Cuando la luz desciende cualquier espacio adquiere un
carácter profético.
Esta noche anuncia el fin del mundo.
Conchas enlazadas, síntesis total de las artes vivas, reciben
a dos mujeres un viernes en la noche. Ambas caminan hombro a hombro bajo de las
placas óseas triangulares que conforman una elección arquitectónica
expresionista muy lúcida.
Todo espacio, en última instancia, constituye una esfera: un núcleo
que establece distancia hacia cualquier punto de la superficie —proyección—, y
un segmento que atraviesa ese núcleo vinculando dos puntos opuestos —deseo—. En
círculos avanzan diputada y gobernadora entre rostros desconocidos y trajes
formales. Los cuerpos se rozan, se enrollan, se dispersan. Todo sucede
simultáneamente entre un caldo de lenguas extranjeras y clases sociales.
Un micro mundo se revela, se derrama generoso a quienes pueden pagar
su lugar, ofreciendo la ilusión que consolida la recreación humana. Dar y
recibir vienen de la misma energía. Los pelícanos duermen; los artistas y los
fondos de inversión no. Dos entradas se compran con facilidad. Existe la
palabra y existe el intercambio: papel por papel.
Desde lo alto una voz anuncia el primer llamado al teatro principal.
Los ojos zarcos y orbiculares de la diputada buscan la fuente del sonido; a su
lado, la gobernadora observa la escena con diversión contenida. Ella sabe dónde
está el objeto, sabe incluso que se encuentra más cerca de lo que su diputada
imagina, pero no dice nada. Guarda las dos entradas y una tarjeta A. E.
Centurión en su billetera y enseguida ambas caminaban
bajo luces interiores que cortan el contorno de sus cuerpos como un láser
de máxima precisión. Corte y movimiento, corte y movimiento. Para la diputada
las formas de sus sombras resultan fascinantes; toda esa noche lo es. Sus ojos
cristales intentan comprender esa extraña sombra propia junto otra. Ambas
armonizan de un modo incomprensible, inenarrable. Su superior avanza con pasos
largos y decididos, a la diputada le recuerda el comportamiento de un caballo de
tiro que solo se dirige hacia adelante. La comparación la sorprende
de manera grata, pero decide guardarla para sí, principalmente porque no desea saber con qué imágenes
la compara su superior. Honestamente ella no tendría la
ventaja poética.
La perfecta comunión de dos sombras es despedida por una tercera. Un joven se presenta ante ellas con la intención de guiarlas al palco adquirido. Los ecos de sus pasos barren el piso y dilatan caprichosamente el previo momento de contemplación, pero no la austera intimidad que crece con el sutil roce de las manos entre diputada y gobernadora. Oscilación - roce oscilación - roce: una de las maneras en la que el calor se crea.
Al entrar al teatro el ruido exterior se hunde. El vocerío se vuelve un recuerdo antiguo. La sombra intrusa se retira tras entregar a cada una el programa de mano. Con un leve movimiento de cabeza, la gobernadora ordena: - “Recíbelo”- Ninguna palabra debe ser intercambiada para que su subalterna entienda.
Las puertas del palco se abren.
- “Después de usted” – susurra su jefa con voz limpia.
Que bien era recibida la diputada por la superficie
aterciopelada y la madera de ébano. Su cuerpo lentamente cedía como cuando las
lagartijas retozan en las ramas secas de los desiertos.
- “Podría derretirme en este asiento”- dice ella con voz melosa suspirando mientras observa el título del programa Réquiem.
- “No podría hacerlo”- sentencia su superior con
suavidad mientras rota lentamente sus hombros.
Vertebra a vertebra la diputada se endereza imitando la postura de su jefa: espalda contra espaldar, pies sobre hormigón, brazos sobre descansabrazos. Todo perfectamente organizado como debe ser.
El segundo llamado es anunciado. Esta vez la diputada identifica
el origen de aquella voz. Sus ojos intensos recorren el lugar, la magnitud del
espacio requiere tiempo para ser comprendida. Tan distinto era todo de su
ámbito de trabajo y, sin embargo, tan parecido en aspectos esenciales. ¿Cambiaría
la perspectiva desde arriba?, se preguntó ella y sin avisar se inclinó hacia el
balcón; todo su cuerpo fue plagado como un ahoja de papel y sus rizos castaños
cubrieron su perfil izquierdo, inmediatamente un
brazo largo, enfundado en sastre, se interpuso entre la baranda y su cuerpo. En
seguida, tras el contacto, la diputada regresó lentamente a su asiento. Dos
ojos como ónix vetaron cualquier movimiento futuro, la orden era clara.
- “Gracias por la invitación”- titubeó - “creo que nunca
había estado acá”- confesó ella con nerviosismo.
- “Ya veo”- respondió su gobernadora. “Casi se convierte en su primera y última vez”- añadió esta con indiferencia.
- “Lo siento”- fue lo único que pudo articular su subalterna.
Las luces comenzaron a descender. El “fade to black”
coincidió con el efecto espiral interno de la diputada pues se sentía como un
niño que acaba de ser regañado por sus padres, que vergonzoso. Sus mejillas se
enrojecieron y comenzó a sentir que podía explotar en cualquier momento.
El silencio de la sala se extendió
tallando sus tímpanos hasta que el tercer y último. En seguida dos voces llegó
a la vez; le resultaba imposible atenderlas simultáneamente. Finalmente, el mensaje de su superior se
impuso: - “¿Es consciente de que el
equilibrio puede perderse en cualquier momento? El cerebro se confunde con
facilidad y la propiocepción se abandona.
Los ojos oscuros de la gobernadora cavaron sobre los ojos confusos de la diputada. Una nube descarga y la tierra recibe. Hay un mensaje encriptado en ese intercambio, pero la diputada no logra descifrarlo, sólo puede sentir la energía etérea abandonada que se mece de un lado a otro.
- “Usted no puede caer”- susurra la gobernadora
acercándose a ella - “No antes del juicio final”…
De repente el teatro queda en absoluta penumbra.
Las palabras resuenan como sentencia. Arrastrada por la afinación de los instrumentos y la sensación desconcertante impulsada por su jefa, la diputada traga saliva y fija su mirada en el horizonte. Aunque los antiguos himnos medievales latinos no son lo suyo, la diputada se desliza por las letras desconocidas. Incluso sin saber palabra alguna, ella intuye el dolor y el miedo detrás de cada una. Cada pieza implora algo ajeno a los hombres, algo ajeno a ella misma, ¿qué es?...
Lágrimas son sembradas en sus ojos después de escuchar “Dies
Irae”. Ella comprende que el final de los tiempos, corrección; que el
final de su tiempo sonará de esa manera y temblando su cuerpo responde
al llamado.
Nunca ha experimentado algo semejante, ni en tiempos de
júbilo, ni en tiempos de agonía. Sollozando su alma es convocada. Si iba a ser
salvada o condenada ella no lo sabía. La atmósfera sobrecogedora le producía un
profundo dolor que no quería ser detenido. Su pequeño cuerpo se abría cada vez
más a los desesperados y poderosos coros. ¿Dónde se había alojado tanta
pena todos estos años?
Una mano —no divina— limpia
sus lágrimas una a una. La reacción emocional de su diputada es lo último que
la Gobernadora esperaba.
Pozos huérfanos observan la superficie brillante de sus
nudillos. Largos dedos son llevados a su boca. La punta de su lengua saborea el
líquido. Su subordinada es un coctel de todo lo humano: debilidad, dolor,
agonía, cansancio, amor, fe. Eso es lo único que obtendrá de su diputada, y en
ese mismo instante, la que se derrote sobre la silla cual iguana de desierto es
ella.
¿Es el Juicio Final de quién exactamente?
Lágrimas se condensan en sus ojos oscuros, pero a ella, en contraste con su diputada, no se le permite llorar. Ella está segura de no pasará, no derramará líquido, ella está más allá de cualquier inflexión… y aun así. Aun así.
El mundo a partir de ese momento no volverá a ser el
mismo.
Si hubiera un juicio en curso, la gobernadora no lo presidiría.
Muerte y divinidad se sostienen entre los brazos. NO HABRÁ CONSUELO
“Rex tremendae majestatis
Qui salvandos salvas gratis
Salva me, fons pietatis
Salva me, fons pietatis”
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