lunes, 15 de marzo de 2021

“Último descenso” poemas de Lucía Estrada



Peldaño I

Has vuelto a casa. Paredes por todos lados, y una que otra escalera para empezar a morir. Miras tu cuerpo. Arde sin ventanas. Sin embargo, se está bien aquí. Los objetos muestran su condescendencia. Tienes miedo. Poco a poco, el aire cerrado irá tomando posesión de los minutos, de las horas, del tiempo que se mueve a tu alrededor en danza macabra. Te acostumbrarás. Pronto serás la misma. 

Si algo ha empezado a romperse, arrójalo al fuego. Celebrarás la humareda. Te esperan los más grandes asaltos a tu tranquilidad. Siéntate y aguarda pacientemente. Lo que no sabes definir te mira desde la sombra. 

Has vuelto a casa. Recuerda registrar cada uno de sus rincones, no sea que no te reconozcan. Hazlos parte de tus vértebras, de tu necesidad de llevarlos cada día sobre tus hombros. No hagas nada que rompa el hilo de las imágenes que vendrán a tu encuentro.

Te resistes, pero esto sólo durará un segundo. Al fin y al cabo, tras la hiedra no hay mucho para ver.

En el patio, en la fuente que alimenta el musgo, te sentirás por primera vez a tu favor. Te escurrirás como antes bajo las vigas que traquean, junto al cristal que empieza a fragmentarse.

Estarás bien reaprendiendo el nombre de la ruina, y tus manos serán aprendices de una nueva forma de olvidar. Nada ni nadie podrá echarte en cara este favor. Aquí todas las sombras tienen su oficio y lo cumplen cabalmente.

Afuera, quizás, hablarán de ti. Sospecharán que te has convertido en niebla. No hagas caso. Te espiarán por las hendijas, pero para ellos será un espectáculo vacío.

Has vuelto a tu silla y a tu mesa. Tu lámpara hablará de nuevo para ti. Polvo, ¿quién eres? Es su paso el que muerde dulcemente tus pulmones, o la ceniza, o el espejo que atravesaste la última vez. ¡Cuánto no has cambiado!

Permite que la noche vigile tu puerta.


Peldaño II

Para Paula


No hubo historia. Sólo ruinas de palabras, grietas, pequeñas insinuaciones de la muerte. Esperar de pie, atravesados por el duro viento de los días. Resistir como si de las palabras brotaran raíces, como si en el aire húmedo se abriera de pronto una promesa. Pero no hay lugar para estas cosas. Sólo grietas. Grietas por las que resbala la luz. Grietas abriéndose desde dentro del cuerpo; tantas como para reventar tu corazón; como para congelar el vacío a la altura de las manos y del vientre, para hacer de la angustia una presencia sólida. No hubo nada. Ni siquiera palabras. Sólo un cuerpo cansado y oscuras constelaciones intentando un orden dentro de tu cabeza. Cuerpos y más cuerpos dentro del cuerpo cayendo entre los tréboles y las necias preguntas de los otros. Resistir, y sin embargo romperse. Como la quilla de un barco en altamar, como la soga atada desde siempre alrededor de tu inocencia. Resistir al otro lado de la realidad, cayendo desde ti misma sin lastimar a nadie. Preguntándote cuán verdadera era la verdad con la que tropezabas a diario, cuán confiable su estatura.

¿Ves cómo la muerte ondea en este paisaje? ¿Escuchas cómo canta sibilina por entre las piedras?

Aquí no hay sombras ni tiempo; tampoco promesas por las que caer arrastrando la sangre, la sal, el deseo que nunca tuvo donde hacer pie ni un destino al qué dirigirse.

Resistir, aunque el cuerpo esté lleno de grietas, aunque la ruina haya alcanzado tu respiración. Voces ahogadas, soles resplandeciendo detrás de la noche.

Resistir porque existe el mar y dos o tres cosas que sostienen su pulso sin consultar a nadie. Algunas parecen firmes, inventan nuevas formas de huir sin dañar la escasa belleza que hemos logrado. Entonces, dices, todo es perfecto como nunca. Saltas. Son las voces. Sólo las voces, pequeñas insinuaciones de la muerte que quieres atender.

Ahora, frente al mar, tenemos las manos vacías. Estamos quietos sin querer resistir, sosteniendo ruinas de palabras, silencios que no darán cuenta de nuestros pasos. Todo ha sido devuelto una vez más. Casi nada, en este juego de azares y promesas, alcanzó a tener un nombre, un argumento a su favor. Casi nada, ni precariamente, donde no hubo historia…


Peldaño III

La luz rueda silenciosa sobre la piedra y alcanza una ventana. En ella funda su reino, sin importar quién, desde algún rincón, pueda celebrar su epifanía. Dentro, alguien intenta una fórmula, una aritmética de lo que apenas intuye, y obliga a su cuerpo a corresponder ese abrazo de arcilla inquietante. Nada de lo que ocurre en el secreto de las cosas podría ser invocado por el azar. Así las acepta y las ofrece al ritmo vertiginoso del tiempo. 

Bajo el techo que ningún cielo sostiene, la vida transcurre de otra manera. Un río subterráneo de formas voluptuosas, un río que apenas sí se advierte en la penumbra. Cuanto resplandece adentro, cal y arena, suaves curvas que acogen como un vientre el sueño y los misterios de la carne, alimenta el rabioso mediodía de las terrazas; el mar rutilante que va y vuelve allí abajo, las constantes e invisibles precipitaciones del afuera. Dentro, seguirán hasta el fin las mediciones, las largas esperas entre números y pequeños dioses chispeantes.

Los ojos no han perdido de vista ni un instante los cambios geométricos de la luz, como el cazador a su presa, o el zahorí el llamado insistente del agua. Así, oscuramente, la noche, el oído atento. La luz es apenas un fantasma en la rugosidad del muro. Pronto se llevará la ventana, la redondez de un vaso, el ángulo exacto de la mesa. Quedará el mar, su música galopando en el espacio negro. Un mar imaginario como las cosas que empiezan a desaparecer, como el brillo opaco del compás, como las manos… Sí, al final sólo quedan las manos, su quietud de hueso prueba de que hubo algo, ni grande ni pequeño, abriéndose a la noche, sucediendo sin testigos, sucediendo –sencillamente- como la luz, o el peldaño que no continúa la escalera, y que muere, perfecto y distante, ante tus ojos que se apagan.


*Lucía Estrada (Medellín – Colombia, 1980) Ha publicado varios libros de poesía entre ellos,  Fuegos nocturnos, Noche líquida,  Maiastra, Las Hijas del Espino, El Ojo de Circe (Antología), La Noche en el Espejo, Cuaderno del Ángel, Continuidad del jardín (Selección personal) y Katábasis. Con su libro Las Hijas del Espino obtuvo el Premio de Poesía Ciudad de Medellín (2005), y la Beca de Creación en Poesía, otorgada por el Municipio de Medellín en 2008 con Cuaderno del ángel. En 2009 y 2017 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá con sus libros La noche en el espejo (2010) y Katábasis (2018) respectivamente. Ha sido traducida al inglés, francés, alemán, portugués, sueco e italiano. En 2020 la editorial Eulalia Books de Estados Unidos, publicó una edición bilingüe de Katábasis en traducción de Olivia Lott.

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