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viernes, 2 de octubre de 2026

"চুপ" poemas de Abin Roychoudhury


Silencio

Hay cosas en esta vida que no se pueden contar a nadie
Las palabras se duermen en el interior del propio pecho
En sus ojos dormidos,
perdura una noche blanca y rota
Un día, me abandonan
Y a partir de entonces, ya no puedo hablar
Olvido el alfabeto
Veo…
solo un barco empapado por la lluvia,
girando sin cesar
Quizás, alrededor de mis palabras no dichas…

 
চুপ

কিছু কথা এ জীবনে কাউকে বলা যায় না
নিজের বুকের ভেতর কথাগুলো ঘুমিয়ে যায়
ওদের ঘুমন্ত চোখে লেগে থাকে ভাঙা সাদা রাত
একদিন আমায় ছেড়ে চলে যায় ওরা
তারপর থেকে আমি আর কথা বলতে পারি না
ভুলে যাই ধ্বনিমালা
দেখি— একটি বৃষ্টিস্নাত জাহাজ ক্রমাগত ঘুরে যাচ্ছে শুধু
হয়তো আমার না-বলা কথাদের চারপাশে...
 
 ***

Comienzo

Estoy ascendiendo
Hacia la luna solitaria, hacia las nubes azules
Estoy ascendiendo,
más allá de «Ya Ali», más allá de la espesura,
 ciega…
Subiendo más alto, me he convertido en el cosmos
La luna ha venido a sentarse en mi regazo
Las nubes se mecen cerca
Tocamos el violín,
 leemos  La calle de los cocodrilos,
 tomamos morfina…
En nuestros cuerpos dormidos,
 los pájaros dejan caer diminutas semillas…
 

শুরু

আমি ওপরে উঠে যাচ্ছি
একলা চাঁদের কাছে, নীল মেঘেদের কাছে
আমি ‘ইয়া আলি’ পেরিয়ে, অন্ধ কুঞ্জবন পেরিয়ে ওপরে উঠে যাচ্ছি...
ওপরে উঠতে উঠতে আমি মহাকাশ হয়ে গেছি
আমার কোলে এসে বসেছে চাঁদ
পাশেই দোল খায় মেঘ
আমরা ভায়োলিন বাজাই, দ্য স্ট্রিট অফ ক্রোকোডাইলস পড়ি, মর্ফিয়াস খাই...
আমাদের ঘুমন্ত শরীরে পাখিরা ফেলে দেয় ছোট ছোট বীজ...
 
 ***

Apareamiento

No hay nadie en casa
La puerta está abierta
Abrazo a la soledad y la beso
Dibujo rayos sobre sus pechos
Los dos cuerpos se convierten entonces en una ola
desordenada
Incluso con la puerta abierta, tras la unión
la soledad no se va a ninguna parte
 

সঙ্গম

বাড়িতে কেউ নেই
দরজা খোলা
একাকিত্বকে জড়িয়ে ধরে চুমু খাচ্ছি আমি
ওর স্তনে এঁকে দিচ্ছি বিদ্যুৎরেখা
দুটি শরীর তখন অগোছালো ঢেউ
দরজা খোলা থাকলেও মিলন শেষে একাকিত্ব চলে যায় না কোথাও...
 
 ***

Rojo

El telescopio toca la lira,
acercando lo lejano
Lo lejano, errante,
Al llegar, encuentra
 los fragmentos del telescopio
 por toda la habitación
Pasa los días recogiendo los trozos de cristal
Pasan las noches
Une los fragmentos para hacer un espejo
Se ve a sí mismo en ese espejo cada día
El bindi rojo en su frente es como el sol de hoy…
 
 
লাল

দূরকে বীণ বাজিয়ে কাছে ডাকে দূরবীন
দূর ঘোরে ঘোরে চলে আসে কাছে
কাছে এসে দেখে ঘরময় পড়ে আছে দূরবীনের টুকরো
কাচের টুকরো কুড়াতে কুড়াতেই তার দিন পার হয়
পার হয় রাত
টুকরোগুলো জোড়া দিয়ে সে আয়না বানায়
নিজেকে দেখে সেই আয়নায় রোজ
কপালের লাল টিপ যেন সূর্য আজ...
 
 
*Abin Roychoudhury es un destacado poeta, escritor y letrista contemporáneo bengalí de Katwa, Bengala Occidental, India. Con una maestría y un título en educación (B.Ed) de la Universidad de Burdwan, además de trabajar como educador independiente, se ha desempeñado en el pasado como profesor en colegios de formación docente. Entre sus publicaciones notables se encuentran Itipurbe Bolini, publicado por Ananda Publishers (una de las principales editoriales del país), Golap Nirapekkha Noy (publicado por Barnik) y el poemario Bibarna Cycle (publicado por Shohortoli). Escribe para la prestigiosa revista Desh, y sus poemas y ensayos son ampliamente leídos y aparecen en las principales revistas de India y Bangladesh. Además de su trabajo literario, ha participado en numerosos programas de radio. Asimismo, una de las canciones escritas por él ha alcanzado una inmensa popularidad en toda la India. Es especialmente reconocido por los lectores por su voz literaria única, que construye un puente entre la realidad cotidiana y la profundidad mística o surrealista. Ha recibido el prestigioso “Premio Conmemorativo Mallika Sengupta" de manos del Honorable Ministro de Educación Bratya Basu, el renombrado poeta Subodh Sarkar y el prodigio literario Shirshendu Mukhopadhyay. Anandabazar Patrika, el principal diario del país, ha publicado tres reportajes especiales en un mes destacando este premio, su último poemario y su trayectoria literaria en general.

"Lo que queda después" fotografías de Vanesa Sánchez Acosta

Nombre: Lo que queda después
Técnica: Fotografía digital en blanco y negro
Medidas: Formato digital
Año: 2023


Nombre: Lo que queda después
Técnica: Fotografía digital en blanco y negro
Medidas: Formato digital
Año: 2023


Nombre: Lo que queda después
Técnica: Fotografía digital en blanco y negro
Medidas: Formato digital
Año: 2023


Nombre: Lo que queda después
Técnica: Fotografía digital en blanco y negro
Medidas: Formato digital
Año: 2023



Nombre: Lo que queda después
Técnica: Fotografía digital en blanco y negro
Medidas: Formato digital
Año: 2023



Nombre: Lo que queda después
Técnica: Fotografía digital en blanco y negro
Medidas: Formato digital
Año: 2023



Nombre: Lo que queda después
Técnica: Fotografía digital en blanco y negro
Medidas: Formato digital
Año: 2023



Nombre: Lo que queda después
Técnica: Fotografía digital en blanco y negro
Medidas: Formato digital
Año: 2023



* Vanesa Sánchez Acosta. Fotógrafa y Licenciada en Diseño Audiovisual.

Esta serie nace a partir de la necesidad de explorar la construcción de una identidad atravesada por el deseo, el exceso y el desgaste. A través del cuerpo y de acciones repetidas, voy recorriendo distintos estados: desde el control y la apariencia, hasta la ruptura y el agotamiento. Las perlas aparecen como un elemento simbólico que se acumula, se tensiona y finalmente se desarma. Hacia el final, la imagen se vuelve más íntima y reflexiva, y me interesa quedarme con eso: con lo que queda después.

jueves, 1 de octubre de 2026

"Entre los pasos andando iba" cuento de Viktoria Maat


 

“Camina y andar, camina y andar, y entre más caminaba
le parecía que no andaba, pero andando iba”.
María de Jesús Montaño

Elisa mira su reloj de pulsera. Ese reloj fue lo único que pudo reconocer en el cuerpo descuartizado de su padre. Son las 2:45 de la madrugada. Mira la hora con frecuencia, no porque le interese conocer el indiferente devenir del universo, sino porque ese reloj marca el pulso de su padre. Cada vez que lo contempla la invaden emociones huérfanas de hogar, de amor, de identidad. A veces recuerda el aroma a piña y la frente de su padre cubierta con sudor y tierra después de una larga jornada de trabajo. Se deja llevar por el olor dulce de la cayena. De pronto está en la playa, abrazada a su padre mientras la marea sube para ver los luceros. Otras veces el reloj le aprieta la muñeca con violencia. La manilla de cuero se torna de color borgoña. Un vaho de carne descompuesta le cierra la garganta. Quiere llorar, hacerse pequeña, acostarse en la hamaca frente a Bocagrande y descubrir que es presa de un mal sueño.

—¿Elisa, qué hora es? —le pregunta entre susurros Javier.
—¡
Elisa, chama! ¿Qué hora es? —repite Javier con un tono de angustia mientras le toma suavemente del brazo para devolverla a la imponencia del desierto chileno.

—Las 2:50 —responde Elisa.

Javier se queda pensativo, hace cuentas.

—Si no hay retrasos y los coyotes cumplen su palabra, Edith y Moïse deben salir de Madre de Dios en media hora.

Elisa comienza a llorar. Le asustan esas montañas gigantes y áridas que se alzan infranqueables, insensibles, imperturbables ante el dolor de haberlo perdido todo. Le estremece pensar en Edith y Moïse intentando atravesar la frontera entre Perú y Brasil. Elisa escuchó la noche anterior a uno de los coyotes brasileños hablar sobre la travesía hasta Acre.

No entiende su idioma, pero reconoció un par de palabras: «não atravessar a Ponte da Integração… eles nadar».

Elisa teme por ellos y la criatura que esperan. Aprieta sus manos y le pide a la Choronga que el río esté manso, que el viento no sople, que las aguas no estén turbias. Elisa siente una conexión con Edith y Moïse, aunque no pueda descifrar su idioma ni entienda por qué le ponen nombres de personas a los huracanes. ¿Para qué nombrar aquello que la madre tierra ya ha ungido? Tampoco le importa que ellos sean del Caribe y ella del Pacífico. Lo crucial es que la sangre recuerda antes que la lengua. Todos vienen del mismo tambor. Sus compañeros no son haitianos, ella no es colombiana: ellos son descendientes de los reyes de ébano de los Malinké.

—¡Pero tú sí que eres enrollada, pana! —le dice Javier a Elisa en forma de broma mientras la abraza y seca sus lágrimas con la chaqueta—. Mirá las estrellas, están burda e’ finas.

Elisa ríe, no demasiado fuerte; no quiere despertar a los otros que van en el platón de la Nissan pick-up destartalada en la que salieron de Tacna hace una hora.

—Bacilao, primo, bacilao —le responde Elisa.

Esta vez ríen juntos y se abrazan. No pueden desentrañar sus expresiones, pero sienten la calidez del alma cuando se entrelazan. Elisa agradece la compañía de Javier, de Edith y Moïse. En Tumaco su Choronga le había leído el encuentro en la cola del tabaco la noche en que llegó llorando a contarle que su padre había sido asesinado. Su familia culpaba al Estado y al narcotráfico por igual.

—¿Qué íbamo’ a comer si mi papá dej’ba de sembra’ coca? —preguntaba Elisa desgarrada—. Nadie compraba la’ piña, ni lo’ político’ eso’ que habían prometio.

La Choronga la mira a través del humo del tabaco. Le dice que debe dejar su lugar y coger camino hacia las montañas, o a ella también la matarán.

—Tene’ que coge’ camino esta misma noche. No te preocupe’, que en la frontera encontrará’ compañía. Andarán hasta donde el mar se une con la nieve.

A las 5:00 de la madrugada Elisa llegó a la frontera entre Colombia y Ecuador. Le habían dicho que ahí los coyotes armaban un grupo para llevar gente sin documentos, como ella, a cualquier país de América del Sur. Temblando de frío, mareada por la altura y encogida de piernas mientras esperaba a que el grupo estuviese completo, apareció Javier. Le contó que era venezolano; había estudiado odontología. Su familia estaba en contra del régimen de Maduro. Hambriento y sin esperanzas, buscaba llegar a Chile. Había escuchado que ahí los odontólogos ganan muy bien.

A su lado estaban Edith y Moïse. Venían huyendo de la pobreza y el abandono en su país. El huracán Matthew había reducido su hogar a pedazos de plástico y madera. Tenían un primo en Brasil que les había contado que en Acre podía comer dos veces al día: ¡todo un lujo! Moïse hablaba un poco de español y con mucho esfuerzo trataban de comprenderse.

Entre llantos, viejos dolores y carcajadas clandestinas ocasionadas por no entender sus idiomas, habían viajado juntos dos meses, hasta esa noche en que sus caminos tomaron los destinos elegidos.

—¿Qué hací? Tení que frenar. Aquí están las minas que dejó el Pinocho culiao —le dijo de pronto, exaltado, el copiloto al conductor de la camioneta.

El auto se detuvo en seco. El movimiento sacudió a Elisa.

—¡Aquí se acaba el paseo! Se bajan todos al tiro —dijo el coyote chileno.

Elisa y Javier tomaron sus mochilas y con prisa se bajaron del auto.

—Ya están en Chile. De aquí llegan solos hasta Santiago. Todavía falta caleta, como 2000 kilómetros —dijo el conductor de la camioneta—. Caminen con calma no ma’ po. La cuestión por aquí es brígida. Hay minas antipersonas. ¿Cachan la weá?

Elisa mira el reloj al bajarse de la camioneta. Son las 5:50. El tiempo, indiferente, sigue su paso.

Pusieron sus pies sobre la arena del desierto, y así, entre las minas, caminaron.

Porque a veces, incluso la muerte queda atrás cuando andando se va.

 

*Viktoria Maat  (Pasto, Colombia) es una escritora colombo-alemana radicada en Berlín. Su escritura explora la experiencia humana a través de la paradoja, la transformación interior y la dimensión simbólica del lenguaje. Es cofundadora del blog literario Voces Arcanas (@vocesarcanasblog), donde publica textos experimentales. Su primera novela, Ojos de Gato en una Madriguera, será publicada por Nueva Editores (@nueveeditores) en abril de 2026.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

"Etnografía mítica del duelo" fotografías de Laura María Pacheco


Nombre: Etnografía mítica del duelo
Técnica: Fotografía digital desarrollada en fotografía analógica  
Medidas: 50 x 35mm 
Año: 2025


Nombre: Etnografía mítica del duelo
Técnica: Fotografía digital desarrollada en fotografía analógica  
Medidas: 50 x 35mm 
Año: 2025



Nombre: Etnografía mítica del duelo
Técnica: Fotografía digital desarrollada en fotografía analógica  
Medidas: 50 x 35mm 
Año: 2025




Nombre: Etnografía mítica del duelo
Técnica: Fotografía digital desarrollada en fotografía analógica  
Medidas: 50 x 35mm 
Año: 2025



Nombre: Etnografía mítica del duelo
Técnica: Fotografía digital desarrollada en fotografía analógica  
Medidas: 50 x 35mm 
Año: 2025



Nombre: Etnografía mítica del duelo
Técnica: Fotografía digital desarrollada en fotografía analógica  
Medidas: 50 x 35mm 
Año: 2025



Nombre: Etnografía mítica del duelo
Técnica: Fotografía digital desarrollada en fotografía analógica  
Medidas: 50 x 35mm 
Año: 2025



Nombre: Etnografía mítica del duelo
Técnica: Fotografía digital desarrollada en fotografía analógica  
Medidas: 50 x 35mm 
Año: 2025




* Laura María Pacheco (Colombia, 2002) es artista visual y escritora. Su trabajo explora la relación entre lenguaje, imagen, memoria y afecto, con énfasis en quiebre, identidad y pérdida. Desarrolla una prosa poética y fragmentaria, e investiga la fotografía analógica como extensión narrativa que articula cuerpo, símbolo y experiencia íntima contemporánea.
                                  
Reseña de la obra: Las presentes fotografías hacen parte del proceso de investigación- creación de mi trabajo de grado titulado: Triple Negativo: Una nueva forma de presentarme ante el mundo (2025), en el cual explore la complejidad de la experiencia humana con relación a la enfermedad crónica, el cuerpo, la muerte y el duelo. 
Las series fotográficas presentadas representan conceptualizaciones y reflexiones en torno a morir, perder, desear y los espacios liminales del duelo. En estas exploraciones busque fusionarme con la naturaleza para comprender el ciclo de creación, evolución y disolución que subyace en el proceso de investigación y creación de mi trabajo de grado. En las fotografías decidí desarrollar extensiones orgánicas por medio la edición digital, con el fin de reconocer lo que puede ser un cuerpo y sus límites, así mismo, esta exploración me permitió comprender la valiosa lección de aprender a ceder la carne y entregar la materia a la tierra de forma metafórica. En estos registros fotográficos me hibrido con el suelo, con el dolor de la pérdida, con la despedida y con la naturaleza. Mas que un acto fotográfico, estas series son un “ejercicio premonitorio” que busca profundizar en la comprensión que se tiene acerca de la mortalidad y la complejidad de la experiencia humana simbiótica. 

martes, 29 de septiembre de 2026

"Mal día para ser Van" cuento de Cayla Carbonell Correa


Vanessa caminaba cabizbaja por las calles empedradas, con una bolsa de tela entre los dedos. Le dolía la cabeza, y el calor era el responsable. El sudor cubría cada parte de su piel, dándole un brillo viscoso al tacto. Solo debía caminar un poco más, hacia donde nadie pudiese encontrarla.

—Hola, Van, ¿qué haces por aquí? —dijo una voz a sus espaldas. No se detuvo, al contrario, redobló la marcha hasta que la sostuvieron por el cuello de la blusa—. Te estoy hablando, no me ignores.

Y así, ambas empezaron a caminar por las calles de piedra y barro.

Vanessa iba en silencio, apretando contra sí misma la bolsa. Mía, la otra chica, no volvió a hablar; solo se quedó a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro y agarrándola del brazo.

«Piensa en algo, debes alejarte de ella lo antes posible», murmuró Vanessa en voz baja.

El calor las sofocaba a ambas, donde ninguna había traído consigo una botella de agua.

—Mía, cariño, ¿por qué no vamos a esa cafetería? Podemos beber algo, y te lo explicaré todo allí —mintió.

La otra chica asintió tímidamente, arraigándose más a su acompañante. El contacto de sus pieles provocó un sonido pegajoso por el sudor, pero no parecía importarle.

—Mesa para dos —le dijo Vanessa a la recepcionista—. Y una botella de vino, por favor.

Mía protestó cuando se tuvo que sentar en una silla individual separada escasos centímetros de Vanessa. Sin embargo, el vino la relajó un poco. Llenaba su copa una y otra vez, con la misma rapidez con la que se vaciaba.

—¿Por qué estás tan lejos de tu casa? —murmuró Mía, relamiendo unas gotas que habían caído sobre sus labios—. Ya casi anoche, deberías quedarte en la mía. Pero quiero una explicación.

Vanessa tomó unos sorbos y le pidió el menú a un empleado, retrasando la respuesta lo máximo posible. ¿Cómo podía explicarle a su pareja que quería lanzarse frente a un camión? No existían palabras para que aquello no sonara una locura. Pero Vanessa estaba decidida: en el punto en que se encontraba, el suicidio era la única opción restante.

El camarero llegó, y junto con él la comida: una hamburguesa para dos y algunas patatas fritas. Se marchó luego de abrir otra botella de vino y recibir su pago. Vanessa comió sola; devoró todo lo más rápido posible para acortar su estancia en aquel lugar. Mía, en cambio, no tenía apetito. Con cuidado, empujó su mitad de la hamburguesa hacia su pareja para que la comiera.

La botella de vino se vació, abandonada junto a sus hermanas y las copas. Mía cayó ebria con apenas unas copas. En cambio Vanessa, había bebido poco, necesitaba mantenerse cuerda si no quería arruinar su plan. La ayudó a ponerse de pie y salir del lugar.

El trayecto no fue tranquilo, sino plagado del mar de lágrimas y sollozos de Vanessa, quien comenzaba a dudar de su decisión. Mía le sonreía y besaba, animada por el alcohol, diciéndole frases bonitas que ella deseaba no escuchar.

En algún punto, dejó caer la bolsa de sus manos para alejarse un poco. El objeto rodó por el suelo hasta la carretera, quedando expuesto en medio de la calle. Vanessa dejó a Mía apoyada en un poste y se dirigió al lugar, tallándose los párpados con la yema de los dedos.

Quedó de rodillas en la calle empedrada, examinando el contenido de la bolsa para asegurarse de que no faltase nada. Todo estaba en orden: el colgante de Mía, sus documentos, evidencia del accidente y medicamentos suficientes como para matar un caballo. Nada se había dañado.

A su espalda, se escucharon risillas e hipos. Vanessa no se inmutó cuando un auto pasó a su lado a toda velocidad; el aire caliente le golpeó la cara, pero no sintió dolor en ningún área de su cuerpo. Miró hacia un lado. Desde la distancia, un auto más grande se acercaba con el motor rugiendo a toda marcha. Ella solo sacó el colgante de la bolsa y lo puso en su bolsillo, donde lo apretó más que sus párpados cerrados.

—Van… Sabes que te quiero, ¿verdad? —farfulló Mía, con una sonrisa borracha en los labios—. No me dejes sola tanto tiempo… me pondré triste. Así que ven…

Y obedeció, sin saber muy bien el porqué. El claxon bramó detrás de ella. La bolsa fue triturada bajo las ruedas hasta convertirse en míseros fragmentos empolvados. Tomó a Mía de la mano, atesorando ese calor que tal vez sentiría por última vez, y comenzó a caminar.

Ninguna de las dos dijo nada hasta que llegaron al apartamento. La escalera se hacía infinita y estrecha. El pasillo se negaba a acabar, aún no era el momento.

—Van, si quieres decirme algo… estoy aquí. Has estado… rara últimamente —susurró Mía, con la cabeza apoyada en el hombro de Vanessa. Extendió su mano y le acarició las mejillas—. ¿Sabes? Perdí… mi collar ayer. Es una lástima… era mi favorito…

Vanessa se detuvo, sacando el objeto de su bolsillo. Con cuidado se lo colocó en el cuello, sin apartar la vista de las angostas paredes.

—Perdón, yo lo tenía —masculló mientras retomaba la subida por su cuenta.

Mía acarició el dije del colgante y la observó por más tiempo del necesario. Luego, la siguió, dando saltitos por los escalones. No parecía enfadada, quizá por el alcohol.

Solo bastó un mal paso para hacerla caer.

Rodó hasta perderse en la oscuridad de la que quizá nunca debió de haber salido. Vanessa suspiró, algo cansada, y fue a revisarla.

—Aquí vamos otra vez.

El colgante estaba en el suelo, donde la mancha de sangre ya se había secado, sin rastros de un cuerpo que llorar. Lo tomó y salió a tomar aire. En cuestión de nada, ella estaría de vuelta.

Pero Vanessa no quiso esperar al siguiente día, donde solo Mía sufriría, no esa vez. A los pocos minutos, las llantas de un camión hicieron explotar un cráneo. Era la libertad que tanto había deseado.

Vanessa caminaba cabizbaja por las calles empedradas, con una bolsa de tela entre los dedos. Le dolía la cabeza. Solo debía caminar un poco más, hacia donde nadie pudiese encontrarla.

—Hola, Van, ¿qué haces por aquí?​


*Cayla Carbonell Correa (Santiago de Cuba, Cuba. 2009) es una autora joven cubana. Su obra explora narrativas especulativas donde lo real y lo fantástico se entrelazan. Ha sido publicada en la Antología Internacional de cuentos Edgar Allan Poe y en revistas literarias como Revista Infinita, Revista Narrativas y Revista Especulativas.