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miércoles, 22 de abril de 2026

“La coneja” relato de Griselda Quintero

 

El ventilador gira hace horas. O días. Ella no está segura. El tiempo en esa habitación funciona por suscripción, se renueva solo y nadie lo cancela.

Está acostada boca arriba, mirando el techo con la intensidad de quien estudia una carrera nueva. Podría especializarse en grietas. Tiene varias favoritas.

En la mesa de luz hay una pastilla. cuadrada, blanca, disciplinada con gusto a cereza. Parece inocente. La toma con agua tibia porque olvidó volver a llenar la botella fría. No hace drama. Drama ya tuvo suficiente el semestre pasado.

Antes las ideas le caían encima como fuegos artificiales ilegales. Tres proyectos por semana. Dormir era opcional. El mundo era pequeño y ella enorme. Hablaba rápido. Pensaba más rápido. Escribía como si la estuvieran persiguiendo.

Después vino el otro extremo, el colchón convertido en territorio nacional. Levantarse era un trámite burocrático. Comer, una negociación diplomática. La ducha, un mito urbano.

Ahora está en el punto intermedio. Eso dicen. “Estabilizada”. Qué palabra elegante para describir que el cerebro ya no intenta incendiar la casa ni apagar todas las luces al mismo tiempo.

la pastilla la deja correcta, utilizable, como versión beta de sí misma. El cuerpo hace lo que puede, intenta portarse bien. Pero si mira el reloj y ya pasó las tres de la madrugada, listo, mañana va a ser un día torcido. No es profecía, es estadística. Puede dormirse igual, claro, pero eso no significa que haya descanso, es más bien cerrar los ojos y firmar asistencia. Y ahí está ella, tan aplicada, creyendo que con cumplir alcanza. Se sienta a escribir. Abre el cuaderno. Espera el chispazo. Llega una idea correcta, moderada, con cinturón de seguridad. La mira. Antes hubiera sido un volcán. Ahora es una hornalla en mínimo.

Se ríe sola. “Bueno”, piensa, “al menos no estoy organizando una revolución ni redactando mi despedida.” El equilibrio tiene ese encanto gris.

La camiseta que lleva puesta podría sostenerse sola. El cabello empieza a negociar con la gravedad. La toalla en el baño conserva su dignidad intacta desde hace días. No es que no pueda bañarse. Es que no ve la urgencia. ¿Para quién? El ventilador no juzga.

La ventana permanece cerrada. El polvo se acumula con paciencia budista. Afuera, el mundo insiste en existir.

Hay momentos en que extraña la euforia. Esa versión suya que hacía listas imposibles, que prometía libros, viajes, proyectos, reformas estructurales del universo. Esa chica era insoportable, pero magnética. También agotadora. También peligrosa.

Y hay momentos en que recuerda la otra versión, la que no contestaba mensajes, la que miraba el techo y calculaba cuánto peso soporta una lámpara. Esa era silenciosa. Densa. Convincente en su argumento final.

Entre ambas, esta nueva mujer toma una pastilla diaria y aprende a vivir sin espectáculo.

Una tarde cualquiera,

porque las mejoras no avisan, se sienta en el borde de la cama. Los pies tocan el piso. Frío. Nada heroico. Solo frío.

Mira la ventana. Se pregunta si el aire sigue funcionando. Se levanta. La abre. Entra luz, ruido lejano, olor a algo que no es encierro. No siente epifanía. Solo un leve fastidio por el polvo.

Va al baño y abre la ducha con el entusiasmo de quien paga una factura fuera de término. El agua cae. Se mete debajo. Punto. No hay epifanía, no suena ninguna banda sonora interna, nadie le entrega un premio por higiene básica. Hay agua y hay un cuerpo que, al menos hoy, eligió levantarse.

Mientras el espejo se empaña piensa que tal vez no hacía falta incendiarse para escribir algo decente. Que la genialidad dramática era un capricho adolescente. Que se puede producir sin autodestruirse, aunque eso suene aburrido y poco subversivo.

Se ríe, corta y filosa. La que quería hacerlo todo y la que no quería hacer nada coinciden bajo el agua. Discuten, pero sin espectáculo. Y en el medio queda ella, más sobria, menos épica, todavía incómoda en su propio cuerpo porque ya no es trinchera ni escenario. No le encanta esa versión. No es incendiaria. Es funcional.

Terminé este cuento. No incendié la casa, no me autoproclamé mártir brillante con talento maldito. No redacté una despedida dramática. Me senté, me bañé, tomé la pastilla, respiré y lo terminé. Parece poco, pero para alguien que hace meses negociaba hasta el acto de abrir la ventana, es casi una irreverencia.

No derroté a ningún dragón ni di un discurso motivacional frente al espejo, apenas cumplí con lo básico sin hacer un escándalo. Apenas le gané unos centímetros al pozo y los convertí en palabras. Y si pude llegar hasta este punto final sin caer ni volar demasiado alto, entonces tal vez no soy la heroína trágica ni la loca brillante que prometía destruirlo todo. Soy algo más incómodo y difícil, una mujer que se queda, que escribe, y que, a pesar de sí misma, elige seguir.

 

*Griselda Quintero (Candelaria, Misiones, Argentina, 1989) es licenciada y productora audiovisual. Su trabajo articula narrativa, lenguaje visual y exploración psicológica de la experiencia contemporánea. Escribe ficción centrada en tensiones íntimas, identidad y cuerpo, con una mirada irónica y crítica. Reside en Misiones, donde desarrolla proyectos audiovisuales y literarios.

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