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miércoles, 3 de junio de 2026

"Las Visitas" relato de Karina Di Pasquale

La tía gorda se llamaba Margarita y tenía unos ojos como de pastelitos fritos en grasa. La puerta de su casa siempre estaba abierta de par en par, para que los vecinos puedan entrar directamente sin golpear, en esa rara costumbre de barrio de provincia de los años setenta.

Vivía enfrente de mi abuela materna, entonces la visita siempre se repartía entre media hora de mates en una casa y media hora en la otra.

Llevaba mis cinco años atados en el pelo, en dos colitas bien largas y rubias, armadas con tanta tirantez que me dolían las orejas y que apretaban hasta los pensamientos, pero ay de que me despeine y mi mamá lo viera. Yo tenía que estar impecable, hermosa, cuando salíamos de casa.

No sé a qué íbamos ahí todos los domingos. Yo creo que el paseo, en verdad, era ir de mi abuela, pero como la tía tenía la puerta abierta, había que entrar sí o sí. Eso decía siempre mi mamá, no sea cosa que se ofendiera.

Era una casa aburrida, toda marrón y sin ningún gato o perro. En el living estaba siempre prendido el televisor, y pasaban partidos de fútbol, pero ahí no había nadie.

Nosotras pasábamos derecho a la cocina. El ritual se repetía a fuerza de mates y bizcochuelo espeso, pastoso y sin gusto, aun para mi lengua curiosa.

Se hablaba primero de los chismes de familia, muchas veces en código para que yo no entendiera mucho y, por supuesto, no podía ni opinar. Pero de lo que más hablaban era de plantas. Con el mate y la torta en la mano, recorríamos ese horrible patio al que llamaban jardín, con lonas tiradas por todos lados y baldes y baldes con ropa para colgar. Ese espacio sin gracia era interrumpido, por suerte, por malvones de todos los colores, clavelinas o alverjillas cultivadas sin criterio alguno, pero crecidas todas a fuerza de querer nomás.

Mamá y la tía hacían el caminito de principio a fin, recorriendo cada cantero como si fuera siempre una novedad, envidiándose mutuamente por la planta que le faltaba a la otra o la flor que florecía mejor en cada jardín.

—A ésta hay que regarla mucho, por eso la tengo tan linda, es de la que te di tantos gajos y nunca te prendió —le decía la tía con la boca llena de migas a mamá.

—Che, aquel malvón bordó lo tenés medio apestado. Una pena —le retrucaba mamá.

Yo miraba, parada entre ellas dos, la escena repetida y calcada de cada visita y lo único que me distraía, casi siempre, eran las abejas que rodeaban la cabeza llena de rulos de la tía. Parecían buscarle los oídos, como si quisieran susurrarle un secreto que ella se negaba a escuchar. “Picala, picala”, trataba de transmitirle telepáticamente a alguna, pero nunca fui buena en eso. A la tía ni le preocupaban las abejas, solo hablaba y hablaba con la boca llena, pasándose el mate de mano en mano.

La tarde no se terminaba más, me empezaba a doler la panza de tanto esperar. Dale, mamá, pensaba yo por dentro, apurate, ya está, vamos.

A veces, encima, salían las primas de los cuartos, siempre haciendo comentarios amistosos como:

—Qué flaca estás vos, nena.

—Qué cara de pajarito tenés, recién me doy cuenta, qué chistosa.

—¿Quién es la favorita de la seño en tu jardín?

Yo era chiquita pero ya me daba cuenta de que me tenían de punto.

Las abejas danzaban y danzaban por arriba de nuestras cabezas. Pero no picaban nunca a nadie.

El último domingo que fuimos, mamá estaba criticándole un cantero a la tía Margarita cuando dijo, de pronto, que ya volvía. Le dejó el mate a mi prima Graciela y se fue casi corriendo a la casa de la abuela, por un gajo de rosa que le había traído a la tía pero se había olvidado en la mesa un rato antes.

Nunca había estado yo sola ahí en esa casa, pero me dejó paradita, como estatua, en la sombra que daba el parral, así, abruptamente. No me dio tiempo para pedirle: no, no me dejes sola acá, mamá, por favor, no me gusta, voy con vos.

La tía dejó de hablar ni bien mamá cruzó la puerta de la calle y se puso a lavar ropa en la pileta que estaba ahí nomás, contra la medianera, como si yo también me hubiese ido.

Graciela, ella sí, mi prima mayor, me seguía preguntando cosas del colegio.

Marisa, la más chica, interrumpía a la otra para invitarme a jugar adentro, en su pieza, pero yo no quería. No me gustaba entrar al cuarto con Marisa, estaba todo muy oscuro y siempre me hacía jugar a que éramos novias.

Mamá no volvía, ya no quedaban abejas, la última se estaba yendo también sobre el tapial hacia la casa del vecino. Un poco odié a esa abejita, porque no se comunicó telepáticamente conmigo y también porque ella había podido irse.

Me quedé un rato distraída mirando el dibujo que dejaba en el aire, como volteretas hechas con los dedos, para que se me pase rápido el tiempo, cuando inmediatamente sentí las risotadas detrás de mí, risas burbujeantes, risas graves y esdrújulas por aquí y por allá.

Mis ojos iban de una a otra, revoloteándolas perdidamente. No sabía dónde posar la atención. Pero ellas se miraban entre sí, me señalaban y se reían fuerte. De qué se ríen, pensaba yo, de qué, de qué, díganme.

Y entonces sentí el peso sobre el brazo. Una langosta gigante, grotesca y jugosa me miraba fijamente moviendo las antenas, tenía las patas listas para saltar hacia mi cara.

Grité, grité lo más fuerte que pude. Miré a la tía que había dejado de lavar para señalarme también con el dedo. Grité que me la sacaran, pero a la tía se le caían nuevas migas de la boca con cada risotada. Pedazos del bizcochuelo eterno volaban por el aire y manchaban mi pollera de franela azul.

Pedí e imploré socorro a mi prima Graciela, tía, por favor, mamá, ¿dónde estás que nunca me ves?

Y la tía Margarita se reía tanto, pero tanto, se retorcía y hacía ruidos espantosos con la boca, con la espalda, con los pies, que la odié con toda mi alma y con todas las abejas del mundo.

A Marisa se le volcó el mate y se quemó la pierna, gritó una puteada pero ni eso la hizo parar de burlarse.

Se fueron acercando lentamente, sacudiendo el cuerpo, como quien se siente seguro del poder que tiene. Unos brazos marrones, peludos, siniestros avanzaban juntos bajo el parral. Y esas bocas abiertas, sucias, llenas de maldad me fueron rodeando.

No hizo falta telepatía. Supe, enseguida, que iban a devorarme.

*Karina Di Pasquale. Zárate, provincia de Buenos Aires, Argentina. Nació en 1968. Es fotógrafa de profesión. Ha ganado cuatro premios de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) en la categoría cuento y poesía, el último en 2024. Ha ilustrado, con sus imágenes, varias portadas de libros y discos y, en coautoría, un libro de poesía (Mona blanca trepada en el octavo, con textos de Graciela Geller) y otro infantil, El viaje del Sr. Morrison (con textos y fotografías de las maquetas de Juan Chavetta). Dicta talleres de fotografía y escribe artículos para revistas literarias, como la revista de formato virtual La Furia (España).

lunes, 1 de junio de 2026

"Memorias de una piedra" poemas de María Jesús Gallastegui Sepúlveda




Memorias de una piedra
 
Like a complete unknow
Like a rolling Stone.
Bob Dylan
 
Mi historia es como la de todas,
caminos largos
trazados por el azar.
 
Alguna vez fui roca coronando una montaña.
Soy un trozo de un trozo de entre los cientos de trozos
que del peñasco se desprendieron
y en una diáspora de derrumbes
aludes
y ríos caudalosos
emprendieron sus propios viajes.
 
Por largo tiempo llevé las agudas cicatrices
que dibujaron mis contornos.
Rodé, rodé, rodé.
Rumbo abajo, el camino pulió mis formas,
desprendió las esquinas de mi cuerpo mineral,
puntas,
nuevas piedrecillas que siguieron caminos azarosos.
Me pregunto si ellas me recordarán.
 
Rodé hasta que dejé de rodar.
Lo demás ha sido estar,
montañas de tiempo de estar,
tiempo milenario,
solo estar y nada más.
 
Montañas de tiempo son las que llevo aquí,
ensamblada a esta cama de tierra seca
oyendo las plegarias de la hierba sedienta.
Cada invierno me hundo más
en este lecho que ablanda la lluvia,
en esta tierra que de tanto cobijarme
lleva impresa la forma de mi cuerpo.
 
Algún día
yo quiero ser
de entre todas
el tesoro fugaz de una niña
que me lance con todas sus fuerzas al mar.
Me hundiré,
y al hundirme pensaré en el viento sobre la tierra vieja,
deshaciendo lento
el molde que en ella dejó mi cuerpo.
Allá abajo, el tiempo y el agua rozarán mi piel
Lento me desharán
en granos de arena,
polvo de rocas en el fondo del mar.
 
Hasta que ese día llegue,
aquí estaré,
sólo estaré
esperando al tiempo.
No elige el momento quien solo puede esperar.
Esperar,
ser una piedra entre tantas,
ser un fragmento de la roca que un día fui
en la cumbre de una montaña,
ser el conjunto de los fragmentos,
del polvo que un día seré
en el fondo del océano.
 
 
Árbol pescador
 
He vivido tanto,
tanto y en silencio.
Ya quiero gritar un crujido,
uno que dé señal a las aves
y huyan lejos del derrumbe de sus nidos.
Quiero oír ese crujido,
será mi única palabra,
definitiva, desgarradora.
Un adiós, tal vez.
 
Ya quiero caer
que mis raíces se rindan al fin
a descansar de tanta vida pirquinera
y sean ancianas desnudas tendidas al sol.
Quiero ser como el horizonte
yaciendo sobre cientos de años de hojas caídas.
 
Pero no quiero hacerme madriguera, alimento y tierra fértil.
Todos quieren hacerse bosque.
Yo no.
Es que miro el mar hace doscientos años
y la mirada se me ha llenado de él.
 
Cuando caiga
yo quiero que el sol me abrace
hasta que un día vengan los pescadores
y se hagan de mí
y mi tronco sea barca,
mis ramas sean remos,
mis astillas sean calor de madrugada
y mi follaje, un cardumen de peces transparentes
nadando mar adentro.
 
Los pescadores me pintarán con sus colores
y el mar me teñirá con los suyos.
Mi madera anciana será barca joven,
oleré a algas,
a viejas redes,
a sal
y no habrá más que azul,
espuma y azul.
Navegaré lejos, iré al horizonte
y en mis navegancias escucharé por siempre
los secretos de los hombres.
Yo les susurraré canciones del bosque,
de pájaros carpinteros,
y ellos no comprenderán
pues ignoran que navegan en árboles.
 
El sol me verá al despertar
surcando marejadas y tormentas,
y secará mi cuerpo cansado
mientras un muelle viejo velará mis sueños.
Gaviotas y canopelíes tomarán el lugar de las loicas,
se harán de mí,
hechizados por los restos de la pesca
y el suave vaivén de mi cuerpo dormido
en la marea calma.
 
No.
No hay muerte para un árbol,
todos siempre seremos bosque.
Yo, bosque en el mar.
 
 
Palabras del silencio a las palabras
 
Palabras, palabras, palabras.
¡Fuera!
Dejen a los hombres en paz.
 
Quiero trerlos aquí.
Ellos debieran saber que no estoy lejos,
donde no llega el viento ni los pájaros.
No, estoy cerca,
tan cerca
que podrían escucharme.
 
¡Largo de aquí!
Déjenme a solas con ellos.
Quiero decirles que aquí estoy,
que vivo entre los árboles,
me visto de bosque,
de verdes susurros,
de ramas en el viento,
de hojas como cascabeles.
 
Les contaré que vivo cerca del mar,
en la arena o en un bote
o en las rocas,
en las vagas fronteras que el mar traza
en los confines de la tierra,
donde van a morir las olas,
vivo entre sus últimos rugidos.
 
Podré decirles que vivo entre la noche y el alba,
donde el negro se hace azul cielo,
y que los grillos cantan para mí
y los pájaros lejanos
mientras despiertan a los colores.
 
Quiero que ellos sepan
que vivo en la suave canción
con que el invierno arrulla a la tierra
prometiéndole primaveras.
Les contaré que vivo en las tormentas,
en la nota que cada gota ofrece
al morir sobre los techos de sus casas
y en los secretos que el viento les cuenta a sus ventanas.
 
Les diré que me busquen cerca de ellos,
pero lejos del tiempo,
lejos del futuro,
del ruido,
lejos de sus fiestas,
de sus urgencias y deberes,
de sus palabras.
Les diré que me busquen cerca
tan cerca,
donde yo pueda escucharlos respirar,
oír el latido de sus corazones
y ellos el mío.
 
¡Fuera!
¡Largo de aquí!
Callen, palabras, vuélvanse imaginarias.
Que lo último que les digan a ellos
es que vengan aquí
a dormir sus voces en la calma de mi soledad.
Ellos estarán conmigo y luego se marcharán,
tarde o temprano,
volverán a ustedes,
pero llevarán con ellos lo que yo tengo para darles
las palabras que solo yo guardo,
las más bellas,
tan bellas
que renunciaron a ustedes.
Se marcharán atesorando mi regalo entre sus manos,
poesía,
y querrán volver siempre a mí,
sabrán que estoy cerca.
 
 
*María Jesús Gallastegui Sepúlveda. Desde muy joven ha experimentado en el mundo del textil y escribe a diario. Como licenciada en Historia, siempre orientó su trabajo hacia disciplinas que avanzan de la mano con la historia: el arte y la literatura. Ha unido estas experiencias e intereses en un camino creativo que ha tomado forma a través de la creación de libros textiles, formato que se ofrece como un soporte estético idóneo para la ética que abordan sus trabajos: la naturaleza, humana y no humana. La lentitud, el reposo y el silencio son condiciones esenciales tanto para el oficio textil como para la reflexión en torno a la naturaleza. En este sentido, piensa el libro textil como una forma de expresión que une ética y estética; idea y soporte; naturaleza y bordado. Desde hace algunos años ha unido toda esta experiencia a la escritura, especialmente a la poesía. Participa permanentemente en un taller literario dictado por la escritora Cecilia Beuchat y escribe a diario. A partir de esto ha publicado libros infantiles escritos en clave poética e ilustrados mediante técnicas textiles.

lunes, 25 de mayo de 2026

"El Cerdo" cuento de Camila Savage

Despertó con la textura de papeles llenos de un líquido viscoso en la cama. Sin abrir los ojos aún, los tiró en el tacho, se estiró y buscó un Red Bull en la heladera. Abrió su computadora; Zaira no le había mandado aún el video que había solicitado: un plano general de ella sobre una manta roja introduciéndose un desodorante en el ano. Buscó videos en internet, pero ya nada lo saciaba. Había visto cada una de las diferentes posiciones y categorías: masoquismo, furrys, lesbianas, tríos. Franchesco gastaba todo su sueldo en suscripciones de Onlyfans, en videos pagos y en membresías premium. Como Zaira todavía no contestaba con su pedido, decidió ir al colectivo. 

Se cambió rápidamente y se subió al 90, vía Viale Tibaldi; generalmente hacía el recorrido hasta que estaba satisfecho con su cacería. Como eran las diez de la noche del viernes, sus presas iban bien vestidas, con vestidos y medias, o jeans apretados y escotes reveladores. Al subir, vio a una chica con cara angelical sentada al fondo del colectivo; miraba por la ventana. Tenía una campera grandota, de esas de motoquero que él detestaba porque no marcaban nada, y unos jeans acampanados; al estar sentada, no podía apreciar su figura completamente. Tenía el pelo negro y corto y era muy blanca; le recordaba un poco a Blanca Nieves. Se la imaginó vestida de princesa, pero hot, con un látigo. Le tomó una foto y se la pasó a Grok para que tallara sus fantasías. Tenía una cuenta, «El Domador 99», con miles de seguidores que lo alentaban. Allí publicaba las fotos. 

Luego se subió, junto con un par de amigos, una niña de no más de dieciocho años, con una cabellera rubia y larga y uno de esos rostros barrocos. Vestía un tapado de piel con lo que parecía un vestido debajo y unas medias blancas hasta la rodilla. Le tomó una foto; ella lo pedía, es más, seguramente lo deseaba al vestir de esa manera. La desnudó completamente con la aplicación. Ya estaba satisfecho. Antes de bajar, vio a la primera chica: lo miraba fijo. Tenía ojos claros y una mirada penetrante; estaba muy seria y susurraba por lo bajo. Él se estaba poniendo paranoico; no había forma de que esa chica supiera lo que hacía. Se bajó rápidamente del colectivo. 

En su casa se realizó un total de doce pajas. Zaira le había pasado el video: una obra de arte. La recompensó generosamente con la pensión de sus abuelos jubilados, que seguía cobrando a pesar de que ambos ya habían fallecido. Subió las fotos a la cuenta. Sus fanáticos lo amaban, le mandaban donaciones incluso. Cuando la cuenta cerraba, su comunidad de Telegram se organizaba y abrían otra rápidamente. 

Se fue a dormir pensando en la mirada de la chica de pelo corto, tocándose. Hubiese sido hermoso hablarle, incluso que esta lo confrontara. Hace mucho tiempo que no hablaba con mujeres en la vida real; con la única que tenía trato era con la encargada del edificio. Esta era gorda y canosa; no contaba.

Despertó y se sintió diferente. Intentó tirar los papeles, pero sus extremidades parecían fallarle. Su olfato estaba agudizado: sentía el género de las sábanas, las sobras de pizza del escritorio, el hedor del tacho de basura. Su contextura había cambiado; se sentía macizo. Abrió los ojos y se miró en el espejo de la habitación que daba a su cama. Vio un cerdo revolcado en su colchón y se asustó. La expresión del chancho también mutó. «Qué hija de puta», pensó, «qué re mil hija de puta».


*Camila Savage nació en Buenos Aires en el año 2000. Actualmente, se encuentra finalizando sus estudios en Comunicación y se desempeña como periodista musical y literaria. Su primer cuento fue publicado en la antología chilena Nuevos Autores Latinoamericanos: Dramas Humanos, participación a la cual le siguió su intervención en la antología Los Vidrios Secretos de una Casa. En 2026 lanzó su primer poemario, titulado Reminiscencias, y próximamente publicará su primer libro de cuentos, La Ciudad de los Puntos Ciegos.

jueves, 21 de mayo de 2026

"La niña que se volvió raíz" relato de Miriam Susana Rodríguez Roa

El parto había sido difícil.

La partera ,una mujer mayor, acostumbrada a ver la vida y la muerte mezclarse en la misma habitación, salió con la cabeza baja.

La madre no sobrevivió. El bebé sí.

En un rincón, una niña de cuatro años abrazaba a su hermanita mayor sin entender del todo lo que pasaba. Esa niña —la que un día se volvería raíz— tenía los ojos llenos de un dolor que todavía no sabía nombrar.

Ernesto Gatica quedó solo en una casa rural donde el silencio pesaba más que el viento pampeano. Era un hombre de campo, acostumbrado a la dureza, pero no a esta clase de soledad.

Tenía que salir al ganado, al alambrado, a la tropilla.

No podía criar tres criaturas solo.

En La Pampa de principios de siglo XX , la red de sostén eran las hermanas, las tías, las vecinas, las monjas.

Por eso es que fue hasta el puesto vecino en busca de su hermana, esa mujer fuerte, con hijos propios, dueña de unas manos que sabían sostener bebés y consolar niñas.

Y luego hizo lo que podía. Allí dejó al recién nacido y a la pequeña.

Pero Ermelinda tenía ocho años y para ella quería educación, disciplina, un lugar donde crecer sin que quedara atrapada en la rueda del trabajo rural.

Su hija era inteligente, despierta, sensible. Tenía una luz que él no quería apagar con la dureza del campo.

Amar es saber soltar y desprenderse de egoísmo, por eso tomó la decisión más difícil de su vida.

Las monjas la recibieron con un delantal limpio, un rosario y una cama.

Le prometieron educación, cuidado, alimento, un futuro.

Ernesto la visitaba religiosamente. Nunca faltaba.

Llegaba con el sombrero en la mano, con la voz quebrada, con la culpa y el amor mezclados.

El internado salesiano estaba junto a la Iglesia Inmaculada Concepción, el corazón religioso de General Hacha .Ermelinda creció allí, con el sol de la llanura entrando cada mañana por las ventanas altas para dibujar sombras sobre los gruesos muros de adobe blanqueado y el olor a jabón y a pan recién horneado.

Aprendió a leer, a escribir, a cocinar, a coser y tejer y a esperar. A esperar a su padre que nunca dejó de verla y al que ella quería, respetaba y admiraba profundamente.

Las niñas dormían en camas alineadas, comían, rezaban y se educaban juntas, y jugaban en un patio interno rodeado por galerías con rejas de hierro forjado.

Fue en esas rejas donde comenzó la historia.

El tiempo pasaba. Sus grandes ojos tenían el brillo del aprendizaje adquirido y la silenciosa tristeza que la abrazaba al llegar, había comenzado a disiparse.

Cada mañana, un muchacho pasaba con un carro tirado por un caballo manso, repartiendo leche fresca a la casa religiosa. Se llamaba Juan Roa.

Saludaba con respeto a las Hermanas, dejaba los tarros de leche, y antes de irse, buscaba con la mirada a la niña de trenzas oscuras que lo observaba desde el patio.

Al principio fue apenas un gesto: un “buen día”, un movimiento de cabeza, Una sonrisa tímida.

Pero con el tiempo, las monjitas empezaron a notar que Ermelinda se acercaba siempre a la reja cuando el carro llegaba. Y que Juan, sin faltar un solo día, se detenía unos segundos más de lo necesario.

No podían tocarse ni hablar más que unas pocas palabras.

Pero en ese mundo de silencios y límites, las miradas eran un idioma completo.

A los dieciséis años, cuando la costumbre de la época lo permitía, Ermelinda dejó el internado. Las hermanas la despidieron con un rosario, un vestido nuevo y una bendición. Su padre la esperaba afuera, emocionado, orgulloso.

Y allí, junto al carro de leche, estaba Juan. No hubo dudas. No hubo titubeos. Habían crecido mirándose a través de una reja.

Ahora podían caminar juntos. Y ese dìa con pocas palabras, con mucha esperanza y con la certeza de que la vida se construye de a dos, se casaron.

Tuvieron cinco hijos, Juanita ,la mayor y única niña, fue un ángel que los acompañò solo dos años , Pedro el que seguía a esa hermanita que nunca olvidaron, fue mi abuelo.

Ermelinda, esa mujer que vivió poco, pero lo suficiente como para unir dos mundos ,el de la tierra y el de la ciudad, el de la tradición y el de la modernidad, fue tan dulce como el almíbar de sus hojaldres, tan cálida como sus mantas tejidas a ganchillo, tan fuerte como para bordar historias más allá de sus hilos de colores. Ella, fue la abuela de mi madre: la raíz que no se ve, pero sin la cual ningún árbol permanece en pie.


*Miriam Susana Rodríguez. Cuando escribe le gusta sumar su apellido materno, por eso sus textos llevan como firma Miriam Rodríguez Roa. Nació en Florencio Varela, un municipio muy cercano a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, el 29 de junio de 1963. Es Educadora Preescolar y Auxiliar Psicoterapéutica y, como tal, facilita laborterapia y arteterapia. A finales de los años 80 estuvo al frente de un jardín de infantes barrial y, a partir del 2000, trabajó en principio en un hogar de ancianos; luego, durante catorce años, coordinó un taller protegido de producción que brinda espacio laboral a jóvenes con discapacidad intelectual. Más tarde tuvo la experiencia de pasar por un consultorio de rehabilitación y ser parte de un equipo interdisciplinario, donde su labor fue la de acercar la expresión artística a niños, adolescentes y jóvenes neurodivergentes. Actualmente su tarea se desarrolla en el ámbito educativo, realizando talleres artísticos-literarios en el nivel inicial. Desde siempre le gusta escribir, pero no hace demasiado tiempo que comenzó a publicar en blogs y colaborar en revistas literarias. Un relato inédito, escrito especialmente para la ocasión y titulado Guarda la lumbre a tu lado, forma parte de El arte de ser: Mujer, arte y discapacidad, una obra literaria que suma literatura y obras pictóricas de mujeres de Cuba, Ecuador, México y Argentina.

jueves, 14 de mayo de 2026

"Bienvenido sea el vino" poemas de Valeria Noemí Novak


Bienvenido sea el vino

A veces, cuando piensas que todo al fin se acomoda… 
sopla un viento, y te vuela todo de lugar.
A veces, cuando sientes que al fiiin encontraste tu lugar… 
la brújula se descompone, para que vuelvas a buscar.
A veces, cuando más a gusto estás saboreando la vida, 
encontras un pepino en la ensalada (no me gusta).
Pero lo mágico es que… así como todo se desacomoda. 
Todo se vuelve a acomodar. 
Porque cada desbalance, te trae enseñanza, 
te trae sabiduría, te trae crecimiento.
No estamos hechos para vivir en el confort, 
si queremos evolucionar. 
Cada desafío, que te mueve del lugar, 
que te pone o te saca personas…
te acerca más y más a tu “mejor versión”.
A esa versión, que nunca vas a llegar, 
porque siempre, siempre, se puede ser mejor!
Así que, aunque sea incómodo…
Bienvenidos sean los desafíos!
(y el vino!)


Tiempo

Los días se hicieron semanas,
las semanas meses…
los meses ya suman un año,
y aún escribo versos,
que retratan cuanto te extraño.
Y aunque se hace difícil el reencuentro,
aún siento ese escalofrío en la panza cuando te pienso.
¿Será que aún nos veremos?
No lo sé.
Pero de vez en cuando te apareces en mis sueños,
y me hace creer que vos también me abrazas en tus recuerdos,
y me envías con un suspiro, un “te quiero”. 


Un popurrí

Pedí un deseo, y se me concedió el mundo entero.
Te dí un beso, y me robaste el corazón.
Hay cosas que no tienen sentido, y ya no me importa tener razón.
Aún queda mucho por reír, y sé que vas a estar ahí.
No me crees? Cerrar los ojos, y abrázame fuerte.
Todos los sueños me llevan a vos.
En libertad, con el corazón latiendo fuerte, sé que este es el camino.
No sé cómo explicarte, abrime la puerta, estoy llegando.


*Valeria Noemí Novak, nacida en Argentina, con raíces italianas y actualmente radicada en Brasil, tiene 36 años y numerosos sueños cumplidos, además de muchos otros por alcanzar. Se define como una persona que llegó al mundo con el propósito de aportar luz y marcar una diferencia. Su personalidad se caracteriza por la valentía de dejarlo todo para perseguir sus sueños, una actitud que muchos consideran arriesgada y apasionada. Disfruta profundamente de los viajes, del encuentro con nuevas experiencias y de los afectos que han acompañado su camino. Ama a su familia y a sus amigos, y valora especialmente a las personas de buen corazón que la han acogido en los distintos lugares donde la vida la ha llevado. Para ella, el mundo es su hogar y la alegría una bandera que guía su manera de vivir. Su escritura reúne experiencias de desamor, viajes, lugares y reflexiones sobre el ser, el aprendizaje y el crecimiento personal. Desde una profunda fe en Dios, entiende la poesía como una forma de compartir su visión del mundo y de narrar aquello que las vivencias le inspiran.

miércoles, 13 de mayo de 2026

"Las telarañas del inconsciente" obras de Vanesa Fiore

Nombre: Las telarañas del inconsciente
Técnica: Textil-electrónico
Medidas: 72 x 85 x 15
Año: 2025



Nombre: Piedras
Técnica: Acrílico sobre tela 
Medidas: 60x40 cm 
Año: 2022


Nombre: El camino correcto
Técnica: Acrílico sobre tela 
Medidas: 50x50 cm 
Año: 2025


Nombre: Puente
Técnica: Textil - prendas recicladas
Medidas: 120x137 cm 
Año: 2026


Nombre: Espíritu libre
Técnica: Técnica mixta sobre papel
Medidas:  50 x 70 cm
Año: 2026


Nombre: El deseo y la culpa
Técnica: Técnica mixta sobre tela
Medidas: 30 x 85 cm
Año: 2024




*Vanesa Fiore es una artista con discapacidad visual que desarrolla una producción activa en diversas técnicas. Estudia en la Universidad Nacional de las Artes, en Buenos Aires, Argentina. Participó en diversas muestras en el marco de “Arte y discapacidad visual”, realizadas en la Ciudad Cultural Konex, Fundación Columbia y La Usina del Arte. Su obra está orientada a incentivar la reflexión sobre el ser humano.

jueves, 7 de mayo de 2026

"Tierras raras" pinturas de Mariana del Rosario Gutiérrez


Nombre: Tierras raras
Técnica: óleo sobre lienzo
Medidas:1mtx1,50mt
Año:2020



Nombre: El origen del mundo
Técnica: óleo sobre lienzo
Medidas:20x20cm
Año:2025



Nombre: El Punto luminoso donde Dios se asoma al mundo 
Técnica: óleo sobre lienzo
Medidas:1mtx1,50mt
Año:2025



Nombre: ¿El conocimiento es limitado por el lenguaje?
Técnica: óleo sobre lienzo
Medidas:20x20cm
Año:2025
Inspirada en obras de Ludwig Wittgenstein.



Nombre: La metamorfosis
Técnica: óleo sobre lienzo
Medidas:80cmx1mt
Año: 2023
Inspirada en la novela de Franz Kafka



Nombre:Trascender
Técnica: óleo sobre lienzo
Medidas:1x1,50mt
Año: 2018



Nombre: ¿Puedes oírme?
Técnica: óleo sobre lienzo
Medidas:80cmx1mt
Año: 2021



*Mariana del Rosario Gutiérrez, oriunda de Córdoba, Argentina, cuenta con más de 20 años de trayectoria en el mundo artístico. Su obra se vincula con la espiritualidad, el onirismo y la filosofía, explorando además realidades independientes que coexisten con la materialidad. En sus creaciones incorpora conceptos del mundo subatómico y de la física cuántica como fuentes de inspiración.
Gestiona su contenido bajo el seudónimo Mariposa 13 en diferentes redes sociales, a través de la cuenta @yosoymariposa13art, y define su estilo como una combinación de simbolismo, surrealismo y onirismo.

“Madre bañando a su hijo” cuento de Rolando Revagliatti

 

El desnudo hijo dentro de la imperial bañadera de hierro llena de agua. Un despintado banquito de tres patas, al lado. Y una canasta con jabón de tocador de coco, esponja, sales de baño importadas, una caja grande de fósforos de madera y barcos de papel. El desnudo hijo es un adulto lento, vacío, triste. Estupefacto. Mira el agua. Un brazo apoyado sobre el borde de la bañadera. Lo mira. Mira el agua.

Hablando áfona desde hace un largo invierno, aparece la madre con guantes de goma color crema (con cruces rojas), ya puestos. Saca de la canasta el jabón, la esponja, las sales de baño. Echa las sales en el agua. Enjabonando al hijo, abruptamente se la oye:

—Estaba como ciega, como él. De aquí, de allá y de mi abuela también. Cómo calienta el sol. Qué alta está la luna. Se perfila tu terrible perfil. Jugo de cáscara. Pasado de rosca. Los bueyes perdidos. Bacán pobre. De chanfle. Esto no se puede decir. Papas en la boca. No se puede decir papas en la boca. Huevos en la boca. Las muelas como parapeto. Cabal cabalga su cabalgadura. Sufre y sufre, pero no lo sabe. Nunca más otra espantosa noche en vela. Ahora no me sale, pero cuando me salga. No sería noble si no conciliara. Una estrella en el mar. Cansina, cabizbaja. Una señora de mi casa. Algunos siempre dicen yo. Su cara de madonna de quince años. Encontré los bueyes. Lo deseé con intensidad. Hay que ver cuán agraciado había sido. Supo ser. Alguien me conocía. Me dejaron abandonada en la barriga de mamá. Una señora, pobre señora de mi casa. Qué ordinario siglo. El amor, el alma, la vejez. Cuando chica, después crecí. Vos no sabías que yo no sabía que vos no sabías. Nadapienso todosiento. Las otras chicas también están tan enamoradas. Claudicaremos cuando a nadie le importe. ¿El resentimiento es un hijito moderado del odio?... Espero que él me saque a bailar. Desde luego que no saben ellos hasta dónde ni cuánto más. ¿Se fijará en mí?... Jamás nunca ahora más adelante. Porque cuando mismo que tal vez. Una se abre, se abre y explota. Me sabría defender a la perfección. De la perfección. Madre para perdurar. No es un secreto para nadie. Sentimentalmente, digo. Y bailamos, después.

Signos de inefable tensión en la entrepierna del hijo desnudo. Se oye en simultánea que alguien cae y grita. Y que allí mismo un moscón zumba. La madre refriega la espalda del hijo con la esponja.

—Solazado el árbol de la vida. No confundir tal cosa con libertinaje. El tiempo es un. De las aves que vuelan me gusta la cigüeña. Al sínodo falté, tu cama capturé. Lenguaje abismal. Aplausos. Templo las cuerdas de mi cimitarra. Sáquense el fardo de encima. A ratos una niña. Quién lo creyera. Tan lejos de mí. Jeringozoso. Vacuna contra la. Pura prosopopeya. Sáquenselo, cómanse el fardo. Otro gallo cantaría. Cómo anhelo (no digo qué). La maestra es la segunda madre, el colegio es el segundo hogar. Nos cuesta menos querernos que desquerernos. Las chicas precisamos ser deslumbradas. Un loco, él era un loco para manejar. Un racimo de pituitarias huele mi ramo. Casualmente lo que yo te contaba. Pura pura. Tan capcioso. Cercanía, cerquita, cerca. Salté. Me reí, me reí como hacía tantos años.

Continúa hablando, pero áfona. Por completo tenso el periscopio del hijo desnudo. Se hace la madre otra vez audible:

—Porque a tu tía no le place. Tenés, Beto, que comprender. Hay límites, hay hasta dóndes. Ella es muy celosa, tu tía. Te lo digo con tranquilidad, sin impacientarme. Ella te adora, tu tía. No me hagás renegar. Sabés cómo soy: muy sensible. Quiero que admitas el traspié. Lo siento. Lo todosiento, te vas a disculpar.

Sin dejar de hablar, se sienta en el banquito. Dos lagrimones atraviesan las pálidas mejillas del hijo desnudo. El moscón deserta.

—Sabés que soy recta y cariñosa. Tu tía tiene sus razones. Se halla disgustada. Agraviada. Ella es muy celosa de vos, tu tía. Se afecta y es lógico. Como es lógico que languidezca cuando no la llamás, cuando no la atendés. Ella desea ser consultada, tu tía, requerida. Y también se ha sacrificado por vos. Todos estamos solos, Beto, en el fondo. No es mucho pedir. Quien más, quien menos. Apenas que no dejes de tomarla en cuenta. Cierta continuidad. Es una señora grande. Vos sos más intuitivo que otra cosa. Los desamorados son muy... Eso es condenarse. Aislarse es condenarse. Forjarse es tarea de cada jornada. Bueno, ya sabés como soy. Tu tía no lo merece, ella.

Habla, pero áfona. Enjuaga al hijo. Cimbran los jubilosos testículos del hijo desnudo. La madre extrae de la canasta los barquitos de papel. Los dispone en el agua. Los mueve, los sopla. Extrae de la canasta la caja de fósforos. Como jugando, prende fuego a un barco.

—Y si no, fijáte en nuestra familia. ¡Por algo no fui contrincante!... Astrid me avisó. Desde Villa La Angostura: me llamó y me avisó. No habrán estado tan maniatados. Hubo irresponsabilidad. ¿Sabés qué pensé cuando me lo contaron?: que fueron estúpidos de una manera desaforada. Ocurrió ya con otro, un primo mío fallecido. La decisión tenés que tomarla cuanto antes.

Sin dejar de hablar, prende fuego a otro barquito. En el grueso y agitado periscopio del hijo desnudo resplandece un hálito tremendo.

—Sé que te cuesta. Pero, por lo menos, nosotros sí con la cabeza sobre los hombros. Tu abuelo la seguiría: “Y con el cerebro dentro de la cabeza”. Y que no querés ser áspero ni irritante también lo sé. Sobre todo por el lado de las cuñadas, esas mujeres en chancletas, hay antecedentes. ¡Ah!, esas susceptibilidades cuando está revuelto el avispero, no paguemos los justos por pecadores. Con ellas, pies de plomo.

Prende fuego con un mismo fósforo a dos barquitos. Y del ojo del enardecido periscopio del hijo desnudo, brota una salva de esperma que santifica el rostro, la cabellera y los hombros de la madre, y que, asimismo, apaga los focos de incendio.

—Delicadeza, diplomacia y como que estuvo urdido desde antes. De la suegra del hermanastro del Alfredo, no hay que preocuparse porque se vuelve a su país. Mejor. Hay un punto que no estaría de más que le fueras buscando la vuelta. Previsión. Para no quedarnos estancados. O un día, zás, nos salen con un domingo siete. Buscarle la vuelta en el sentido de la liberación total de la escritura. Tiene que haber un procedimiento legal. Acortar plazos en estas circunstancias nos favorecería.

Habla, pero áfona, hasta que sacando el tapón de la bañadera, vuelve a oírsela:

—Las palabras son cuerpo. Cómo se ponen estas palabras en la caaaaaaavidad. El volumen y el espesor. De chanfle. Como ciega y como sorda, como él. El paladar es irrevocable. Sufría mucho. Ella sabe todo de vos, siempre se interesó. No olvida jamás un acontecimiento, tu tía. Necesita que la mimés. Restituíle, Beto, restituíle. Cartas en el asunto. Que no te desentiendas.

Es audible el agua pasando por la cañería.

—A alguien le toca, y es a vos. Pueden iniciar juicio y eso crearía molestias. Inevitable. Tenemos que anticiparnos. Llevamos las de ganar, pero confiarse es estúpido. Conciliar no es deponer. Tu tía no parece la del retrato coloreado. ¿Olvidó qué preferías, tus antojos? Y vos, nada. La vieras. No es mucho demandar. Cabalga sobre su cabalgadura cabal. Un loco. Con una sola mano manejaba, los cambios con displicencia. La envidia. Liberación total. Y al abogado como primera medida. Al nuestro. Es hábil y experimentado. Hay que pre... pre... Ablandar el texto. De brazos cruzados no se van a quedar. Lo que haya que pelear se peleará. La pecunia. ¡Qué ironía!... No sé por qué ahora me viene a la mente: “Es mejor ahogarse con aire que sin aire”. Sin embargo, me oxigenaría (¿o sin sin embargo?) que no ignoraras. Que mañana no me reproches no habértelo trasmitido. El haberme ocultado de vos. (O el haberte ocultado de mí.) Las cosas que podés saber, sabelas.

Habla, pero áfona. El hijo desnudo comienza a ser arrastrado por el remolino. La madre, incorporada, se opone al remolino, tironeando del hijo. Vuelve a oírsela:

—Entre nosotras nos lo recomendábamos: “¡Es bárbaro, es un forajido!” ¡Se derritió como un helado! ¡Me apresuré cuando apetecía ser derribada! ¡Eso me inculcaron! ¡Sus negocios marchaban, al principio! ¡Hubo varios principios, aunque el primero fue estupendo! Un torbellino. Efecto de rebote. ¡¿Por qué tuve y tuviste secretos para mí?! Ronquido hidráulico. ¡¿Por qué me instabas a una supuesta ambigüedad?! ¡Querido!...

Ya más de medio hijo desnudo ha sido absorbido, succionado por la cañería.

—¡Yo ansiaba que me envolvieras, que me pertenecieras! ¡Te adoré! Y no era manco para... ¡Una hembra sin corazón hubiera resistido!...

Casi todo el hijo desnudo ha desaparecido.

—¡No me apabullaron ni disfrutaron ni desencadenaron! ¿Dónde aprendiste?, nos decíamos. ¡¿Quién tiene que descerrajarse?! ¡Yo era menos oblicua alguna vez! ¡Y sola es como el crimen!...

Cesa de hablar. Cesa el sonido del agua y del hijo pasando por la cañería.


*Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y diecinueve poemarios. En ediciones digitales se hallan los seis tomos de su libro “Documentales. Entrevistas a escritores argentinos”, conformado por 159 entrevistas por él realizadas. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com  - Más de 1450 videos en los que ha grabado poemas y otros textos literarios de muy diversos autores se encuentran en https://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti/videos.

martes, 5 de mayo de 2026

"Mujeres que hicieron historia" ilustración digital de Carla Chávez

Nombre: Azucena Villaflor – “Madre de la memoria”
Técnica: Ilustración digital
Medidas: 21 × 29 cm (A4)
Año: 2026



Nombre: Alicia Moreau – “Igualdad social”
Técnica: Ilustración digital
Medidas: 21 × 29 cm (A4)
Año: 2026



Nombre: Cecilia Grierson – “Primera médica”
Técnica: Ilustración digital
Medidas: 21 × 29 cm (A4)
Año: 2026


Nombre: Victoria Ocampo – “Promotora de ideas”
Técnica: Ilustración digital
Medidas: 21 × 29 cm (A4)
Año: 2026


Nombre: Julieta Lanteri – “Igualdad en urnas”
Técnica: Ilustración digital
Medidas: 21 × 29 cm (A4)
Año: 2026



Nombre: Dora Coledesky – “Derecho a decidir”
Técnica: Ilustración digital
Medidas: 21 × 29 cm (A4)
Año: 2026



Nombre: María Elena Walsh – “Poeta de infancias”
Técnica: Ilustración digital
Medidas: 21 × 29 cm (A4)
Año: 2026



Nombre: Lola Mora – “Arte sin moldes”
Técnica: Ilustración digital
Medidas: 21 × 29 cm (A4)
Año: 2026



Mujeres que hicieron historia es una serie de ilustraciones inspirada en ocho mujeres fundamentales de la historia argentina. Cada obra busca recuperar la memoria de figuras que, desde distintos ámbitos como la política, la medicina, el arte, la literatura y la lucha por los derechos humanos, marcaron caminos de transformación social. A través del lenguaje visual de la ilustración, la serie propone acercar sus historias a nuevas generaciones y rendir homenaje a su valentía, pensamiento y compromiso. Cada retrato representa no solo a una figura histórica, sino también a una lucha colectiva por la igualdad, la justicia y los derechos. Esta colección busca mantener viva la memoria de estas mujeres y reconocer su aporte en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria.

*Carla Chávez, conocida artísticamente como Caluartt, es una artista plástica nacida en Lima, Perú. En 1992, con apenas seis meses de vida, llegó a Argentina junto a sus padres. Desde pequeña ha compartido con su padre la pasión por el dibujo y la pintura, disfrutando del arte desde que tiene uso de razón.  En 2019 comenzó a estudiar Diseño Gráfico, formación que continúa hasta la actualidad. Durante la pandemia de 2020 decidió dedicarse de lleno al arte, explorando diversas técnicas y materiales. Desde entonces no ha dejado de crear, lo que la llevó a desarrollar su proyecto actual: Filatelia Nacional. Esta serie de estampillas ilustradas busca reivindicar la cultura popular argentina a través de íconos y símbolos que representan la identidad del país. Con su arte, Carla busca devolver, de alguna manera, el amor, el hogar y las oportunidades que Argentina le brindó a ella, a su familia y a muchos migrantes.