Memorias de una piedra
Mi historia es como la de todas,
caminos largos
trazados por el azar.
Alguna vez fui roca coronando una montaña.
Soy un trozo de un trozo de entre los cientos de trozos
que del peñasco se desprendieron
y en una diáspora de derrumbes
aludes
y ríos caudalosos
emprendieron sus propios viajes.
Por largo tiempo llevé las agudas cicatrices
que dibujaron mis contornos.
Rodé, rodé, rodé.
Rumbo abajo, el camino pulió mis formas,
desprendió las esquinas de mi cuerpo mineral,
puntas,
nuevas piedrecillas que siguieron caminos azarosos.
Me pregunto si ellas me recordarán.
Rodé hasta que dejé de rodar.
Lo demás ha sido estar,
montañas de tiempo de estar,
tiempo milenario,
solo estar y nada más.
Montañas de tiempo son las que llevo aquí,
ensamblada a esta cama de tierra seca
oyendo las plegarias de la hierba sedienta.
Cada invierno me hundo más
en este lecho que ablanda la lluvia,
en esta tierra que de tanto cobijarme
lleva impresa la forma de mi cuerpo.
Algún día
yo quiero ser
de entre todas
el tesoro fugaz de una niña
que me lance con todas sus fuerzas al mar.
Me hundiré,
y al hundirme pensaré en el viento sobre la tierra vieja,
deshaciendo lento
el molde que en ella dejó mi cuerpo.
Allá abajo, el tiempo y el agua rozarán mi piel
Lento me desharán
en granos de arena,
polvo de rocas en el fondo del mar.
Hasta que ese día llegue,
aquí estaré,
sólo estaré
esperando al tiempo.
No elige el momento quien solo puede esperar.
Esperar,
ser una piedra entre tantas,
ser un fragmento de la roca que un día fui
en la cumbre de una montaña,
ser el conjunto de los fragmentos,
del polvo que un día seré
en el fondo del océano.
Árbol pescador
He vivido tanto,
tanto y en silencio.
Ya quiero gritar un crujido,
uno que dé señal a las aves
y huyan lejos del derrumbe de sus nidos.
Quiero oír ese crujido,
será mi única palabra,
definitiva, desgarradora.
Un adiós, tal vez.
Ya quiero caer
que mis raíces se rindan al fin
a descansar de tanta vida pirquinera
y sean ancianas desnudas tendidas al sol.
Quiero ser como el horizonte
yaciendo sobre cientos de años de hojas caídas.
Pero no quiero hacerme madriguera, alimento y tierra fértil.
Todos quieren hacerse bosque.
Yo no.
Es que miro el mar hace doscientos años
y la mirada se me ha llenado de él.
Cuando caiga
yo quiero que el sol me abrace
hasta que un día vengan los pescadores
y se hagan de mí
y mi tronco sea barca,
mis ramas sean remos,
mis astillas sean calor de madrugada
y mi follaje, un cardumen de peces transparentes
nadando mar adentro.
Los pescadores me pintarán con sus colores
y el mar me teñirá con los suyos.
Mi madera anciana será barca joven,
oleré a algas,
a viejas redes,
a sal
y no habrá más que azul,
espuma y azul.
Navegaré lejos, iré al horizonte
y en mis navegancias escucharé por siempre
los secretos de los hombres.
Yo les susurraré canciones del bosque,
de pájaros carpinteros,
y ellos no comprenderán
pues ignoran que navegan en árboles.
El sol me verá al despertar
surcando marejadas y tormentas,
y secará mi cuerpo cansado
mientras un muelle viejo velará mis sueños.
Gaviotas y canopelíes tomarán el lugar de las loicas,
se harán de mí,
hechizados por los restos de la pesca
y el suave vaivén de mi cuerpo dormido
en la marea calma.
No.
No hay muerte para un árbol,
todos siempre seremos bosque.
Yo, bosque en el mar.
Palabras del silencio a las palabras
Palabras, palabras, palabras.
¡Fuera!
Dejen a los hombres en paz.
Quiero trerlos aquí.
Ellos debieran saber que no estoy lejos,
donde no llega el viento ni los pájaros.
No, estoy cerca,
tan cerca
que podrían escucharme.
¡Largo de aquí!
Déjenme a solas con ellos.
Quiero decirles que aquí estoy,
que vivo entre los árboles,
me visto de bosque,
de verdes susurros,
de ramas en el viento,
de hojas como cascabeles.
Les contaré que vivo cerca del mar,
en la arena o en un bote
o en las rocas,
en las vagas fronteras que el mar traza
en los confines de la tierra,
donde van a morir las olas,
vivo entre sus últimos rugidos.
Podré decirles que vivo entre la noche y el
alba,
donde el negro se hace azul cielo,
y que los grillos cantan para mí
y los pájaros lejanos
mientras despiertan a los colores.
Quiero que ellos sepan
que vivo en la suave canción
con que el invierno arrulla a la tierra
prometiéndole primaveras.
Les contaré que vivo en las tormentas,
en la nota que cada gota ofrece
al morir sobre los techos de sus casas
y en los secretos que el viento les cuenta a sus ventanas.
Les diré que me busquen cerca de ellos,
pero lejos del tiempo,
lejos del futuro,
del ruido,
lejos de sus fiestas,
de sus urgencias y deberes,
de sus palabras.
Les diré que me busquen cerca
tan cerca,
donde yo pueda escucharlos respirar,
oír el latido de sus corazones
y ellos el mío.
¡Fuera!
¡Largo de aquí!
Callen, palabras, vuélvanse imaginarias.
Que lo último que les digan a ellos
es que vengan aquí
a dormir sus voces en la calma de mi soledad.
Ellos estarán conmigo y luego se marcharán,
tarde o temprano,
volverán a ustedes,
pero llevarán con ellos lo que yo tengo para darles
las palabras que solo yo guardo,
las más bellas,
tan bellas
que renunciaron a ustedes.
Se marcharán atesorando mi regalo entre sus manos,
poesía,
y querrán volver siempre a mí,
sabrán que estoy cerca.
Like a complete unknow
Like a rolling Stone.
Bob Dylan
caminos largos
trazados por el azar.
Soy un trozo de un trozo de entre los cientos de trozos
que del peñasco se desprendieron
y en una diáspora de derrumbes
aludes
y ríos caudalosos
emprendieron sus propios viajes.
que dibujaron mis contornos.
Rodé, rodé, rodé.
Rumbo abajo, el camino pulió mis formas,
desprendió las esquinas de mi cuerpo mineral,
puntas,
nuevas piedrecillas que siguieron caminos azarosos.
Me pregunto si ellas me recordarán.
Lo demás ha sido estar,
montañas de tiempo de estar,
tiempo milenario,
solo estar y nada más.
ensamblada a esta cama de tierra seca
oyendo las plegarias de la hierba sedienta.
Cada invierno me hundo más
en este lecho que ablanda la lluvia,
en esta tierra que de tanto cobijarme
lleva impresa la forma de mi cuerpo.
yo quiero ser
de entre todas
el tesoro fugaz de una niña
que me lance con todas sus fuerzas al mar.
Me hundiré,
y al hundirme pensaré en el viento sobre la tierra vieja,
deshaciendo lento
el molde que en ella dejó mi cuerpo.
Allá abajo, el tiempo y el agua rozarán mi piel
Lento me desharán
en granos de arena,
polvo de rocas en el fondo del mar.
aquí estaré,
sólo estaré
esperando al tiempo.
No elige el momento quien solo puede esperar.
Esperar,
ser una piedra entre tantas,
ser un fragmento de la roca que un día fui
en la cumbre de una montaña,
ser el conjunto de los fragmentos,
del polvo que un día seré
en el fondo del océano.
tanto y en silencio.
Ya quiero gritar un crujido,
uno que dé señal a las aves
y huyan lejos del derrumbe de sus nidos.
Quiero oír ese crujido,
será mi única palabra,
definitiva, desgarradora.
Un adiós, tal vez.
que mis raíces se rindan al fin
a descansar de tanta vida pirquinera
y sean ancianas desnudas tendidas al sol.
Quiero ser como el horizonte
yaciendo sobre cientos de años de hojas caídas.
Todos quieren hacerse bosque.
Yo no.
Es que miro el mar hace doscientos años
y la mirada se me ha llenado de él.
yo quiero que el sol me abrace
hasta que un día vengan los pescadores
y se hagan de mí
y mi tronco sea barca,
mis ramas sean remos,
mis astillas sean calor de madrugada
y mi follaje, un cardumen de peces transparentes
nadando mar adentro.
y el mar me teñirá con los suyos.
Mi madera anciana será barca joven,
oleré a algas,
a viejas redes,
a sal
y no habrá más que azul,
espuma y azul.
Navegaré lejos, iré al horizonte
y en mis navegancias escucharé por siempre
los secretos de los hombres.
Yo les susurraré canciones del bosque,
de pájaros carpinteros,
y ellos no comprenderán
pues ignoran que navegan en árboles.
surcando marejadas y tormentas,
y secará mi cuerpo cansado
mientras un muelle viejo velará mis sueños.
Gaviotas y canopelíes tomarán el lugar de las loicas,
se harán de mí,
hechizados por los restos de la pesca
y el suave vaivén de mi cuerpo dormido
en la marea calma.
No hay muerte para un árbol,
todos siempre seremos bosque.
Yo, bosque en el mar.
¡Fuera!
Dejen a los hombres en paz.
Ellos debieran saber que no estoy lejos,
donde no llega el viento ni los pájaros.
No, estoy cerca,
tan cerca
que podrían escucharme.
Déjenme a solas con ellos.
Quiero decirles que aquí estoy,
que vivo entre los árboles,
me visto de bosque,
de verdes susurros,
de ramas en el viento,
de hojas como cascabeles.
en la arena o en un bote
o en las rocas,
en las vagas fronteras que el mar traza
en los confines de la tierra,
donde van a morir las olas,
vivo entre sus últimos rugidos.
donde el negro se hace azul cielo,
y que los grillos cantan para mí
y los pájaros lejanos
mientras despiertan a los colores.
que vivo en la suave canción
con que el invierno arrulla a la tierra
prometiéndole primaveras.
Les contaré que vivo en las tormentas,
en la nota que cada gota ofrece
al morir sobre los techos de sus casas
y en los secretos que el viento les cuenta a sus ventanas.
pero lejos del tiempo,
lejos del futuro,
del ruido,
lejos de sus fiestas,
de sus urgencias y deberes,
de sus palabras.
Les diré que me busquen cerca
tan cerca,
donde yo pueda escucharlos respirar,
oír el latido de sus corazones
y ellos el mío.
¡Largo de aquí!
Callen, palabras, vuélvanse imaginarias.
Que lo último que les digan a ellos
es que vengan aquí
a dormir sus voces en la calma de mi soledad.
Ellos estarán conmigo y luego se marcharán,
tarde o temprano,
volverán a ustedes,
pero llevarán con ellos lo que yo tengo para darles
las palabras que solo yo guardo,
las más bellas,
tan bellas
que renunciaron a ustedes.
Se marcharán atesorando mi regalo entre sus manos,
poesía,
y querrán volver siempre a mí,
sabrán que estoy cerca.
*María Jesús Gallastegui Sepúlveda. Desde muy joven ha experimentado en el mundo del textil y escribe a diario. Como licenciada en Historia, siempre orientó su trabajo hacia disciplinas que avanzan de la mano con la historia: el arte y la literatura. Ha unido estas experiencias e intereses en un camino creativo que ha tomado forma a través de la creación de libros textiles, formato que se ofrece como un soporte estético idóneo para la ética que abordan sus trabajos: la naturaleza, humana y no humana. La lentitud, el reposo y el silencio son condiciones esenciales tanto para el oficio textil como para la reflexión en torno a la naturaleza. En este sentido, piensa el libro textil como una forma de expresión que une ética y estética; idea y soporte; naturaleza y bordado. Desde hace algunos años ha unido toda esta experiencia a la escritura, especialmente a la poesía. Participa permanentemente en un taller literario dictado por la escritora Cecilia Beuchat y escribe a diario. A partir de esto ha publicado libros infantiles escritos en clave poética e ilustrados mediante técnicas textiles.
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