Vanessa caminaba cabizbaja por las calles empedradas,
con una bolsa de tela entre los dedos. Le dolía la cabeza, y el calor era el
responsable. El sudor cubría cada parte de su piel, dándole un brillo viscoso
al tacto. Solo debía caminar un poco más, hacia donde nadie pudiese
encontrarla.
—Hola, Van, ¿qué haces por aquí? —dijo una voz a sus
espaldas. No se detuvo, al contrario, redobló la marcha hasta que la
sostuvieron por el cuello de la blusa—. Te estoy hablando, no me ignores.
Y así, ambas empezaron a caminar por las calles de
piedra y barro.
Vanessa iba en silencio, apretando contra sí misma la
bolsa. Mía, la otra chica, no volvió a hablar; solo se quedó a su lado, con la
cabeza apoyada en su hombro y agarrándola del brazo.
«Piensa en algo, debes alejarte de ella lo antes
posible», murmuró Vanessa en voz baja.
El calor las sofocaba a ambas, donde ninguna había
traído consigo una botella de agua.
—Mía, cariño, ¿por qué no vamos a esa cafetería?
Podemos beber algo, y te lo explicaré todo allí —mintió.
La otra chica asintió tímidamente, arraigándose más a
su acompañante. El contacto de sus pieles provocó un sonido pegajoso por el
sudor, pero no parecía importarle.
—Mesa para dos —le dijo Vanessa a la recepcionista—. Y
una botella de vino, por favor.
Mía protestó cuando se tuvo que sentar en una silla
individual separada escasos centímetros de Vanessa. Sin embargo, el vino la
relajó un poco. Llenaba su copa una y otra vez, con la misma rapidez con la que
se vaciaba.
—¿Por qué estás tan lejos de tu casa? —murmuró Mía,
relamiendo unas gotas que habían caído sobre sus labios—. Ya casi anoche,
deberías quedarte en la mía. Pero quiero una explicación.
Vanessa tomó unos sorbos y le pidió el menú a un
empleado, retrasando la respuesta lo máximo posible. ¿Cómo podía explicarle a
su pareja que quería lanzarse frente a un camión? No existían palabras para que
aquello no sonara una locura. Pero Vanessa estaba decidida: en el punto en que
se encontraba, el suicidio era la única opción restante.
El camarero llegó, y junto con él la comida: una
hamburguesa para dos y algunas patatas fritas. Se marchó luego de abrir otra
botella de vino y recibir su pago. Vanessa comió sola; devoró todo lo más
rápido posible para acortar su estancia en aquel lugar. Mía, en cambio, no tenía
apetito. Con cuidado, empujó su mitad de la hamburguesa hacia su pareja para
que la comiera.
La botella de vino se vació, abandonada junto a sus
hermanas y las copas. Mía cayó ebria con apenas unas copas. En cambio Vanessa,
había bebido poco, necesitaba mantenerse cuerda si no quería arruinar su plan.
La ayudó a ponerse de pie y salir del lugar.
El trayecto no fue tranquilo, sino plagado del mar de
lágrimas y sollozos de Vanessa, quien comenzaba a dudar de su decisión. Mía le
sonreía y besaba, animada por el alcohol, diciéndole frases bonitas que ella
deseaba no escuchar.
En algún punto, dejó caer la bolsa de sus manos para
alejarse un poco. El objeto rodó por el suelo hasta la carretera, quedando
expuesto en medio de la calle. Vanessa dejó a Mía apoyada en un poste y se
dirigió al lugar, tallándose los párpados con la yema de los dedos.
Quedó de rodillas en la calle empedrada, examinando el
contenido de la bolsa para asegurarse de que no faltase nada. Todo estaba en
orden: el colgante de Mía, sus documentos, evidencia del accidente y
medicamentos suficientes como para matar un caballo. Nada se había dañado.
A su espalda, se escucharon risillas e hipos. Vanessa
no se inmutó cuando un auto pasó a su lado a toda velocidad; el aire caliente
le golpeó la cara, pero no sintió dolor en ningún área de su cuerpo. Miró hacia
un lado. Desde la distancia, un auto más grande se acercaba con el motor
rugiendo a toda marcha. Ella solo sacó el colgante de la bolsa y lo puso en su
bolsillo, donde lo apretó más que sus párpados cerrados.
—Van… Sabes que te quiero, ¿verdad? —farfulló Mía, con
una sonrisa borracha en los labios—. No me dejes sola tanto tiempo… me pondré
triste. Así que ven…
Y obedeció, sin saber muy bien el porqué. El claxon
bramó detrás de ella. La bolsa fue triturada bajo las ruedas hasta convertirse
en míseros fragmentos empolvados. Tomó a Mía de la mano, atesorando ese calor
que tal vez sentiría por última vez, y comenzó a caminar.
Ninguna de las dos dijo nada hasta que llegaron al
apartamento. La escalera se hacía infinita y estrecha. El pasillo se negaba a
acabar, aún no era el momento.
—Van, si quieres decirme algo… estoy aquí. Has estado…
rara últimamente —susurró Mía, con la cabeza apoyada en el hombro de Vanessa.
Extendió su mano y le acarició las mejillas—. ¿Sabes? Perdí… mi collar ayer. Es
una lástima… era mi favorito…
Vanessa se detuvo, sacando el objeto de su bolsillo.
Con cuidado se lo colocó en el cuello, sin apartar la vista de las angostas
paredes.
—Perdón, yo lo tenía —masculló mientras retomaba la
subida por su cuenta.
Mía acarició el dije del colgante y la observó por más
tiempo del necesario. Luego, la siguió, dando saltitos por los escalones. No
parecía enfadada, quizá por el alcohol.
Solo bastó un mal paso para hacerla caer.
Rodó hasta perderse en la oscuridad de la que quizá
nunca debió de haber salido. Vanessa suspiró, algo cansada, y fue a revisarla.
—Aquí vamos otra vez.
El colgante estaba en el suelo, donde la mancha de
sangre ya se había secado, sin rastros de un cuerpo que llorar. Lo tomó y salió
a tomar aire. En cuestión de nada, ella estaría de vuelta.
Pero Vanessa no quiso esperar al siguiente día, donde
solo Mía sufriría, no esa vez. A los pocos minutos, las llantas de un camión
hicieron explotar un cráneo. Era la libertad que tanto había deseado.
Vanessa caminaba cabizbaja por las calles empedradas,
con una bolsa de tela entre los dedos. Le dolía la cabeza. Solo debía caminar
un poco más, hacia donde nadie pudiese encontrarla.
—Hola, Van, ¿qué haces por aquí?
*Cayla Carbonell Correa (Santiago de Cuba, Cuba. 2009) es una autora joven cubana. Su obra explora narrativas especulativas donde lo real y lo fantástico se entrelazan. Ha sido publicada en la Antología Internacional de cuentos Edgar Allan Poe y en revistas literarias como Revista Infinita, Revista Narrativas y Revista Especulativas.
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