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viernes, 7 de agosto de 2026

¡Madre mía! relato de Carolina Aparici


Todas las mañanas me despierto y pienso en ella. Sueño con utopías que siempre deseé dejarle.

Admiro su valentía y su compañía, cuando me seca con algodoncitos mojados las lágrimas esas tardes que me sumerjo en abismos.

La miro y me siento culpable de vivir en este mundo, de no ser la madre que quería ser para ella, de perder la fe cada dos semanas, de querer morirme una vez al mes, de un no haberme sanado del todo, me siento culpable de las heridas que dejo sangrar frente a ella. Las mismas heridas que sangraba mi madre, que me hacía sentir abandonada, las mismas de mi abuela, que escondía sus penas en su habitación, la misma angustia que contenía mi hermana frente a mí, cuando yo aún no sabía lo que era la maternidad.

“No voy a criar sola” sentencié, cuando vi la prueba de embarazo dando positivo. 

Habían pasado 20 años desde mi último embarazo, donde siendo solo unos pendejos adolescentes yo había decidido ser madre junto a él.

Mi eterno amor, que arrancó, mientras yo la pasaba mal con un embarazo de alto riesgo, se paseaba con otras pendejas delante de mi para demostrarme desinterés y se tapaba los oídos empepado en ravotriles, para no escucharme llorar, mientras le decía que íbamos a tener un hijo.

Su cobardía infantil no me quería ver, ni acompañar y perdí a Caín una mañana en los brazos de mi mejor amigo del colegio mientras las paredes temblaban y yo gritaba su nombre que hacía eco en la habitación.

El corazón de mi hijo dejó de latir dentro de mí y vi en una pantalla lo último que quedaba de él antes de que me lo arrancaran de adentro…siempre lo pensé, imaginé todo lo que hubiéramos sido si hubiese nacido…  20 años después, con toda esa historia a cuestas, caminé por el mismo pasillo donde aprendí a caminar, ahora para caminar con esta vida dentro, con miedo, no a convertirme en madre, sino a  traer a este mundo hostil una vida, a criar sin tribu, a criar bajo los parámetros de este sistema aterrador.

El, el mismo adolescente cobarde, me miró siendo ya un hombre con una sonrisa protectora en su rostro y yo quise creer, pero una parte de mi estallo en llanto, porque pude ver todo. “Nunca te voy a dejar sola”, prometió, pero yo sabía que eran palabras frágiles que terminarían quebrándose frente a mi cuando llegara el Caos.

Y si … se fue de mi lado mucho antes que su sombra.

 Viví con su sombra durante años, que ofuscada me juzgaba y culpaba por todo lo que yo había dejado de ser, por todo lo que no era ni sería nunca, por todo lo que él no era capaz de enfrentar.

Me sumergí en una soledad hambrienta, sedienta como mi cría que no soltaba mi teta ni un segundo. 

Pasé noches en vela mientras él dormía, buscándome entre mantas, pañales, tazas de té que se enfriaban por toda la casa, recuerdos que atisbaban la mujer que fui. 

¿Era mío mi cuerpo? ¿Era mía mi vida?

¿Se podía amar tanto y sentirse tan vacía, desolada?

Mis cicatrices se abrieron.

La niña que fui protestó.

Todo lo que creía sanado seguía ahí latiendo bajo mi piel, ardiendo en mi sangre.

Y un día él se fue.

“No voy a criar sola” pero nunca había estado tan sola como en ese momento.

La tribu con la que había sonado desde niña no existía, la tribu que había intentado formar con la persona que había amado la mitad de mi vida era solo una ilusión.

Sentía que la historia se repetía. La misma historia de mi madre se repetía en mí.

Ambas teníamos el corazón roto. Mi abuela, mi madre, yo y ahora mi hija, teníamos el corazón roto, podía ver la herencia del dolor de nuestra historia.

Pasamos días y noches juntas, mi hija y yo, abrazadas. Lloramos como dos almas viejas que se reconocen de tiempos remotos, como brujas descargándonos de toda la historia que nos precedería. No iba a ocultarle mis lágrimas, no iba a enseñarle que llorar estaba mal, no iba a sostener que la vulnerabilidad era debilidad. Íbamos a llorar juntas todo lo que fuese necesario, para sacarnos de adentro todo el dolor, todo lo que cargaba nuestro linaje desde hace siglos. Ella fue y es la niña mas valiente y cuando la vi, mirándome con sus ojos chinitos y hermosos, supe que seríamos orgullosas, que iba a criar a una guerrera y no a una princesa, que nadie nos vendría a rescatar porque nosotras nos rescatamos solas.

 

Que no me iba a morir de angustia, no ahora, no después de todo lo que había luchado, no me iba a hundir con mi cría a mi lado, mi voz no se iba a ahogar en el mar que ocultaban nuestras paredes.

Íbamos a vivir, a crear nuevos sueños, nuevas utopías que se harían realidad. 

No sería la madre perfecta nunca, pero sí sería la madre que cría en libertad, porque maternar no sería mi yugo, ni un deber imposible, maternar con rebeldía, maternar en placer, maternar en tribu, maternar sin cadenas, maternar sin calzar en este sistema sería mi objetivo, porque maternar también es un acto político.

“No voy a criar sola”, voy a criar con ella, lejos de los juicios patriarcales, lejos de maltratos, presiones y quejas. “No, no elegí un mal padre, ni tampoco fue mi culpa que no me amara.”

“No, amar no es dar sólo lo que puedes y desentenderte, porque nosotras, madres solas, siempre podemos y nos encabronamos para hacer lo imposible.”

No somos malas madres cuando estamos cansadas y queremos tiempo a solas, no somos malas madres cuando necesitamos sentirnos vivas, sentirnos las mujeres que somos, que siempre fuimos. No somos malas madres cuando seguimos nuestras metas, cuando le damos tiempo a lo que nos gusta hacer.

No somos malas madres cuando andamos estresadas, desbordadas por tanta exigencia, tantas obligaciones que caen con todo su peso en una sola ser.

Producir, criar, organizar cada cosa, dar tiempo de calidad, llevarles al médico, hacerles dormir, comprar los materiales para el colegio, lavar la ropa, ordenar la ropa, no descuidarnos, seguir creciendo profesionalmente, llamar al padre para que recuerde la hora en que debe pasarla a buscar, llamar al padre para recordarle que debe pagar la pensión, pedir la mediación y quedarse plantada por segunda, por tercera vez…

“no te enojes, no grites, sonríe, no seas histérica, no seas cuática, pide un préstamo y paga el psicólogo, pide un préstamo y paga la terapia para la cría, no grites, sonríe, tu hija  tiene que verte feliz, no llores frente ella, empépate, no maldigas, rehace tu vida, te falta salir ¿vas a salir?¿ Y con quien vas a dejar a tu hija? Te falta divertirte, ya es hora que tengas pareja, no le presentes a tu pareja se puede traumar es muy pronto. Demanda. Igual es buen papá, la saca a pasear, encontró trabajo.”

“Te paso plata cuando puedo, esta difícil la cosa.”

“¿Demandaste?”

“Te amo, quiero volver, se me había olvidado de que te amaba.”

“Le day cualquier color. Eres egoísta”. 

“No tengo tiempo, tengo que trabajar.” 

“¿y quién es ese weon con el que andai?”

 “¿No estay en tu casa? Quería ir a verla.”

¿estoy sin plata me prestai?”

“Vos tay loca, te la voy a quitar.”

“Contigo se porta mal, conmigo ni un problema.”

“¿La podis ir a dejar? Tengo que trabajar.”

“Toy sin ni uno.”

“¿Y qué te importa vos si carreteo?”

“No me botes mis weas, un día las voy a ir a buscar.”

“Esos weones te dicen que les gusta tu trabajo porque te quieren comer”.

“Bota mis weas si yo no las necesito.”

“Hola, como amaneció la baby?”

“No sé si voy a estar. Estoy super ocupado.”

“Tengo que trabajar caleta, cuando pueda te paso plata”

“Toy pato.”

(Grito)

A veces quisiera desaparecer, a veces grito y lloro en el baño mientras trago el agua de la ducha para que no se escuche. Pero ella siempre sabe y se mete conmigo en la ducha para decirme que me ama mucho, que soy hermosa, que soy su amor mas grande. Y vuelvo a sentir que no la merezco, pero ya está aquí y me tengo que levantar.

Estoy cansada, estamos cansadas, pero somos las superheroínas de nuestras hijas, de nuestros hijos. Cada madre con su historia, cada crítica está demás.

Todas las noches nos abrazamos y somos el refugio de la otra.

Todas las noches me desvelo un rato pensando en el siguiente paso que daré y en todo lo que lograremos juntas.

“No voy a criar sola” fue mi sentencia … y le crié rodeada de un universo que dialoga con señales, con la tierra sosteniéndome bajo mis pies, con estrellas iluminando mis noches más oscuras.

Somos diosas creadoras, somos diosas madres.

Porque nosotras podemos, porque somos increíblemente fuertes y poderosas.

Madre mía yo te libero

Madre mía yo te sano

Madre mía, si supieran,

si sintieran.

Madre mía estoy pariendo,

Madre mía estoy muriendo,

Madre mía estoy nutriendo esta nueva versión de mi.

 

*Carolina Aparici es escritora, dramaturga y artivista transdisciplinar nacida en Valparaíso, Chile. Licenciada en Arte Teatral y Diplomada en Dramaturgia, su trabajo cruza escena, escritura y espiritualidad desde una mirada feminista, experimental y profundamente comprometida con los procesos de transformación social. Su práctica artística se nutre del cruce entre cuerpo, palabra y sonido, explorando la relación entre arte y conciencia como vía de expansión personal y colectiva. Ha publicado los libros La Revolución del Silencio, El Delirio de Lena y La Niña Perro ha muerto, además de participar en diversas antologías nacionales e internacionales. Asimismo, integra el colectivo La Máquina El Hastío, donde investiga los cruces entre archivo, cuerpo y dramaturgia contemporánea, abordando la memoria como un campo vivo que se reescribe constantemente desde lo performativo.

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