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viernes, 17 de julio de 2026

"Como si nada" relato de Rocío Lagos

 

La adolescencia: una etapa complicada, divertida, quejosa, revolucionaria, y más aún si todo lo que acontece no tiene con quién ser compartido. Los momentos de silencio, los miedos, los sinsentidos. Los cambios físicos y las hormonas sí que avisaban que estabas creciendo.

No podía compartir mis sentimientos, ni mis emociones, ni mis miedos, mis inseguridades, mis problemas que —supongo— se reducían a inconvenientes escolares o conflictos entre mis hermanos. No podía contar con nadie para expresar mis penas. Pero lo que sí podía compartir era mi amor por Chayanne.

Cuán enamorada estaba de ese pseudohombre. Sí, el amor era heterosexual y hegemónico. Todos mis sueños, mis fantasías y mis más profundos deseos iniciaban y terminaban en él. Cuántas noches pensé en encontrarlo, analizando cada una de las posibilidades que, por supuesto, se desvanecían en el momento exacto en que lograba al fin conocerlo.

Compartía ese fanatismo y amor desenfrenado con mi mejor amiga. Compartíamos el frenesí y la pasión de dos niñas erotizadas por un señor mayor, simpático y seductor, que ocupaba el cien por ciento de nuestros días.

Mi fanatismo era tan grande que, para esa época, el novio de mi madre quiso ganarse un lugar en mi corazón y fue al negocio de Orellano, el único bazar del pueblo que tenía cualquier objeto o artefacto que no se podía encontrar en comercios de rubros más definidos. Ingresó con la seguridad que lo caracterizaba y pidió un póster del cantante “Chaquichan”. Automáticamente, el vendedor le entregó en sus manos el objeto más preciado de toda mi adolescencia: un auténtico y risueño póster de Chayanne.

Ni bien lo recibí, lo colgué en la pared de mi habitación. Todas las noches, antes de dormir, con delicadeza me pintaba los labios de rojo y le daba un beso en la mejilla, reservando la boca para nuestro encuentro.

Con mi mejor amiga nos juntábamos por las tardes en mi casa. El ritual era escuchar el casete dos veces, previo rebobinado con una lapicera.

Con ella compartíamos todo, todo, todo…

menos a mi seguidor.

A los doce años ya tenía uno. Me perseguía todos los días a la salida de la escuela. No me tocaba: solo me perseguía, me miraba, me acechaba, me impedía el paso. Digo que “no me hacía nada” porque me llevó mucho tiempo comprender sí lo hacía y que eso se llama ACOSO. 

Por las noches entraba a mi casa y, cual Romeo - pero sin Julieta - me hablaba por la ventana amenazandome si decía algo a mi familia.

Un día entró en mi habitación - la misma donde colgaba el póster de Chayanne, que seguramente no fue su inspiración - y se masturbo en mi cama.

Como si nada,

“Lo dejaría todo porque te quedaras,

Mi credo, mi pasado y mi religión”.


*Rocío Lagos, Argentina. Psicóloga y creadora de Cocata, una marca de diseño feminista. Su trabajo se centra en el uso de la palabra como herramienta de cambio social, convencida de que el arte es un medio potente para transformar la realidad.

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