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miércoles, 28 de octubre de 2026

“Nosotras, las que abrimos la boca” ensayo de Francis Ferris Duart


Recuerdo cuando, de niña, mi madre cerró la boca. Abrirla habría sido un récord, pero también una herejía contra el mundo que construyó junto a mi padre; el mismo mundo que heredó de mi abuelo. Un mundo que hoy alimenta a mi hermano y a mí.

A veces imagino cómo habrían sido las cosas si su boca se hubiera abierto. Tal vez mi estómago no se cerraría ante el hambre que constriñe mi carne.

Imagino a mi madre dejando salir un chorro de enojo. Ese enojo que nos enseñaron a ocultar desde la vergüenza.

El enojo que afirma la vida.
El que delimita.
El que establece fronteras.
El que crea espacios donde solo entran quienes son bienvenidos.

Espacios donde la soledad es elegida para ser una misma. Donde una puede moverse a su propio ritmo: orgánico, profundo e imperecedero.

Pero el enojo —nos dijeron— era cosa de hombres. Una emoción reservada al varón.

A las mujeres nos negaron la palabra. Nos cerraron la boca. O, mejor dicho, nos cerraron las bocas.

Todavía hoy nos quieren dóciles. Dulces. Serenas.
Con voz de niña y gestos contenidos. Con movimientos pequeños que ocupen poco espacio en el mundo.

A las mujeres no se nos permite molestar. Ni incomodar. Ni opinar demasiado.

Se espera de nosotras que seamos las grandes cuidadoras de la humanidad: por amor a los hijos, por amor a la pareja, por amor a los padres.

El sacrificio está permitido. El sistema lo necesita para la supervivencia.

Por eso mi madre cerró la boca. Abrirla habría sido un atentado contra el orden heredado. Y, al cerrar la suya, me enseñó a cerrar la mía.

Así, la maldición de mi linaje se perpetúa: una serpiente se enrosca en mi cuello. Succiona palabras, gestos, sabores. Todo aquello que me llena de libertad.

Desciende a mi profundidad y siembra esterilidad, porque solo se nos permite una forma de ser mujer.

Me soborna con un fruto aparentemente apetitoso. Pero, al morderlo, descubro la podredumbre.

La podredumbre se revela cuando la jaula heredada te empuja al lugar de víctima y tú te niegas a ocuparlo. Entonces las puertas se cierran y, de pronto, ya no recuerdas el camino de regreso al paraíso.

Ese paraíso que dice saberlo todo. El que escribió un decálogo de principios y valores que muchos incumplen, pero que todos exigen.

Ahora, en tierra yerma, aunque el frío muerde la piel, levanto mi propio paraíso.

Un paraíso que no es solo mío: es de todas las mujeres que buscan —como yo— una habitación propia. Un espacio donde existir no implique sacrificar ni exiliar al ser.

Una comunidad donde ser mujer signifique abrir la cremallera que selló nuestra voz. Donde las voces vuelvan a ser fértiles y germinen en palabras. Palabras que —como madre nutricia— caben en un único aliento.

El hambre deja de ser el grito de nuestra carne ante el silencio impuesto. Comer deja de ser un voto de obediencia: se convierte en un acto de afirmación, un gesto que devuelve soberanía a nuestro cuerpo.

Abro mi boca y elijo la plenitud. Dejamos de flirtear con la nada. Nuestros cuerpos dejan de ser sacrificio.

Sujetas con identidad propia, habitamos el espacio desde el vínculo y la presencia. Con mi boca abierta sano lo que mis ancestras no pudieron: la fuerza del enojo como acto de autoafirmación.

El enojo que nos devuelve a la carne es el fuego de la voz que dice:
Este es mi cuerpo. Esta soy yo. Aquí están mis fronteras. Yo decido.

El enojo nos devuelve la palabra y el territorio. En el pecho, cuerpo y alma resuenan como un tambor. El no renace en la intimidad del pecho, atraviesa el tiempo y se convierte en semilla.

Una semilla que germina en todas las mujeres que antepusieron las vidas ajenas a la propia.

Recupero la memoria de mi linaje. La memoria de aquellas mujeres que se tragaron sus palabras para no ser expulsadas del mundo.

Ya no somos mártires. Somos mujeres plenas. Mujeres con marcas. Y nuestras marcas —por fin— son perfectas.

 

*Francis Ferris Duart es abogada, escritora y practicante del linaje de la Tigresa Blanca. Su obra transita entre el ensayo y la narrativa poética, explorando la memoria del cuerpo y los silencios heredados que atraviesan a las mujeres. En su escritura, el lenguaje se vuelve un acto de recuperación y resistencia: un espacio donde la fuerza femenina se encarna y el enojo como potencen su versión originaria es potencia transformadora. Sus textos iluminan genealogías invisibles y buscan devolver al cuerpo una soberanía negada durante generaciones.

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