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martes, 29 de septiembre de 2026

"Mal día para ser Van" cuento de Cayla Carbonell Correa


Vanessa caminaba cabizbaja por las calles empedradas, con una bolsa de tela entre los dedos. Le dolía la cabeza, y el calor era el responsable. El sudor cubría cada parte de su piel, dándole un brillo viscoso al tacto. Solo debía caminar un poco más, hacia donde nadie pudiese encontrarla.

—Hola, Van, ¿qué haces por aquí? —dijo una voz a sus espaldas. No se detuvo, al contrario, redobló la marcha hasta que la sostuvieron por el cuello de la blusa—. Te estoy hablando, no me ignores.

Y así, ambas empezaron a caminar por las calles de piedra y barro.

Vanessa iba en silencio, apretando contra sí misma la bolsa. Mía, la otra chica, no volvió a hablar; solo se quedó a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro y agarrándola del brazo.

«Piensa en algo, debes alejarte de ella lo antes posible», murmuró Vanessa en voz baja.

El calor las sofocaba a ambas, donde ninguna había traído consigo una botella de agua.

—Mía, cariño, ¿por qué no vamos a esa cafetería? Podemos beber algo, y te lo explicaré todo allí —mintió.

La otra chica asintió tímidamente, arraigándose más a su acompañante. El contacto de sus pieles provocó un sonido pegajoso por el sudor, pero no parecía importarle.

—Mesa para dos —le dijo Vanessa a la recepcionista—. Y una botella de vino, por favor.

Mía protestó cuando se tuvo que sentar en una silla individual separada escasos centímetros de Vanessa. Sin embargo, el vino la relajó un poco. Llenaba su copa una y otra vez, con la misma rapidez con la que se vaciaba.

—¿Por qué estás tan lejos de tu casa? —murmuró Mía, relamiendo unas gotas que habían caído sobre sus labios—. Ya casi anoche, deberías quedarte en la mía. Pero quiero una explicación.

Vanessa tomó unos sorbos y le pidió el menú a un empleado, retrasando la respuesta lo máximo posible. ¿Cómo podía explicarle a su pareja que quería lanzarse frente a un camión? No existían palabras para que aquello no sonara una locura. Pero Vanessa estaba decidida: en el punto en que se encontraba, el suicidio era la única opción restante.

El camarero llegó, y junto con él la comida: una hamburguesa para dos y algunas patatas fritas. Se marchó luego de abrir otra botella de vino y recibir su pago. Vanessa comió sola; devoró todo lo más rápido posible para acortar su estancia en aquel lugar. Mía, en cambio, no tenía apetito. Con cuidado, empujó su mitad de la hamburguesa hacia su pareja para que la comiera.

La botella de vino se vació, abandonada junto a sus hermanas y las copas. Mía cayó ebria con apenas unas copas. En cambio Vanessa, había bebido poco, necesitaba mantenerse cuerda si no quería arruinar su plan. La ayudó a ponerse de pie y salir del lugar.

El trayecto no fue tranquilo, sino plagado del mar de lágrimas y sollozos de Vanessa, quien comenzaba a dudar de su decisión. Mía le sonreía y besaba, animada por el alcohol, diciéndole frases bonitas que ella deseaba no escuchar.

En algún punto, dejó caer la bolsa de sus manos para alejarse un poco. El objeto rodó por el suelo hasta la carretera, quedando expuesto en medio de la calle. Vanessa dejó a Mía apoyada en un poste y se dirigió al lugar, tallándose los párpados con la yema de los dedos.

Quedó de rodillas en la calle empedrada, examinando el contenido de la bolsa para asegurarse de que no faltase nada. Todo estaba en orden: el colgante de Mía, sus documentos, evidencia del accidente y medicamentos suficientes como para matar un caballo. Nada se había dañado.

A su espalda, se escucharon risillas e hipos. Vanessa no se inmutó cuando un auto pasó a su lado a toda velocidad; el aire caliente le golpeó la cara, pero no sintió dolor en ningún área de su cuerpo. Miró hacia un lado. Desde la distancia, un auto más grande se acercaba con el motor rugiendo a toda marcha. Ella solo sacó el colgante de la bolsa y lo puso en su bolsillo, donde lo apretó más que sus párpados cerrados.

—Van… Sabes que te quiero, ¿verdad? —farfulló Mía, con una sonrisa borracha en los labios—. No me dejes sola tanto tiempo… me pondré triste. Así que ven…

Y obedeció, sin saber muy bien el porqué. El claxon bramó detrás de ella. La bolsa fue triturada bajo las ruedas hasta convertirse en míseros fragmentos empolvados. Tomó a Mía de la mano, atesorando ese calor que tal vez sentiría por última vez, y comenzó a caminar.

Ninguna de las dos dijo nada hasta que llegaron al apartamento. La escalera se hacía infinita y estrecha. El pasillo se negaba a acabar, aún no era el momento.

—Van, si quieres decirme algo… estoy aquí. Has estado… rara últimamente —susurró Mía, con la cabeza apoyada en el hombro de Vanessa. Extendió su mano y le acarició las mejillas—. ¿Sabes? Perdí… mi collar ayer. Es una lástima… era mi favorito…

Vanessa se detuvo, sacando el objeto de su bolsillo. Con cuidado se lo colocó en el cuello, sin apartar la vista de las angostas paredes.

—Perdón, yo lo tenía —masculló mientras retomaba la subida por su cuenta.

Mía acarició el dije del colgante y la observó por más tiempo del necesario. Luego, la siguió, dando saltitos por los escalones. No parecía enfadada, quizá por el alcohol.

Solo bastó un mal paso para hacerla caer.

Rodó hasta perderse en la oscuridad de la que quizá nunca debió de haber salido. Vanessa suspiró, algo cansada, y fue a revisarla.

—Aquí vamos otra vez.

El colgante estaba en el suelo, donde la mancha de sangre ya se había secado, sin rastros de un cuerpo que llorar. Lo tomó y salió a tomar aire. En cuestión de nada, ella estaría de vuelta.

Pero Vanessa no quiso esperar al siguiente día, donde solo Mía sufriría, no esa vez. A los pocos minutos, las llantas de un camión hicieron explotar un cráneo. Era la libertad que tanto había deseado.

Vanessa caminaba cabizbaja por las calles empedradas, con una bolsa de tela entre los dedos. Le dolía la cabeza. Solo debía caminar un poco más, hacia donde nadie pudiese encontrarla.

—Hola, Van, ¿qué haces por aquí?​


*Cayla Carbonell Correa (Santiago de Cuba, Cuba. 2009) es una autora joven cubana. Su obra explora narrativas especulativas donde lo real y lo fantástico se entrelazan. Ha sido publicada en la Antología Internacional de cuentos Edgar Allan Poe y en revistas literarias como Revista Infinita, Revista Narrativas y Revista Especulativas.

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