—Profundo.
Esa palabra resonó en mi cabeza. Tardé en reaccionar. Me había dormido en el sillón otra vez. La voz provenía de la televisión. El programa se llamaba Dalo todo. A juzgar por el juego de adivinar la palabra, debían ser las tres de la mañana. Agradecí despertar para darle un paneo a Maribel. La conductora me motivaba. Quizás era solo por ver cómo los pantalones ajustados marcaban sus largas piernas. Pero también me alegraba su entusiasmo. Aunque sea forzado, y para mantener su puesto en el programa.
—¡Mi vida! No es esa la palabra. Te esperamos la próxima.
Desde ya, el nivel de audiencia no era muy avispada. La señora no se dio cuenta de que eran nueve, y no ocho, los espacios que formaban la palabra. Yo hubiera probado con Profesión. Las primeras cuatro letras ya estaban reveladas, y coincidían con las mías.
Me picaba la pierna. Tal vez un mosquito me había atacado. O tal vez una cucaracha bebé, que anidaba en los huecos del sofá, me había mordido. Apagué el televisor. Era el momento de ir a la cama. A diario tenía esa resistencia por ir a la habitación. Hace tiempo que nadie me esperaba ahí. La última fue Brenda. Y ya habían pasado tres años de ella. A ese paso, era dudoso que vuelva a conocer a alguien más. Ella había tolerado mucho después de que me echaron del trabajo. Incluso mi inactividad. Pero no pudo soportar que la ignorara. Es que nadie quiere ser invisible para su pareja. Lo cierto, es que yo no me veía ni a mí mismo.
Era difícil llegar a la cama. Creo que me daba miedo apagar la luz. Los sonidos de la calle se intensifican. Mi sueño se altera. Me despierto de manera constante. Tengo pesadillas. La mayoría son sobre el mismo tipo. Un fulano corpulento llamado Gregorio. Parece ser un ser nefasto y solitario. Para colmo, había engañado a unos mafiosos bien pesados para enriquecerse. Hace unas noches estaba siendo castigado por su traición. Lo último que supe de él, fue que le estaban pegando latigazos en un lugar abandonado. Lo peor de todo, es que se sentía muy real. Primero estaba presenciando lo que sucedía, a la distancia. Al instante, me sentí dentro de su cuerpo. Sentí el dolor por cada golpe. Basta con decir, que no se lo deseo a nadie.
Me acosté. Intenté enfocarme en la comodidad del colchón. Recordaba los tiempos en que disfrutaba de ir a dormir. Ahora, todo se había reducido a un estado de insomnio casi permanente. Sumado al hecho de que era difícil sobrevivir con la plata que me llegaba de mi tío. Era prisionero de mi casa. En ella me criaron, y luego quedé solo cuando partió mamá.
Cerré los ojos. Vino a mi mente la cara de Brenda. Sus grandes ojos color miel. Y su boca sugerente y delicada. Era muy parecida a la conductora de Dalo todo. ¿Qué sería de su vida? De seguro, ya estaba haciendo carrera. Ella era la que me impulsaba a levantarme cada día durante nuestra relación. Un ruido metálico sonó, sin poder distinguir de dónde provenía. Todavía estaba tiempo de recuperarla. Si hoy la recordaba, quizás ella lo había hecho antes que yo. Tenía a mano un plan para volver al trabajo. Tal vez podía vender mi colección de comics. Comprar una ropa decente para la entrevista, y tomar el primer empleo como repositor que encontrara.
Me había olvidado la importancia de madrugar para conseguir algo en la vida. Lo que me llevaba a pensar que mi plan pasaría para dentro de dos días. Por lo pronto, me bastaba con intentar dormir. Por fortuna, todavía no había luz que traspasara la persiana. Pero no sabía cuánto tiempo había pasado divagando en la cama. Desaceleré el ritmo de mis pensamientos. Intenté recurrir a alguna relajación. Escuché un ruido metálico otra vez. Sin darme cuenta, un miedo irracional llegó a mí. Pero ya era tarde, me había sumergido en la oscuridad. Los párpados no se levantarían.
A la pantalla negra sucedió un pasillo estrecho, que me parecía ya haber recorrido. Pasaba por un camino de cemento rodeado de paredes descascaradas. Escuchaba ruido de unos barrotes. También, ladridos de perros a lo lejos. A la distancia veía el fin del pasillo. Tenía ganas de despertar, porque no quería saber que aparecería después. Pero, por más énfasis que pusiera en eso, mis técnicas de meditación no funcionaban a la inversa. No podía despertar. No quedaba más que aceptar que llegaría a descubrir que había luego del pasillo.
Al llegar a la siguiente escena, un cuerpo enorme estaba tirado en el piso. Sus muñecas habían sido atadas a unas gruesas cadenas. Un alto en el ruido de golpes. Pude acercarme un poco más, con miedo de que el torturador me descubriera. Las penumbras estaban a mi favor. Otra vez vi el mismo escenario: un enorme hangar por donde apenas se asomaba la luz por los agujeros del techo. Un hombre pequeño abrió la puerta, que cerró luego con dificultad. Caminaba evidenciando una renguera. Su cara estaba cubierta por una máscara negra, al igual que el compañero del látigo. El rengo llegó hasta el centro, donde se llevaba a cabo la golpiza. El recién llegado señaló un gran charco de sangre.
—Creo que ya no reacciona.
—Todavía respira.
De hecho, se notaba un ligero movimiento en el cuerpo del grandote. Eso inició una nueva ronda de latigazos a los que asistiría como único espectador. Pero algo me decía que un intruso no sería bien recibido. El cuerpo no emitía sonido alguno. Con un nuevo golpe, sentí en carne propia el dolor. Tan fuerte como en la pesadilla anterior. Sólo que, esta vez, no dejé de sentirlo. Y me di cuenta de que, por más que quisiera soñar con un insomne desempleado que decide reconquistar a un viejo amor, mi mente era capaz de recurrir a cualquier personaje con tal de evadir el dolor. Hace rato que estaba atrapado en ese lugar, y era cuestión de días hasta que mi cuerpo abandone su resistencia. Evité emitir quejido alguno. Sólo tenía mi voluntad. Me enfoqué en la cama, y en regresar a ese milagroso limbo, donde yo era tan solo una pesadilla.
*Marcela Rosenfeld. Oriunda de Llavallol. Con un breve paso por la carrera de periodismo. Es licenciada en Publicidad. Técnica en fotografía. Participó de distintos talleres de escritura, arte y diseño. En el 2014, participó de la muestra “Visitas fotográficas” en el Honorable Congreso de la Nación. En el 2015, expuso en la casa de la cultura del municipio de Esteban Echeverría. Publicó Ravis y Más allá de lo extraño. Participó en la antología Escritores en la SADE, y en el fanzine “Flama”. Gestiona “Vibramar”, un emprendimiento de identidad visual. Da clases particulares sobre diseño, retoque y escritura. Hace cuadros con fotografías artísticas e ilustraciones con estilo de historietas. Sigue escribiendo.
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