…Tres jóvenes machos surgieron entre los árboles, con
sus melenas aún incompletas, erizadas por el polvo y la brisa del atardecer.
Dejaban entrever un vínculo forjado entre juegos, cicatrices y largas
travesías. Juegos que pronto se convertirían en combates reales, y posiblemente
mortales. Para estos depredadores ninguna presa es demasiado grande. Su fuerza
no reside solo en los colmillos y las garras, sino en la estrategia, sagacidad
y paciencia. Sobrevivir no es cuestión de poder, sobrevivir es cuestión de
coordinación y colaboración...
El
sonido provenía del viejo televisor del fondo, apenas iluminando el rostro
asombrado de aquel niño. Vaquerito no se perdía esta serie documental cada
domingo en la sala del vecino. A cada episodio, él conseguía viajar a África en
segundos, en forma de águila merodeando las vastas llanuras. Era una de las
pocas formas que tenía de estar entre los animales que más admiraba.
Vaquerito
era el nombre que los vecinos le daban a Yerson porque vagaba por las calles de
la ciudad cuidando caballos a cambio de un par de pesos o un pedazo de comida.
Algunas veces huía al galope por un par de horas. No tenía un hogar
fijo. Su lugar más estable podía ser el Centro de rehabilitación de Menores y su
familia podía ser algún funcionario que le había cogido cariño, además del
ángel de la muerte que lo acompaña desde pequeño.
Durante toda la semana Vaquerito
cuidó de un caballo moro -que parecía más un remedo de la muerte- en un terreno
baldío al lado del zoológico de la ciudad.
Mientras le daba unas viejas zanahorias que el dueño le había pasado,
los monos tití de una jaula en una de las esquinas del zoológico, observaban
curiosos y en una gran algarabía la escena del caballo y su cuidador. Parecía
una escena de circo, sin carpa ni trompetas: el caballo moro, huesudo y
resignado, ocupaba la pista de tierra; Vaquerito oficiaba de domador,
entusiasta y sin gloria, como si el caballo fuera una bestia de circo; y los
titíes, colgados de los barrotes como acróbatas diminutos, chillaban y saltaban,
celebrando aquella función pobre donde la vida y la miseria parecían lo mismo.
Ese domingo, como de costumbre, el
zoológico esperaba un gran número de visitantes. El día comenzaba con la limpieza
de las jaulas y con el atendimiento a todos los animales antes de que abrieran
las puertas. El rey de la selva -olvidado y herido por el
tiempo y la soledad, esperaba en su jaula la alimentación de alguno de
los cuidadores del zoológico. Pero alguien más se adelantó. Escalando seis
metros de la reja, y con el corazón casi saliendo por la boca, agarró una rama
de aquel yarumo, equilibró sus pies en los gajos, bajó por el tronco y estiró
su mano. El rey, al salir a su encuentro, de un solo salto, envolvió
frenéticamente aquel cuerpo frágil, olvidado por el mundo y perdido entre sus
propias voces: el cuerpo de quien insistía en vivir entre leones.
*Viviana Márquez Velásquez nació en Medellín, Colombia, y actualmente vive en João Pessoa, en el nordeste de Brasil. Es doctora en Ciencias Biológicas, con énfasis en Zoología, y dedica su trabajo al estudio de los peces, su biodiversidad y conservación. Fuera del ámbito académico y científico, es jugadora de waterpolo y nadadora de aguas abiertas. Entre sus intereses y pasiones se encuentran el mar, los libros, la acuarela y la cerámica.
Ver una entrada al azar
No hay comentarios:
Publicar un comentario