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martes, 28 de octubre de 2025

“Sin alma" microrrelatos de Úrsula Prevosti


El nuevo café

Me bajé del colectivo, estaba deseando ir a tomar algo a ese café nuevo que abrió, y aún más luego de aquel día agotador. Estaba lloviendo bastante, así que fui corriendo hacia la entrada del bar. La música que sonaba de fondo era irritante, no frenaba... todo el tiempo ese "punch-punch", me dolía la cabeza. Extrañamente nadie vino a atenderme a la mesa, así que me acerqué yo al mostrador. Me ignoraron. Estaba por gritarles cuando al escuchar un alarido todos salieron asombrados afuera a mirar el cadáver, mí cadáver.


Sin alma

No era él. Su mirada era distinta. No sé parecía a mi hermano, parecía una persona sin alma, sin espíritu. Desde que lo llevaron a ese extraño lugar ya no volvió a ser el mismo. Pero yo lo veía venir, porque yo sabía que ese lugar no era para él. Sabía que, si nos lo regresaban, no todo iba a ser como lo prometían.

Tuvimos que insistir para que vuelva a casa, y nos lo entregan así, ʺsin almaʺ... yo no sé qué le hicieron. Nosotros lo internamos en esa clínica para que lo curen de su esquizofrenia. Pero en vez de regresar curado ―y eso que casi no regresa― volvió así, como si le hubieran arrancado un pedazo de cerebro. ¡Eso es! ―pensé― lobotomía.

Empecé a investigar sobre las lobotomías. Es como sacarle un pedazo de cerebro a alguien, desconectarlo. Matarlo, pero dejarlo condenado a seguir respirando, sin poder hablar, ni reaccionar. Mientras leía empecé a entender que no había vuelta a atrás, él se quedaría así para siempre.

Me di cuenta de que yo lo podía salvar de la única manera posible. En un acto de locura y desesperación agarré la escopeta de mi padre y le disparé varias veces. Mi hermano ahora estaba verdaderamente muerto. Mis padres al verme en la escena del crimen quedaron horrorizados, no creyeron que alguien de 14 años podría hacer eso. Escapé, corrí lo más rápido que pude. Ellos llamaron a la policía, pero ya era tarde, yo ya estaba lejos.

Y aunque no me crean, no vivo con culpa porque hice lo correcto. Salvé a mi hermano de vivir el resto de su vida condenado a ver lo que pasa a su alrededor, pero sin poder sentir ni expresarse. Salvé a mi hermano de vivir sin alma.


Los niños estaban sucios

Los niños estaban sucios, jugando en el barro. El viento me golpeaba la cara, el sol se escondía detrás de las oscuras nubes. ¿Acaso lloverá?, me preguntaba. Ahí sentada en el parque empecé a cuestionarme... no soy buena madre, ni buena esposa, mucho menos una buena persona. Pero sin embargo ahí estaba, acompañando a los nenes en el parque.

De repente se largó a llover. Le grité a mis hijos que vengan, que estaba lloviendo. No me escucharon, estaban demasiado concentrados en su juego. Tuve que acercarme, pero al hacerlo no estaban, habían desaparecido. Empecé a gritar sus nombres. Un chico que estaba sentado en otro banco me dijo “señora, ¿Qué ocurre?”. ―Busco a mis nenes, ¿Qué más?― le contesté indignada. ―Estuve aquí toda la tarde, nunca hubo niños― respondió el muchacho. ―Pero si ahí estaban, jugando en el barro― atiné a decir. El joven me ignoró, se levantó y se fue. Seguro me tomó por loca. Me costó comprender lo que había pasado, hasta que recordé la razón por la que estaba en ese parque. Era el aniversario de la muerte de mis hijos.


*Úrsula Prevosti vive en Argentina, en un pequeño pueblo de La Rioja llamado Anillaco. Tiene catorce años y nació el 7 de enero de 2011. Creció rodeada de libros y lecturas. Ama escribir: lo hace cuando está alegre, triste o angustiada, ya que para ella es como un cable a tierra. Hasta el momento, no ha publicado sus cuentos en ninguna plataforma. Normalmente se los lee a su mejor amiga, que siempre está dispuesta a escucharlos, o a su familia, que también la escucha y le hace sugerencias y aportes. Durante el año 2024 asistió a varios talleres de escritura y participó en dos concursos literarios juveniles, obteniendo premios en ambos. 

jueves, 7 de agosto de 2025

"Las palabras son un susurro" microcuentos de Miguel Contreras


El Pegasus de Madera

Era el fin de semana, el día que más esperaba María. Encontró un balancín de madera, un caballo negro con arneses blancos y una silla amarilla. Acariciándolo, gritó: “¡Papá, he encontrado a Pegasus!” Corrió al jardín, sonriendo: “Pegasus ha vuelto a casa”.


Sueños Mágicos

Antonio, siempre triste, trabajaba sin descanso, alejándose de su familia. Sus jefes gritaban y su pago menguaba, llenándolo de desánimo. Un día, su hija le reclamó: “¡Ya no estás en casa!”. Él, roto, lloró al cielo: “Devuélveme a mi familia”. Las lágrimas nunca se olvidaron.


Las palabras son un susurro

José, siempre amable y servicial, ocultaba envidias y tristeza. Creció y su bondad se tornó en rencor. Un día, recibió una escultura que, al romperse, renació en oscuridad. José, lleno de dolor, comenzó a desaparecer a la gente. Ahora, el pueblo vive con miedo, temiendo su regreso.


El Hombre Agua

Una joven, tras perder su casa por el Hombre Agua, lo confrontó. Él le dio una Tela Roja mágica, pero el posadero la robó. Regresó al Hombre Agua, quien le dio un Tótem. Este la protegió, recuperando sus objetos. Desde entonces, vivieron felices, gracias al Hombre Agua.


*Miguel Contreras. Graduado con honores en UNEARTE, como Licenciado en Artes Plásticas, Mención: Escultura (2015), su tesis: Subversión de la Escultura Fantástica, recibió la Mención de honor publicación. Paralelamente curso estudios de Enfermería, graduándose como T.S.U en Enfermería. Adicionalmente curso estudios de posgrado en: Dirección de Arte, Guion Cinematográfico, Cinematografía, y Diseño de Producción.

miércoles, 16 de abril de 2025

"La resistencia más fuerte del mundo" microrrelatos de Carlos Andrés Romero López


INSUFI-CIENCIA

Bernardo Ríos, cardiólogo de profesión, quedó paralizado cuando abrió el pecho de su paciente. No recordaba cuántas cirugías de corazón tenía en su record, ni haber manifestado asombro durante estos procedimientos; la medicina, además de enseñarle a usar el escalpelo y magnificar sus habilidades diagnósticas, había desarrollado en él una indiferencia de sabio estoico. Cortar el cuerpo humano le resultaba tan cotidiano como desgajar mandarinas al desayuno: una operación que requería sólo el concurso de la razón.

En el quirófano, sin embargo, la exigencia de salvar esta vida sobrepasó el sentido común; aparentemente, el hombre estaba sano: la sangre circulaba sin dificultad y los vasos coronarios cumplían su función. Pese a ello, lo estaban perdiendo. El doctor Ríos había decidido realizar la intervención porque era evidente que algo sucedía, además los exámenes previos sugirieron que el dolor agudo tendría origen en una posible inflamación del pericardio. Desacertada interpretación.

La conmoción fue significativa. El enfermo sufría, sí, aunque la causa de su padecimiento permanecía oculta. “¿Qué era?”, preguntaba desesperado el médico apoyándose en dos enfermeras que le sostenían de sus brazos, al tiempo que secaban un copioso y frío sudor, preámbulo de lo inevitable. Nada podía hacer ante la inefable fatalidad de ese ser postrado e indefenso que se negaba a vivir. La compasión que nunca tuvo, brotó de sus ojos. Frustrado, reconoció su ciencia incapaz de restaurar un corazón roto por el amor.


LA BOTELLA DE PERFUME FINO

¿Por qué te escondés allí atrás, si sos la más hermosa? El rumor de tantos cristales rodeándote resulta escandaloso, pero es la voz de su ignorancia respaldando una falsa imposición (las francesas, por ejemplo, sólo disfrazan el mal olor). Vos, en cambio, tenés una apariencia de sinceridad que sobrepasa tus pequeñas dimensiones. ¿Sobre quién esparcirás tu indescifrable verdad?


LA DESPEDIDA

Me quedan tres días de vida, quizá cuatro. Ayer escuché a Juliana hablando por teléfono sobre mi muerte y confieso que, aunque nostálgica, había en su voz un desconcertante tono de satisfacción.

Mi sorpresa aumentó cuando dijo: “¡por fin acabaré con él!”. No sólo moriría, sino que ¡ella misma terminaría conmigo! ¿Olvidó que yo estaba en la habitación contigua? Finalizada su charla, se acercó.

Tomó mi cuerpo entre sus manos y repitió como acostumbraba algo que yo mismo le iba diciendo, asustado ante las que serían mis últimas palabras. Al principio, nuestra relación fue dichosa; ahora representaba una dolorosa tortura, pues el tiempo corría en contra mía.

Llegado el cuarto día, poco tenía ya para decir. Tan sólo le mostré la pirotecnia que allá en Orán desplegaron, celebrando el fin de la peste. Seguidamente, concluyó ahogándome contra su pecho. Entonces lloró, puesto que, si bien podría observarme siempre en su estudio, lo mejor de ambos quedaría vivo en el recuerdo.


LA RESISTENCIA MÁS FUERTE DEL MUNDO

Vos querés que nada diga, para no espantarte el color de la piel. ¿Acaso esperás conservarte por siempre inmaculada? Preferir quedarte blanca antes de ver a uno de mis pensamientos sobre esa extensión tuya, muda e insoportable… me impacientás, sin duda, bajo el insufrible silencio que casi siempre lográs imponer. ¡Basta ya! Justo en este momento, estoy declarando victoria anticipada.


SOBERBIA

Despachando desde su consultorio, el médico se limita a encasillar su paciente en un cuadro de diagnóstico. Reconoce síntomas, receta medicamentos. Si las dolencias persisten, ordena el chequeo correspondiente que revelará su causa. Seguidamente, recomendará el tratamiento apropiado, sea que su consultante tenga oportunidad de vivir o sólo con el ánimo de prolongar sus días hasta que se desencadene lo inevitable. En este último caso, pronunciará sentencia su ingenua potestad: “tiene usted tres meses de vida”.


VENGANZA

Cuando muera, si mis órganos sirven, quiero que pasen al cuerpo de mi enemigo para que se vea obligado a vivir conmigo.


*Carlos Andrés Romero López (seudónimo: Umberto Marhe). Santiago de Cali, 1975. Reside actualmente en Elche (España). Licenciado en filosofía por la Universidad del Valle (Cali, Colombia). Caminar en contra de la multitud, una de sus mayores aficiones. Escribir, su forma de existir y persistir.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

"La otra Alejandría" microrrelatos de Carlos Andrés Romero López


La Caverna

La oscuridad abismal. Otra dimensión anuncia esta tarde ficticia, engalanada de sombras que se proyectan sobre una pared manchada con rastros de pasión. Hablan, aunque apenas puede entenderse su pronunciación basada en el lenguaje universal del gemido, al que nadie parece prestarle atención. Las miradas solitarias tienen suficiente deleite en el único punto de claridad donde descubren masas envueltas en sudores, cuyo golpeteo emana un olor sólo imaginado. No existen. Pretenden existir, y, sin embargo, convulsionan al espectador encadenado por voluntad propia, protagonista de una historia pervertida todavía inédita que desafía su vergüenza todos los días. Carente de valor para escapar de esta caverna, decide permanecer inmerso en su fantasía traduciéndola hábilmente hacia el placer de Onán. 
La modelo sueca desciende entonces desde la pantalla, cual sacerdotisa desnuda e inmaculada que por vez primera convocan a la corte del vino, para que aprenda a extraer el jugo del ardor. De rodillas, recogido su cabello rubio, toma el miembro besándolo un tanto pudorosa, jugueteando, indecisa ante quien desea derramarse en su boca. El hombre, a punto de estallar, disfruta la acción que considera suya, inigualable. 
En cuestión de segundos, ella desapareció. Él seguía gimiendo en el espejismo de su cama. Evacuado, pero no satisfecho, dispuesto a concebir nueva ilusión, limpiaba el moquillo concupiscente que sus manos batieron.

Desde las entrañas

La sociedad reprime al pedo. Un evento tan natural y a la vez vergonzoso; liberador, pero ofensivo. Los hombres lo presumen; las mujeres lo disimulan. En general, nunca bien visto; dicen que negarlo es como si negáramos a nuestra propia madre. Se cuenta que Metrocles, antes de aplicarse a la filosofía cínica, decidió encerrarse hasta morir de inanición por habérsele escapado una flatulencia en público; cuando lo supo Crates, filósofo cínico y además cuñado suyo, se propuso sacarlo de su estado, para lo cual comió lentejas. Llegado donde Metrocles, Crates comenzó a filosofar y al punto las legumbres en su vientre iniciaron combustión, explotando en una ruidosa apología pedorra, con la que quedó más que suficientemente aclarada la vergüenza infundada que en aquel momento atormentaba al otro. El pedo es la lengua natal del intestino. Vestigio indubitable de una sabiduría visceral.


La otra Alejandría

De niño veía a mi papá entrar al baño llevando un periódico bajo el brazo. Descubriendo mi
inquietud, dijo:

-“me gusta leer cuando cago-“.

Aprovechaba también el periódico para limpiarse con las fotos impresas de políticos, argumentando que así compensaba sus promesas incumplidas. Era un defecador contestatario.

El suplemento de tiras cómicas inauguró la transición generacional de esta costumbre. Tiempo después instalé una repisa encima del sanitario, en la cual puse algunos libros selectos que igualmente podrían despertar interés entre quienes visitaran nuestra casa. Recuerdo el enfado de mamá al ver un ejemplar de la Biblia allí. Refunfuñando, reconoció
que aún en sitios tan indignos Dios está presente.

Aquellos libros continúan hoy esperando entusiastas cuyo placer de evacuar esté mediado
por la lectura previa de unas líneas, a pesar del espíritu seductor de la época: cagar conectados, leyendo lo que otros piensan al tiempo que están cagando.


*Carlos Andrés Romero López (seudónimo: Umberto Marhe). Santiago de Cali, 1975. Reside actualmente en Elche (España). Licenciado en filosofía por la Universidad del Valle (Cali, Colombia). Caminar en contra de la multitud, una de sus mayores aficiones. Escribir, su forma de existir y persistir.

jueves, 14 de noviembre de 2024

"Los Churripianos" microrrelatos de Franklin Aristizabal Yustes

 

LOS CHURRIPIANOS.

Sus antenas me indicaban que el avión estaría por acercarse en muy poco tiempo; sus colitas que algo duro estaba por llegar. Fue entonces cuando agarré mis corotos, mis perros y le dije a mi familia que debíamos salir de allí, porque de lo contrario nos podrían hacer daño. Cada vez los Churripianos me explicaban que el caminar rápido nos salvaría de una tragedia.  

Y sí, fue cuando los silbidos de bombas reventaron los tímpanos de mis oídos mientras a lo lejos mis vecinos caían, mal heridos y otros inclusive muertos. Los Churripianos en medio de su angustia nos dirigieron al camino correcto para estar a salvos.

-        Lo que no contaron de la ciudad, es que sería peor que la guerra en el campo.-    

 

EL CHOFER QUE NO COBRA EL PASAJE

Me subí al bus y vi personas de todos los tamaños, colores de piel y edades. Unos con caras tiernas, tristes e incluso malvadas. La música sonaba, algunas del siglo XX y otras de este tiempo. Niños de brazos solos, abuelos con bastones, hombres y mujeres vestidos de blancos y otros no tan claros.

El camino tenía varias facciones, pues en ocasiones era tenebroso, algunos allí se bajaban; otros se quedaban en parques con flores preciosas compuestas como colgantes babilónicos. Al finalizar la ruta le dije al chofer:

-          ¡señor ¡¿dónde me dejará?

-          Tranquilo joven, aun no es tu fecha; pronto despertarás del coma.

-            

EL MONTE DE HIELO. 

Mientras corría por salvar su vida le dije:

-          ¡Ten cuidado, que las bombas en cualquier momento nos pueden caer ¡

Al avanzar un golpe me dejó inconsciente sin poder continuar mi camino. Creí que había muerto y que tal vez mi alma andaba en pena, pero al tomarme la cabeza me fijé que aún estaba de carne y hueso; también me quedé recordando atónito en aquel monte donde un bloque de hielo, al caer sobre mi cabeza, fue lo que me salvó claramente de la muerte.

Mi compañero, por el contrario, no dio con la misma suerte de caerle un bloque de hielo sobre su cabeza, diverso a esto, fue un misil quien desapareció por completo su ser.

 

*Franklin Aristizabal Yustes, Nacido en Florencia Caquetá, Colombia el 21 de enero de 1994. Profesional en Ciencias Sociales, egresado de la Universidad de la Amazonia. Ha sido partícipe de varias antologías entre poesía, cuento infantil y Microrrelatos; destacándose en Editoriales colombianas, tales como Komala Ediciones y Mi máquina de Escribir; Revistas digitales, Escritores Rebeldes y Aventuras de Papel, esta última de la República Argentina (obteniendo reconocimiento por su Relato LA LLORONA AQUÍ NO LLORA; PUES NO HAY NIÑOS QUE LLORAR).

 

lunes, 19 de febrero de 2024

"Arte de zurcir" microrrelatos de Alex Darío Rivera


ABSURDO

Estaba trabajando en la caracterización de otro personaje. Ese papel de pendejo, si bien es cierto representaba de manera casi magistral, aunque olvidase la modestia, era agotador. Libre de eso, el público no sabía delimitar el linde, la frontera entre la persona y el personaje, entre el sujeto y el actor, entre la existencia y la obra, entre la vida y el teatro, entre la vivencia y la supervivencia, entre la amistad y los intereses.

Esa noche, preparó la máscara, la indumentaria, el maquillaje, las poses, y trató de leer y releer el argumento de esa obra en la que los actores seguían asumiendo su papel pasivo, sentados en el escenario, esperando a que los espectadores les siguiesen entreteniendo desde las butacas.

 

ESTRIDENCIA

Siempre creyó que los truenos traían hacia él, lejanas voces. La estridencia de esos fragores espoleaba esa necesidad humana de buscar refugio en la horda, en la manada, y suponía era la más fácil explicación de lo gregario, de la necesidad del resguardo de la caverna, la tibieza del fuego o el abrazo. En él, el simple hecho de observar asustado el relámpago que antecede al trueno, le provocaba sospechar primitivas evocaciones de lo incógnito que lo habitaba, y lo que suponía ser. Creía que los truenos develaban el desamparo y la pequeñez humana, y trazaban el linde entre el fuego y la ceniza, entre la vida y la muerte.

Y aunque estaba convencido de que los truenos eran la reminiscencia de milenarias fraternidades y ancestrales miedos; con los ojos entrecerrados, salía corriendo en pelotas por las calles del pueblo debajo de las tormentas.

 

ARTE DE ZURCIR

La gente no lo percibía, pero un haz de luz brotaba de su pecho y se perdía con el resplandor del sol cada mañana. Nadie le mostró la forma de zurcir un alma rota. Nunca se le leyó el manual de cómo contener la vida que se escapa a borbotones por la memoria de una herida. Ninguno le sentenció sobre la persistencia en el recuerdo heredada por una cicatriz. Durante las noches, avanzaba a tientas guiando sus pasos tambaleantes con ese leve brillo emergiendo de su pecho. Tan pequeña esa lucecita que tropezaba frecuentemente. Era consciente de que solo él la miraba, que era invisible a los demás, y mientras tanto, durante unos cortos segundos de tiempo, después del grito de dolor provocado por cada trompicón, lamentaba tardar tanto el acostumbrarse a la oscuridad.

 

FRENTE A LA PUERTA DEL MOTEL

Llaves en mano, ninguno de los dos sabía con certeza, hacia dónde los conduciría aquella puerta.


CÍRCULO

El mundo se detiene. La brisa guarda silencio allá afuera. El tedio desaparece. La luz blanca de la lámpara se torna policromática. El reloj abandona su rutinario tictac. El hambre posterga la cena. Los compromisos se borran de la agenda. El trabajo deserta de los calendarios. La toalla blanca se desprende del clavo. Solo tu imagen en mis recuerdos permanece dinámica en esta sulfurosa caricia del agua tibia senderos abajo de mi cuerpo deslizándose hacia el sifón, al río, a la mar, y levitar para luego caer como la tormenta que el sistema meteorológico anuncia, para la siguiente semana.


REVERSA

Sintió un placer enorme de quietud oscura y leve.  Repentinamente abandonó ese sueño profundo, y la besaba con deseo y furia mientras entraba en ella con violencia, gritos y jadeos. Ella intentaba contenerlo y a la vez lo embestía. Sus entrepiernas se unían en una humedad tibia y pegajosa. Percibió un sabor a oxido en su boca y nariz, y supo que, ese sabor, de tener asignado color, sería ocre. Sintió un miedo atroz, y emitió un grito que se escuchó en todo el barrio. Segundos después escuchó cuatro detonaciones; las contó mentalmente mientras una sensación de calor efímero le invadía su pecho. Escuchó una voz enardecida: “Así los quería encontrar hijosdeputa”.  Apreció que su cuerpo se separaba del de ella casi al tiempo que, el rostro de la joven embozaba evolutivamente, muecas cinéticas: horror, vergüenza y asombro, en fracciones de segundo. La puerta de la habitación se abrió de un solo golpe. Afuera, alguien corre apresurado; el ruido de sus pasos se acerca a la habitación del motel.

 

*Alex Darío Rivera M. Santa Bárbara, Honduras, 30 de julio 1975. Ha publicado en poesía: "Introspecciones extintas", "Desde los balcones", "Mortem" y “La lluvia no llega”. Libro de microhistoria “SITRAMEDHYS, medio siglo de lucha" (2015). En cuento: "De fugas y acechanzas" (2012), "Recuentos a media luz" (2013) y "Hendiduras" (2020). Antologado en "Honduras, sendero en resistencia"; "Poetas en los confines"; "Kaya Awiska, Antología del cuento hondureño"; "Antología del cuento hondureño Siglo 21"; "Tratado mesoamericano de libre poética: ecos náhuatl Honduras-México"; "Letras sin fronteras II"; "El baile del dinosaurio", antología de minificción hondureña" y "Despierta humanidad" Antología Poética Internacional Homenaje a Berta Cáceres".  

miércoles, 15 de marzo de 2023

"El último grito de protesta" cuentos de Mateo Vásquez Grajales

 

El último grito de protesta

Ese día se habían llevado a varios cantantes. El padre de Manuel era consciente de ello:

—Hijo, ¿sabías que las montañas saben cantar?

—¿En serio, padre?

—Sí, y hoy es noche de cánticos. No te asustes si escuchas varios "¡ahh!" en la madrugada, de esa manera calientan sus gargantas.

—¿Puedo quedarme despierto para escucharlas?

—No. Ellas solo cantan cuando el pueblo duerme.

—Qué necias, pero bueno. Hasta mañana, padre.

—Hasta mañana, hijo.

Más tarde se escucharon varios "¡ahh!" entonados en las montañas:

—¡Qué bonito! —exclamó el niño entre las cobijas, luego de haber desobedecido.

Y al otro lado de la alcoba había un hombre empapado en llanto. No cantaban las montañas. Gritaban los desaparecidos.

 

La Escombrera

—¿A dónde me llevan?

—A donde llevan a todos los señalados.

—¿Y tú qué haces?

—Sacándote los casquillos de las balas.

—¿Por qué?

—Ya estás muerto. Necesito comer —sentenció el gallinazo.


La Escombrera/2

—Me duele el estómago, mamá.

—Debe ser por el hambre.

—¿Y quién apagó la luz? No veo nada.

—Dios lo ha hecho.

—¿Y a qué hora despertaremos?

—No lo sé, hijo, no lo sé.

Mañana saldrán flores. Ambos serán el fruto de esta tierra árida.


 *Mateo Vásquez Grajales, nació en Medellín, Colombia, en el 2001. Es estudiante del pregrado de filosofía en la Universidad Católica Luis Amigó, y coautor del artículo de investigación: La ética como saber, encuentro y reconocimiento con el Otro (2022).

jueves, 2 de marzo de 2023

“Ensoñación” microrrelatos de Adriana Molina Hurtado



Nostalgia

Recostada en el sillón de la sala evoco la foto de aquel viejo restaurante, esa que nos hicimos el día que nos despedimos. Recuerdo el olor de tu cuerpo como si fuese ayer, el brillo de tus ojos sonrientes y coquetos, tu cabello oscuro, tu caminar tranquilo.  Esas conversaciones interminables, a veces con un toque intelectual y otras en las que solo soñábamos despiertos. Rememoro el sabor de tus besos, mis papilas gustativas se dilatan y un suspiro de añoranza invade mi estancia. Tomo el teléfono, busco tu nombre en mi lista interminable de contactos, el teléfono suena allá, justo al rincón de tu nueva amante, suena varias veces y cuando pienso que fue una tontería llamarte y me carcome el arrepentimiento por hacerlo, escucho tu voz al otro lado del teléfono, mis piernas tiemblan, mi corazón se acelera y me enmudezco.

 

Incertidumbre

Ella estaba recostada sobre el umbral de la puerta sumergida en sus pensamientos. ¿Había transcurrido el tiempo necesario para escribirle? En ese momento llamaron a su puerta… Volvió en sí y atisbó una pequeña nota en el suelo. Tomó la nota en sus manos y la leyó rápidamente:

“Nos vemos en el lugar de siempre”. Decía.

 

Una aventura

Él la miraba como las miraba a todas,

Con el mismo deseo, con la misma locura.

Ella solo tenía ojos para él y cuando lo tenía cerca todo le temblaba y se humedecía.

Una noche él la hizo suya a la luz de la luna y le dijo las palabras más dulces al oído.

Al amanecer se hallaba sola.

Él, se había esfumado.

 

Indiferencia

-Estoy triste. Le dijo a él mientras miraba por la ventana del autobús. En la orilla solo era posible observar la minúscula sombra de un árbol seco. Él, ni se inmutó a mirarla y permaneció inmerso en sus pensamientos.  Tardíamente ella comprendió que solo se tenía a sí misma y le era más que suficiente.

 

Ensoñación

- ¿A qué le temes? Me preguntó mientras miraba el abismo que nos separaba.

-A nada. Y se escuchó el trepidar de las piedras.

 

*Adriana Molina Hurtado, Amagá, 1999. Licenciada en Lengua Castellana de la Universidad de San Buenaventura Medellín, estudiante del Máster en Enseñanza de Español como Lengua Extranjera, Universidad de La Rioja, España. Fue directora de la Revista estudiantil Ágrafos Universidad de San Buenaventura Medellín en el año 2019. Ha sido publicada en la antología literaria “Intentémoslo una vez más” de Ita Editorial 2022. Creadora del podcast de contenido literario “Medicina literaria” en Spotify y Anchor. 

miércoles, 25 de enero de 2023

"Caos" relatos de Ana Gabriela Banquez Maturana


Cambios

No es fácil dominar el arte del desapego; perder lugares, nombres y momentos sin retorno alguno.
Como yo he perdido los minutos del reloj de mi vida, entre cortas interrupciones de unos segundos vacíos, que cuelgan en miedo.
Los hecho de menos, pero su pérdida es natural para la vida, que va por distinto camino a mi tiempo.
No lo comprendo, aunque lo haya vivido durante muchos años y las voces de los recuerdos nunca mueren. Ni siquiera al interrogar el silencio que acompaña mi noche y me incurre más en la incertidumbre.
¿Y ahora que vendrá?


Caos

Sufre incansablemente mi conciencia, ostentando el dolor de cargar un caos por dentro, con el alma atormentada por los recuerdos.

Sin sosiego alguno, entre el tiempo que se descarga los minutos y no deja correr la vida, es cuando evidenció el vacío en el que está sumergida mi existencia.

Perdida entre la historia y dos tiempos que nunca se separan, mientras el sufrimiento pasado me hace recordar momentos sin retorno, entre ecos guardados del subconsciente.
En ese instante quisiera perder la memoria, retirar de mi mente la conciencia, porque quizás en medio de tal locura, podría restaurar la cordura de una mente en calma.


Investigadora

Añoraba incansablemente ser la dueña de las primicias, aunque eso le significará cavar hasta lo más profundo del secretismo social y desenterrar las más olvidadas noticias en sepultura andante.

No le temía a los prejuicios que acogería su imprudencia necesaria, mientras tuviese por objetivo liberar la verdad del mundo, enclaustrada entre seres opresivos y con sed de malicia. Para ella, arriesgarlo todo por sus convicciones y la razón no era baladí, sino esencial.


*Ana Gabriela Banquez Maturana. Administradora industrial de la universidad de Cartagena, con experiencia en el control estadístico de la calidad, participe en varios encuentros literarios a nivel nacional e internacional (Rumanía, México, Perú, Colombia…), autora de artículos científicos con múltiples indexaciones (DOAJ, Google academic, Stanford libraries,..), y obra literaria (Amazon, booktopia…).

lunes, 11 de julio de 2022

"Sentimiento" microrelatos de Caro Vargas


Caminata

Un día caminaba por el parque. Sentía la necesidad de relacionarme con la naturaleza que me rodeaba: árboles, ardillas, plantas, abejas, arañas, hormigas, etc. Pero, el parque se encontraba silencioso y solitario, solamente sentía el viento. Está bien -me dije en mi interior- creo que es una buena ocasión para sentarme y admirar la naturaleza. Entonces, de pronto apareció a lo lejos caminando un hombre alto, cabello canoso y bastante atractivo. Me vio, miró donde estaba sentada. Yo tenía las piernas cruzadas y la banca del parque me hacía parecer más pequeña de lo que en realidad yo era. Sé que soy joven. El hombre me dijo: ¡Hola! Yo respondí: ¡Hola! Y así comenzó una nueva relación con la naturaleza.


Sentimiento

Un día estaba en mi cuarto pensando en todo lo que he hecho. Todo. Recordé a aquel novio tan maravilloso que dejé ir por una tontería mía. Pero esa tontería me gustaba tanto que aquel día que la conocí sabía que pasaría algo. Así fue: dos veces me bastaron para salir con esa tontería que me enamoré pronto. Estaba enamorada de esa tontería de nombre masculino. No me resistí: la segunda salida me dejé tocar y besar las piernas. Claro que llevaba un minishort, pero nada abajo. Creo que la tontería no se dio cuenta o si lo hizo se esperó hasta la tercera salida. En ésta llevaba un minivestido, me dejé tocar las piernas, me dejé besar y después de que me tocara, como no queriendo, mis pompas pasamos a un nivel más arriba. En ese momento sucedió todo. Grité de alegría su nombre, porque lo disfruté tanto. Hoy no queda nada de esa tontería solamente recuerdos y de aquel novio maravilloso queda la experiencia de que nadie jamás me hizo sentir lo que él ha hecho.


*Caro Vargas. Estudia letras hispánicas en la UNAM. Le gusta leer novelas románticas, poesía, y caminar por los parques y hacer amigos, estima mucho a las personas mayores por sus enseñanzas de vida. Ama la fotografía, los gatos. Escribe muy poco, porque no sabe qué escribir. Le gusta participar en círculos de lectura porque aprende de los demás.


jueves, 28 de abril de 2022

"La importancia del nombre" microrrelato de Manuel Arboccó de los Heros


Se llamaba Luis Alberto y su viejo le puso así por Spinetta. Aunque tenía veinte años solo escuchaba la música que ponían en la radio local. Casi todo era basura. Nada más alejado de la poesía de ese gran artista argentino que pudo con el sistema pero no con el cáncer.

Su profesor de Derecho pensó que se llamaba Luis Alberto por Sánchez, el histórico líder aprista y rector de la San Marcos. Pero él no tenía la menor idea de la obra y legado a la historia, a la política y la literatura peruana de su genial tocayo, pues a sus veinte años jamás había leído por propia cuenta algo más que sus textos escolares.

Sus amigos lo llamaban simplemente Lucho pero él prefería que lo llamaran por su segundo nombre, Alberto. O mejor aún, Beto. Solo una persona lo llamó así en toda su vida, su primera novia, su gran amor. Ella dejó de llamarlo así cuando terminaron y no quiso volver a verlo ni escribirle jamás. El engaño le había dolido mucho.

Luis Alberto tenía casi veintiún años cuando viajó en el 2009 a Montevideo para vivir un tiempo con su padre, quien se había separado de la familia luego de iniciar un romance que duró lo que dura el paso de un cometa. Luis Alberto nunca imaginó que ese era el último año junto a él y en general el último año de su existencia. La absurda explosión casera por una mala instalación del servicio de gas los arrancó literalmente de la cocina y de la vida.

En su tumba, ya en el cementerio de Lima, muy de vez en cuando aparece un geranio hermoso con un globo en forma de corazón y una nota que dice “Beto descansa en paz aquí”.


 *Manuel Arboccó de los Heros, Lima. Psicólogo clínico. Con formación psicoterapéutica humanístico existencial. Magister en Psicología por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Cursa estudios de Doctorado en Psicología en la UNIFÉ. Miembro de la Asociación Peruana de Psicología Fenomenológico-Existencial (APPFE) y de la Asociación Latinoamericana de Psicoterapia Existencial (ALPE). Facebook de divulgación psicológica: Nos sobran las palabras.

jueves, 17 de febrero de 2022

“Me gusta más esta cama” Microrrelato Mónica Moreno Torres

Recostada en la baranda de mi cama y agarrada de un libro, como si se tratara de un arnés para no sucumbir en mi descenso por los abismos del alma, sostenía uno de mis ejemplares preferidos, el de la filósofa Chantal Maillard, La compasión difícil. Lo venía husmeando desde hacía varios días. Digo husmear, pues solo encuentro una manera de conquistarlo: acercándome a él de manera sigilosa. A los interesados en explorarlo, debo advertirles cuidar la actividad de las manos y del corazón, diferenciándola de aquella que realizan los pies, de lo contrario, podrían quedarse en la cama dando vueltas con el libro, echando a perder la búsqueda de la perla. 

Volvamos a la historia de mi aposento. Seguía sola en mi cama y comencé a medir su extensión; aunque pensé que sus dimensiones me eran familiares, las veía amorfas. A mi costado derecho estaba la otra almohada; la funda que la protegía pendía de un hilo y el algodón que tantas veces la había robustecido para recibir la cabeza de su dueño, se agitaba dándole la forma de un erizo. La agarré cuidadosamente poniéndola por fuera de ese cuerpo amorfo que todas las noches me recibe. No sé cómo calificar ese recibimiento, pues, si digo acogedor, es porque se trata de uno de mis refugios preferidos. Si le pongo el apelativo de amorfo como lo nombré más arriba, es una cama ocupada por cuerpos en estado de desasosiego y rostros bordados con una hebra de tristeza. Cuando me acerqué a esta última palabra, una voz interior me dijo: «¬¡Cuídate de esa palabra! Podría sonar demasiado moral para abrigarte con ella». Entonces, recordé nuevamente que no podía sucumbir en mi intento de hallar la perla. 

Seguí midiendo lentamente los contornos de mi cama, quería cerciorarme de que aquel engendro de cuatro patas seguía conmigo, a pesar de las injurias que a veces le profería. En uno de los bordes había un pequeño montículo de madera que estaba precisamente al lado izquierdo de mi abismo. Miré hacia abajo y las baldosas también eran amorfas; bajaban y subían en espiral hasta tocar el techo, ponían en movimiento la lámpara de cristal que había heredado de mi segunda madre, mi tía abuela. Del cristal exhalaban tres colores: el amarillo, el rojo y un azul verdoso. Si movía mi cabeza hacia la derecha, el amarillo ponía en movimiento el erizo. Si dejaba caer mi cuerpo en serpentina abarcando los cuatro costados de la cama, sentía el color púrpura de las dos cerezas que estaban en mi mesita de noche, deslizándose por mi espalda. Si volvía a mi estado original, agarrándome nuevamente de la armella, el azul verdoso de las palabras desnudaba mi alma. Tanta luz y desabrigo no me permitían distinguir el nombre de mi soledad, entonces comencé a ovillarme ante aquella deidad de cuatro patas. Me cubrí nuevamente con las tres cobijas y, encendiendo las almenas de mis ojos, seguí poniendo en movimiento las alas del libro. Quería recibir un mensaje, aunque fuera encriptado del lugar donde estaba la perla. 

Eché las cobijas al piso. Necesitaba recuperar nuevamente mi alma y persuadir a aquella figura amorfa de mi «radical soledad»; esta frase de Chantal era una especie de dedal que le permitía a mis dedos seguir entrelazando las cobijas, de tal suerte, que por ellas solo penetrara el hilo dorado de lo que aquella voz anunciaba como el primer gesto de una ética de la compasión. Estaba del lado de una soleada soledad y de una luna en escorpión que, a modo de corifeo, le cantaban a aquella noche impasible. El frío se colaba por las hendijas de una puerta ventana que estaba enfrente de mi cama, es decir, al otro lado del balcón de mis sueños. Comencé a imaginarme cada uno de los siete ojos acuosos que le daban forma a la ventana trapezoide, divida en tres rectángulos. Sentía la lengua de los árboles deslizándose sobre el cristal y que, ante su imposibilidad de llegar hasta mi desnudez, enviaban sus incondicionales hojas, que bien fuera por su fragilidad o su adultez, se desprendían del tallo, gracias a la inclemente ventisca. Se quedaban pegadas de las gotas de agua que desfiguraban el cristal, dejando intacto el cerco donde yacía mi soledad. Ese frío que se deslizaba por los resquicios de la puerta ventana crispó mis pensamientos; desveló el ensueño que me tenía atrapada en una de las bóvedas celestes de mis cobijas y sus hilos fueron derrumbando el círculo que había construido con las almenas de mis ojos. Por un momento llegué a pensar que había encontrado la perla. 

Tenía algunos indicios que me permitían sospechar que estaba a punto de encontrarla. Una luz tenue, pero lo suficientemente delgada, comenzó a pasar desapercibida por entre las agujas que protegían mi corazón. Sacudía las cobijas convirtiéndolas en círculos concéntricos; el tiempo se había invertido. Me sujeté con una mano de la armella y con la otra iba atrapando los círculos. Los pegaba de aquella tabla de salvación, buscando un movimiento en espiral que me liberara de la dentada noche. «Liberarme de la dentada noche, podía sonar a cierta osadía», me decía nuevamente aquella voz interior, mientras leía recostada a la baranda de mi cama. Y volvía Chantal M. a decirme: «¿Cómo ver a la araña tejiendo sin quedar atrapado en la tela?» ¿Estaría atrapada en mis miedos, a pesar de mi intento por descubrir una perla en medio de la noche? 

No tomen en enserio mis palabras; es mejor que se aparten de ellas porque soy una tejedora de sueños, sin ellos la soledad se me haría insoportable. Saben quién dijo: «¿me gusta más esta cama?»: el dueño de la almohada que está al lado derecho de mi cama. No estaba conmigo, se encontraba en la habitación contigua y cuando estábamos a punto de volver a nuestro aposento, me dijo: «me gusta más esta cama». Entonces me desplacé hasta la habitación y hasta la cama que dio origen a esta historia. Finalmente me pude dormir, pero antes de abrigarme con las cobijas, aquella voz interior me dijo al oído: «recuerda que el mal uso de la perla no atenúa su brillo».


*Mónica Moreno Torres, Colombia, Medellín. Trabajó durante 20 años en la UdeA, como Formadora de Formadores. Tiene algunas publicaciones académicas y literarias. En relación con esto último, la Facultad de educación de la UdeA, publicó una de sus obras "Alicia en el corazón de una cereza", en formato físico, pdf, y audiovisual, entre otras. Igualmente, tiene un poema inédito titulado "Unalume", y este microrrelato titulado "Me gusta más esta cama". 

martes, 3 de agosto de 2021

"El ocaso del tercer Reich" microrrelato de Carlos Andrés Romero López



La madrugada del dos de noviembre de 1944, Adolph Hitler despertó bajo inusitado temor.

Abrió los ojos, pero no quería levantarse, ni siquiera la avanzada de los aliados le paralizó

tanto como la idea que rondaba su mente:

- “¿qué haré cuando muera el último judío?”- pensó.

Dio media vuelta y se acomodó sobre su lado izquierdo, mientras nostálgico recordaba el

inicio de “la solución final”. Entonces era el Fürher, ¡mesías de Alemania! A su lado,

profundamente dormida, Eva Braun esbozó una involuntaria sonrisa que exaltó la

megalomanía del dictador:

- “quizá me sueña convertido en portador del anillo nibelungo”- dijo apenas entre dientes.

La amaba, por eso se abstuvo de despertarla. Acariciándose el bigote con mano temblorosa,

tartamudeó la respuesta al infame interrogante que se atrevió a desafiarle el sueño:

- “cuando muera el último judío, dejaré de ser… ya no habrá razón para mi nombre. Ni a mí

mismo podré reconocer”-.

Lloró aprisionando la almohada sobre su cara. Durante ese amanecer, murió sin necesidad

de apretar todavía el gatillo de su Walther ppk 7.65mm.

 

*Carlos Andrés Romero López (Umberto Marhe). Santiago de Cali, 1975. Licenciado en filosofía por la Universidad del Valle. Caminar en contra de la multitud, una de sus mayores aficiones. Escribir, su forma de persistir, y existir.

miércoles, 24 de febrero de 2021

"Hoy al atardecer voy a despertar" microrrelato de Melina Solis


Desde hace un año, mi asesino me ha torturado, según piensa él, recordándome los días que me quedan de “vida”. Cada mañana se asoma por el agujero del techo, observa mi decadencia, la inmundicia en la que habito, se carcajea, después inhala el asqueroso hedor que emana de este sitio el cual ya no puedo siquiera distinguir, después grita: 100, 87, 34, 22, 10, 7 días te quedan, ¡disfrútalos!.


Desde hace una semana, cuando dijo siete días, yo estaba más que preparada, supe esconder mi felicidad. Todos los días he arañado la pared con un pedazo de piedra que cayó desde el techo y día  tras día está especificado en la mugrosa pared. Ninguno de mis torturadores sabe de mis planes, ellos ni siquiera pueden imaginar que en realidad, no será mi muerte lo que presenciaran sino mi renacimiento. Desde que me trajeron aquí hace 25 años no he hecho más que soñar.


Los primeros años, utilizaron mi cuerpo, lo comerciaron una y otra vez, recibí golpes, tengo fracturado el tobillo derecho, las cicatrices adornan mi piel. Ellos se encargaron de mostrarme la peor cara de la humanidad, destruyeron cada pedazo de inocencia en mí. Aun con todo eso jamás deje de soñar, inclusive despierta.  Ellos solo pudieron tener mi cuerpo, pero mi esencia, mi alma siempre ha estado en otra parte, en casa de Marintia mi abuela, ahí Susana estudia un doctorado en historia del arte. Allá soy Feliz,  tengo una novia a la que amo y con quien pienso irme a vivir próximamente. Ellos no saben nada de eso, imposible que puedan conocer lo que es el amor o los sueños, nunca han soñado, si acaso tienen pesadillas. 

Hoy por la tarde me darán un disparo porque mi cuerpo ya no les sirve.


El Mochuelo me verá de frente, ambos sentimos la misma repugnancia por el otro. Su rostro afectado por las asquerosas llagas será lo último que vea de esta realidad. Colocará la pistola en mi frente para que yo le suplique que no lo haga, solo lo veré  a los ojos. Después pondrá el arma bajo mi barbilla, instantes después detonara la pistola y sé que probare mi sangre, como tantas otras veces; mis pocos dientes volaran en diferentes direcciones y la cabeza (mi mundo) se apagará para desvanecer esta existencia. Despertaré en casa de mi abuela, sé que sonreirá como todo los días, me dirá lo bella que soy, que cada día me parezco más a mi difunta madre, sé que será así, porque cada que cierro los ojos la veo, observo sus manos, toco su cabello cano, pruebo su comida, la abrazo y la quiero. 


*Melina Solis (1995). Nació en Veracruz, actualmente radica y  estudia la licenciatura en Historia en Morelia, Michoacán. La pandemia ha ocasionado en ella las ganas de escribir, la búsqueda por comprender el mundo y la existencia en sus diferentes maneras.

viernes, 29 de enero de 2021

"Minicuentos para leer de prisa" de Luis Ernesto Medina Vásquez


Minicuentos de la pandemia


Insoportable

Siguiendo las estrictas órdenes de las autoridades del Estado, ante la pandemia del Coronavirus, procedió a ponerse la  mascarilla para salir a la calle. No pudo mantener el adminículo protector por más de un minuto sobre su rostro, no se soportó en ese encierro consigo mismo.


 Automedicado

Para disminuir el riesgo de contraer el Coronavirus, ingirió cuanta sustancia o remedio escuchaba que servía para prevenir el mal. No lo aniquiló  la letal enfermedad, pero  sí  lo mató la perversa mezcla de los menjurjes caseros recomendados por los empíricos.  


Atracador disconforme

Ayer, por primera vez, después de una larga trayectoria como atracador de rostro al descubierto, me lancé sobre mi víctima con mi respectivo tapaboca antipandémico. ¡Maldito Coronavirus! 

Igualados 

Salgo a la calle y todos los rostros son similares. Todas las caras que hay a mi alrededor son idénticas a la mía. ¡Endemoniada pandemia.!


Minicuentos para leer de prisa


Suicidio

Impresionado por las infinitas formas que tiene la muerte para aniquilar a los hombres, Justino Alvarado decidió que su muerte sería un suicidio lento y prolongado. Desde ese día se convirtió en un fumador empedernido.


Donante voluntario

Federiko Torres hizo historia por su generosidad. Compartía su patrimonio con todo aquel  que   lo necesitara. A tal extremo llegó esa  magnanimidad que se puso al servicio del banco de órganos de la  ciudad y comenzó por donar uno de sus riñones. Fueron tantas y tan frecuentes las  donaciones anatómicas que al momento de fallecer, no hubo restos que sepultar.


Crimen perfecto

Sabiéndose desahuciado e imposibilitado por sus precarias fuerzas para liquidar a su peor enemigo, diseñó una máscara tan idéntica de su rostro que cuando se suicidó frente al espejo, cometió un crimen perfecto.


Hermandad

Pretendiendo desvincularse definitivamente de sus cinco hermanos, por la disputa de una herencia familiar,  Ángel  Fuentes ordenó a su médico de cabecera, que le practicará de inmediato una exanguinotransfusión. 


Amputación

Después de sentarme en el avión, abrí el  portafolio para buscar mi celular y no estaba .Me toque el bolsillo izquierdo de la  camisa con las dos manos y tampoco lo encontré. Al confirmar que lo había dejado en casa, sentí como si me hubieran amputado una de mis extremidades. Al llegar al aeropuerto de Maiquetía, lo primero que hice fue visitar una tienda de celulares. Y a pesar de mi difícil situación económica, tarjeta de crédito en mano, esa que te hace sentir cuando compras que los objetos no tienen precio, compré el más potente celular de última generación. Era la única manera de desamputarme.


Rostro borrado

Para escapar de sus enemigos,  se dejó crecer la barba hasta ocultar el rostro casi completamente. Años después, cuando el barbero afeitó su cara y le trajo un espejo para que se viera, su rostro anterior había desaparecido. Desde ese entonces no sabe quién es.


Innombrable 

Leí, creo que en una enciclopedia borgeana, la historia de un niño que al escuchar su nombre por primera vez, decidió morirse inmediatamente para no tener que  soportar llamarse Anastacio Genovevo Cesario Crisógono Margarito Pitasio Archivaldo Méndez Conde. 


Nada

Se conformó  siempre con tan poco que se acostumbró a vivir de la nada. 


El radioyente

En sus últimos años de vida el abuelo no hizo otra cosa  que escuchar radio. Un día la radio del pueblo dejó de sonar y el abuelo más nunca despertó.


Borrachinis

A papá Justo-mi abuelo- y a tío  Álvaro, 

Allá donde estén.

Vamos a beber hoy y mañana, me dijo. Desde ese día nadie nos volvió a ver sobrios  en esta vida, mucho menos en la otra.


Políglota

A Daniel Ernesto Medina

 

Aprendió a dominar tan elevada cantidad de lenguas que, a veces, le costaba saber en cual idioma se expresaba.


El Imitador 

Se hizo imitador de las voces de los más famosos personajes de la política y la farándula nacional, logrando el aplauso del público y la aceptación de la crítica de la prensa especializada en farándula. Sin embargo, nunca volvió a recuperar el timbre natural de su verdadera voz, por más que lo intentó infinidad  de veces .No le quedó otra alternativa que vivir con múltiples voces prestadas el resto de su existencia.


Estado Civil

Cuando Sandra recibió de manos del funcionario su  nueva cédula de identidad susurró su nombre y  soltó una  carcajada que retumbó en la pequeña oficina gubernamental. Todos los presentes la miraron con asombro y el empleado que acababa de entregarle el documento, un poco enfadado, le preguntó: -  ¿Usted de qué se ríe, señora? Sandra  le respondió: -- Es que ahora sí es oficial, y elevando aún más su voz,  gritó con euforia: ¡Sandra Guerra, viuda de Rojas! Ja , ja ,ja….


Piel Fundida

Prometieron amarse con toda la piel. Ludovico ofrendó  toda su piel. La piel de Rebeca  se quedó en el camino fundida en  otra piel.


Domingo Criminal

Hay días criminales, según el titular de la  página roja de un diario citadino: “El domingo nos dejó seis muertos en la ciudad.”


Desvirginados

La virginidad ha quedado, única y exclusivamente, para las advocaciones marianas. Las otras féminas del planeta  tierra (y una no tan escasa cantidad de la población masculina) han sido satisfactoriamente PENETRADAS.


Infiel

Margoth le fue infiel a todos sus amantes con Raúl, su amor imposible.


Para saber si sí o si no 

Al ingresar  a la universidad, nos hicimos amigos. Albenis estudiaba ingeniería y Liset, medicina. Ella era rubia, de grandes ojos claros, intensos y envolventes.  En nuestro primer encuentro, fue lo único que logré captar  de su delgada y bien delineada figura. Sentir su mirada me fascinó al  instante, perdí la noción del tiempo y de la realidad. Durante muchas noches le hice el amor  y me le declaré en sueños. Todo se redujo a lo onírico.  Ensayé  mi declaración amorosa en infinidad de oportunidades, fue inútil mi esfuerzo. Nunca le hablé de mis sentimientos. Mi timidez venció al amor.

Una tarde, Liset despidió a Albenis con un beso. Cuando él se marchó, le pregunté, que desde cuándo  eran novios. “Desde que me cansé de esperar por ti”, respondió.


Inédito

No tengo protagonista, carezco de  argumento, mis personajes no han nacido, no poseo páginas. No he encontrado un autor que se comprometa a contar lo que quiero contar. Ningún tipo de narrador se ha presentado, ni en primera ni en tercera persona. No soy corto ni largo en extensión. Todas mis características están por definirse. Decídete, apreciado lector, a emprender ese extraordinario e irrepetible viaje por los vericuetos de la imaginación y la ficción. O tal vez, puedas recopilar tus vivencias y te atrevas a compartirlas con tus futuros lectores. No lo pienses  mucho, te aguardo con mis hojas en blanco. Escríbeme, conviértete en mi autor. Hazme cuento, relato, textículo, crónica o novela. Escoge un género, hazme  nacer hoy.


Biografía del autor: Luis Ernesto Medina Vásquez nació en Cabimas, Zulia, el 05 de marzo de 1954. Graduado como profesor de Idiomas Modernos de LUZ en 1954. La Editorial Novilunio publicó su  libro de poemas Cabos Sueltos en noviembre de 2014. Actualmente ejerce como  productor radial, locutor profesional  y director de la emisora Sonora 99.5 FM de Cabimas. Trabaja como docente de Inglés en Concordia Teachers, C. A. 


*Luis Ernesto Medina Vásquez nació en Cabimas, Zulia, el 05 de marzo de 1954. Graduado como profesor de Idiomas Modernos de LUZ en 1954. La Editorial Novilunio publicó su libro de poemas Cabos Sueltos en noviembre de 2014. Actualmente ejerce como productor radial, locutor profesional y director de la emisora Sonora 99.5 FM de Cabimas. Trabaja como docente de Inglés en Concordia Teachers, C. A