La tarde de ayer, por
la única carretera de mi barrio pasó un carro repartiendo bolsadas y bolsadas
de tomates.
Amanece y ya es hora de
hacer el desayuno, abro la bolsa que en mi buena suerte alcancé, los tomates
apretujados entre sí, algo de tierra aun los cubre, como sembrados en el
plástico se niegan a ser sacados. Como esa tarde en que la familia de don Jesús
apretujada en un camión, salió a toda velocidad del pueblo, después que el jefe
de Policía le informara que la terraza de su casa era un punto estratégico para
defenderse de los ataques de la guerrilla, por tanto, tenían veinticuatro horas
para desocupar la casa o los desocupaban a ellos.
Llevo los tomates al
lavadero, al fin llegó un poco de agua, enjuago lo poco que queda de la tierra
que los vio nacer, reviso sus marcas y entonces me doy cuenta que las gotas que
se les escurren son iguales a los lagrimones que doña Gabriela derramó cuando
me contó de esa madrugada en que un grupo de guerrilleros llegó a la finca en
su pueblo: mataron al padre, se llevaron al hijo, enmudecieron en vida a la
hija…
Coloco los tomates sobre la
mesa que con retazos de la basura hizo mi Pedro antes que lo desaparecieran,
tomo el cuchillo con la derecha conservadora, mientras con la izquierda
revolucionaria sostengo ese pequeño recipiente de espesura roja. Inserto la
punta, destajo con el filo, lo trozo en pequeñas formas irregulares,
irreconocibles, trozos y trozos de carnosidad, hechos Rastrojos[1]
deshaciéndose perdidos en el fondo de la paila.
Sirvo el oga´o humeante
sobre las arepas y se las doy a mis hijos, no es mucho, pero huele rico y es lo
que hay.
Recuerdo un programa
que vi en la televisión, un tal Levisstrauss se perdió en unos trópicos que
eran muy tristes, cuando apareció contó que a inicios del siglo pasado, al sur
de este continente, un grupo de hombres hijosdelacodicia, además de todas las
maneras que ya habían utilizado durante siglos para deshacerse de los
habitantes originales de las tierras, sumaron el pasatiempo de dejar comida y
ropa en los caminos poco transitados por donde se escapaban los indios.
Los desterrados
hambrientos en sus huidas, encontraban los regalos, celebraban la bondad y
agradecían la ayuda caída del cielo. Bendito dios, ellos no sabían que esos
regalos habían sido contagiados con enfermedades mortales.
*María Nebura es investigadora social, lectora y escritora. Su trabajo transita entre la reflexión académica y la creación literaria, con especial interés en las narrativas de las mujeres, la etnicidad y los territorios. También desarrolla proyectos de difusión literaria. Para conocer más sobre su trabajo, pueden visitar su proyecto en Instagram, @laspitonisaslibros, y consultar sus publicaciones en su sitio web: marianebura.wixsite.com/inicio.
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