“Camina
y andar, camina y andar, y entre más caminaba
le parecía que no andaba, pero andando
iba”.
María de Jesús Montaño
Elisa
mira su reloj de pulsera. Ese reloj fue lo único que pudo reconocer en el
cuerpo descuartizado de su padre. Son las 2:45 de la madrugada. Mira la hora
con frecuencia, no porque le interese conocer el indiferente devenir del
universo, sino porque ese reloj marca el pulso de su padre. Cada vez que lo
contempla la invaden emociones huérfanas de hogar, de amor, de identidad. A veces recuerda el
aroma a piña y la frente de su padre cubierta con sudor y tierra después de una larga jornada de trabajo. Se
deja llevar por el olor dulce de la cayena. De pronto está en la playa,
abrazada a su padre mientras la marea sube para ver los luceros. Otras veces el
reloj le aprieta la muñeca con violencia. La manilla de cuero se torna de color
borgoña. Un vaho de carne descompuesta le cierra la garganta. Quiere llorar,
hacerse pequeña, acostarse en la hamaca frente a Bocagrande y descubrir que es
presa de un mal sueño.
—¿Elisa, qué hora es? —le pregunta entre susurros Javier.
—¡Elisa, chama! ¿Qué hora es? —repite Javier con un tono de angustia
mientras le toma suavemente del brazo para devolverla a la imponencia del
desierto chileno.
—Las 2:50 —responde Elisa.
Javier
se queda pensativo, hace cuentas.
—Si no hay retrasos y los coyotes
cumplen su palabra, Edith y Moïse deben salir de Madre de Dios en media hora.
Elisa
comienza a llorar. Le asustan esas montañas gigantes y áridas que se alzan infranqueables,
insensibles, imperturbables ante el dolor de haberlo perdido todo. Le estremece
pensar en Edith y Moïse intentando atravesar la frontera entre Perú y Brasil.
Elisa escuchó la noche anterior a uno de los coyotes brasileños hablar sobre la
travesía hasta Acre.
No
entiende su idioma, pero reconoció un par de palabras: «não atravessar a Ponte da Integração… eles nadar».
Elisa
teme por ellos y la criatura que esperan. Aprieta sus manos y le pide a la
Choronga que el río esté manso, que el viento no sople, que las aguas no estén turbias. Elisa siente una conexión
con Edith y Moïse, aunque no pueda descifrar su idioma ni entienda por qué le ponen nombres de personas a los
huracanes. ¿Para qué nombrar aquello que la madre tierra ya ha ungido? Tampoco
le importa que ellos sean del Caribe y ella del Pacífico. Lo crucial es
que la sangre recuerda antes que la lengua. Todos vienen del mismo tambor. Sus
compañeros no son haitianos, ella no es colombiana: ellos son descendientes de
los reyes de ébano de los Malinké.
—¡Pero
tú sí que eres enrollada, pana! —le dice Javier a Elisa en forma de
broma mientras la abraza y seca sus lágrimas con la chaqueta—.
Mirá las estrellas, están burda e’ finas.
Elisa ríe, no demasiado fuerte; no quiere
despertar a los otros que van en el platón de la Nissan pick-up destartalada en
la que salieron de Tacna hace una hora.
—Bacilao, primo, bacilao —le responde Elisa.
Esta vez ríen juntos y
se abrazan. No pueden desentrañar sus expresiones, pero sienten la calidez del
alma cuando se entrelazan. Elisa agradece la compañía de Javier, de Edith y Moïse. En Tumaco su Choronga le había leído el encuentro en la cola del tabaco
la noche en que llegó llorando a contarle que su padre había sido asesinado. Su
familia culpaba al Estado y al narcotráfico por igual.
—¿Qué íbamo’ a comer si mi papá dej’ba de sembra’ coca? —preguntaba Elisa desgarrada—. Nadie compraba la’ piña, ni lo’ político’ eso’ que
habían prometio.
La Choronga la mira a través del humo del tabaco. Le dice que
debe dejar su lugar y coger camino hacia las montañas, o a ella también la matarán.
—Tene’ que
coge’
camino esta misma noche. No te
preocupe’,
que en la frontera encontrará’ compañía. Andarán hasta donde el mar se une con la nieve.
A
las 5:00 de la madrugada Elisa llegó a la frontera entre Colombia y Ecuador. Le
habían dicho que ahí los coyotes armaban un grupo para llevar gente sin
documentos, como ella, a cualquier país de América del Sur. Temblando de frío,
mareada por la altura y encogida de piernas mientras esperaba a que el grupo
estuviese completo, apareció Javier. Le contó que era venezolano; había estudiado odontología. Su
familia estaba en contra del régimen de Maduro. Hambriento y sin esperanzas, buscaba
llegar a Chile. Había escuchado que ahí los odontólogos ganan muy bien.
A
su lado estaban Edith y Moïse. Venían huyendo de la pobreza y el
abandono en su país. El huracán Matthew había reducido su hogar a pedazos de plástico y madera. Tenían
un primo en Brasil que les había contado que en
Acre podía comer dos veces al día: ¡todo un
lujo! Moïse hablaba un poco de español y con mucho esfuerzo trataban
de comprenderse.
Entre
llantos, viejos dolores y carcajadas clandestinas ocasionadas por no entender
sus idiomas, habían viajado juntos dos meses, hasta esa noche en que sus
caminos tomaron los destinos elegidos.
—¿Qué hací? Tení que frenar. Aquí
están las minas que dejó el Pinocho culiao —le dijo de pronto, exaltado, el
copiloto al conductor de la camioneta.
El
auto se detuvo en seco. El movimiento sacudió a Elisa.
—¡Aquí
se acaba el paseo! Se bajan todos al tiro —dijo el coyote chileno.
Elisa
y Javier tomaron sus mochilas y con prisa se bajaron del auto.
—Ya están en Chile. De aquí llegan
solos hasta Santiago. Todavía falta caleta, como 2000 kilómetros —dijo el conductor de la camioneta—. Caminen con calma no ma’ po. La cuestión por aquí es brígida. Hay minas antipersonas. ¿Cachan
la weá?
Elisa
mira el reloj al bajarse de la camioneta. Son las 5:50. El tiempo, indiferente,
sigue su paso.
Pusieron
sus pies sobre la arena del desierto, y así, entre las minas, caminaron.
Porque
a veces, incluso la muerte queda atrás cuando andando se va.
*Viktoria Maat (Pasto, Colombia) es una escritora colombo-alemana radicada en Berlín. Su escritura explora la experiencia humana a través de la paradoja, la transformación interior y la dimensión simbólica del lenguaje. Es cofundadora del blog literario Voces Arcanas (@vocesarcanasblog), donde publica textos experimentales. Su primera novela, Ojos de Gato en una Madriguera, será publicada por Nueva Editores (@nueveeditores) en abril de 2026.
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