El
rostro de mi abuelo así, en quietud, me parece casi perfecto, a pesar de ser un
amasijo de arrugas. Me he puesto a contar los surcos cuando ha entrado la
enfermera para ponerle su inyección matutina.
Llevo dos noches en el hospital y he dormido apenas cuatro horas, pero
no quiero separarme de él. Mi abuelo lo es todo para mí, ha vivido en casa
desde siempre y ahora me toca decirle adiós. Es inevitable y esa certeza me
consume. “Que no me vea triste”, pienso. Así que cuando abre los ojos en su
permanente duermevela, le sonrío, o le acaricio la mano callosa. Apenas habla
desde hace semanas y ya me he acostumbrado a leer su mirada. Pero esta mañana
ha ocurrido algo: después de la inyección se ha quedado como dormido, y de
pronto ha abierto los ojos y me ha dicho con voz clara:
—
Neni,
¿sabías que yo he conocido a Alice Guy?
—
¿A
quién?
—
A
Alice Guy.
No sé quién es Alice Guy, pero no se lo digo.
—
No
sabes quién es, ¿verdad?
—
No.
Estoy segura de que va a contarme su historia.
—
Pues
búscala en Wikipedia, vas a alucinar.
Y sí, alucino. No voy a decirle que es imposible; que él no ha estado
nunca en EE. UU, pero, sobre todo, que cuando él nació, en 1917, esta mujer ya
había dirigido la mayoría de sus películas. Aunque en realidad me esperan más
sorpresas: mi abuelo empieza a contarme detalles del rodaje de El hada de
los repollos; cómo se gestó aquel proyecto, anécdotas de los actores… Lo
increíble es que él, un conductor de autobuses de toda la vida de la ruta Gran
Vía-Carabanchel, esté ahora agonizante en una cama de hospital, explicándome su
día a día en los estudios Solax, una de las primeras casas productoras del
mundo.
—
…Y
en la entrada, Alice colocó un cartel que decía “Be natural”. No me digas que
no era una pionera. Lee Strasberg era un niño por aquel entonces.
Le escucho embobada, abducida, incrédula. Mi abuelo no tiene estudios y,
que yo sepa, habrá visto en toda su vida unas diez películas, la mayoría de Paco
Martínez Soria.
—
Alice
producía en sus mejores años dos películas de un rollo a la semana; eso eran
como diez, quince minutos. Era increíble, incansable. Lo controlaba todo, desde
el guion hasta la dirección artística y el montaje. Yo la adoraba.
Ahí ya no, ahí ya no puedo contenerme. Cuando empieza a meterse en
terreno personal, me lanzo:
—
¿Eráis
muy amigos?
—
Más
que amigos, neni, más que amigos. Su marido se largó con una actriz, y ahí
estaba yo.
Le sale una sonrisa picarona, irresistible. Noto que ya me tiene
enganchada a su historia. Que me lo creo todo, “de pe a pa”.
—
Por
supuesto, todo esto fue antes de conocer a tu abuela y venirme a vivir a
España.
—
Claro,
claro, imagino.
—
A
mí Alice me tenía fascinado. Era bastante más joven que ella, pero eso daba
igual. Me podría haber enamorado de su hija Simone… y entonces tú no estarías
aquí. Pero me gustaba la madre. –Se detiene de pronto, como avergonzado — ¡Uy,
qué cosas te estoy contando, neni!
—
Abuelo,
que voy a cumplir treinta años.
Y sigue hablando, como un torrente… Con una energía que no sé de dónde le
sale, si lleva semanas con suero intravenoso y postrado en esa cama ortopédica.
—
Estuvimos
juntos poco más de un año. Pero fue tan intenso que me parecieron décadas. Por
supuesto, a tu abuela nunca le dije nada. Ni tu padre lo sabe. Creo que no se
lo había contado nunca a nadie. Pero ya ves, hoy me vino de golpe su recuerdo,
como una ola.
Jamás le había oído hablar así, parece otra persona. Igual uno, antes de
morirse, se transforma en otro “yo”, en los “yoes” posibles que nunca serán.
Sigo sentada, escuchándole, como hipnotizada. Me habla del fonoscopio, de
lentes de cámara, de los hermanos Lumiére, de títulos tan extraños como El
colchón epiléptico… y de aquel romance efímero que por lo visto marcó su
vida.
Empieza a atardecer y la habitación tiene una atmósfera irreal, con
tonos sepia como algunas películas mudas de Buster Keaton. Sigo pensando que es
imposible que conociera a esta mujer fascinante de la que quiero ahora saberlo
todo… cuando noto que su voz se apaga. Uno de sus puños se abre lentamente y algo
cae al suelo. Me agacho y recojo el pequeño papel: es una fotografía gastada. Reconozco
a mi abuelo, muy joven, rodeando con su brazo a una mujer de anchas caderas y
pelo azabache, bastante más mayor. Y al pie, aún legible, una dedicatoria:
“A José. Llévame siempre contigo. Alice”
*Eva Higueras. Actriz y escritora madrileña. Enamorada de la escena desde niña gracias a su abuelo, el director teatral Modesto Higueras, compañero barraco de Lorca en sus inicios y fundador del T.E.U. (Teatro Español Universitario). Como actriz cuenta con una larga trayectoria profesional en el teatro, habiendo participado en más de treinta montajes. Compagina asiduamente la escena con el cine y la televisión. Su segunda pasión es escribir. Es autora de cuentos, relatos, poesías y piezas teatrales. También ha escrito artículos sobre relevantes figuras de la escena para la Revista Actores durante varios años. Y lleva cuatro temporadas realizando Podcast para el programa La Sala, de RNE. Ha publicado tres libros: un pequeño monólogo que apareció incluido en la obra Monólogos escénicos, editado por la FAEE (Federación de Artistas del Estado Español) en el 2010; Camerino Nº5, monólogo estrenado en el 2013 y publicado por VISION LIBROS en mayo del 2018 y Mujeres Indomables, publicado en el 2024 por la editorial CON M DE MUJER.
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