Ver una entrada al azar
Mostrando entradas con la etiqueta Luis Vargas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Luis Vargas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de diciembre de 2022

TOP 10 Revista Innombrable 2022


"Eos rododáctila" poemas de Octavio Huesca Heredia (México)

https://www.revistainnombrable.com/2022/04/eos-rododactila-poemas-de-octavio.html




"Mi propia oscuridad" poemas de Adriana Molina Hurtado (Colombia)

https://www.revistainnombrable.com/2022/04/mi-propia-oscuridad-poemas-de-adriana.html



"Sobre una cita que habla de las palabras" poemas de Felman Ruiz (Bolivia)

https://www.revistainnombrable.com/2022/04/sobre-una-cita-que-habla-de-las.html



“El Familiar” cuento de Ronnie Camacho Barrón (México)

https://www.revistainnombrable.com/2022/05/el-familiar-cuento-de-ronnie-camacho.html




“Cálculo de utopías” prosa poética de Eréndira del Carmen Corona Ortíz (México)

https://www.revistainnombrable.com/2021/12/calculo-de-utopias-prosa-poetica-de.html



"El viaje hacia Andrómeda" poemas de Julio Fabián Salvador (Perú)

https://www.revistainnombrable.com/2022/07/el-viaje-hacia-andromeda-poemas-de.html




“Ellos dos” relato de Manuel Arboccó de los Heros (Perú)

https://www.revistainnombrable.com/2022/07/ellos-dos-relato-de-manuel-arbocco-de.html




"La necesidad del affaire" relato de Luis Vargas (México)

https://www.revistainnombrable.com/2021/10/la-necesidad-del-affaire-relato-de-luis.html





"Alguien con quién coincidir" relato de Harry Santiago Cárdenas (Colombia)

https://www.revistainnombrable.com/2022/04/alguien-con-quien-coincidir-relato-de.html



jueves, 7 de abril de 2022

"Balada porque ya no estás" poema de Luis Vargas

 

Esta mañana sólo hay eternidad y dolor.

Desperté y pensé que aún era aquella ciudad

Absorta en un murmullo de crueldad y mar. 

La ventana lloraba la necesidad de amar,

Y la visión estaba empapada del vaho 

Que escondimos en un castillo de arena

junto al mar íntimo y recóndito mar;

ensueño de ventiscas y lloviznas 

                                               tan mar

nostalgia de congojas y esperanzas 

                                                   tan mar.


Desenterrabas tu falda de las sábanas,

Atizabas tus ojeras frente al espejo,

Despejabas el cansancio de tus cejas,

En un ritual del que nadie podía despertar.

No entendía el espejo cómo tu silueta imitar,

Cómo asolar las dunas de tu costado. 

Dispersabas tu indecisión en cada rincón; 

Cultivabas cabellos en cada esquina 

Hasta verlos florecer

En un torrente de ensueños y recuerdos. 


Ambos nos adelantamos al despertador,

Pero tu vientre consentía todas las alarmas.

Tú propusiste adelantarnos a la soledad,

“– No hay más fertilidad que la de este mar”

Y surgías en un vaivén primitivo y sensual, 

Desbordante de estrellas y ecos sonámbulos,

Yo zarpaba con la ilusión de quien parte

Para no volver a la bahía de la realidad,


Luego despertaba, te miraba, y volvía ti

Desde tu barbilla hasta tu frente misteriosa,

Desde tu oreja hasta tu sien tumultuosa,

Desde creer que no poseería tu deseo más;

Que tus labios cosechaban otro arrebato ya, 

Hasta a confirmarte, recrearte y amarte 

Como eras antes de volver y perdonar.


Esta mañana sólo hay eternidad y dolor. 

Desperté y hacía frío, hacía adiós

Hacía olvido y hacía ausencia. 

Pensé que tú eras aquella ciudad

Y también aquel mar sin libertad,

Y toda la felicidad que olvidé al zarpar,

Porque hoy que ya no estás 

No queda más dunas que sortear

Ni vaivenes de tus muslos que abrazar;

Tan sólo me queda la soledad sin más,

Y saber que hacer frío y hace adiós,

Y hace olvido y hace ausencia

Un poco menos que ayer y antier 

pero más que hace dos años y siempre.

Desde la puerta que ya no te espera. 

Desde mi aliento que sólo te recuerda.

Hoy que ya no estás. 



*Luis Vargas Tapia. Puebla, Pue, (1996). Es licenciado en biología. Se debate entre la literatura y la ciencia. Apasionado de ambas disciplinas, su obra poética se concentra principalmente en traducciones de románticos ingleses, las cuales han sido publicadas en revistas nacionales. Cuenta con algunos relatos y poemas publicados, ya sea por timidez, o por demasiado atrevimiento.


jueves, 21 de octubre de 2021

"La necesidad del affaire" relato de Luis Vargas


Durante el año que llevamos de pandemia he escuchado a varios amigos decir que añoran volver a la normalidad, que extrañan esto y aquello, ver caras nuevas, rostros conocidos, hablar, abrazarse, besarse, y reírse juntos sin miedo a que el virus se filtre y les ocasione un caos de garabato. De garabato…pido una disculpa si no sé expresar estas cosas de la ciencia, pero mi profesión es el diseño de obras, el cimentar las bases de grandes construcciones, y principalmente, visualizar a partir de una pequeña piedra o de una línea una gran edificación o historia.  Pero de entre toda la clase de preguntas curiosas y comentarios que he escuchado, hubo una pregunta que me desconcertó bastante; ¿Y tú no extrañas intimar con alguien que acabas de conocer? Lo preguntaban porque, de acuerdo con sus percepciones, me veían demasiado tranquila al respecto. Yo sencillamente les respondía que no, que era el menor de mis prioridades actuales, pues sólo quería ver de nuevo a mi padre, quien se encontraba trabajando en el extranjero y no había tenido oportunidad de volver desde la pandemia. Por supuesto que a veces pensaba en ello como un ser humano cualquiera, pero no como una necesidad constante.

Hace poco cumplí treinta años, y una vez leí en un libro de Balzac, que los treinta era la edad peligrosa de la mujer. En mi caso no encuentro el peligro que hay en cumplir treinta años, incluso mi vida hasta se ha vuelto más sencilla; trabajo todos los días a pesar de la pandemia, y sólo los fines de semana me sobra tiempo para descansar o ver a un par de amigos. Mi familia no vive conmigo desde hace varios años; sólo mi hermana menor me visita, y lo hace ocasionalmente. Un fin de semana, de haces tres meses, si mal no recuerdo y reviso bien el calendario, mi hermana vino a visitarme a mi departamento. Me dio mucha alegría verla y platicar sobre lo mucho que ambas extrañábamos a papá. Las noticias se limitaban ahora a personas conocidas que se habían contagiado-: “¿te acuerdas del papá de Emilio, mi amigo de la secundaria? Pues falleció esta semana… no podía respirar, y no pudieron conseguirle un tanque de oxígeno, pobre de él”. Pero entre todas las noticias convencionales hubo una que me conmovió pues fue inesperada hasta para mí: mi hermana acababa de romper con su novio, con el cual llevaba ya casi dos años de relación. Cuando me lo contó no pudo evitar romper en llanto, y decir que las cosas no habían funcionado, que la lejanía por la pandemia había terminado por agravar los problemas que ya había entre ambos, y que sólo había potenciado lo ineludible. Lamenté mucho lo de mi hermana, sabía cuánto lo amaba. Ella lo había conocido en esta ciudad, siendo más exactos en la universidad, cuando vivíamos juntos como familia en el departamento que ahora habito a solas.  Nunca he sido buena para las cuestiones sentimentales, pero traté de consentirla todo ese fin, con la comida y juegos que más le gustaban, y así, con su llanto en mi hombro nos dijimos hasta pronto. 

 

Pasaron dos semanas de rutina insufrible; de aislamiento forzado por el aumento en las cifras de contagios, de comida a domicilio, de maratones de series los viernes, de botellas de vino acabadas en una sola noche y a solas y de libros releídos.  Una tarde, harta de estar trabajando en unos planos, decidí salir a comprar lo que pudiera encontrar, hábito bastante convencional de las mujeres aburridas o deprimidas. Comencé a tomar cuantos productos atrajeran mi atención, mientras quemaba un poco de tiempo leyendo las letras pequeñas de las cajas, y las oraciones escritas en francés y en inglés sobre las indicaciones de uso (vaya situación más engorrosa), y me fui directo a pagar, cuando alguien me llamó con una voz un poco dudosa y afeminada: - “Lucía, hola”.  Yo volteé y era el ex de mi hermana; se había dejado crecer un poco la barba, vestía el mismo estilo de ropa, algo ñoño para mi gusto, pero parecía ser el mismo traga años que había conocido hace un par de años:

- ¡Ah, hola!, ¿qué tal te va…? -Había olvidado su nombre por completo.

-Excelente, muchas gracias. ¿y a ti? Bueno, ni preguntar… se nota te va bien.  No pensaba encontrarte por aquí…

- En todo caso soy yo quién no pensaba encontrar un hombre aquí: ¿qué haces en una tienda de cosméticos? -

-Cosas de ustedes, algo que me encargo mi hermana, me conoces lo servicial que soy, eso es todo. -Respondió riendo con esa risa juvenil que seguro había enamorado a mi hermana.

-Perfecto, pues me dio gusto verte -decía la mentira del día-: que estés bien, ¡bye!

Salí de prisa al estacionamiento para descansar mis manos de las cajas que se desbordaban. Cuando abría la puerta del auto escuché de nuevo su voz:

- Lucía, espera…

-  Tú de nuevo... ¿Qué pasa? -respondí apresurada y con tono de enfado.

-Verás, es relacionado con la arquitectura. -Dejé las cosas sobre el asiento y me volteé pese a sentir enfado-: ¿Sí? ¿Qué cosa?

- Es sobre un amigo, él es ingeniero civil.  Acaba de llegar a la ciudad para un trabajo de diseño de caminos, y necesita una cámara como la que tú tienes, la que usan los ingenieros civiles, con su trípode y eso, recordé que tú tienes una, no sé si podrías prestársela...-Hizo una pausa y continuó-: Sinceramente, después de un rato de verte me acordé de que tú tienes esa cámara; él es principiante pero muy responsable, te garantizo que cuidará bien de ella. -Me habló con esa timidez llena de seguridad que le caracterizaba, la cual siempre había sido su ironía más grande. Quería que dejara de hablarme, así que le que dije que sí para deshacerme de él.

-Perfecto, ¿me pasas tú número para avisarle? De una vez te paso el suyo – No había contado con que tenía que darle mi número, ni siquiera había pensado en prestar la cámara que más bien se llama Teodolito. A estas alturas sólo quería irme y que me dejara en paz, por lo que esta vez tuve que recurrir a hablar con la verdad:

-Está bien, lo guardo, yo me contacto con él, hasta luego.

Cuando llegué al departamento no pude pensar en que le iba a hacer un favor al tipo que había terminado con mi hermana. Probando cada uno de los productos pensé en contarle, pero justo cuando estaba a punto de tomar el celular, desistí de hacerlo: recordé que a esa hora ella estaba en clases virtuales y no quería importunarla. En cuanto a José, sin duda ya no era el mismo de antes pese a seguir tragando años. La barba no le sentaba mal, y se había ensanchado un poco más de hombros, y caminaba más erguido, pues cuando lo conocí se doblaba su espalda a causa de su estatura.  Al inicio se me hizo algo feo, no me gustaban tan ñoños y altos, pero aquí estaba, al parecer estudiando o trabajando, y probablemente superando la ruptura con mi hermana.

Dos días pensé en escribirle un mensaje a mi hermana para contarle todo, que me había encontrado a su exnovio y me había pedido prestado el Teodolito, pero cuando me disponía a escribir, tocaron el timbre y fui a abrir la puerta:

- ¿Tú eres Lucía? Soy Juan, el amigo de Pepe, me dijo que tú me prestarías el Teodolito.

-Hola, sí mira... aquí está, en excelente estado como le comenté a José, te lo encargo mucho, ¿vale? ¡Nos vemos!

-Espera, es que no sé muy bien usarlo y te quería pedir si me enseñaban, aunque sea lo básico o cómo funciona…-No estaba dispuesta a perder mi tiempo con él, sin embargo, cuando iba a darle una negativa y a cerrar la puerta, llegó José quien al parecer lo estaba esperando….

-Qué tal Lucía, veo que se cayeron muy bien ambos. Me agrada, ¿no tienen hambre?  Les propongo lo siguiente: si tú le enseñas a usarlo correctamente y mi amigo Juan aprende a usarlo de manera correcta, los invito a cenar a ambos. ¿Qué les parece? Así celebramos que Juan al fin es útil para algo y que Lucía es una excepcional maestra. Les advierto: no acepto una negativa por respuesta, los tiempos no están para negarse a cenar con amigos.

No me agradaba la idea, no obstante, su amigo se veía bastante amable y fue imposible no negarme a ayudarlo; contaría por mucho veinte años, y desde lo que vi, por alguna razón, me cayó bastante bien.

- Está bien, lo de la cena ahórratelo, terminemos esto rápido.

Juan aprendió a usarlo en menos de media hora, por lo que no tardamos en ponernos a jugar a las escondidas y otros juegos de la infancia. Tenía años sin correr y divertirme tanto. Los tres sin duda afectados por la pandemia, parecíamos estar sumidos en un estado de euforia y absoluta alegría; risas, gritos, una que otra caída, peleas por niñerías, así corrió el tiempo.  Por un momento olvidé que acababa de conocer al chico y que José le había roto el corazón a mi hermana; por un momento fuimos los mejores amigos del mundo, y los problemas de mi hermana y del mundo cesaron de existir.  Terminamos exhaustos, y al final accedí a cenar con ambos. 

Mientras platicábamos y reíamos abrí una botella que había comprado a inicios de la pandemia con la esperanza de destaparla cuando toda esta desgracia acabara. Después de agotar hasta la última gota, José y su amigo se despidieron, no sin acordar que nos veríamos la próxima semana para continuar con la partida de juegos. Luego procedimos a despedirnos como amigos de toda la vida y nos dimos las buenas noches.

Cuando me disponía a dormir, escuché que alguien tocó el timbre, la voz de José respondió:

- Lucía, olvidé mi celular, disculpa. -Su celular, estaba en el sillón, y yo estaba demasiado cansada, así que le dije que pasara, aún no cerraba con llave.

-Muchas gracias – me respondió mientras entraba. Después de cambiarme salí a ver si ya lo había tomado y se había ido. Cuando salí estaba mandando un mensaje mientras se dirigía la puerta.

- ¿Ya lo encontraste?

-Sí, gracias, estaba en el sillón. Oye, que bien no la pasamos hoy, ¿no crees? Tenía meses sin reír tanto y pasármela tan bien.

-Sí, igual yo, estuvo bien -me dirigí a la cocina a tomar un vaso de agua, sin embargo, el garrafón no estaba puesto.

-Espera, yo te ayudo -mientras cargaba el garrafón no pude dejar de observar sus brazos. El alcohol había inflamado mis sentidos; no lo veía tan feo como antes y en mi limitado entendimiento comprendía por qué mi hermana se había enamorado. Cuando terminó de colocarlo, nos miramos fijamente y me besó. Transcurridos unos segundos comprendí que besaba a alguien ocho años menor que yo; para él debía ser una fantasía cumplida…quizá sí, quizás no, pero yo no pude separarme de sus labios. Me había gustado besarlo, y deseché la idea de que me había gustado por los efectos del alcohol. Acto seguido me tomó de la cintura y me juntó a él para sentirlo y despojarme de mi ropa. Llegamos a mi cuarto, las luces estaban apagadas, y yo volvía a recordar la desesperación de los que tenía a los veinte años por sentir la piel de otra persona; la necesidad que tenía por sentirme deseada o amada por alguien:

-Eres bellísima, me encantas. -Le escuché decir mientras me quitaba la última prenda, y me pregunté de nuevo si ese deseo suyo por mí existía desde que salía con mi hermana y yo lo veía como un sujeto sin gracia alguna:

-No sabes cuánto había deseado este momento, Lucía. -Le escuché decir mientras cumplía en mí todo su deseo.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

A la mañana siguiente pensé en culpar al alcohol, aunque fuera mentira, pero ya no tenía la edad para mentirme a mí misma con fruslerías. Sólo me dio los buenos días y se vistió, mientras que yo me alisté para moverme al escritorio a trabajar. Esta vez la clásica escena de dos personas que se despiden con la frase “iré al trabajo” después de una noche de sexo no tenía cabida; él ni siquiera tenía trabajo o clases presenciales y mi oficina estaba cerrada por la pandemia.  Por lo que, cuando le abrí la puerta me dijo: - “mañana no se conectará mi profesor, podría verte un rato”.  - “Ya veremos”- respondí.

No dejé de pensar todo el día en que había intimado con el ex novio de mi hermana, y que para el colmo me había gustado sobremanera. Sentía una mezcla de culpabilidad y vergüenza mezclada con un desasosiego y confort corporal que alguna vez dudé haber vivido. Es probable que lo haya sentido, al menos en una ocasión, seguro que sí, sólo que ya no lo recordaba. Quería llorar y al mismo tiempo reír; quería recordar y al mismo tiempo olvidar; quería decir que no y al mismo tiempo decir que sí; quería no sufrir y al mismo tiempo amar: Quería vivir hasta donde este estúpido aislamiento me lo permitiera.

 A la mañana siguiente le mandé mensaje; acordamos vernos por la tarde. Y así fue; inmediatamente que entró, se quitó el cubrebocas y me besó la boca con esa delicada pasión que me recorría en escalofríos todo el cuerpo. Si anoche no me había importado que tuviera el virus en su saliva, hoy no tenía sentido que me empezara a importar. De la nada recordé que era guapa, que había sido el adjetivo más frecuente para mi persona, pero jamás imaginé que tuviera tantos atributos físicos como él con sus manos y su voz me los hacía notar y saber. Mordidas por aquí, mordidas por allá..., besos justos, ahí, en mi suspiro... Repasaba insistente cada una de mis formas, y yo acariciaba su cuerpo que gritaba a los cuatro vientos por sentirse correspondido y amado. Me tocaba como si conociera los puntos que más disfrutaba sentir, y por un momento me pregunté si tenía algo de relación con que su exnovia fuera nada más y nada menos que mi hermana. ¿Sería posible que mi hermana y yo sintiéramos igual, las mismas caricias, los mismos puntos detonantes de placer, la misma tristeza, el mismo amor? 

-José, ¿te imaginabas haciendo el amor conmigo?

-Sí, muchas veces. En secreto, a solas, o en compañía de tu hermana, en la mesa con tus papás, me lo imaginaba y disfrutaba imaginarlo. Cuando salías con sujetos que ni siquiera te agradaban, y yo me percataba que sólo salías con ellos para no hacerlos sentir mal o no sentirte a solas contigo; yo fantaseaba con hacerte el amor y provocarte todo eso que ellos no podían provocarte. Siempre te deseé Lucía, siempre deseé tu alegría desenfadada, tu soledad y desesperanza, tus caprichos por exceso de feromonas, y tu mirada que siempre esperaba, que ya no espera…

Tenía razón, yo en el fondo, anhelaba ser amada por alguien que me igualara o me superara. No tenía certeza si José me igualaba o superaba, pero sí estaba segura de lo plena y feliz que me sentía estando desnuda a su lado. No obstante, aún esa terrible duda me embargaba:

-José … ¿Cuándo estás conmigo…? piensas también en mi hermana?

Se quedó un momento callado.

-No, no lo hago.

- ¿Por qué lo pensaste?

- No lo pensé, sólo que me sorprendió me preguntaras eso. ¿Por qué lo preguntas?

Quería decirle que cuando me tocaba lo hacía siempre en mis puntos preferidos. Que me tocaba como si me conociera de años, que parecía como si me conociera a la perfección, e intuyera con malicia, todas las cosas que hacían regocijarme de placer. Pero no le iba a elevar el ego; bastantes experiencias habían tenido con narcisistas. Y, además, llegué a sentir que en el fondo no me importaba con tal de ser feliz. AL fin y al cabo, se trataba de mi hermana, y no de una desconocida, y no podía negar que era mi hermana, y que en la sangre es casi seguro que venga codificado también la forma de sufrir y sentir.

-Olvídalo, sólo recordé que somos hermanas.

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Los días, las noches, las mascarillas por el suelo con nuestras ropas, él y yo, y el mundo afuera infestado de muertes y contagios. Fue hasta entonces que pude comprender la ansiedad que interrogaban mis amigos, y así me pregunté entonces cómo es que olvidé lo bien que sentía ser deseada, y quizás, amada. Tenían razón, vivir aislados, encerrados y sin alguien con quien compartir las horas de aislamiento, es algo que a nadie le deseo y que ya no pretendo de nuevo vivir.  Días, semanas, meses, en las tardes sin nada que hacer, abría la puerta, dejaba caer mi bata y la felicidad no tenía fin. Si él tenía una hora libre, apagaba la cámara web, suspendía la computadora, y me encerraba para demostrarme lo mucho que me adoraba.

-Lucía, ¿sabes que te adoro con locura, lo sabes, ¿verdad?

-Lo sé, lo sé -yo me reía siempre a la par que le hacía cosquillas y le besaba esa boca de veinteañero ansioso que tenía.

- ¿Crees que acabe algún día todo esto?

-No lo sé querido, no lo sé.  Pero podría nunca acabar, y no me molestaría, ¿y a ti? -Pregunté mientras recorría su pecho con mis dedos.

-Tampoco. ¿Pero y si acaba pronto? ¿Qué será de nosotros? -Me miró con sus ojos inquietos y llenos de inocencia a punto de agotarse, con esa mirada que está a punto de despedirse de una etapa de la vida en la que se deja de descubrir y de sorprenderse con la misma intensidad para vivir cada momento a plenitud y conciencia. ¿Se acostumbraría a mí como a la pandemia? Cuándo salga de nuevo al mundo; ¿dejará de sentir deseo por mí? ¿Me convertiré en su rutina o hábito como lavarse las manos o subirse el cubrebocas? No lo sabía, no podía saberlo, y mejor que fuera así. Por primera vez en mi vida no podía visualizar a partir de una piedra el destino de una edificación:

-  Sí acaba…, sí acaba habrá que comenzar todo de nuevo… ¿Divertido, no crees?

Transcurrió un silencio más largo que todas las pandemias ocurridas y por ocurrir, más largo que el tiempo que alguna vez esperamos para sentirnos amados, y aún más largo que la necesidad del affaire.

- “¿No crees?” – respondió con tono burlón y soltó una carcajada suave pero pilla-: ¿Tú qué crees Lucía?

No creía nada, nunca le creería nada, tan sólo sentí sus labios tibios, me acomodé la sábana en el pecho, y me dejé caer en un suspiro. 

*Luis Vargas, Puebla, Pue, (1996). Se debate entre la literatura y la ciencia. Apasionado de ambas disciplinas, ha traducido a Lord Byron y Robert Browning en revistas nacionales. Antes de ser escritor, es lector, y siempre lo será hasta que la vista y la vida lo permitan. Actualmente se dedico a la investigación y es candidato a Máster en Biomedicina y Biotecnología por el CICESE.

miércoles, 14 de julio de 2021

"Ni nadie, ni nunca" relato de Luis Vargas


A esta hora ni en ninguna no hay nadie. Antes tampoco lo hubo; nunca ha estado nadie. Sólo él estuvo,  alguna vez, durante veinticinco años. Era la única persona que estaba, la única. En mis aciertos más oportunos, y en mis errores más deleznables, él siempre estaba ahí conmigo. Pero se fue y no me quedó más remedio que aceptarlo, superarlo… tal vez…, pero el destino antes de la superación exige la aceptación equivalente a la noción de saber que pasó y punto, y al día siguiente, se tendrá que despertar con ello, y vivir, y respirar, y hablar, y peinarse frente al espejo, y disimular como si no ha pasado absolutamente nada. Como si no hubiera más remedio que seguir adelante por la inercia propia que conlleva la vida y la juventud misma, la inercia de seguir adelante, y nunca detenerse aunque el corazón llame a gritos para que te detengas de una vez por todas. Para nuestra mala suerte, todos, o casi todos esperamos a que alguien lo confirme, a que alguien nos diga esa palabra que añoramos escuchar: “DETENTE”. Pero nunca nadie te lo dirá.


Fue el número veinticuatro. Si el destino no podía ser más cruel, contrario a la expectativas y las estadísticas, logró serlo. Fue el número veinticuatro en morir a causa del virus. El fallecimiento número veinticuatro en el país, la cifra que recordaba a la edad que superaba y al padre que dejaba, pues en una semana, cumpliría veinticinco años. Veinticuatro; el número exacto de mi vida, el que marcaba un antes y un después, y que hasta ese día yo no sabía que lo sería. 


En aquellos días, cuanto todavía tenía veinticuatro, era la persona más feliz del mundo. Me había reconciliado con el hombre del que estaba segura era el amor de mi vida. Nos mudamos lejos de nuestras familias a otra ciudad donde pudiéramos ser libres y vivir juntos en completa armonía, sin las presiones sociales que nos habían perseguido durante tanto tiempo por nuestros errores de inmadurez y primera juventud.  Recuerdo que desde el primer que día que llegamos a nuestro nuevo departamento, nuestro hogar, nuestro espacio, fuimos terriblemente felices. Sí, terriblemente es el adverbio indicado, porque sentíamos un temblor de felicidad recorriendo nuestros cuerpos y nuestras sonrisas a cada instante que transcurría entre los dos; cocinábamos el uno para el otro, íbamos al súper juntos, hacíamos el amor toda la tarde y luego toda la noche, y por la mañana, nos subíamos al mismo auto para ir al trabajo. La rutina idílica que toda pareja joven desea vivir nosotros la teníamos, y como todo parecía ir tan perfecto, planeamos tener un hijo: nunca nos importó el convencionalismo del matrimonio, pero la sola idea de formar vida a partir del amor entre dos personas nos parecía algo hermoso y digno de nuestra relación fundamente en el amor, y sólo en el amor . Los dos deseábamos con todas nuestras fuerzas a pequeño ser en nuestras vidas, y nos entregamos en cuerpo y alma para que sucediera. 


Sin embargo el tiempo de felicidad se había prolongado un año entero que para mí transcurrió en un parpadeo, y las dificultades, como es debido, comenzaron a surgir: mi madre desarrolló una enfermedad del sistema nervioso y yo me tuve que ausentar del hogar que había formado con el hombre que amaba. Al ser hija única, y mis padres al no tener hermanos vivos, me convertía automáticamente en la única persona de apoyo para ello,  y yo como hija única, debía cumplir con las necesidades familiares del momento. El que yo regresara constantemente a la casa de mis padres terminó por entristecer un poco a Javier, el hombre  quien creo, no…más bien, quién creía era el amor de mi vida. Y era de esperarse; después de un año acostumbrados a la soledad del otro, era normal que mi alejamiento le causara tristeza y desazón.  Todo esta situación me llevó  a decirles a mis padres que yo era una persona adulta, y a recordarles que yo vivía con Javier desde hace un año y que mi vida estaba con él y con nadie más, y que eso me hacía muy feliz. Ellos comprendieron, y cuando los doctores lograron controlar con éxito la enfermedad de mi mamá, yo volví con Javier a nuestro pequeño hogar: Pero no por mucho tiempo…


A principios del invierno de ese año surgió en el mundo una enfermedad que en principio no parecía ser letal y que era provocada por un virus nuevo, aunque después entendí que era una variante de un virus existente que sólo afectaba a ciertos animales.  No comprendo hasta la fecha muy bien cómo es que surgió, pero los gobiernos de todo el mundo comenzaron a tomar medias al respecto, y la principal medida fue la cuarentena y el trabajo en casa.  Debo de confesar que a mí y a Javier nos pareció en un inicio bastante linda la idea; todo el día juntos, comiendo, acostados en la cama mientras realizábamos pendientes en la computadora; la situación parecía perfecta para los dos. Sólo salíamos a lo necesario y volvíamos a nuestro hogar a disfrutar de la compañía del otro, no obstante ese ritmo de vida duró muy poco, un par de semanas, si acaso, un mes. 


Una mañana en que me disponía a ir por mandado recibí el mensaje que significaría el inicio del cambio más radical en mi vida: “tu papá dio positivo a la enfermedad por el virus”. Yo sinceramente, pensé que era una broma, una broma de mal gusto de mi mamá que le encantaba burlarse de las tragedias y del discurso mediático de los medios de comunicación. Pero al escuchar la frase: “ven inmediatamente a la casa”, comprendí que no se trataba de una broma, sino de una realidad , de una probabilidad que yo creía se encontraba muy lejana de las estadísticas y de la región en que vivía, y de mi familia, y de la buena suerte que había gobernado mi vida hasta entonces.  No podía creerlo; ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué? Son preguntas que hasta la fecha no sólo yo me formulo, sino todas las personas que hemos sufrido directamente o indirectamente esta maldita enfermedad. 


Volví al cuarto y le expliqué a Javier lo sucedido, él tampoco lo creía, y no me quedó de otra más que ir a la casa de mis padres. Fue un mes que nunca olvidaré, un mes en el que no se sabía casi nada del virus y de la enfermedad, y los hospitales no estaban preparados para recibir a contagiados. Los cuidados que le dábamos eran muy básicos y limitados, y fue así que papá un día cerró su mirada para siempre. A partir de esa hora yo sentí la necesidad de vivir mi dolor, de vivir mi duelo, pero la vida, mi vida y la de Javier, y las deudas y deberes continuaban, a tal punto que al consumirse mi sueldo en apoyos de la casa, en medicamentos y demás recursos que conlleva un enfermo, fue insostenible para Javier la renta del departamento, y así como yo, afectado por las circunstancias de la pandemia, se vio  obligado  a regresar a la casa  de sus padres. Me dolía la pérdida del departamento y de la vida que llevábamos juntos, pero no tanto como el fallecimiento de mi papá. Evidentemente, a Javier lo que más le dolía era el abandonar nuestra vida juntos, y cuando hablábamos por teléfono me pedía empatía para su dolor, y sobre todo más comprensión: “¿No te das cuenta de que me duele mucho ya no verte a diario, a todas horas, y todas las noches ?”.  Me preguntaba siempre con tono de reclamo,  y yo por mi parte, también le pedía comprensión para el dolor que sentía por mi papá. La falta de empatía, el estremecimiento  por la súbita transfiguración  de nuestras vidas, y la lejanía, terminó por finalizar nuestra relación. 


Ambos intentamos solucionar las cosas. Debo reconocer que él hizo hasta lo imposible para remediar la situación y restablecer la relación, sin embargo no fue posible; yo no estaba preparada para amar a alguien, ya no lo estaba. Necesitaba amor, compañía, afecto, y aunque Javier sentía por mí amor y me daba todo eso y más, yo no podía ser recíproca. Y como no podía serlo, y me sentía muy sola, acepté la propuesta de un viejo amigo que se había aprovechado de todo esta situación para declararme sus sentimientos que yo ya conocía, y proponerme ser su novia. En medio de toda la perturbación yo acepté; tal vez porque él en el fondo sabía que nunca lo iba a amar; tal vez porque me sentía demasiado sola y necesitaba recibir cariño más no darlo, o tal vez por ambas razones. Y así fue, yo fingía  interés por él, y él estaba consciente de ello, y por eso mismo, una tarde directamente me propuso tener sexo y yo acepté; ¿que si acaso lo disfruté o sentí algo? No. Sólo recuerdo que sentí la liberación física producto de un largo tiempo sin intimar, pero nada más. Al acabar pensé incluso en la idea de que mi papá me estuviera viendo desnuda en la cama, relajada, y sólo fluyendo en mí misma. No lo negaré: me dio pena y vergüenza. 


Varias veces me ocurrió lo mismo y no tardé en encontrar una solución, como también el mundo no tardó en encontrar soluciones para el regreso “seguro” a las actividades esenciales, y yo, eventualmente, volví al trabajo. La relación que sostenía con mi amigo continuó a la distancia, limitándose todo a cada quince días que era cuando yo iba a visitar a mi mamá para que no se sintiera sola. En resumen sólo teníamos relaciones sexuales, y nos despedíamos. No me parecía atractivo en lo absoluto, no obstante, cumplía bien su función. Pasados los meses fue insostenible esa relación tan absurda, y como él ya había obtenido lo que quería de mí, y quizás también yo de él, decidimos sin más un día dejarnos de hablar. 


Mientras tanto, todos mis amigos, compañeros de trabajo, ex profesores y conocidos me aplaudían y celebraban que yo continuara mi vida. Se sorprendían de la “fortaleza y resiliencia” que exhibía frente a las circunstancias adversas. “¡Sigue así bonita!”, “Me alegra que seas muy feliz, lo mereces”. “¡Qué guapo está, son perfectos los dos!”, eran la clase de comentarios que recibía  diario en redes sociales y en las reuniones  de trabajo que tenía de vez en cuando. Y yo… yo estúpidamente me lo creía todo. Así, guiada por todos los comentarios “sinceros” de mis seres queridos, pasé a buscar consuelo en otra relación pasajera, esta vez, con un compañero del trabajo que ejercía la profesión de contador, la misma profesión que mi papá había ejercido en vida. Y si se preguntan sobre si fue adrede,  deberé confesar que no. Incluso, yo ignoraba su función en la empresa hasta la primera noche que estuve con él. No me importaba ni me interesaba en lo absoluto su vida, a lo que se dedicaba, y lo que planeaba hacer en un futuro. Me habló, trató de conquistarme, y yo acepté: no opuse resistencia alguna. Por momentos me recordaba a mi padre, y eso me hacía sentir bien, pero era una persona tan vacua y convencional, que era inevitable sentir repulsión a la vez que una calma inmensa, sencillamente porque no discutía, y a todo lo que yo proponía, decía o hacía decía que sí. Y eso, quieran o no, al mismo tiempo,  también me reconfortaba. 


En cuanto a mi mamá,  amigos, compañeros, y contactos de las redes sociales, todos continuaban felicitándome e incentivándome a que siguiera así;  feliz, exitosa, guapa, etc. Mi mamá aprobaba a todos los sujetos con los que subía fotos juntos, mis amigos, igual, y los del sujeto en turno también me aprobaban con notable alegría y hasta orgullo. Curiosamente, cuando estaba comprometida con Javier nadie, ninguno de ellos, me aplaudía tanto ni me felicitaba tanto. Incluso alguna ocasión tanto mi papá como mi mamá me manifestaron su desagrado por Javier. Mis amigos, ni se diga; en cada fiesta o reunión lo rechazaban. Sólo mi papá después de un tiempo logró aceptarlo, justo unos meses antes de morir.  Y repito: yo me lo creía, yo me creía todo lo que decían, y sus palabras las absorbía como una esponja. Se sentía bastante bien el ser aceptada y halagada por todos, hasta que me di cuenta de que en los momentos en que me sentía sola, terriblemente sola, nadie estaba para escucharme o darme un halago, ni siquiera mi madre. Si subía algo a mis redes sobre tristeza o soledad, todos, absolutamente todos me ignoraban. En ese momento, dejaba de ser la más guapa, exitosa, afortunada y codiciada por todos.  Fue entonces que lo entendí y lo comprendí , aunque muy tarde: que estaba sola,  más sola que nunca, y todos ellos  estaban igual o más solos que yo, y más vacíos que todos los tipos con los que había intimado. 


¿Y fue fácil percatarse y ser honesta conmigo misma? La respuesta es no. Una noche sólo quería llorar y nada más; no tenía ganas de que me abrazaran ni de que me besaran ni que me dijeran lo bella que era mi piel. Sólo quería llorar y ser escuchada y nadie estaba ahí. El sujeto en turno se había  ofendido por mi llanto  y marchado de mi habitación.  Salí entonces a la noche fría, a caminar por las aceras desoladas, por las calles sin negocios abiertos, a llorar, dispuesta a encontrar una banca en la cual sentarme y llorar por mi soledad, por la soledad de mi padre, y por la soledad del mundo.  Lloré amargamente y me sentí tan sucia, tan usada, tan burlada, tan humillada por todos. Me acordé de Javier, y le marqué en un arrebato de cordura, pero no contestaba: el número ya no existía. Tampoco tenia sentido; quizás ya no lo amaba… ni a él ni a mí misma.   Sentí en ese momento que era demasiado tarde, que este momento a solas, que este freno, que este llanto, que esta conciencia demoledora debía de haberse presentado en mi vida pocos días de haber fallecido mi padre. Pero yo no lo entendía, o más bien no lo quería entender. Necesitaba detenerme un poco, frenar mi vida y mis pensamientos y emociones, voltear a mi alrededor y observar el panorama que me rodeaba, y luego reflexionar y decidir hacia dónde quería ir. No obstante, no fue así, en su lugar me dispuse a vivir una vida que no tenía que vivir con tal de sentirme fuerte y halagada por los demás, con tal de engañarme a mí misma con una fortaleza que no poseía ni poseería nunca viviendo de esa forma. Ahora es demasiado tarde, o así lo siento, que ya no hay vuelta atrás; perdí al amor de mi vida, perdí el cariño sincero que a su lado tenía, a mi papá, y toda mi vida, y ya no hay vuelta atrás. El daño está hecho, y el remedio… el remedio tardará y dolerá más.  “¡DETENTE!”, “reflexiona sobre tu vida”, “aprovecha tu soledad para conocerte a ti misma y valorar más lo que tienes”, “frena un poco”, si esperas todo llegará después a su debido a tiempo”, son palabras, son consejos que nadie nunca te dará.



*Luis Vargas. Puebla, México. Se debate entre la literatura y la ciencia. Apasionado de ambas disciplinas, ha traducido a Lord Byron y Robert Browning en revistas nacionales. Actualmente se dedico a la investigación y es candidato a Máster en Biomedicina y Biotecnología por el CICESE.