Ver una entrada al azar

jueves, 10 de septiembre de 2026

“Reflejo” relato de Verónica Ortiz Ortega

 
 
Un día desperté, me miré en el espejo más grande del departamento y percibí mi rostro muy similar al de mi madre, sentí miedo.
De repente observé mi reflejo y me sobrevino la idea de que de la noche a la mañana me habían salido múltiples arrugas en la cara. Empecé a mirar con obsesión cada poro, cada rasgo y detalle por medio de diferentes espejos, el del living, el del baño, pero especialmente utilizaba un espejo del tamaño de la palma de mi mano, lo podía tener cerca todo el tiempo, lo había heredado de mi abuela. Jamás conocí, pero por muchas razones, durante un largo tiempo, se convirtió en la persona más importante en mi vida.
 
En esos días de autotortura mental me subía a una silla y me miraba bajo las luces artificiales de las habitaciones, después iba al balcón me observaba un rato y luego subía a la terraza para obtener "la verdad", quería comprobar ante mis ojos; ahora sí, por medio de la luz real, la natural, si mi aspecto se había deteriorado de la noche a la mañana, o si tan solo era otra de mis distorsionadas ideas. No podía estar segura, pero lo que sí era cierto es que la angustia era constante.
 
De la noche a la mañana mi madre nos contó a mi hermano y a mí que había empezado a sentir un dolor de estómago sordo, profundo e insoportable, el cual aparentemente se había agudizado luego de ingerir una hamburguesa. Fueron pasando los días y ya no solo se trataba de un dolor de estómago, ahora le dolía una pierna, después la espalda, todas las articulaciones, hasta que un día empezó a toser sin parar. Todo su cuerpo sufría. Entonces
recordé que anteriormente había tenido un sueño donde nos encontrábamos en el estudio de casa, nos abrazábamos y sentía la tristeza de su cuerpo disolverse entre mis manos. Supe que pronto iba a morir y dejé de ver mi reflejo temporalmente, reconocí que no me encontraba en las adecuadas condiciones mentales para mirarme.
 
Recuerdo que las primeras fotografías que vi en mi vida fueron las de mi abuela paterna, una mujer que jamás vi sonriendo, pálida y ojerosa, con una solemne expresión que oscilaba entre ausencia y angustia. Yo solo era una niña pero a donde quiera que fuese me comparaban con ella, “eres idéntica a tu abuela”. No tendría más de 5 años cuando empecé a ver mi reflejo en la ventana y la buscaba a ella, la encontraba, le hablaba y también empañaba el vidrio dedicándole varias lágrimas. Sabía que había huido en medio de una guerra civil, la cual le había dejado un tic permanente en el ojo por escuchar los tiros en medio de la noche hacia cada republicano fusilado, su futuro prometido se accidentó en un avión y la dejó con el vestido de matrimonio colgado en una percha, finalmente conoció a mi abuelo, con quien jamás fue feliz, tuvo cuatro hijos “infelices” como los definió en su testamento y luego murió de cáncer.
 
Para ese entonces en el departamento de mi infancia existía un espejo que mi padre había heredado de mi abuela, era un espejo triple, me observaba seguido e imaginaba que mi yo estaba conformado por tres Verónicas, me bañaba y hablaba con ellas, lo mismo hacía cuando salía a jugar a la calle. Un día decidieron regalarlo y así fue como me quedé con un solo reflejo, con una sola imagen, la única Verónica que podía observar a través del espejo del baño.
 
Cuando mi mamá falleció tuve el pensamiento de que quizás ella y yo si teníamos algo similar en apariencia, dejé de preocuparme por esto y también pensé que probablemente algo compartía con mi abuela, solo que a ella con el paso del tiempo la había empezado a sentir cada vez más lejana y desconocida. Habían pasado varios meses y ya me había reconciliado con el hecho de mirarme en el espejo, un día lo hice detalladamente. Observé que allí nuevamente estaba yo, la única Verónica, solo que esta vez me vi diferente, distinta, de alguna manera más próxima, más real.
 

*Verónica Ortiz Ortega (1994) (Colombia, reside en Buenos Aires desde 2012). Psicóloga clínica graduada en la UBA, con un enfoque integrativo humanista-existencial y cognitivo-conductual. Ha desarrollado un camino paralelo artístico en la fotografía y en la escritura de poemas y relatos cortos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario