Son las tres de la mañana y tengo dos certezas.
La primera, que estoy contagiada de Covid, y la
segunda que respiro con dificultad.
Enfermarme no está bien, pero el no poder
respirar fluidamente es perfecto porque descubro que tengo pulmones, que llevo
treinta y nueve años respirando, que pese al virus aún respiro, y que mi ritmo
respiratorio deberá normalizarse en los próximos días para continuar sumando
las certezas que se comerá algún hambriento reloj.
No uso reloj, pero sé que son las tres de la
mañana porque todas las tres de la mañana en esta habitación uno se despierta y
le da por rezar el Padre Nuestro y mirar por la minúscula ventana que da al
lavandero que utilizamos las nueve inquilinas, mujeres de provincia y
extranjeras.
Por cierto, hace unos días me enteré por una de
las chicas que en la habitación que ahora ocupo, murió sentada la anterior
inquilina con quien comparto el nombre y el oficio de cuidadora y de doméstica.
Me cuentan que no tenía familia, que era muy
trabajadora y que empinaba el codo con frecuencia. Este cuarto parece estar
lleno de certezas.
Para Teresa, es decir, para la otra Teresa, para
esa señora que murió sentada en este mismo cuarto donde ahora escribo acostada
sobre mis certezas, parece que su mayor certeza era la soledad, que bien supo
acompañar con vino y cerveza.
Me pregunto que estaría pensando esa Teresa
minutos antes de morir sentada en este cuarto donde se habla en diminutivo
porque apenas entra una cama y una silla al estilo Blanca Nieves. Jamás sabré
lo que pensaba, pero podría suponer que quizás pensaba que la diversión se le
había evaporado, y que le faltaban las fuerzas, y no la voluntad, de ir hasta
un bar de Palermo Viejo, o puede que no estuviera pensando en nada, sino que
más bien se quedó dormida para no volver porque su sangre estaba hasta las metras
de alcohol, y su serenidad vencida por las resacas.
Puede que sea un prejuicio mío pensar en que la
borrachera rondara las últimas horas de esa Teresa, que siempre será mi tocaya,
y que jamás conoceré. Pero prefiero pensar eso, antes de creer que Teresa
padecía su soledad.
Un día antes de saber que el virus circulaba por
mi cuerpo me asaltó el temor de morir con la ropa interior sucia. Como si fuera
una certeza y descartando toda ocurrencia o premonición me metí al baño,
higienicé mis partes íntimas incluyendo uñas, cabello y dientes, y luego me
senté en la cama.
Como la puerta del cuarto estaba abierta me
percaté del montón de hojas secas de verano que reposaban y volaban por el
patio, caminé unos metros y curioseé con la alegría de un niño una de las
tantas hojitas tostadas por el sol, y la descubrí tan llena de vida y luz como
el cuarto que habitaba y donde seguramente Teresa me esperaba para invitarme un
tequila.
¡Salud, tocaya del más acá¡ La única vecina que no tiene miedo que la contagie de Coronavirus!
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