conjurador de palabras.
Come mi carne.
Muerdo sus labios.
Crujen los huesos,
escurren gemidos.
Hay quien quiere conocerte
a fondo, meterse bajo tu piel.
Comerte entera, devorarte con ansias.
Pero ¿Qué hay en el fondo?
El fondo es un abismo, que se abre,
las fauces de una bestia.
Si llegas y te empeñas
quizá te asomes,
y tengas una dentellada
sobre lo que me habita.
Quizá te indigestes,
quiero que te indigestes
para que me bajes
Si, bájame!
de ese pedestal estúpido.
No soy pura, no soy decente.
Soy carne, soy deseo.
Soy rabia contenida,
ternura infame a veces,
sonrisa triste en otras,
mirada flagrante.
No soy un ideal,
no me encasilles,
no me comprimas,
hasta romperme los huesos,
en tu cajita de cristal.
Corro libre
como un animal salvaje.
Mi alma entendió
la unidad de la que soy parte.
Soy yo, pero soy ellas,
o quizá también soy tu,
en otra línea de tiempo,
de un futuro cercano
o uno olvidado.
Correré desnuda,
hasta la límpida noche
que reciba el beso final.
El de la niña santa,
la niña bonita,
que paciente espera
nuestro encuentro.
Seré eco en el viento,
resonando en libertad,
más allá del umbral.
Ritual de fuego
Una noche con Selene menguando,
en el día de Mercurio y las letras:
Dos leones se cruzan por capricornio,
un ápice de delirio marca el tránsito del deseo,
al templo de Hedoné emprenden un viaje.
Dos mundos convergen,
pero no colisionan,
suavemente se deslizan,
uno en el otro,
como capas de limo.
Capas del deseo resbalan,
plegarias sin voz,
en carne humedecida ,
celebran el rito de tocarse,
entre penumbra.
Dos pieles se funden,
bajo la misma fiebre,
por llamas consumidas,
dominación sin atadura.
¿La has degustado?
A él le dedico mis poemas
carnívoros y lascivos.
—Él llegó— para encarnar el deseo.
Sus ojos, lagos de jaspe,
pupilas filosas, rasgan el abismo,
surcos de sombras
en sus contornos camino,
mis pies sangran,
liturgia obscena,
es una ofrenda ominosa.
Con fuego sincero arde,
Llamas voraces queman,
transmuta la carne,
sacia una sed escarlata
no es redención, solo éxtasis.
El es un alquimista,
Rompemos el velo.
L’etoile noir
Mi estrella negra,
que destilas tu sangre,
bañas mis noches
en carmín.
Abriste un portal,
desde tu sombra,
por el que se escurre
un hechizo antiguo
que me deshace.
Palidezco,
y mi voz se quiebra
con tu nombre
que me consume.
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