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martes, 7 de julio de 2026

"Deudas" poemas de Arturo Hernández González


Deudas
«Nombres para despojos que la luz /
omite en sus paseos»
 
Eduardo Lizalde
 
Le debe uno al exilio
esta nostalgia de la máquina materna,
de su palabra
            atardecida y amorosa,
  de su rincón del alma donde llueve
  el corazón, en un lenguaje diferente,
 la intermitente perfección del mundo.
Le debe uno a la huida
         este dolor cuyo significado
         va del individuo al hombre.
Y a la culpa, a la vergüenza, al hastío
               le debe uno a veces el rostro que
desde el espejo se rompe si nos mira.
                        Me pregunto, ¿qué distancia
                   es síntoma de pensamiento herido?
La fama de Ulises es el regreso, no la travesía.
            Nuestra historia es también la tumba de Argos:
Todos regresamos tarde
al sí de las promesas de futuro
            que éramos cuando, oscuras células,
peregrinamos la ciencia vacía
            de nuestra catástrofe.
En alta noche, cuando menos duele el reflejo
            y la mitología abandonada
de nuestros personales dioses abolidos,
            nos derrota sí el silencio
de la profética flor de las ausencias.
Debe uno al éxodo fortuito,
            a la nómada traición de los adioses,
la prosa luminar y sin prestigio,
            —que sin embargo señala la victoria-
de seguir estando para volver un día,
            de no morir, como animales,
            ajenos al inocente abismo del lenguaje.


En retirada

«Il meurt; ceux qu'il aime meurent; les choses qui l'entourent meurent
(…) Mais le temps ne fait rien à l'affaire».
  
Jean Grenier
 
 
Escribo el tiempo
con los huesos de los pies,
con su soledad vagabunda y sucia
contrahecha de charcas y raíces.
Tan crucificado llevo
el misterio informulado del destino
que me duelen en la sombra
            los clavos, el óxido,
            el color implacable del olvido.
Pero al menos he aprendido, digo yo,
            a tragar el insulto de la suerte
con el ácido del agua que se cae
por entre las grietas del cielo arrodillado.
            El mundo es desde siempre
una sola cosa, infinita y pobre,
            abreviada bajo nombres rotos.
            Nadie está del otro lado.
Todo se sume en reflexiones, párpados
cerrados en cualquier parte del cuerpo,
espumas retorcidas por el sonámbulo
placer de pervivir un algo tras la nada.
                        A veces creo
que tan solo el amor nos justifica:
Yo he escuchado, por ejemplo,
            el metálico sonido de las ratas
en el subterráneo asombro de los días.
Y he pensado largamente el sueño,
la esperanza, la muerte circular de los relojes,
pero siempre me detengo
ante el abismo de luz enceguecida
que tiene por núcleo, en su centro,
el corazón.
 
Somos un vacío dentro de un vacío,
            sospechosamente libres
de entregarnos vida entre nosotros
con un beso, una caricia, una palabra.
            El tiempo es como un niño
que habla en sueños. Somos esa migaja
de lenguaje que alcanza la gravedad,
el juego de la masa y el volumen,
la inesperada vocación del habla.
            Los países de la medianoche
me duelen como huellas dejadas
sin compromiso. Recojo los pies,
la osamenta querida y maltratada,
para medir con el silencio de la carne
el número de días que me aguarda.
Apago la luz del universo
para volver a estar conmigo.


Epitafio
«Je suis cellui au cuer vestu de noir»
 
Charles de Orleans
 
Lo que escribo es apenas
blanca destrucción del infinito:
resurrección por y para la Caída,
                   nunca por el Paraíso;
un volver atrás como si no fuera imposible;
un querer estar después de aquí, no ser ahora.
 
Creo saber para qué sirve la lengua,
pero me sorprendo palpitando en palabras
ante el rostro que ha crecido en mis manos
            después de tanto confundir la tierra
                        con puñados de olvido.
 
Tengo flores
haciendo la Primavera
en la sombra de mis huesos.
Con este corazón tan pobre,
            tan lleno de codicias vanas,
de sueños lúgubres y amores malos,
            con nada más que este
            sacrificio de ser hombre,
primaveran los pesados metales del ego,
—ese andamiaje peligroso y oxidado—
sobre el que construye su casa ética
el ruido del relámpago en mi memoria.
 
Luminosamente destruido
el infinito juega a sacarme los ojos
            y yo no
puedo más que subir bajar
la escalera alfabética del tiempo.
 
A balbuceo como quien dice Adíos.
S de sonido, de soledad, de silencio,
            digo, como quien dice Epitafio.
 
 
*Arturo Hernández González. Poeta, traductor y docente colombiano. Especialista en pedagogía universitaria y Magíster en Literatura y Cultura. Su obra ha sido premiada e incorporada en publicaciones de importantes medios culturales y literarios, así como traducida al italiano, rumano, búlgaro, francés, inglés, griego, albanés y coreano. Es autor de obras como Olor a Muerte (2011; 2012), Breviario de lo incierto (2017; 2024), Presagios del insomnio (2025), Terca materia inexacta (2025) y Arquetipos del infinito (2026). Ha recibido el I Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica – Poesía (México, 2017), el IV Premio Nacional Plenilunio de Poesía ‘Leopoldo de Quevedo y Monroy’ (Colombia, 2023) y el IV Concurso poético ‘Cezarina Dos Santos Álvarez’ (Uruguay, 2023). Dirige desde hace más de una década la Revista internacional de cultura y artes Noche Laberinto y la Editorial Toska.

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