El
ventilador gira hace horas. O días. Ella no está segura. El tiempo en esa
habitación funciona por suscripción, se renueva solo y nadie lo cancela.
Está
acostada boca arriba, mirando el techo con la intensidad de quien estudia una
carrera nueva. Podría especializarse en grietas. Tiene varias favoritas.
En la
mesa de luz hay una pastilla. cuadrada, blanca, disciplinada con gusto a cereza.
Parece inocente. La toma con agua tibia porque olvidó volver a llenar la
botella fría. No hace drama. Drama ya tuvo suficiente el semestre pasado.
Antes las
ideas le caían encima como fuegos artificiales ilegales. Tres proyectos por
semana. Dormir era opcional. El mundo era pequeño y ella enorme. Hablaba
rápido. Pensaba más rápido. Escribía como si la estuvieran persiguiendo.
Después
vino el otro extremo, el colchón convertido en territorio nacional. Levantarse
era un trámite burocrático. Comer, una negociación diplomática. La ducha, un
mito urbano.
Ahora
está en el punto intermedio. Eso dicen. “Estabilizada”. Qué palabra elegante
para describir que el cerebro ya no intenta incendiar la casa ni apagar todas
las luces al mismo tiempo.
la
pastilla la deja correcta, utilizable, como versión beta de sí misma. El cuerpo
hace lo que puede, intenta portarse bien. Pero si mira el reloj y ya pasó las
tres de la madrugada, listo, mañana va a ser un día torcido. No es profecía, es
estadística. Puede dormirse igual, claro, pero eso no significa que haya
descanso, es más bien cerrar los ojos y firmar asistencia. Y ahí está ella, tan
aplicada, creyendo que con cumplir alcanza. Se sienta a escribir. Abre el
cuaderno. Espera el chispazo. Llega una idea correcta, moderada, con cinturón
de seguridad. La mira. Antes hubiera sido un volcán. Ahora es una hornalla en
mínimo.
Se ríe
sola. “Bueno”, piensa, “al menos no estoy organizando una revolución ni
redactando mi despedida.” El equilibrio tiene ese encanto gris.
La
camiseta que lleva puesta podría sostenerse sola. El cabello empieza a negociar
con la gravedad. La toalla en el baño conserva su dignidad intacta desde hace
días. No es que no pueda bañarse. Es que no ve la urgencia. ¿Para quién? El
ventilador no juzga.
La
ventana permanece cerrada. El polvo se acumula con paciencia budista. Afuera,
el mundo insiste en existir.
Hay
momentos en que extraña la euforia. Esa versión suya que hacía listas
imposibles, que prometía libros, viajes, proyectos, reformas estructurales del
universo. Esa chica era insoportable, pero magnética. También agotadora.
También peligrosa.
Y hay
momentos en que recuerda la otra versión, la que no contestaba mensajes, la que
miraba el techo y calculaba cuánto peso soporta una lámpara. Esa era
silenciosa. Densa. Convincente en su argumento final.
Entre
ambas, esta nueva mujer toma una pastilla diaria y aprende a vivir sin
espectáculo.
Una tarde
cualquiera,
porque
las mejoras no avisan, se sienta en el borde de la cama. Los pies tocan el
piso. Frío. Nada heroico. Solo frío.
Mira la
ventana. Se pregunta si el aire sigue funcionando. Se levanta. La abre. Entra
luz, ruido lejano, olor a algo que no es encierro. No siente epifanía. Solo un
leve fastidio por el polvo.
Va al
baño y abre la ducha con el entusiasmo de quien paga una factura fuera de
término. El agua cae. Se mete debajo. Punto. No hay epifanía, no suena ninguna
banda sonora interna, nadie le entrega un premio por higiene básica. Hay agua y
hay un cuerpo que, al menos hoy, eligió levantarse.
Mientras
el espejo se empaña piensa que tal vez no hacía falta incendiarse para escribir
algo decente. Que la genialidad dramática era un capricho adolescente. Que se
puede producir sin autodestruirse, aunque eso suene aburrido y poco subversivo.
Se ríe,
corta y filosa. La que quería hacerlo todo y la que no quería hacer nada
coinciden bajo el agua. Discuten, pero sin espectáculo. Y en el medio queda
ella, más sobria, menos épica, todavía incómoda en su propio cuerpo porque ya
no es trinchera ni escenario. No le encanta esa versión. No es incendiaria. Es
funcional.
Terminé este
cuento. No incendié la casa, no me autoproclamé mártir brillante con talento
maldito. No redacté una despedida dramática. Me senté, me bañé, tomé la
pastilla, respiré y lo terminé. Parece poco, pero para alguien que hace meses
negociaba hasta el acto de abrir la ventana, es casi una irreverencia.
No derroté a
ningún dragón ni di un discurso motivacional frente al espejo, apenas cumplí
con lo básico sin hacer un escándalo. Apenas le gané unos centímetros al pozo y
los convertí en palabras. Y si pude llegar hasta este punto final sin caer ni
volar demasiado alto, entonces tal vez no soy la heroína trágica ni la loca
brillante que prometía destruirlo todo. Soy algo más incómodo y difícil, una
mujer que se queda, que escribe, y que, a pesar de sí misma, elige seguir.
*Griselda
Quintero (Candelaria, Misiones, Argentina, 1989) es licenciada y productora audiovisual.
Su trabajo articula narrativa, lenguaje visual y exploración psicológica de la
experiencia contemporánea. Escribe ficción centrada en tensiones íntimas,
identidad y cuerpo, con una mirada irónica y crítica. Reside en Misiones, donde
desarrolla proyectos audiovisuales y literarios.
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