado y haber tenido, durante la adolescencia, una gran fascinación por el ocultismo y la magia oscura. Cuando se casó, tuvo que dejar de lado aquellas “niñerías que no conducían más que a la locura de las mentes brillantes gobernadas por salvajes impulsos”, como las llamaba mi padre. Sin embargo, mi madre solía mencionar, solo cuando mi padre no se hallaba presente, que el tío Van nunca dejó del todo su afición, pues en su casa aún se veían adornos y libros relacionados al esoterismo.
Debo admitir que a mí las
fantasías del tío Van no me resultaban desagradables. Cuando mi madre murió yo
era aún un niño. Quedé al cuidado de mi tía, así que pasaba mucho tiempo en la
biblioteca de la vieja casona, hurgando libros y antigüedades, y haciéndole una
que otra pregunta a mi tío, que solía leer en algún vejado sillón. Aunque con
un dejo de impaciencia, me respondía, en el fondo agradado por mi curiosidad. Sé
que sentía gran cariño hacia a mí. Aunque con sus hijas y su esposa apenas si
cambiaba algunas palabras, conmigo mantenía largas conversaciones y más de una
vez me obsequiaba alguno de sus tesoros.
Fue por ese cariño que ata a
las almas símiles que acudí sin reservas cuando, ya muchacho y residiendo en un
alojamiento cercano a la facultad, me mandó llamar. Charlamos sobre temas
diversos. Recuerdo que me aconsejó, como solía hacer, no involucrarme en la
política argentina; yo había tenido deseos juveniles de convertirme en abogado.
No por primera vez, me felicitó por estudiar medicina. Me atreví a contarle del
sentimiento de soledad que me invadía a menudo. Las conversaciones me aburrían,
en las fiestas me sentía incómodo y las mujeres se me figuraban fuera de mi
alcance. Fue entonces cuando sonrió como siempre que tenía una ocurrencia,
abrió el cajón de su escritorio y extrajo de allí lo que en principio me
pareció un cuadrado brillante. Cuando me tomó las manos y lo depositó en ellas,
pude apreciar un antiguo encendedor de plata. Era fino; tenía incrustados un
par de rubíes en el costado. “Este perteneció a un viejo conde solitario, que
no hallaba el gozo ni en el amor, la fortuna o la amistad, sino en descubrir
secretos y conversar con las almas del más allá. Para acompañarse, encerró en su
encendedor de plata a una bestia desconocida, que solo se le aparecería en
medio de la soledad más profunda. Algunos dicen que el hombre murió feliz;
nunca más sintió la pena de la soledad. Otros murmuran que fue un pobre
desdichado, que no supo domar a la bestia, y dejó que sus ojos rubí poco a poco
devoraran su alma, fumando hasta perecer. Vos, muchacho, averiguarás la verdad
tras el mito” relató mi tío.
Aquella historia del conde era
parecida a muchas otras que le había oído a mi tío, y no me perturbó demasiado.
Además, mi tío ya era un hombre anciano, que de vez en cuando confundí sus
cuentos con hechos. Me alcanzó el encendedor con aquella mano blanca y huesuda
que siempre me hacía recordar los grabados sobre la danza de la muerte en sus
libros del medioevo.
Me lo guardé, aunque no solía
fumar. “Si domas a la bestia, Ignatio, nunca más estarás solo”. Mi tío
me despidió y marché a casa. Era sábado y nada tenía por hacer. Esta
perspectiva me apenó algo. Debo admitir que mi humor era bastante cercano al de
mi tío en ocasiones, y era esta causa de mi vida solitaria. La solución que mi
tío sugería era atractiva: fumar para entretenerme. Compré, con alguna torpeza,
cigarrillos; había gran variedad y tarde en decidir. Finalmente, escogí unos ducados.
En la habitación, tomé un pucho del paquete y saqué el encendedor de plata. Lo
observé unos momentos, acariciando la carcasa. Pude entender las historias que
provocaban en hombres imaginativos esos dos rubíes, que realmente parecían ojos
que devolvían la mirada desde el infierno. Solo al tercer intento pude prender.
Al principio tosí
estrepitosamente, con el rostro inclinado hacia el suelo, intentando escupir.
Agradecí la soledad en que me encontraba. Cuando entendí como debía inhalar, me
divertí unos momentos, viendo el tabaco quemarse, la ceniza caer y el humo flotando,
envolviéndome en densas nubes. Al momento, sin embargo, al alzar la cabeza, descubrí
que algo extraño sucedía. La neblina blanca se desvanecía, dispersándose hacia
la ventana abierta, pero no del todo; una especie de sombra se cernía sobre mi
cuerpo, una sombra con la figura de una mujer. La curiosa figura era, sin
embargo, transparente, casi invisible. No alcanzaba a conformarse, pero pude ver
que era curvilínea y de largos cabellos.
Cuando acabé el cigarro,
desapareció por completo. Me invadió el deseo insensato, casi infantil, de
verla nuevamente. Me comprenderán quizás; yo vivía solo, no hacía junta con
gente de mi edad y no me atrevía a mirar a los ojos a una muchacha, y mucho
menos a hablarle. Así que encendí un nuevo cigarro y la mujer volvió a
aparecer. Esta vez parecía algo más corpórea, pero a la vez más etérea: cada
vez que el humo ingresaba a mis pulmones, esa mujer se metía también, en parte,
dentro mío, o yo pasaba a estar dentro suyo. Esa divinidad femenina de negros
cabellos me tomaba, me acariciaba el cuerpo. Justo cuando sentí que nos
entendíamos, que alcanzaría a acariciarla con mis dedos, el cigarrillo se acabó
y el humo se esparció por el aire, dejándome recostado sobre mi camastro con
los brazos en el aire, extasiado.
La tercera vez que prendí,
calé con desesperación el cigarrillo y ante mí apareció aquel ser, que
comenzaba a moverse salvajemente, contoneándose sobre mí. Ahora, en sus ojos,
aparecieron dos pequeñas llamitas. Recordé lo que había dicho mi tío sobre los
ojos rubí, pensé en la historia del tipo que no pudo domar a la bestia. Pero yo
no tenía manera de quitar la vista de aquella mujer sin desear nuevamente
tenerla sobre mí, así que continué fumando hasta entrada la noche, cuando caí
rendido, sintiendo los besos de humo sobre mí.
El encendedor de plata ya no
salió de mi bolsillo más que para encender un cigarro. Se volvió parte de mí. Unos
cuantos, por la mañana, otros varios por la tarde, luego de las fatigosas horas
de clase, y muchos más durante las solitarias noches. Al principio no me
pareció peligroso: disfrutaba aquella compañía y continuaba mi existencia acostumbrada.
De hecho, al verme fumar, algunas jóvenes me sonreían y los muchachos se
acercaban a mí para conversar y ligar una pitada. No me molestaba gastar
cigarrillos con ellos, pero a nadie daba fuego. Lo guardaba celosamente,
temeroso de extraviar mi adorado encendedor de plata.
Pero de esos días dorados ha
pasado tiempo. Ahora, la diosa-bestia-mujer va absorbiéndome, no puedo negarlo,
y mucho menos enfrentarme a ella. No podría extraviar, romper o abandonar el
encendedor, aunque quisiera. Por el placer que me otorga la divina y salvaje
mujer que duerme en las llamas del encendedor de plata, le debo, a cambio, mi
vida. Lo sé, porque mi cuerpo se ha debilitado grandemente. Guardo cama hace
varios días, pero no dejo de tomar el encendedor, prender el cigarro y calar,
una y otra vez, impetuosamente. Cada vez que veo los funestos ojos escarlatas
me siento renacer, o resucitar, o reencarnar en un dios hermoso. Pero la
verdad, la única verdad es que muero, prisionero de las garras de una bestia que
no supe dominar.
*Euge Luz Moreno, tiene 20 años y le apasionan la literatura y el teatro.
Estudia Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. En 2023 publicó
un compilado de relatos titulado Los trece miedos, y en 2025 un
poemario, Rosa de los vientos, junto con la editorial Árbol Animal.
Formó parte de la final de los Juegos Bonaerenses en Mar del Plata y de otros
concursos, como el José Carlos Capparelli y la antología Trazo Lunar.
Continúa escribiendo cuentos y poemas.
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