¡Oh là là! Bonjour, Ça va? S’il vous plaît! Ya estaba lista para explorar la "Ciudad de la Luz" a orillas del Sena. Y, como toda mujer, mi deseo era recorrer la avenida con el mayor encanto del mundo: los Campos Elíseos. Para llegar allí, decidí atravesar la ciudad a pie — ¿acaso existe una forma mejor? Caminando por sus calles, solitaria y enamorada del aire, imaginé la infinidad de mujeres emblemáticas que, antes que yo, recorrieron este mismo suelo. Muchas dejaron huellas indelebles. Simone de Beauvoir, que pasaba sus tardes escribiendo en el Café de Flore, en el Boulevard Saint-Germain… Coco Chanel, que dejó el rastro de su famoso Chanel Nº 5 impregnado en las esquinas; y la imponente estatua dorada de Juana de Arco, un recordatorio constante de que París es una ciudad que celebra a las mujeres.
Inicié mi trayecto por la Bastilla, donde el fantasma de otra mujer me transportó directamente al siglo XVIII. Hoy no queda nada de la antigua prisión tomada por el pueblo francés en 1789, pero María Antonieta dejó su legado grabado en el alma de la ciudad. Traidora extranjera para unos, mártir de la Revolución Francesa para otros, la reina Marie Antoinette continúa despertando pasiones más de doscientos años después de su muerte. Considerada una de las soberanas más famosas de la historia, ella moldeó la moda, el mobiliario y la estética de su época, influyendo no solo en Versalles, sino en toda Europa con su gusto refinado.
Antes de avanzar, bajé hasta las orillas del Sena. El río corría ancho y grisáceo bajo los puentes de piedra, moviéndose con esa indiferencia eterna que Hemingway tanto amaba. Caminé por los muelles, sintiendo el aroma a papel viejo y polvo que emanaba de los puestos de los bouquinistes; un olor grato, que hablaba de vidas pasadas y libros olvidados. Después, busqué el silencio de los Jardines de Luxemburgo. Allí, entre las sillas de metal verde y las sombras de los castaños, el tiempo parece detenerse. Vi a estudiantes leyendo bajo un sol pálido y a viejos jugadores de ajedrez concentrados en sus batallas silenciosas. En París se aprende pronto que la soledad no es una carga, sino una forma de libertad. Es un lugar donde puedes estar hambrienta de vida y la ciudad siempre tendrá algo auténtico que ofrecerte, siempre que sepas mirar.
Todo comenzó en Normandía, entre el viento salino y la luz que Monet intentó aprisionar. Mi padre, Guido Bogetti, exponía sus lienzos y yo era su marchand —sus ojos y su voz en el implacable mercado del arte. Vender el alma de un artista plástico exige un tipo de coraje
silencioso. Fue en una de esas vernissages, rodeada de colores descompuestos y vinos, donde conocí a mi amigo Patrick. Él tenía la mirada de quien conocía los secretos de París y prometió mostrarme la ciudad que los turistas no saben encontrar.
Semanas después, ya en París, me arreglaba para salir a cenar con Patrick . Al encontrarnos, en una escalera aleatoria en la ciudad, me dijo que me parecía a un muchacho, con esa boina de lana gris… Yo pensaba que me quedaba tan… parisina, pero quizás recordaba más a Charles Chaplin en la película que lleva justo ese nombre. Con Patrick fuimos a un restaurante que el tiempo olvidó demoler. Era un rincón medieval, incrustado en una callejuela oscura donde el olor a piedra húmeda se mezclaba con el de la grasa de pato. El techo era bajo y las paredes de piedra custodiaban el calor de siglos. No existía allí el lujo afectado de los Jardines, sino la verdad de la madera vieja. En el centro del salón, varias mesas de roble inmensas y antiquísimas dominaban el espacio. Eran tablones brutos donde unas noventa personas comían hombro con hombro; extraños compartiendo el pan y el vino en un ritual rústico. No había pasillos entre las sillas. Para alcanzar mi lugar, mi amigo simplemente señaló el hueco bajo el roble. Con la dignidad de quien busca un tesoro, tuve que pasar por debajo de la mesa, gateando sobre las piedras desgastadas del suelo hasta emerger en mi asiento. Fue mi bautismo en la bohemia parisina: en París, si quieres lo mejor, a veces debes arrodillarte ante la historia.
Llegó la comida y el mundo guardó silencio. El foie gras se sirvió de forma frugal, acompañado apenas por una ensalada fresca y algo dulce, como una confitura de frutos rojos, no lo recuerdo bien. Jamás había experimentado aquella textura. Era denso, untuoso, un beso de terciopelo que se derretía en el paladar, dejando el rastro de un sabor que yo no sabía que existía. La gastronomía francesa, comprendí en ese instante, no trata sobre la ostentación, sino sobre la exactitud del placer. Es la bondad de una tradición que respeta el ingrediente hasta que este se transforma en pura emoción. Es una alquimia que transmuta lo simple en sagrado.
Bebimos un vino tinto con cuerpo que manchaba las copas de cristal barato. Mientras comíamos, percibí que el arte de mi padre y la precisión de aquel banquete provenían del mismo lugar: la búsqueda de la esencia. En aquella mesa atestada de gente, bajo la luz ámbar y el murmullo de las conversaciones en francés, me sentí en casa.
Francia nos enseña que la vida es demasiado corta para comer mal o para no perderse en callejuelas oscuras. Salí del restaurante con el sabor del foie gras aún en la memoria y el frío de la noche parisina en el rostro. Había pasado por debajo de una mesa y emergido del otro lado con un alma nueva. Fue el tipo de recuerdo que se guarda para los días en que el mundo parece demasiado gris.
Al día siguiente, seguí mi camino hacia las Tullerías, haciendo una breve reverencia al pasar por el Louvre… pero este, por supuesto, merece una visita aparte. Avancé hasta el Campo de Marte para contemplar la Torre, pues es imposible caminar por París sin visitarla. La vista se vuelve mágica al atardecer y, por la noche, la Torre Eiffel brilla más que la luna desde el restaurante Ciel de Paris. Pero el sol aún brillaba, así que me dirigí a los alrededores de los Campos Elíseos. De repente, sentí que había sido transportada al interior de una película:
Escena 1. Exterior / Día / París.
Una lluvia fina cae sobre la avenida. Ella camina con elegancia, deteniéndose ante cada escaparate: Gucci, Louis Vuitton, Cartier, Dolce & Gabbana. Entra en una de las tiendas. En un plano secuencia, realiza sus compras y sale cargada de paquetes y bolsas de lujo.
Escena 2. Interior / Día / Café.
Ella entra en un café lujoso, típicamente parisino. Pide un croissant al camarero y un petit café. En la mesa de al lado, un hombre lee el diario Le Figaro. Sus miradas se cruzan y el tiempo parece detenerse por un instante. Él la observa; ella sostiene la mirada.
Escena 3. Exterior / Día / Ciudad.
Ambos caminan de la mano por los Campos Elíseos. Él se detiene, la envuelve en sus brazos y la besa apasionadamente bajo el cielo gris de París.
Fin.
Pero la vida, en su infinita sabiduría, a veces decide ser mejor que el cine.
Aquella misma noche, la ficción cedió su lugar a mi propia memoria. Me encontraba en un pequeño bistró en Saint-Germain, el tipo de lugar donde la barra de zinc brilla bajo la luz tenue y el aire es espeso con el aroma del café y el tabaco antiguo. Bebía un tinto con cuerpo y escribía algunas notas del viaje, pero mis ojos insistían en escapar del papel para encontrarse con los suyos. Él estaba en la mesa de al lado, con el cabello desordenado, un libro desgastado y una mirada que parecía cargar con el peso y la ligereza de toda la orilla izquierda del Sena.
Salimos juntos al frío de la noche. Caminamos sin prisa hasta el Pont Neuf, donde el río corría oscuro y profundo, reflejando las luces de la ciudad como si fueran joyas arrojadas al agua. No hubo necesidad de diálogos largos ni explicaciones; París ya había dicho todo lo que necesitábamos oír. Bajo la sombra de una estatua centenaria, mientras la llovizna fina volvía a mojar las piedras, él me atrajo hacia sí. Fue un beso que supo a vino, a lluvia y a un tipo de verdad que solo se halla cuando dejamos de buscar.
En aquel instante, comprendí que la soledad que tanto amaba era solo el prefacio de un encuentro que únicamente aquella ciudad podría orquestar.
Dicen que quien nunca ha sido besado en París, jamás ha sido besado de verdad...
Fue entonces cuando desperté, algo aturdida y con resaca, sola en una habitación del Ibis de Porte d’Italie. Al fin y al cabo, el viaje es mío, el guion es mío y, si el beso no vino de un francés, vino de la ciudad, y fue inolvidable.
*Carina Bogetti es argentina y reside en Brasil. Es guionista y fotógrafa, formada en Artes Dramáticas, con una especialización de posgrado en Dirección Actoral y Puesta en Escena. Dedica gran parte de su tiempo a la producción, escritura y dirección de documentales en la ciudad de Balneário Camboriú, al sur de Brasil. A través de esta actividad ha tenido la oportunidad de viajar y conocer diferentes lugares, experiencias que posteriormente plasma en textos que combinan la mirada documental con su sensibilidad narrativa. En esta ocasión presenta tres de estos textos, cada uno acompañado originalmente por fotografías, aunque estas no forman parte del material solicitado.
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