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lunes, 7 de septiembre de 2026

“Domador de leones” cuento de Viviana Márquez Velásquez


…Tres jóvenes machos surgieron entre los árboles, con sus melenas aún incompletas, erizadas por el polvo y la brisa del atardecer. Dejaban entrever un vínculo forjado entre juegos, cicatrices y largas travesías. Juegos que pronto se convertirían en combates reales, y posiblemente mortales. Para estos depredadores ninguna presa es demasiado grande. Su fuerza no reside solo en los colmillos y las garras, sino en la estrategia, sagacidad y paciencia. Sobrevivir no es cuestión de poder, sobrevivir es cuestión de coordinación y colaboración...

El sonido provenía del viejo televisor del fondo, apenas iluminando el rostro asombrado de aquel niño. Vaquerito no se perdía esta serie documental cada domingo en la sala del vecino. A cada episodio, él conseguía viajar a África en segundos, en forma de águila merodeando las vastas llanuras. Era una de las pocas formas que tenía de estar entre los animales que más admiraba.

Vaquerito era el nombre que los vecinos le daban a Yerson porque vagaba por las calles de la ciudad cuidando caballos a cambio de un par de pesos o un pedazo de comida. Algunas veces huía al galope por un par de horas. No tenía un hogar fijo. Su lugar más estable podía ser el Centro de rehabilitación de Menores y su familia podía ser algún funcionario que le había cogido cariño, además del ángel de la muerte que lo acompaña desde pequeño.

Durante toda la semana Vaquerito cuidó de un caballo moro -que parecía más un remedo de la muerte- en un terreno baldío al lado del zoológico de la ciudad.  Mientras le daba unas viejas zanahorias que el dueño le había pasado, los monos tití de una jaula en una de las esquinas del zoológico, observaban curiosos y en una gran algarabía la escena del caballo y su cuidador. Parecía una escena de circo, sin carpa ni trompetas: el caballo moro, huesudo y resignado, ocupaba la pista de tierra; Vaquerito oficiaba de domador, entusiasta y sin gloria, como si el caballo fuera una bestia de circo; y los titíes, colgados de los barrotes como acróbatas diminutos, chillaban y saltaban, celebrando aquella función pobre donde la vida y la miseria parecían lo mismo.

 

Ese domingo, como de costumbre, el zoológico esperaba un gran número de visitantes. El día comenzaba con la limpieza de las jaulas y con el atendimiento a todos los animales antes de que abrieran las puertas. El rey de la selva -olvidado y herido por el tiempo y la soledad, esperaba en su jaula la alimentación de alguno de los cuidadores del zoológico. Pero alguien más se adelantó. Escalando seis metros de la reja, y con el corazón casi saliendo por la boca, agarró una rama de aquel yarumo, equilibró sus pies en los gajos, bajó por el tronco y estiró su mano. El rey, al salir a su encuentro, de un solo salto, envolvió frenéticamente aquel cuerpo frágil, olvidado por el mundo y perdido entre sus propias voces: el cuerpo de quien insistía en vivir entre leones.

 

*Viviana Márquez Velásquez nació en Medellín, Colombia, y actualmente vive en João Pessoa, en el nordeste de Brasil. Es doctora en Ciencias Biológicas, con énfasis en Zoología, y dedica su trabajo al estudio de los peces, su biodiversidad y conservación. Fuera del ámbito académico y científico, es jugadora de waterpolo y nadadora de aguas abiertas. Entre sus intereses y pasiones se encuentran el mar, los libros, la acuarela y la cerámica.

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