lunes, 8 de marzo de 2021

"El tótem" relato de Felipe Castañeda



La parada del autobús era prácticamente inexistente. El chofer se estacionaba debajo del puente que llevaba directo a la zona financiera de la ciudad, una amalgama de gente, repleta de oficinas. De lunes a viernes, principales días laborales en aquella zona ejecutiva, arribaba el bus a las 17:00 horas, guiado únicamente por la fila de pasajeros puntuales que nunca iniciaban la fila en el mismo sitio, sino que, por arte de magia, tenían un acuerdo tácito de formarse detrás de los primeros que caminaran hacia el puente. En ocasiones, cuando llegaba antes de tiempo, el chofer se guiaba por un pasajero que estaba en el punto de encuentro desde mucho antes. Parecía un tótem que indicaba que allí era la tierra prometida.

Ese tótem, claro está, era un tipo muy alto, gordo sin llegar a ser obeso, robusto y fuerte. Su cara parecía la de alguien con un ligero retraso o problema mental. Siempre estaba con la boca semiabierta y jadeaba. Sus labios se mantenían húmedos como si salivaran mucho a pesar de todo el aire que entraba y salía de su boca. Tenía dientes grandes que se asomaban brillantes por la abertura de su boca. Siempre vestía camisas de manga corta a cuadros, y se peinaba hacia atrás de forma uniforme. Era de tez morena y daba la impresión de estar cansado constantemente, como si su cuerpo le pesara sostenerse.

Ese día, el “tótem” observó a un hombre formado en la fila del bus. Era una persona de baja estatura, iniciando calvicie en su cabeza, y parecía estar molesto. Realmente, su cara de molestia era generada por el humo de cigarro que el viento le acercaba a la nariz. Al hombre de baja estatura le era muy desagradable el humo y la gente que fumaba. Consideraba asqueroso tener que respirar lo que el vicio de otros expedía, tras haber sido procesado en sus entrañas. Entrañas de gente viciosa, pensaba aquel hombre de estatura baja. 

Sin embargo, el fumador de la fila del bus decidió terminar abruptamente su cigarrillo, lo tiró al suelo y lo pisó con la suela de unos zapatos impecables que desde lejos parecían muy finos, pero cualquiera que se acercara a verlos, se daría cuenta de lo obviedad de su origen humilde de rebaja de supermercado. Una vez que el cigarrillo estaba apagado, el semblante del hombre de estatura baja cambió. Se dibujó en él una sonrisa placentera y bondadosa, con una vibra tan positiva, que el “tótem” se sintió contagiado por su sonrisa y decidió sonreír también, y por qué no hacerlo si la vida tenía más razones por las cuales agradecer, que motivos para estar enojados o tristes.

Quizás por parecerle simpático aquel hombre de estatura baja, quizás porque su imagen parecía de una persona más exitosa que él, o simplemente porque hacía tiempo no veía una sonrisa sincera, pero el “tótem” decidió llevar esa sonrisa contagiada en su rostro durante todo el camino e inclusive hasta llegar a su hogar. Quizás contagiaría a alguien más. A decir verdad, la sonrisa del “tótem” no era agradable: sus dientes grandes además estaban muy separados y a un diente delantero estaba cortado, brindándole un ángulo afilado, dando como resultado un aspecto de vampiro que a cualquier niño le daría miedo e inspiraba desconfianza en los adultos. El “tótem” estaba consciente de ello, sin embargo, era una sonrisa sincera y estaba dispuesta a compartirla con el mundo, como le había sido compartida a él.

No, ya no es octubre, pensó para sí. Ya había comenzado el mes de noviembre, y él tenía conocimiento de que en ese mes muchos hombres acostumbraban dejarse crecer la barba. Aunque el “tótem” no contaba con mucho vello facial, lograba formar un discreto, pero naturalmente delineado bigote, que lo haría parecer un actor de cine mudo de no ser por sus áreas de oportunidad en cuanto a atributos físicos. En ocasiones brotaba algún pelo en la mejilla, pero nunca conseguía desarrollar barba. Su noviembre no sería solidario con esa costumbre cuyo origen y propósito realmente le eran desconocidos. Sin embargo, no habría problema, no era su obligación seguir algo que no conoce a fondo. Pero sí era su obligación conservar la sonrisa contagiada, para llevarla a su hogar.

El bus hizo una primera parada después de casi una hora debido al denso tráfico de la ciudad y que había llovido durante el trayecto. El “tótem”, quien normalmente se sentaba en las primeras filas pero respetaba siempre los lugares reservados pensando que podría necesitarlos cuando fuera anciano, bajó del bus despidiéndose del chofer intentando contagiarlo con su sonrisa, pero no fue correspondido debido a que el chofer tiró por accidente una moneda y miró hacia abajo para buscarla. Intentó hacer contacto visual con otros usuarios del bus, sin éxito, ya que dormían, leían, hablaban con el compañero de asiento, o estaban volteando hacia otras direcciones. El “tótem” caminó un par de cuadras, sin dejar de sonreír, para adentrarse en su barrio, que era humilde e inseguro para cualquier persona ajena. Pero él, aunque no muy social, era parte de la comunidad, y en ella todos se protegían entre sí. Al llegar a la calle de su casa, se percató que no estaban sus vecinos tomando cerveza afuera como era la costumbre. Abrió la puerta metálica de su hogar, y la cerró con su fuerza natural, causando un fuerte ruido que hizo vibrar las ventanas. Era una casa chica, tenía un pequeño comedor a la entrada, rodeado por un viejo refrigerador que hacía ruidos en par, como una pequeña canción de dos notas. No tenía sala, pero sí un televisor mediano que veía desde el comedor. También había una pequeña habitación con una cama individual y un mueble para guardar ropa. Vivía solo y sus vecinos no daban señal de vida. La sonrisa correría el riesgo de no ser contagiada. Esa posibilidad debilitó un poco la fuerza de su sonrisa, pero el “tótem” evitó a toda costa perderla. En un nuevo intento, salió de su casa en búsqueda de alguna persona, de algún ser vivo para contagiar la sonrisa antes de que el pensamiento de la supuesta realidad le apartara de lo que es real. Pero la calle seguía sola.

A punto de perder la esperanza, pisó sin querer un gran charco. Volteó hacia abajo, encontrándose con su reflejo. Observó que seguía esa sonrisa genuina, verdadera y natural, que le había sido contagiada pero que no tenía una razón para existir. Tampoco tenía una razón para no existir. Por eso tal vez no se pierda, pensó. El único que podría arrebatarle esa sonrisa, y la dicha que viene con ella, sería él mismo.


* Felipe Castañeda. Ciudad de México. Doctor en educación con certificaciones de instituciones como Harvard, MIT y Tecnológico de Monterrey. Profesor universitario. Estratega. Viajero nefelibata. Creador de relatos y de crónicas urbanas. 


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