martes, 11 de agosto de 2020

"Patricio y Lunes" Cuento de Manuel Arboccó



La noche había hecho su aparición hacía pocos minutos y la última ave despavorida se dirigía a su nido. El momento era oportuno más no así el lugar. De cada diez gritos en la ciudad, esta vez solamente uno era de dolor; la época invitaba al relajo. Pero había que moverse rápido para no confundir a algún eventual rescatista.

Desde el acantilado podía divisarse hasta el último restaurante de los que ahí funcionaban. Los pasos a dar eran claros: buscar una bajada más segura, cruzar luego la peligrosa avenida y llegaría. Patricio se demoró mucho en bajar ya que lo hizo con mucho cuidado, no quería tropezarse, había aprendido la lección –puedo matarme- pensó.

El aroma a mar ingresaba velozmente por su nariz y fue cuando pensó que sus pies, tan acostumbrados a las zapatillas, le agradecerían dejarlos deslizarse sobre la arena que, cosa curiosa en Lima, no estaba llena de desperdicios, pero no por limpieza de su gente sino por el sacrificado trabajo realizado horas antes por los barrenderos municipales, los cuáles se encargaron de llevarse la retahíla de inmundicias dejadas por la inmunda gente. La sensación de sus pies descalzos le trajo rápidamente recuerdos dejados de lado; material olvidado, material secuestrado por lo cotidiano. Patricio se extrañó. Siempre había pensado que eran las personas, las calles y las cosas las que producían asociaciones, pero no las sensaciones corporales: el pie descalzo en la arena, o los olores, la fuerza del mar que ingresaba ahora hecho una agradable fragancia. La neblina limeña generaba un mayor respeto por la inmensa vista, la seriedad de un color es lo que confiere estilo a lo pintado y aquella vista marina era, además, de temer. Ya alguna vez de niño casi se ahoga, si bien es cierto no en el mar, aunque si en una de las piscinas del Club Regatas, lo más próximo a mar para Patricio cuando tenía cuatro años. –El mar es lo más viejo de la Tierra- dijo para sí. -¿Cuántos años tienes?- le gritó. No había nadie cerca de él y de haberlo habido no le hubiera importado ser tomado por un desquiciado.

Se sentó y se vio solo, y eso le agradó. Era de las personas que desde pequeño se sentía mejor solo que acompañado. De niño esto le preocupaba, aunque ya de grande sabía que era lo mejor que podía haberle pasado. Siempre se sintió, también, de mayor edad que sus contemporáneos a quienes, a veces, le era imposible comprender y menos aún reírse de sus tontas bromas, aunque en ocasiones lo hizo para no pasar por lento o para evitar una tomadura de pelo. A varios cientos de metros logró divisar a los muchachos que habían llegado antes que él. Todos esperaban los fuegos artificiales preparados para las celebraciones tan publicitadas por los medios aunque él no sabía bien si se celebraba el fin de este año o el inicio de uno nuevo. –No es lo mismo- pensó.

Un perro callejero apareció de improviso y se detuvo a poco más de un metro de él. Era flaco, tanto que sus costillas se podían ver, tenía una cara de hambre que a Patricio le engendró pena. Recordó que en su casaca tenía un paquete de galletas el cuál sacó y entre algún titubeo, debido a la inseguridad de que un perro comiera galletas con chocolate, se las fue acercando una a una y una a una el perro se las comió. El can se dejó acariciar por Patricio quien de inmediato lo adoptó y le puso por nombre Lunes. Siempre había querido tener un perro y llamarlo Lunes y en la última noche de este año había conseguido uno. Lunes se echó a descansar a los pies descalzos de Patricio a quien no dejaba de extrañarle la facilidad con que ese animal había aceptado tan rápidamente la compañía humana. Lo que no sabía en ese momento, aunque lo comprendería muchos años después por la época en que Lunes enfermó, es que el perro al igual que el hombre necesita del contacto esporádico para sentirse vivo, para sentirse algo, para paliar sus miedos.

Patricio se echó en la arena, su cabello largo se llenó de ella, pero eso a él tampoco le importaba. Solo quería que lo dejaran ver el cielo. Y lo dejaron. Contemplaba el cosmos como un niño cuando ve por vez primera la televisión. Totalmente absorto. La tranquilidad que reflejaba brindó la seguridad que Lunes buscaba para poder dormir a sus anchas. Ajena a él mucha gente iba llegando a la playa, los autos y sus estimulados tripulantes parecían competir tácitamente por quién lograría la mayor estridencia posible, bajaban de los autos con botellas de alcohol en mano mientras la música de sus vehículos de tanto volumen no se podían escuchar bien. Patricio parecía inerte. Miraba fijamente al infinito. Vio dos estrellas que desde aquí abajo parecían dos puntos con escarcha plateada de esos trabajos escolares que siempre dejan las profesoras de primaria. –Son papá y mamá- pensó. Desde el día del fatal accidente a Patricio no le quedó la menor duda de que se volverían a encontrar. Meses antes él en un arranque descontrolado había cometido una tontería intentando violentamente apresurar un encuentro con ellos, tan violento como aquél accidente que generó -sin avisar- la brutal separación. Entendió que el tiempo no es nuestro, como tampoco lo es la vida, ni la Tierra en que vivimos y que tanto maltratamos. Imágenes diversas confluyeron en la conciencia de Patricio: sus padres, su madre sobre todo; el perro que dormía a sus pies; el frío que empezaba a sentir; los fuegos artificiales a punto de estallar; el sonido de las olas del mar que rompían pacíficamente cerca de la orilla. Una lágrima caliente bajó de su ojo izquierdo, él sintió como iba rodando lentamente por su mejilla para terminar en su boca. La probó. Era salada ¡como el mar! exclamó Patricio y levantándose súbita y emocionadamente como quien ha hallado tan esperada respuesta, corrió hacia la orilla y avanzó empapando su pantalón y cuando llegó a cubrirse de agua por encima de las rodillas, encarando al mar y como queriendo que todos los dioses de la historia lo escuchen, tan fuerte como pudo gritó ¿es acaso que ustedes han llorado tanto?

De pronto los castillos de luces artificiales encendieron el oscuro cielo limeño mientras los colores y el bullicio cercano se multiplicaban a cada instante impidiendo oír la respuesta de los dioses interrogados. 

*Manuel Arboccó de los Heros, Lima. Psicólogo clínico. Con formación psicoterapéutica humanístico existencial. Magister en Psicología por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Cursa estudios de Doctorado en Psicología en la UNIFÉ. Miembro de la Asociación Peruana de Psicología Fenomenológico-Existencial (APPFE) y de la Asociación Latinoamericana de Psicoterapia Existencial (ALPE). Facebook de divulgación psicológica: Nos sobran las palabras



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