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martes, 6 de octubre de 2026

"M de tomatera" cuento de María Nebura

 

La tarde de ayer, por la única carretera de mi barrio pasó un carro repartiendo bolsadas y bolsadas de tomates.

Amanece y ya es hora de hacer el desayuno, abro la bolsa que en mi buena suerte alcancé, los tomates apretujados entre sí, algo de tierra aun los cubre, como sembrados en el plástico se niegan a ser sacados. Como esa tarde en que la familia de don Jesús apretujada en un camión, salió a toda velocidad del pueblo, después que el jefe de Policía le informara que la terraza de su casa era un punto estratégico para defenderse de los ataques de la guerrilla, por tanto, tenían veinticuatro horas para desocupar la casa o los desocupaban a ellos.

Llevo los tomates al lavadero, al fin llegó un poco de agua, enjuago lo poco que queda de la tierra que los vio nacer, reviso sus marcas y entonces me doy cuenta que las gotas que se les escurren son iguales a los lagrimones que doña Gabriela derramó cuando me contó de esa madrugada en que un grupo de guerrilleros llegó a la finca en su pueblo: mataron al padre, se llevaron al hijo, enmudecieron en vida a la hija…
Coloco los tomates sobre la mesa que con retazos de la basura hizo mi Pedro antes que lo desaparecieran, tomo el cuchillo con la derecha conservadora, mientras con la izquierda revolucionaria sostengo ese pequeño recipiente de espesura roja. Inserto la punta, destajo con el filo, lo trozo en pequeñas formas irregulares, irreconocibles, trozos y trozos de carnosidad, hechos Rastrojos[1] deshaciéndose perdidos en el fondo de la paila.
Sirvo el oga´o humeante sobre las arepas y se las doy a mis hijos, no es mucho, pero huele rico y es lo que hay.

Recuerdo un programa que vi en la televisión, un tal Levisstrauss se perdió en unos trópicos que eran muy tristes, cuando apareció contó que a inicios del siglo pasado, al sur de este continente, un grupo de hombres hijosdelacodicia, además de todas las maneras que ya habían utilizado durante siglos para deshacerse de los habitantes originales de las tierras, sumaron el pasatiempo de dejar comida y ropa en los caminos poco transitados por donde se escapaban los indios.

Los desterrados hambrientos en sus huidas, encontraban los regalos, celebraban la bondad y agradecían la ayuda caída del cielo. Bendito dios, ellos no sabían que esos regalos habían sido contagiados con enfermedades mortales.


*María Nebura es investigadora social, lectora y escritora. Su trabajo transita entre la reflexión académica y la creación literaria, con especial interés en las narrativas de las mujeres, la etnicidad y los territorios. También desarrolla proyectos de difusión literaria. Para conocer más sobre su trabajo, pueden visitar su proyecto en Instagram, @laspitonisaslibros, y consultar sus publicaciones en su sitio web: marianebura.wixsite.com/inicio.

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