La
adolescencia: una etapa complicada, divertida, quejosa, revolucionaria, y más
aún si todo lo que acontece no tiene con quién ser compartido. Los momentos de
silencio, los miedos, los sinsentidos. Los cambios físicos y las hormonas sí
que avisaban que estabas creciendo.
No podía
compartir mis sentimientos, ni mis emociones, ni mis miedos, mis inseguridades,
mis problemas que —supongo— se reducían a inconvenientes escolares o conflictos
entre mis hermanos. No podía contar con nadie para expresar mis penas. Pero lo
que sí podía compartir era mi amor por Chayanne.
Cuán enamorada
estaba de ese pseudohombre. Sí, el amor era heterosexual y hegemónico. Todos
mis sueños, mis fantasías y mis más profundos deseos iniciaban y terminaban en
él. Cuántas noches pensé en encontrarlo, analizando cada una de las
posibilidades que, por supuesto, se desvanecían en el momento exacto en que
lograba al fin conocerlo.
Compartía ese
fanatismo y amor desenfrenado con mi mejor amiga. Compartíamos el frenesí y la
pasión de dos niñas erotizadas por un señor mayor, simpático y seductor, que
ocupaba el cien por ciento de nuestros días.
Mi fanatismo
era tan grande que, para esa época, el novio de mi madre quiso ganarse un lugar
en mi corazón y fue al negocio de Orellano, el único bazar del pueblo que tenía
cualquier objeto o artefacto que no se podía encontrar en comercios de rubros
más definidos. Ingresó con la seguridad que lo caracterizaba y pidió un póster
del cantante “Chaquichan”. Automáticamente, el vendedor le entregó en sus manos
el objeto más preciado de toda mi adolescencia: un auténtico y risueño póster
de Chayanne.
Ni bien lo
recibí, lo colgué en la pared de mi habitación. Todas las noches, antes de
dormir, con delicadeza me pintaba los labios de rojo y le daba un beso en la
mejilla, reservando la boca para nuestro encuentro.
Con mi mejor
amiga nos juntábamos por las tardes en mi casa. El ritual era escuchar el
casete dos veces, previo rebobinado con una lapicera.
Con ella
compartíamos todo, todo, todo…
menos a mi
seguidor.
A los doce
años ya tenía uno. Me perseguía todos los días a la salida de la escuela. No me
tocaba: solo me perseguía, me miraba, me acechaba, me impedía el paso. Digo que
“no me hacía nada” porque me llevó mucho tiempo comprender sí lo hacía y que
eso se llama ACOSO.
Por las noches
entraba a mi casa y, cual Romeo - pero sin Julieta - me hablaba por la ventana
amenazandome si decía algo a mi familia.
Un día entró
en mi habitación - la misma donde colgaba el póster de Chayanne, que
seguramente no fue su inspiración - y se masturbo en mi cama.
Como si nada,
“Lo dejaría
todo porque te quedaras,
Mi credo, mi pasado y mi religión”.
*Rocío Lagos, Argentina. Psicóloga y creadora de Cocata, una marca de diseño feminista. Su trabajo se centra en el uso de la palabra como herramienta de cambio social, convencida de que el arte es un medio potente para transformar la realidad.
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