La muerte y las lobas
La muerte como algo cotidiano
sin dientes a la orilla de un río
con el corazón fuera del pecho.
¿Quién se lo habrá arrancado?
Seguramente el opio del deseo
las alas desplumadas
el alma envenenada
la salvación inoculada en las venas.
¿Y la belleza?
¿Dónde está la belleza?
Siempre intocable y lejana
en las lágrimas de los miserables
ausente del lodo y los conjuros.
Hoy dejo aflorar mi propia sombra
en este nenúfar del pasado.
Palpita un aullido en mis entrañas
viene a mí el olor de otras lobas solitarias
perdidas bajo el desierto de mi carne.
Ellas ya no huyen de la muerte
la saben como algo cotidiano
sin dientes a la orilla de un río
con el corazón descosido en el pecho.
Tan grande como una perla
A veces la luz es la propia sombra
cual alfiler clavado
en la tierna carne de la ostra.
De ese dolor nace la perla
lágrima ciega enclaustrada
entre conchas de nácar
ignorante del vasto océano que la rodea.
Así de pequeño es nuestro gran dolor:
el mar continuará existiendo
aun cuando la ostra se haya ido.
Ni una lágrima
No hay quien llore a los condenados del mundo.
No hay quien los llore
o riegue sus marchitas raíces.
Somos nosotros los condenados
y andamos por el mundo
sin saber llorar como los árboles.
La muerte como algo cotidiano
sin dientes a la orilla de un río
con el corazón fuera del pecho.
¿Quién se lo habrá arrancado?
Seguramente el opio del deseo
las alas desplumadas
el alma envenenada
la salvación inoculada en las venas.
¿Y la belleza?
¿Dónde está la belleza?
Siempre intocable y lejana
en las lágrimas de los miserables
ausente del lodo y los conjuros.
Hoy dejo aflorar mi propia sombra
en este nenúfar del pasado.
Palpita un aullido en mis entrañas
viene a mí el olor de otras lobas solitarias
perdidas bajo el desierto de mi carne.
Ellas ya no huyen de la muerte
la saben como algo cotidiano
sin dientes a la orilla de un río
con el corazón descosido en el pecho.
Tan grande como una perla
A veces la luz es la propia sombra
cual alfiler clavado
en la tierna carne de la ostra.
De ese dolor nace la perla
lágrima ciega enclaustrada
entre conchas de nácar
ignorante del vasto océano que la rodea.
Así de pequeño es nuestro gran dolor:
el mar continuará existiendo
aun cuando la ostra se haya ido.
Ni una lágrima
No hay quien llore a los condenados del mundo.
No hay quien los llore
o riegue sus marchitas raíces.
Somos nosotros los condenados
y andamos por el mundo
sin saber llorar como los árboles.
*Nideska Suárez Nació en Caracas, Venezuela. Es licenciada
en Letras por la Universidad Central de Venezuela, cursante de la Maestría en
Estudios Literarios, en esa misma casa de estudios. Es novelista, cuentista y
poeta. Ha ganado varios concursos literarios a nivel nacional e internacional.
Con su novela El huevo del mundo ganó el Premio de Narrativa Francisco García
Pavón, en España (2002), siendo la primera escritora latinoamericana en obtener
dicho galardón. En el género de literatura infantil publicó, con el Grupo
Editorial Norma, el cuento Lo que encontró Makuna, en la Colección “Torre de
papel” (2008). En el año 2018 publicó la plaquette de poesía La línea de mi
cuerpo y en el 2023 publicó el poemario Desde mi útero, el cual está disponible
en Amazon.
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