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jueves, 10 de septiembre de 2026

“Reflejo” relato de Verónica Ortiz Ortega

 
 
Un día desperté, me miré en el espejo más grande del departamento y percibí mi rostro muy similar al de mi madre, sentí miedo.
De repente observé mi reflejo y me sobrevino la idea de que de la noche a la mañana me habían salido múltiples arrugas en la cara. Empecé a mirar con obsesión cada poro, cada rasgo y detalle por medio de diferentes espejos, el del living, el del baño, pero especialmente utilizaba un espejo del tamaño de la palma de mi mano, lo podía tener cerca todo el tiempo, lo había heredado de mi abuela. Jamás conocí, pero por muchas razones, durante un largo tiempo, se convirtió en la persona más importante en mi vida.
 
En esos días de autotortura mental me subía a una silla y me miraba bajo las luces artificiales de las habitaciones, después iba al balcón me observaba un rato y luego subía a la terraza para obtener "la verdad", quería comprobar ante mis ojos; ahora sí, por medio de la luz real, la natural, si mi aspecto se había deteriorado de la noche a la mañana, o si tan solo era otra de mis distorsionadas ideas. No podía estar segura, pero lo que sí era cierto es que la angustia era constante.
 
De la noche a la mañana mi madre nos contó a mi hermano y a mí que había empezado a sentir un dolor de estómago sordo, profundo e insoportable, el cual aparentemente se había agudizado luego de ingerir una hamburguesa. Fueron pasando los días y ya no solo se trataba de un dolor de estómago, ahora le dolía una pierna, después la espalda, todas las articulaciones, hasta que un día empezó a toser sin parar. Todo su cuerpo sufría. Entonces
recordé que anteriormente había tenido un sueño donde nos encontrábamos en el estudio de casa, nos abrazábamos y sentía la tristeza de su cuerpo disolverse entre mis manos. Supe que pronto iba a morir y dejé de ver mi reflejo temporalmente, reconocí que no me encontraba en las adecuadas condiciones mentales para mirarme.
 
Recuerdo que las primeras fotografías que vi en mi vida fueron las de mi abuela paterna, una mujer que jamás vi sonriendo, pálida y ojerosa, con una solemne expresión que oscilaba entre ausencia y angustia. Yo solo era una niña pero a donde quiera que fuese me comparaban con ella, “eres idéntica a tu abuela”. No tendría más de 5 años cuando empecé a ver mi reflejo en la ventana y la buscaba a ella, la encontraba, le hablaba y también empañaba el vidrio dedicándole varias lágrimas. Sabía que había huido en medio de una guerra civil, la cual le había dejado un tic permanente en el ojo por escuchar los tiros en medio de la noche hacia cada republicano fusilado, su futuro prometido se accidentó en un avión y la dejó con el vestido de matrimonio colgado en una percha, finalmente conoció a mi abuelo, con quien jamás fue feliz, tuvo cuatro hijos “infelices” como los definió en su testamento y luego murió de cáncer.
 
Para ese entonces en el departamento de mi infancia existía un espejo que mi padre había heredado de mi abuela, era un espejo triple, me observaba seguido e imaginaba que mi yo estaba conformado por tres Verónicas, me bañaba y hablaba con ellas, lo mismo hacía cuando salía a jugar a la calle. Un día decidieron regalarlo y así fue como me quedé con un solo reflejo, con una sola imagen, la única Verónica que podía observar a través del espejo del baño.
 
Cuando mi mamá falleció tuve el pensamiento de que quizás ella y yo si teníamos algo similar en apariencia, dejé de preocuparme por esto y también pensé que probablemente algo compartía con mi abuela, solo que a ella con el paso del tiempo la había empezado a sentir cada vez más lejana y desconocida. Habían pasado varios meses y ya me había reconciliado con el hecho de mirarme en el espejo, un día lo hice detalladamente. Observé que allí nuevamente estaba yo, la única Verónica, solo que esta vez me vi diferente, distinta, de alguna manera más próxima, más real.
 

*Verónica Ortiz Ortega (1994) (Colombia, reside en Buenos Aires desde 2012). Psicóloga clínica graduada en la UBA, con un enfoque integrativo humanista-existencial y cognitivo-conductual. Ha desarrollado un camino paralelo artístico en la fotografía y en la escritura de poemas y relatos cortos.

viernes, 21 de agosto de 2026

"Despedida que (des)conforta" relato de Martina Del Pópolo

 

Querido extraño:

Al escribir esto me encuentro en cama, pensando en cómo, poco a poco, tu nombre y tu presencia se volvieron desconocidos para mí. Recuerdo perfectamente cómo nos (des)enamoramos.


En mi memoria puedo encontrar cada una de las palabras dulces que solías decirme; palabras que me reconfortaban cuando más te necesitaba. Palabras que se tornaron oscuras cada vez que estabas en desacuerdo, sin sentido en cada situación que creías poco favorable para tu rol de víctima.

Todavía hay flashbacks de los chistes que hacíamos, nuestros planes a futuro; planes que, luego de pensarlos un poco más me pedías que dejara de mencionar porque te daban pesadillas. Para mí, esas pesadillas eran mi más preciado sueño. ¡Qué ilusa que fui! Me gustaba pensar que disfrutabas de mi compañía, mis charlas y mis caricias, pero luego me di cuenta que solo te gustaba demostrar que tenías poder. Lo único que importaban eras vos y tu prestigio, todo lo mío quedaba en decimoquinto plano.

Me pedías que abriera mi corazón, pero no por interés, sino para demostrarme que eras mejor que yo, incluso en lo sentimental. Jugábamos a contarnos nuestros dolores, nuestras heridas más profundas, y te juro que intenté ayudarte con todo lo que podía y tenía. Me prometiste ser mi refugio, pero se supone que tu refugio no te destruye, y vos lo hiciste.
Me quedé petrificada mil y una veces y vos lo único que hiciste fue golpearme con tus dichos hasta quebrarme; rota y todo, me unía con el mismo amor con el que te miré la primera vez que nos besamos. ¿Para qué? Para salvarte, obvio. Yo dije que iba a protegerte y cuidarte contra todo pronóstico.
¿Te acordás cuando hablábamos de nuestra conexión? Qué mágico se sentía todo… Aunque aparentemente era una mentira. A vos te gustaba no estar solo, quienquiera que fuera la compañía te daba igual; tu objetivo era destacar y hacer del otro una mascota en quién descargar tus broncas y temores para sentirte libre, aunque fuera atormentando a quien estaba a tu lado.
¡Pobre mente atormentada! Me pregunto quién te dañó tanto como para que esa fuera tu forma de amar. ¿Acaso amaste en serio alguna vez? Lo dudo, a pesar de que digas lo contrario e incluso con todas tus historias de desamor. En serio dudo que hayas querido a alguien aparte de vos mismo.
Anoche soñé con vos. En otro momento te lo habría contado cara a cara, mientras mi mano tocaba tus mejillas y mi boca besaba tu rostro, pensando en lo hermoso que es compartir mi vida con vos; ahora solo te beso en viejos pensamientos. ¿El sueño? Algo tonto: nosotros dos, nadie ni nada más, nuestra canción de fondo, nuestras promesas de amor eterno revoloteando por el aire. ¿Y ahora qué? Ahora esa canción se escucha con eco; a pesar de estar a todo volumen al lado mío, se escucha lejana. Mis buenos deseos la acompañan, esperando encontrarte de nuevo por algún lugar, donde sea que estés.

¿Sabes qué es lo que más risa me da mientras escribo esto? Las lágrimas no dejan de caer, no las puedo retener, simplemente siento que el corazón me explota en mil partes. Y aun así, sigo encontrando algún “porqué” que no tiene lógica para defender tus idioteces. Eso hice siempre: defenderte ante todo porque eras la luz de mis ojos, aunque, por supuesto, el resto sabía que eras un agujero negro, no una estrella.

Pero mira que loco: los agujeros negros fueron estrellas alguna vez, y yo me perdí buscando muy adentro tuyo esa estrella que quizás seguía titilando. ¡Eureka! Pensé que había encontrado esa bola de fuego, pero era yo misma reflejándome en tu nada. Esa nada insulsa que te caracterizaba y que para mi era LA nada: la inexistencia misma que lo era todo para mí.

Día a día intento hacer mis deberes, pero lo único que hago es esperar esa llamada espontánea tuya que tanto me gustaba y tanto me molestaba. No conocías los límites y, cuando te los mostraba, mirabas a otro lado y volvías a lo mismo de siempre. Te quejabas si yo opinaba; nunca te gustó que pensara por mi cuenta, solo querías moldearme para ser como vos. Creo que eso te alejó y por eso nos encontramos en esta situación: no supiste qué hacer ante la rebeldía.

En este momento, todo se siente como un VHS viejo rebobinándose, pasando cada detalle y cada espina que clavaste en los huecos que dejaban mis pedazos trizados y que vos te llevabas sin preguntar. Ahora todo cierra; el dolor tiene sentido porque vos lo llenaste con tu presencia. ¡Maldita sea tu presencia-ausencia que todo llena de oscuridad!

Pero bueno, como solía decirte: “shit happens”. Ahora te despido, con un final abrupto y con todo el dolor del mundo, recordando algún poema que me habrás hecho leerte alguna vez, sabiendo que mi cama es dolor, pero también es quietud. Al fin puedo dormir en paz, sabiendo que te perdí y, a su vez, recuperando lo mucho que te llevaste de mí. Espero no encontrarte nunca más porque, si lo hago, temo desencontrarme otra vez.

 

Con amor,

Una extraña que alguna vez te amó.


*Martina Del Pópolo es oriunda de Mendoza, Argentina. Es estudiante de Geología y profesora de inglés. Encuentra en el arte un espacio de refugio y expresión, especialmente a través de la escritura y el cine, sus grandes pasiones. Su trabajo creativo parte de una mirada que busca reflejar su identidad y explorar la profundidad de sus sentimientos. En su proceso artístico articula la curiosidad científica con la sensibilidad, utilizando la palabra como principal medio para comprender el mundo y profundizar en el conocimiento de sí misma.

viernes, 14 de agosto de 2026

"¡Madre mía!" relato de Carolina Aparici


Todas las mañanas me despierto y pienso en ella. Sueño con utopías que siempre deseé dejarle.

Admiro su valentía y su compañía, cuando me seca con algodoncitos mojados las lágrimas esas tardes que me sumerjo en abismos.

La miro y me siento culpable de vivir en este mundo, de no ser la madre que quería ser para ella, de perder la fe cada dos semanas, de querer morirme una vez al mes, de un no haberme sanado del todo, me siento culpable de las heridas que dejo sangrar frente a ella. Las mismas heridas que sangraba mi madre, que me hacía sentir abandonada, las mismas de mi abuela, que escondía sus penas en su habitación, la misma angustia que contenía mi hermana frente a mí, cuando yo aún no sabía lo que era la maternidad.

“No voy a criar sola” sentencié, cuando vi la prueba de embarazo dando positivo. 

Habían pasado 20 años desde mi último embarazo, donde siendo solo unos pendejos adolescentes yo había decidido ser madre junto a él.

Mi eterno amor, que arrancó, mientras yo la pasaba mal con un embarazo de alto riesgo, se paseaba con otras pendejas delante de mi para demostrarme desinterés y se tapaba los oídos empepado en ravotriles, para no escucharme llorar, mientras le decía que íbamos a tener un hijo.

Su cobardía infantil no me quería ver, ni acompañar y perdí a Caín una mañana en los brazos de mi mejor amigo del colegio mientras las paredes temblaban y yo gritaba su nombre que hacía eco en la habitación.

El corazón de mi hijo dejó de latir dentro de mí y vi en una pantalla lo último que quedaba de él antes de que me lo arrancaran de adentro…siempre lo pensé, imaginé todo lo que hubiéramos sido si hubiese nacido…  20 años después, con toda esa historia a cuestas, caminé por el mismo pasillo donde aprendí a caminar, ahora para caminar con esta vida dentro, con miedo, no a convertirme en madre, sino a  traer a este mundo hostil una vida, a criar sin tribu, a criar bajo los parámetros de este sistema aterrador.

El, el mismo adolescente cobarde, me miró siendo ya un hombre con una sonrisa protectora en su rostro y yo quise creer, pero una parte de mi estallo en llanto, porque pude ver todo. “Nunca te voy a dejar sola”, prometió, pero yo sabía que eran palabras frágiles que terminarían quebrándose frente a mi cuando llegara el Caos.

Y si … se fue de mi lado mucho antes que su sombra.

 Viví con su sombra durante años, que ofuscada me juzgaba y culpaba por todo lo que yo había dejado de ser, por todo lo que no era ni sería nunca, por todo lo que él no era capaz de enfrentar.

Me sumergí en una soledad hambrienta, sedienta como mi cría que no soltaba mi teta ni un segundo. 

Pasé noches en vela mientras él dormía, buscándome entre mantas, pañales, tazas de té que se enfriaban por toda la casa, recuerdos que atisbaban la mujer que fui. 

¿Era mío mi cuerpo? ¿Era mía mi vida?

¿Se podía amar tanto y sentirse tan vacía, desolada?

Mis cicatrices se abrieron.

La niña que fui protestó.

Todo lo que creía sanado seguía ahí latiendo bajo mi piel, ardiendo en mi sangre.

Y un día él se fue.

“No voy a criar sola” pero nunca había estado tan sola como en ese momento.

La tribu con la que había sonado desde niña no existía, la tribu que había intentado formar con la persona que había amado la mitad de mi vida era solo una ilusión.

Sentía que la historia se repetía. La misma historia de mi madre se repetía en mí.

Ambas teníamos el corazón roto. Mi abuela, mi madre, yo y ahora mi hija, teníamos el corazón roto, podía ver la herencia del dolor de nuestra historia.

Pasamos días y noches juntas, mi hija y yo, abrazadas. Lloramos como dos almas viejas que se reconocen de tiempos remotos, como brujas descargándonos de toda la historia que nos precedería. No iba a ocultarle mis lágrimas, no iba a enseñarle que llorar estaba mal, no iba a sostener que la vulnerabilidad era debilidad. Íbamos a llorar juntas todo lo que fuese necesario, para sacarnos de adentro todo el dolor, todo lo que cargaba nuestro linaje desde hace siglos. Ella fue y es la niña mas valiente y cuando la vi, mirándome con sus ojos chinitos y hermosos, supe que seríamos orgullosas, que iba a criar a una guerrera y no a una princesa, que nadie nos vendría a rescatar porque nosotras nos rescatamos solas.

 

Que no me iba a morir de angustia, no ahora, no después de todo lo que había luchado, no me iba a hundir con mi cría a mi lado, mi voz no se iba a ahogar en el mar que ocultaban nuestras paredes.

Íbamos a vivir, a crear nuevos sueños, nuevas utopías que se harían realidad. 

No sería la madre perfecta nunca, pero sí sería la madre que cría en libertad, porque maternar no sería mi yugo, ni un deber imposible, maternar con rebeldía, maternar en placer, maternar en tribu, maternar sin cadenas, maternar sin calzar en este sistema sería mi objetivo, porque maternar también es un acto político.

“No voy a criar sola”, voy a criar con ella, lejos de los juicios patriarcales, lejos de maltratos, presiones y quejas. “No, no elegí un mal padre, ni tampoco fue mi culpa que no me amara.”

“No, amar no es dar sólo lo que puedes y desentenderte, porque nosotras, madres solas, siempre podemos y nos encabronamos para hacer lo imposible.”

No somos malas madres cuando estamos cansadas y queremos tiempo a solas, no somos malas madres cuando necesitamos sentirnos vivas, sentirnos las mujeres que somos, que siempre fuimos. No somos malas madres cuando seguimos nuestras metas, cuando le damos tiempo a lo que nos gusta hacer.

No somos malas madres cuando andamos estresadas, desbordadas por tanta exigencia, tantas obligaciones que caen con todo su peso en una sola ser.

Producir, criar, organizar cada cosa, dar tiempo de calidad, llevarles al médico, hacerles dormir, comprar los materiales para el colegio, lavar la ropa, ordenar la ropa, no descuidarnos, seguir creciendo profesionalmente, llamar al padre para que recuerde la hora en que debe pasarla a buscar, llamar al padre para recordarle que debe pagar la pensión, pedir la mediación y quedarse plantada por segunda, por tercera vez…

“no te enojes, no grites, sonríe, no seas histérica, no seas cuática, pide un préstamo y paga el psicólogo, pide un préstamo y paga la terapia para la cría, no grites, sonríe, tu hija  tiene que verte feliz, no llores frente ella, empépate, no maldigas, rehace tu vida, te falta salir ¿vas a salir?¿ Y con quien vas a dejar a tu hija? Te falta divertirte, ya es hora que tengas pareja, no le presentes a tu pareja se puede traumar es muy pronto. Demanda. Igual es buen papá, la saca a pasear, encontró trabajo.”

“Te paso plata cuando puedo, esta difícil la cosa.”

“¿Demandaste?”

“Te amo, quiero volver, se me había olvidado de que te amaba.”

“Le day cualquier color. Eres egoísta”. 

“No tengo tiempo, tengo que trabajar.” 

“¿y quién es ese weon con el que andai?”

 “¿No estay en tu casa? Quería ir a verla.”

¿estoy sin plata me prestai?”

“Vos tay loca, te la voy a quitar.”

“Contigo se porta mal, conmigo ni un problema.”

“¿La podis ir a dejar? Tengo que trabajar.”

“Toy sin ni uno.”

“¿Y qué te importa vos si carreteo?”

“No me botes mis weas, un día las voy a ir a buscar.”

“Esos weones te dicen que les gusta tu trabajo porque te quieren comer”.

“Bota mis weas si yo no las necesito.”

“Hola, como amaneció la baby?”

“No sé si voy a estar. Estoy super ocupado.”

“Tengo que trabajar caleta, cuando pueda te paso plata”

“Toy pato.”

(Grito)

A veces quisiera desaparecer, a veces grito y lloro en el baño mientras trago el agua de la ducha para que no se escuche. Pero ella siempre sabe y se mete conmigo en la ducha para decirme que me ama mucho, que soy hermosa, que soy su amor mas grande. Y vuelvo a sentir que no la merezco, pero ya está aquí y me tengo que levantar.

Estoy cansada, estamos cansadas, pero somos las superheroínas de nuestras hijas, de nuestros hijos. Cada madre con su historia, cada crítica está demás.

Todas las noches nos abrazamos y somos el refugio de la otra.

Todas las noches me desvelo un rato pensando en el siguiente paso que daré y en todo lo que lograremos juntas.

“No voy a criar sola” fue mi sentencia … y le crié rodeada de un universo que dialoga con señales, con la tierra sosteniéndome bajo mis pies, con estrellas iluminando mis noches más oscuras.

Somos diosas creadoras, somos diosas madres.

Porque nosotras podemos, porque somos increíblemente fuertes y poderosas.

Madre mía yo te libero

Madre mía yo te sano

Madre mía, si supieran,

si sintieran.

Madre mía estoy pariendo,

Madre mía estoy muriendo,

Madre mía estoy nutriendo esta nueva versión de mi.

 

*Carolina Aparici es escritora, dramaturga y artivista transdisciplinar nacida en Valparaíso, Chile. Licenciada en Arte Teatral y Diplomada en Dramaturgia, su trabajo cruza escena, escritura y espiritualidad desde una mirada feminista, experimental y profundamente comprometida con los procesos de transformación social. Su práctica artística se nutre del cruce entre cuerpo, palabra y sonido, explorando la relación entre arte y conciencia como vía de expansión personal y colectiva. Ha publicado los libros La Revolución del Silencio, El Delirio de Lena y La Niña Perro ha muerto, además de participar en diversas antologías nacionales e internacionales. Asimismo, integra el colectivo La Máquina El Hastío, donde investiga los cruces entre archivo, cuerpo y dramaturgia contemporánea, abordando la memoria como un campo vivo que se reescribe constantemente desde lo performativo.

viernes, 17 de julio de 2026

"Como si nada" relato de Rocío Lagos

 

La adolescencia: una etapa complicada, divertida, quejosa, revolucionaria, y más aún si todo lo que acontece no tiene con quién ser compartido. Los momentos de silencio, los miedos, los sinsentidos. Los cambios físicos y las hormonas sí que avisaban que estabas creciendo.

No podía compartir mis sentimientos, ni mis emociones, ni mis miedos, mis inseguridades, mis problemas que —supongo— se reducían a inconvenientes escolares o conflictos entre mis hermanos. No podía contar con nadie para expresar mis penas. Pero lo que sí podía compartir era mi amor por Chayanne.

Cuán enamorada estaba de ese pseudohombre. Sí, el amor era heterosexual y hegemónico. Todos mis sueños, mis fantasías y mis más profundos deseos iniciaban y terminaban en él. Cuántas noches pensé en encontrarlo, analizando cada una de las posibilidades que, por supuesto, se desvanecían en el momento exacto en que lograba al fin conocerlo.

Compartía ese fanatismo y amor desenfrenado con mi mejor amiga. Compartíamos el frenesí y la pasión de dos niñas erotizadas por un señor mayor, simpático y seductor, que ocupaba el cien por ciento de nuestros días.

Mi fanatismo era tan grande que, para esa época, el novio de mi madre quiso ganarse un lugar en mi corazón y fue al negocio de Orellano, el único bazar del pueblo que tenía cualquier objeto o artefacto que no se podía encontrar en comercios de rubros más definidos. Ingresó con la seguridad que lo caracterizaba y pidió un póster del cantante “Chaquichan”. Automáticamente, el vendedor le entregó en sus manos el objeto más preciado de toda mi adolescencia: un auténtico y risueño póster de Chayanne.

Ni bien lo recibí, lo colgué en la pared de mi habitación. Todas las noches, antes de dormir, con delicadeza me pintaba los labios de rojo y le daba un beso en la mejilla, reservando la boca para nuestro encuentro.

Con mi mejor amiga nos juntábamos por las tardes en mi casa. El ritual era escuchar el casete dos veces, previo rebobinado con una lapicera.

Con ella compartíamos todo, todo, todo…

menos a mi seguidor.

A los doce años ya tenía uno. Me perseguía todos los días a la salida de la escuela. No me tocaba: solo me perseguía, me miraba, me acechaba, me impedía el paso. Digo que “no me hacía nada” porque me llevó mucho tiempo comprender sí lo hacía y que eso se llama ACOSO. 

Por las noches entraba a mi casa y, cual Romeo - pero sin Julieta - me hablaba por la ventana amenazandome si decía algo a mi familia.

Un día entró en mi habitación - la misma donde colgaba el póster de Chayanne, que seguramente no fue su inspiración - y se masturbo en mi cama.

Como si nada,

“Lo dejaría todo porque te quedaras,

Mi credo, mi pasado y mi religión”.


*Rocío Lagos, Argentina. Psicóloga y creadora de Cocata, una marca de diseño feminista. Su trabajo se centra en el uso de la palabra como herramienta de cambio social, convencida de que el arte es un medio potente para transformar la realidad.

martes, 9 de junio de 2026

"Llévame siempre contigo" relato de Eva Higueras

 

     El rostro de mi abuelo así, en quietud, me parece casi perfecto, a pesar de ser un amasijo de arrugas. Me he puesto a contar los surcos cuando ha entrado la enfermera para ponerle su inyección matutina.

     Llevo dos noches en el hospital y he dormido apenas cuatro horas, pero no quiero separarme de él. Mi abuelo lo es todo para mí, ha vivido en casa desde siempre y ahora me toca decirle adiós. Es inevitable y esa certeza me consume. “Que no me vea triste”, pienso. Así que cuando abre los ojos en su permanente duermevela, le sonrío, o le acaricio la mano callosa. Apenas habla desde hace semanas y ya me he acostumbrado a leer su mirada. Pero esta mañana ha ocurrido algo: después de la inyección se ha quedado como dormido, y de pronto ha abierto los ojos y me ha dicho con voz clara:

    Neni, ¿sabías que yo he conocido a Alice Guy?

    ¿A quién?

    A Alice Guy.

     No sé quién es Alice Guy, pero no se lo digo.

    No sabes quién es, ¿verdad?

    No.

     Estoy segura de que va a contarme su historia.

    Pues búscala en Wikipedia, vas a alucinar.

     Y sí, alucino. No voy a decirle que es imposible; que él no ha estado nunca en EE. UU, pero, sobre todo, que cuando él nació, en 1917, esta mujer ya había dirigido la mayoría de sus películas. Aunque en realidad me esperan más sorpresas: mi abuelo empieza a contarme detalles del rodaje de El hada de los repollos; cómo se gestó aquel proyecto, anécdotas de los actores… Lo increíble es que él, un conductor de autobuses de toda la vida de la ruta Gran Vía-Carabanchel, esté ahora agonizante en una cama de hospital, explicándome su día a día en los estudios Solax, una de las primeras casas productoras del mundo.

    …Y en la entrada, Alice colocó un cartel que decía “Be natural”. No me digas que no era una pionera. Lee Strasberg era un niño por aquel entonces.

     Le escucho embobada, abducida, incrédula. Mi abuelo no tiene estudios y, que yo sepa, habrá visto en toda su vida unas diez películas, la mayoría de Paco Martínez Soria.

    Alice producía en sus mejores años dos películas de un rollo a la semana; eso eran como diez, quince minutos. Era increíble, incansable. Lo controlaba todo, desde el guion hasta la dirección artística y el montaje. Yo la adoraba.

     Ahí ya no, ahí ya no puedo contenerme. Cuando empieza a meterse en terreno personal, me lanzo:

    ¿Eráis muy amigos?

    Más que amigos, neni, más que amigos. Su marido se largó con una actriz, y ahí estaba yo.

     Le sale una sonrisa picarona, irresistible. Noto que ya me tiene enganchada a su historia. Que me lo creo todo, “de pe a pa”.

    Por supuesto, todo esto fue antes de conocer a tu abuela y venirme a vivir a España.

    Claro, claro, imagino.

    A mí Alice me tenía fascinado. Era bastante más joven que ella, pero eso daba igual. Me podría haber enamorado de su hija Simone… y entonces tú no estarías aquí. Pero me gustaba la madre. –Se detiene de pronto, como avergonzado — ¡Uy, qué cosas te estoy contando, neni!

    Abuelo, que voy a cumplir treinta años.

     Y sigue hablando, como un torrente… Con una energía que no sé de dónde le sale, si lleva semanas con suero intravenoso y postrado en esa cama ortopédica.

    Estuvimos juntos poco más de un año. Pero fue tan intenso que me parecieron décadas. Por supuesto, a tu abuela nunca le dije nada. Ni tu padre lo sabe. Creo que no se lo había contado nunca a nadie. Pero ya ves, hoy me vino de golpe su recuerdo, como una ola.

     Jamás le había oído hablar así, parece otra persona. Igual uno, antes de morirse, se transforma en otro “yo”, en los “yoes” posibles que nunca serán.

     Sigo sentada, escuchándole, como hipnotizada. Me habla del fonoscopio, de lentes de cámara, de los hermanos Lumiére, de títulos tan extraños como El colchón epiléptico… y de aquel romance efímero que por lo visto marcó su vida.

     Empieza a atardecer y la habitación tiene una atmósfera irreal, con tonos sepia como algunas películas mudas de Buster Keaton. Sigo pensando que es imposible que conociera a esta mujer fascinante de la que quiero ahora saberlo todo… cuando noto que su voz se apaga. Uno de sus puños se abre lentamente y algo cae al suelo. Me agacho y recojo el pequeño papel: es una fotografía gastada. Reconozco a mi abuelo, muy joven, rodeando con su brazo a una mujer de anchas caderas y pelo azabache, bastante más mayor. Y al pie, aún legible, una dedicatoria:

     “A José. Llévame siempre contigo. Alice”


*Eva Higueras. Actriz y escritora madrileña. Enamorada de la escena desde niña gracias a su abuelo, el director teatral Modesto Higueras, compañero barraco de Lorca en sus inicios y fundador del T.E.U. (Teatro Español Universitario). Como actriz cuenta con una larga trayectoria profesional en el teatro, habiendo participado en más de treinta montajes. Compagina asiduamente la escena con el cine y la televisión. Su segunda pasión es escribir. Es autora de cuentos, relatos, poesías y piezas teatrales. También ha escrito artículos sobre relevantes figuras de la escena para la Revista Actores durante varios años. Y lleva cuatro temporadas realizando Podcast para el programa La Sala, de RNE. Ha publicado tres libros: un pequeño monólogo que apareció incluido en la obra Monólogos escénicos, editado por la FAEE (Federación de Artistas del Estado Español) en el 2010; Camerino Nº5, monólogo estrenado en el 2013 y publicado por VISION LIBROS en mayo del 2018 y Mujeres Indomables, publicado en el 2024 por la editorial CON M DE MUJER.

miércoles, 3 de junio de 2026

"Las Visitas" relato de Karina Di Pasquale

La tía gorda se llamaba Margarita y tenía unos ojos como de pastelitos fritos en grasa. La puerta de su casa siempre estaba abierta de par en par, para que los vecinos puedan entrar directamente sin golpear, en esa rara costumbre de barrio de provincia de los años setenta.

Vivía enfrente de mi abuela materna, entonces la visita siempre se repartía entre media hora de mates en una casa y media hora en la otra.

Llevaba mis cinco años atados en el pelo, en dos colitas bien largas y rubias, armadas con tanta tirantez que me dolían las orejas y que apretaban hasta los pensamientos, pero ay de que me despeine y mi mamá lo viera. Yo tenía que estar impecable, hermosa, cuando salíamos de casa.

No sé a qué íbamos ahí todos los domingos. Yo creo que el paseo, en verdad, era ir de mi abuela, pero como la tía tenía la puerta abierta, había que entrar sí o sí. Eso decía siempre mi mamá, no sea cosa que se ofendiera.

Era una casa aburrida, toda marrón y sin ningún gato o perro. En el living estaba siempre prendido el televisor, y pasaban partidos de fútbol, pero ahí no había nadie.

Nosotras pasábamos derecho a la cocina. El ritual se repetía a fuerza de mates y bizcochuelo espeso, pastoso y sin gusto, aun para mi lengua curiosa.

Se hablaba primero de los chismes de familia, muchas veces en código para que yo no entendiera mucho y, por supuesto, no podía ni opinar. Pero de lo que más hablaban era de plantas. Con el mate y la torta en la mano, recorríamos ese horrible patio al que llamaban jardín, con lonas tiradas por todos lados y baldes y baldes con ropa para colgar. Ese espacio sin gracia era interrumpido, por suerte, por malvones de todos los colores, clavelinas o alverjillas cultivadas sin criterio alguno, pero crecidas todas a fuerza de querer nomás.

Mamá y la tía hacían el caminito de principio a fin, recorriendo cada cantero como si fuera siempre una novedad, envidiándose mutuamente por la planta que le faltaba a la otra o la flor que florecía mejor en cada jardín.

—A ésta hay que regarla mucho, por eso la tengo tan linda, es de la que te di tantos gajos y nunca te prendió —le decía la tía con la boca llena de migas a mamá.

—Che, aquel malvón bordó lo tenés medio apestado. Una pena —le retrucaba mamá.

Yo miraba, parada entre ellas dos, la escena repetida y calcada de cada visita y lo único que me distraía, casi siempre, eran las abejas que rodeaban la cabeza llena de rulos de la tía. Parecían buscarle los oídos, como si quisieran susurrarle un secreto que ella se negaba a escuchar. “Picala, picala”, trataba de transmitirle telepáticamente a alguna, pero nunca fui buena en eso. A la tía ni le preocupaban las abejas, solo hablaba y hablaba con la boca llena, pasándose el mate de mano en mano.

La tarde no se terminaba más, me empezaba a doler la panza de tanto esperar. Dale, mamá, pensaba yo por dentro, apurate, ya está, vamos.

A veces, encima, salían las primas de los cuartos, siempre haciendo comentarios amistosos como:

—Qué flaca estás vos, nena.

—Qué cara de pajarito tenés, recién me doy cuenta, qué chistosa.

—¿Quién es la favorita de la seño en tu jardín?

Yo era chiquita pero ya me daba cuenta de que me tenían de punto.

Las abejas danzaban y danzaban por arriba de nuestras cabezas. Pero no picaban nunca a nadie.

El último domingo que fuimos, mamá estaba criticándole un cantero a la tía Margarita cuando dijo, de pronto, que ya volvía. Le dejó el mate a mi prima Graciela y se fue casi corriendo a la casa de la abuela, por un gajo de rosa que le había traído a la tía pero se había olvidado en la mesa un rato antes.

Nunca había estado yo sola ahí en esa casa, pero me dejó paradita, como estatua, en la sombra que daba el parral, así, abruptamente. No me dio tiempo para pedirle: no, no me dejes sola acá, mamá, por favor, no me gusta, voy con vos.

La tía dejó de hablar ni bien mamá cruzó la puerta de la calle y se puso a lavar ropa en la pileta que estaba ahí nomás, contra la medianera, como si yo también me hubiese ido.

Graciela, ella sí, mi prima mayor, me seguía preguntando cosas del colegio.

Marisa, la más chica, interrumpía a la otra para invitarme a jugar adentro, en su pieza, pero yo no quería. No me gustaba entrar al cuarto con Marisa, estaba todo muy oscuro y siempre me hacía jugar a que éramos novias.

Mamá no volvía, ya no quedaban abejas, la última se estaba yendo también sobre el tapial hacia la casa del vecino. Un poco odié a esa abejita, porque no se comunicó telepáticamente conmigo y también porque ella había podido irse.

Me quedé un rato distraída mirando el dibujo que dejaba en el aire, como volteretas hechas con los dedos, para que se me pase rápido el tiempo, cuando inmediatamente sentí las risotadas detrás de mí, risas burbujeantes, risas graves y esdrújulas por aquí y por allá.

Mis ojos iban de una a otra, revoloteándolas perdidamente. No sabía dónde posar la atención. Pero ellas se miraban entre sí, me señalaban y se reían fuerte. De qué se ríen, pensaba yo, de qué, de qué, díganme.

Y entonces sentí el peso sobre el brazo. Una langosta gigante, grotesca y jugosa me miraba fijamente moviendo las antenas, tenía las patas listas para saltar hacia mi cara.

Grité, grité lo más fuerte que pude. Miré a la tía que había dejado de lavar para señalarme también con el dedo. Grité que me la sacaran, pero a la tía se le caían nuevas migas de la boca con cada risotada. Pedazos del bizcochuelo eterno volaban por el aire y manchaban mi pollera de franela azul.

Pedí e imploré socorro a mi prima Graciela, tía, por favor, mamá, ¿dónde estás que nunca me ves?

Y la tía Margarita se reía tanto, pero tanto, se retorcía y hacía ruidos espantosos con la boca, con la espalda, con los pies, que la odié con toda mi alma y con todas las abejas del mundo.

A Marisa se le volcó el mate y se quemó la pierna, gritó una puteada pero ni eso la hizo parar de burlarse.

Se fueron acercando lentamente, sacudiendo el cuerpo, como quien se siente seguro del poder que tiene. Unos brazos marrones, peludos, siniestros avanzaban juntos bajo el parral. Y esas bocas abiertas, sucias, llenas de maldad me fueron rodeando.

No hizo falta telepatía. Supe, enseguida, que iban a devorarme.

*Karina Di Pasquale. Zárate, provincia de Buenos Aires, Argentina. Nació en 1968. Es fotógrafa de profesión. Ha ganado cuatro premios de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) en la categoría cuento y poesía, el último en 2024. Ha ilustrado, con sus imágenes, varias portadas de libros y discos y, en coautoría, un libro de poesía (Mona blanca trepada en el octavo, con textos de Graciela Geller) y otro infantil, El viaje del Sr. Morrison (con textos y fotografías de las maquetas de Juan Chavetta). Dicta talleres de fotografía y escribe artículos para revistas literarias, como la revista de formato virtual La Furia (España).

jueves, 21 de mayo de 2026

"La niña que se volvió raíz" relato de Miriam Susana Rodríguez Roa

El parto había sido difícil.

La partera ,una mujer mayor, acostumbrada a ver la vida y la muerte mezclarse en la misma habitación, salió con la cabeza baja.

La madre no sobrevivió. El bebé sí.

En un rincón, una niña de cuatro años abrazaba a su hermanita mayor sin entender del todo lo que pasaba. Esa niña —la que un día se volvería raíz— tenía los ojos llenos de un dolor que todavía no sabía nombrar.

Ernesto Gatica quedó solo en una casa rural donde el silencio pesaba más que el viento pampeano. Era un hombre de campo, acostumbrado a la dureza, pero no a esta clase de soledad.

Tenía que salir al ganado, al alambrado, a la tropilla.

No podía criar tres criaturas solo.

En La Pampa de principios de siglo XX , la red de sostén eran las hermanas, las tías, las vecinas, las monjas.

Por eso es que fue hasta el puesto vecino en busca de su hermana, esa mujer fuerte, con hijos propios, dueña de unas manos que sabían sostener bebés y consolar niñas.

Y luego hizo lo que podía. Allí dejó al recién nacido y a la pequeña.

Pero Ermelinda tenía ocho años y para ella quería educación, disciplina, un lugar donde crecer sin que quedara atrapada en la rueda del trabajo rural.

Su hija era inteligente, despierta, sensible. Tenía una luz que él no quería apagar con la dureza del campo.

Amar es saber soltar y desprenderse de egoísmo, por eso tomó la decisión más difícil de su vida.

Las monjas la recibieron con un delantal limpio, un rosario y una cama.

Le prometieron educación, cuidado, alimento, un futuro.

Ernesto la visitaba religiosamente. Nunca faltaba.

Llegaba con el sombrero en la mano, con la voz quebrada, con la culpa y el amor mezclados.

El internado salesiano estaba junto a la Iglesia Inmaculada Concepción, el corazón religioso de General Hacha .Ermelinda creció allí, con el sol de la llanura entrando cada mañana por las ventanas altas para dibujar sombras sobre los gruesos muros de adobe blanqueado y el olor a jabón y a pan recién horneado.

Aprendió a leer, a escribir, a cocinar, a coser y tejer y a esperar. A esperar a su padre que nunca dejó de verla y al que ella quería, respetaba y admiraba profundamente.

Las niñas dormían en camas alineadas, comían, rezaban y se educaban juntas, y jugaban en un patio interno rodeado por galerías con rejas de hierro forjado.

Fue en esas rejas donde comenzó la historia.

El tiempo pasaba. Sus grandes ojos tenían el brillo del aprendizaje adquirido y la silenciosa tristeza que la abrazaba al llegar, había comenzado a disiparse.

Cada mañana, un muchacho pasaba con un carro tirado por un caballo manso, repartiendo leche fresca a la casa religiosa. Se llamaba Juan Roa.

Saludaba con respeto a las Hermanas, dejaba los tarros de leche, y antes de irse, buscaba con la mirada a la niña de trenzas oscuras que lo observaba desde el patio.

Al principio fue apenas un gesto: un “buen día”, un movimiento de cabeza, Una sonrisa tímida.

Pero con el tiempo, las monjitas empezaron a notar que Ermelinda se acercaba siempre a la reja cuando el carro llegaba. Y que Juan, sin faltar un solo día, se detenía unos segundos más de lo necesario.

No podían tocarse ni hablar más que unas pocas palabras.

Pero en ese mundo de silencios y límites, las miradas eran un idioma completo.

A los dieciséis años, cuando la costumbre de la época lo permitía, Ermelinda dejó el internado. Las hermanas la despidieron con un rosario, un vestido nuevo y una bendición. Su padre la esperaba afuera, emocionado, orgulloso.

Y allí, junto al carro de leche, estaba Juan. No hubo dudas. No hubo titubeos. Habían crecido mirándose a través de una reja.

Ahora podían caminar juntos. Y ese dìa con pocas palabras, con mucha esperanza y con la certeza de que la vida se construye de a dos, se casaron.

Tuvieron cinco hijos, Juanita ,la mayor y única niña, fue un ángel que los acompañò solo dos años , Pedro el que seguía a esa hermanita que nunca olvidaron, fue mi abuelo.

Ermelinda, esa mujer que vivió poco, pero lo suficiente como para unir dos mundos ,el de la tierra y el de la ciudad, el de la tradición y el de la modernidad, fue tan dulce como el almíbar de sus hojaldres, tan cálida como sus mantas tejidas a ganchillo, tan fuerte como para bordar historias más allá de sus hilos de colores. Ella, fue la abuela de mi madre: la raíz que no se ve, pero sin la cual ningún árbol permanece en pie.


*Miriam Susana Rodríguez. Cuando escribe le gusta sumar su apellido materno, por eso sus textos llevan como firma Miriam Rodríguez Roa. Nació en Florencio Varela, un municipio muy cercano a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, el 29 de junio de 1963. Es Educadora Preescolar y Auxiliar Psicoterapéutica y, como tal, facilita laborterapia y arteterapia. A finales de los años 80 estuvo al frente de un jardín de infantes barrial y, a partir del 2000, trabajó en principio en un hogar de ancianos; luego, durante catorce años, coordinó un taller protegido de producción que brinda espacio laboral a jóvenes con discapacidad intelectual. Más tarde tuvo la experiencia de pasar por un consultorio de rehabilitación y ser parte de un equipo interdisciplinario, donde su labor fue la de acercar la expresión artística a niños, adolescentes y jóvenes neurodivergentes. Actualmente su tarea se desarrolla en el ámbito educativo, realizando talleres artísticos-literarios en el nivel inicial. Desde siempre le gusta escribir, pero no hace demasiado tiempo que comenzó a publicar en blogs y colaborar en revistas literarias. Un relato inédito, escrito especialmente para la ocasión y titulado Guarda la lumbre a tu lado, forma parte de El arte de ser: Mujer, arte y discapacidad, una obra literaria que suma literatura y obras pictóricas de mujeres de Cuba, Ecuador, México y Argentina.

miércoles, 29 de abril de 2026

"Mi pulovercito verde" relato de Rocío Lagos

 

Una compañera del trabajo me dijo que una prenda deja de ser nueva cuando la lavás por primera vez.
Después escuché que algo deja de ser nuevo cuando otro objeto, con las mismas características y la misma función, lo reemplaza.
Entonces me pregunto: ¿en qué momento una cosa —un objeto, una relación, una amistad— pasa de ser nueva a mediata o, más aún, a vieja?
¿Existe un acto puntual que marque ese pasaje?
¿Es el tiempo, silencioso y constante, el que termina dictando sentencia?
¿La recurrencia desgasta la novedad o la confirma?
Mientras tanto, está mi pulovercito verde.
Mis hermanos lo bautizaron “el nuevo”. Para mí nunca dejará de serlo.
Lo he lavado varias veces —no tantas como debería, confieso— y, sin embargo, cada vez que lo uso siento que lo estreno. Siempre está ahí, doblado, asomándose, preparado para salir, esperando alguna ocasión.
Me acompaña en algunas noches de invierno, sobre todo cuando estoy triste porque algo me hizo mal.
A veces me gustaría que no fuera de lana, para poder usarlo en todas las estaciones del año.
Tiene un hueco mediano, justo en la flexión del codo. Pensé en zurcirlo con dos o tres puntadas, pero prefiero dejarlo así.
Coserlo sería como cerrar un par de heridas, y no quiero mentirme: algunas todavía siguen abiertas.
Para mí es inmaculado, incluso con su desgaste.
Creo que es la capucha lo que lo vuelve especial. Un pulóver verde con capucha. Eso es todo, y sin embargo no es poco.
Cuando me lo pongo siento que mis ideas se aquietan, que logro contenerlas, trenzarlas de una vez, impedir que se expandan en ese infinito oscuro que a veces es mi conciencia.
Le tengo afecto y respeto.
No recuerdo si me lo compré o si fue un regalo. No sé quién me lo dio ni en qué lugar. Lo único que sé es que heredado no es. Me pertenece de una forma que no necesita origen.
Espero usarlo poco este invierno.
El significado de su color y el uso que le doy me hacen pensar:
esperanza y tristeza.
Esperanza en la tristeza, o tristeza en la esperanza.
Prefiero la primera. No quiero anhelar algo que, en el fondo, me duela. Prefiero estar triste y aun así poder imaginar algo mejor.
Por eso lo quiero tanto. Cada vez que me lo pongo es una novedad, aunque el mundo diga lo contrario. Porque para ciertas heridas viejas no alcanza ningún abrigo, ni siquiera mi pulovercito verde.
Desde que llegaste a mí, por el momento lo tengo guardado en mi placard. No creo tener que usarlo hasta que te vayas; aun así, deseo no volver a usarlo cuando ya no estés.

*Rocío Lagos, Argentina. Psicóloga y creadora de Cocata, una marca de diseño feminista. Su trabajo se centra en el uso de la palabra como herramienta de cambio social, convencida de que el arte es un medio potente para transformar la realidad.

miércoles, 22 de abril de 2026

“La coneja” relato de Griselda Quintero

 

El ventilador gira hace horas. O días. Ella no está segura. El tiempo en esa habitación funciona por suscripción, se renueva solo y nadie lo cancela.

Está acostada boca arriba, mirando el techo con la intensidad de quien estudia una carrera nueva. Podría especializarse en grietas. Tiene varias favoritas.

En la mesa de luz hay una pastilla. cuadrada, blanca, disciplinada con gusto a cereza. Parece inocente. La toma con agua tibia porque olvidó volver a llenar la botella fría. No hace drama. Drama ya tuvo suficiente el semestre pasado.

Antes las ideas le caían encima como fuegos artificiales ilegales. Tres proyectos por semana. Dormir era opcional. El mundo era pequeño y ella enorme. Hablaba rápido. Pensaba más rápido. Escribía como si la estuvieran persiguiendo.

Después vino el otro extremo, el colchón convertido en territorio nacional. Levantarse era un trámite burocrático. Comer, una negociación diplomática. La ducha, un mito urbano.

Ahora está en el punto intermedio. Eso dicen. “Estabilizada”. Qué palabra elegante para describir que el cerebro ya no intenta incendiar la casa ni apagar todas las luces al mismo tiempo.

la pastilla la deja correcta, utilizable, como versión beta de sí misma. El cuerpo hace lo que puede, intenta portarse bien. Pero si mira el reloj y ya pasó las tres de la madrugada, listo, mañana va a ser un día torcido. No es profecía, es estadística. Puede dormirse igual, claro, pero eso no significa que haya descanso, es más bien cerrar los ojos y firmar asistencia. Y ahí está ella, tan aplicada, creyendo que con cumplir alcanza. Se sienta a escribir. Abre el cuaderno. Espera el chispazo. Llega una idea correcta, moderada, con cinturón de seguridad. La mira. Antes hubiera sido un volcán. Ahora es una hornalla en mínimo.

Se ríe sola. “Bueno”, piensa, “al menos no estoy organizando una revolución ni redactando mi despedida.” El equilibrio tiene ese encanto gris.

La camiseta que lleva puesta podría sostenerse sola. El cabello empieza a negociar con la gravedad. La toalla en el baño conserva su dignidad intacta desde hace días. No es que no pueda bañarse. Es que no ve la urgencia. ¿Para quién? El ventilador no juzga.

La ventana permanece cerrada. El polvo se acumula con paciencia budista. Afuera, el mundo insiste en existir.

Hay momentos en que extraña la euforia. Esa versión suya que hacía listas imposibles, que prometía libros, viajes, proyectos, reformas estructurales del universo. Esa chica era insoportable, pero magnética. También agotadora. También peligrosa.

Y hay momentos en que recuerda la otra versión, la que no contestaba mensajes, la que miraba el techo y calculaba cuánto peso soporta una lámpara. Esa era silenciosa. Densa. Convincente en su argumento final.

Entre ambas, esta nueva mujer toma una pastilla diaria y aprende a vivir sin espectáculo.

Una tarde cualquiera,

porque las mejoras no avisan, se sienta en el borde de la cama. Los pies tocan el piso. Frío. Nada heroico. Solo frío.

Mira la ventana. Se pregunta si el aire sigue funcionando. Se levanta. La abre. Entra luz, ruido lejano, olor a algo que no es encierro. No siente epifanía. Solo un leve fastidio por el polvo.

Va al baño y abre la ducha con el entusiasmo de quien paga una factura fuera de término. El agua cae. Se mete debajo. Punto. No hay epifanía, no suena ninguna banda sonora interna, nadie le entrega un premio por higiene básica. Hay agua y hay un cuerpo que, al menos hoy, eligió levantarse.

Mientras el espejo se empaña piensa que tal vez no hacía falta incendiarse para escribir algo decente. Que la genialidad dramática era un capricho adolescente. Que se puede producir sin autodestruirse, aunque eso suene aburrido y poco subversivo.

Se ríe, corta y filosa. La que quería hacerlo todo y la que no quería hacer nada coinciden bajo el agua. Discuten, pero sin espectáculo. Y en el medio queda ella, más sobria, menos épica, todavía incómoda en su propio cuerpo porque ya no es trinchera ni escenario. No le encanta esa versión. No es incendiaria. Es funcional.

Terminé este cuento. No incendié la casa, no me autoproclamé mártir brillante con talento maldito. No redacté una despedida dramática. Me senté, me bañé, tomé la pastilla, respiré y lo terminé. Parece poco, pero para alguien que hace meses negociaba hasta el acto de abrir la ventana, es casi una irreverencia.

No derroté a ningún dragón ni di un discurso motivacional frente al espejo, apenas cumplí con lo básico sin hacer un escándalo. Apenas le gané unos centímetros al pozo y los convertí en palabras. Y si pude llegar hasta este punto final sin caer ni volar demasiado alto, entonces tal vez no soy la heroína trágica ni la loca brillante que prometía destruirlo todo. Soy algo más incómodo y difícil, una mujer que se queda, que escribe, y que, a pesar de sí misma, elige seguir.

 

*Griselda Quintero (Candelaria, Misiones, Argentina, 1989) es licenciada y productora audiovisual. Su trabajo articula narrativa, lenguaje visual y exploración psicológica de la experiencia contemporánea. Escribe ficción centrada en tensiones íntimas, identidad y cuerpo, con una mirada irónica y crítica. Reside en Misiones, donde desarrolla proyectos audiovisuales y literarios.