martes, 21 de julio de 2020

"Mientras soñamos paraísos" Fragmentos de Bruno Salomón


Edvard Munch - Melancolia 


Escribir es despojarse, liberar el magma oscuro, vomitar, abrir una herida y abandonarla allí donde otros la reconocerán como propia. Escribir es también quemarse, arder solos en la oscuridad y después, que el diablo junte la ceniza. Y que la noche, si queda un resto del fuego, lo recoja como ofrenda. Tal vez la música, el viento o el silencio mismo sabrán acompañarla.

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Según Lezama, hay una dimensión, un "lugar", el reino de "La cantidad hechizada" adonde va todo aquello que en el hombre no puede morir, su amor por la belleza, su anhelo de infinitud, el misterio y la transparencia de su ser, la incandescencia de su espíritu y la conciencia de lo sagrado que más allá de toda miseria, todo dolor, todo fracaso y toda muerte, conforman su destino.

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Como la noche que disuelve y purifica en tinta negra la luz que colmará de oro la mañana, tal vez la poesía.

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Un día sentí que había muerto. Pero nadie lo notó. Desde entonces todo cuanto sigue ocurriendo es ganancia para mí, o para el fantasma que tomó mi nombre y mi rostro. Por momentos hasta se lo pasa bien.

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Realidad, realidad, cuánto hay de por medio entre nosotros: niebla y abismo, miedo y vértigo, basura del ser que vamos acumulando encima de los ojos. No hay ya perspectiva posible, se apelmaza la derrota de no sabernos más allá de nuestras narices. Realidad, realidad, adiós, adiós.

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A esta hora el cansancio, el hastío de lo siempre sabido, el hartazgo de lo mismo. Y no obstante, la cortesía de no cerrar la puerta del todo, la mínima elegancia de aceptar ese café junto a la Señorita Nadie, y hablar entre sonrisas de los pequeños asuntos del día.

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Ningún sueño más entonces. Porque ni ángel ni demonio merecen invocarse ya en un tiempo de inxilio permanente. Y, sin embargo, no querer darle nada por adelantado a la muerte.

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Hay un lugar donde nada se olvida, donde cada mínima modulación se encadena a una larga y antigua secuencia. Un lugar donde se alargan nuestros dedos hasta asir el hilo que une la flor al cielo, el rumor de la abeja a la tempestad, el deseo a la piel donde brilla el instante.

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Escribir cuando se estrecha el círculo del miedo y la propia sombra vacila; cuando el mundo se vacía y en su centro giramos sin término; cuando toda palabra es una flor nacida en el infierno; cuando detrás de los párpados no está sino la muerte. 

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Entre una cosa y otra dónde en verdad hemos estado, qué memoria del sol, qué retazo del paraíso volvimos a perder para siempre; adónde la flor que alguien nos encomendó cuidar en un sueño; qué fue de la palabra, la luz con la que nos recibieron un día; del amigo que fue a comprar cigarrillos y nunca regresó; de la chica que acompañó cierta tarde nuestros pasos, de la casa en la que fuimos felices una vez, de aquella ventana en la que nuestra sombra respiró momentos de eternidad...Entre una cosa y otra, dónde nos hemos extraviado, dónde hemos muerto antes sin darnos cuenta.

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Paradójicamente, en tiempos sombríos como estos, la poesía no explica, no amonesta, no prescribe nada. Pero su esquiva luz lo es todo en la noche profunda, como el rostro que amamos, como la última canción y el vino último antes del alba.

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Cuando la realidad tiene como centro el propio rostro, se hace insoportable.

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Al dolor de vivir únicamente lo compensa y sobrepasa el poder, la alegría de la belleza.

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Llega sin embargo un momento en que el más crudo pesimismo se abraza en secreto con la más inocente alegría de vivir.

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Somos rehenes de lo invisible. Y es también esa la condición de lo sagrado y lo bello tanto como de lo fatal.

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Entonces una mano de sombra nos señala de lejos, un vaho de frío se cierne sobre nuestras cabezas, y la existencia se reduce a lo esencial, se concentra al fin ella misma integrándose silenciosa al centro de la vida.

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Noches en las que el cuerpo patea y se estremece como un caballo ansioso piafando en la sombra, olisqueando el amanecer.

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Volvemos al día ingenuamente vivos, deseosos y efímeros y es esto nuestra única dicha hasta que algo más nos toma, de arriba o de abajo, con sus frías tenazas.

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Devolverle a la noche los rostros que el día probó en nosotros, incluso las palabras, la risa que aleteó un instante sobre el silencio. Abrazarnos allí, desnudos, sin nombre, sin memoria.

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Qué buen maestro y corrector de estilo es el tiempo. Pero qué tardío.

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Estar solos no es nada excepcional, es la norma en tiempos de inhumanidad y miseria espiritual. Jactarse de ello no tiene sentido. Solo dándonos a otros vale la pena todavía estar vivos.

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Por qué de repente en mitad de la noche el eco de viejos desmoronamientos, antiguas cargas de profundidad que apenas estallan en tus huesos, galaxias de dolor que al otro lado del tiempo, retumban todavía.

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En el arte del vuelo lo primero es aprender a caer.

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Mientras soñamos paraísos anidan en nosotros las serpientes.

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El poeta sería entonces algo así como el "idiota de la familia", para usar esa expresión sartreana, pero también, el querido aunque extraño pariente que de alguna forma desnuda la inconfesable naturaleza de todos, los traumas, los miedos, las fantasías, la culpa aunque también, él mismo representaría la inocencia, la libertad de un espíritu independiente que no rinde tributo a la razón , al poder, a las leyes de la normalidad.

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¿Cuánto silencio bebemos al día, qué número de pasos pueden perdernos o encontrarnos aún, cuánto pesa la sombra de un pájaro sobre el agua, quién mide el vacío que ocultamos, sobre qué abismos basculan los cuerpos en el sueño?

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No existir para esa persona que amamos nos resta realidad, pone en duda nuestro ser mismo en el mundo. Aun así, el sol sigue alumbrando, la vida continúa.

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Taedium vitae, un lujo que sólo pueden darse los satisfechos, los felices. No hay lugar al aburrimiento donde sólo se trata de sobrevivir.

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El domingo somos nuestro propio animal de compañía al que hay que sacar para que no llore, para que no muerda mientras volvemos a ordenar la casa de la costumbre.

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Cuando la noche es secreto lugar, una cueva donde el viejo animal lame lento sus magulladuras, y mira arder las lejanas estrellas como ojos insomnes que lo acompañan.

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Volver a la vida y a uno mismo después de un mal amor con la libertad y la inocencia de quien regresa de un largo destierro.

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Dura y tardía confirmación: la poesía, como la vida, estuvo siempre más allá de las palabras. Pero sólo ellas lo saben. Ese es su triunfo y su secreta dignidad.

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Hasta para suicidarse hacen falta ganas, voluntad y en cierta forma, entusiasmo. Y qué horror matarse por cuenta de un entusiasmo más.

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Como el oxígeno sin el que no podemos vivir pero a la vez nos va quemando, nos va matando lenta y silenciosamente, ciertos días el amor.

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Saltamos de un cansancio a otro agotando la vida, insaciables de novedad y diversión, porque el hastío es la sustancia y el aire que nos alimenta. Somos seres de intensidad momentánea, de pasiones fugaces a la sombra de una abulia total.

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Al fin de cuentas, toda realidad nos llega mediatizada, limitada, como versión refleja de lo verdadero al decir de Platón. Entre lo que es y lo que creemos, seguimos perdidos en la traducción.

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No estar más realmente en uno mismo, rehén de un vampiro que nos roba la sangre, y agradecer, sin embargo, la dádiva de un gesto suyo, una palabra, un roce al menos, la cercanía momentánea de su sombra, un día más respirando su aire, saboreando dichoso su veneno. Es el amor,

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¿Cómo apaciguar el pequeño animal que gime en nosotros a lo largo del día, oscuro y desgarrado, sin que nadie más lo advierta? Qué incuba su sollozo en la noche, de dónde su reclamo.

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Cómo decir lo otro con palabras que perdieron su origen, su inocencia primera y sólo pueden repetir lo ya conocido, lo ya sabido por siempre. Sin embargo, es en su revés, en su recelo, su ironía y discontinuidad como aún siguen respirando, resistiendo, señalando nuevos niveles de "realidad", es decir, como aún pueden ser poesía.

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No volvemos impunes a las viejas palabras.Regresamos a ellas con la conciencia sucia, derrotados por el silencio, buscando empezar de nuevo y entonces ellas nos lo hacen pagar.

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Toda la vida imaginando un tesoro oculto bajo la sombra. Y de golpe, la claridad del vacío, la cegadora luz del despojamiento, la verdad de esa única riqueza malgastada: tú mismo.

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De pronto, una tarde cualquiera, te arrasa la conciencia de tu inutilidad en el mundo, y sonríes, casi feliz, más próximo a la luz que se va, al silencio que entonces te reconoce suyo, al amor de lo invisible que te abraza sin condiciones.

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Hay una metafísica de lo indecible en el animal que sabe morir en silencio, en su inocencia ante el dolor último. Y qué otra metafísica mejor que la del vuelo del águila en el abismo, qué otro lenguaje más poderoso al decir de Blake, que el rugido. Qué más hondura y presencia del ser en la vida que la del lobo que desveló la primera noche del hombre y en la última acompañará su desaparición.

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El amor sería también ese lugar donde mora el animal liberado de su peso, donde puede al fin sentirse seguro y recogido en su centro, en posesión de sí mismo.

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No hay más que hacerse cargo amorosamente de este instante último, esta conciencia trágica de morir que revalida hasta el final toda la vida manifiesta en nosotros, incluso mientras vamos cayendo imperceptiblemente en la noche, mientras con venas, sangre, huesos, deseo, pensamiento, el tiempo nos asesina lento. Sostener ese brillo, ese fulgor en los ojos, esa llama en el corazón hasta el fin es el triunfo definitivo de la belleza en nosotros.

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Lo que ocurre en tu mundo no siempre pasa en el mundo, ni cuando mueres en él.

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Lo que nos inclina a cierta literatura, cierta poesía digamos, melancólica, extraña o siniestra, también puede ser un rasgo de buena salud. Porque siempre se busca alivio, consuelo o ayuda en literaturas optimistas como el enfermo busca el sol. Pero quizá sólo en lo oscuro se gesta la luz.


*Bruno Salomón, Escritor en la sombra, sin domicilio conocido ni obras publicadas. Sólo se conocen de él innumerables fragmentos como los anteriores casualmente recogidos por amigos suyos en libretas, papeles sueltos, mensajes de texto, etc.

1 comentario:

  1. Gracias por darle espacio y luz a estos fragmentos discontnuos de Bruno, ese envés, ese fantasma que desdobla una escritura, una manera de ver y de estar en el mundo, en la corriente de lo pasajero, lo efímero, lo mortal. Abrazos.

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