domingo, 5 de julio de 2020

"Full Time" Microrrelatos de Marcelo Medone



FULL TIME

Nunca nadie me había exigido tanto. Sí, algunas veces hice horas extras, como en 1918 con la gripe española. O en el siglo XIV, con la peste bubónica. Hubo momentos en la Historia en los que tuve literalmente explosiones de trabajo, como cuando los yanquis tiraron sus bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki: ahí tuve que atender cientos de miles de bajas apuntadas como daños colaterales. Ni hablemos de las masacres de los nazis en la Segunda Guerra Mundial: ¡cómo disfruté del ghetto de Varsovia y de los campos de concentración! Auschwitz fue una fiesta.
En general, mi trabajo es lento y metódico: unos pocos de miles de fallecidos por hambre y desnutrición por allí, otros pocos miles por allá de tuberculosis, malaria y fiebre amarilla, víctimas de accidentes de tránsito, indigentes que sucumben al frío, drogadictos con sobredosis, obesos y fumadores que sucumben por infartos de miocardio, crímenes del delito organizado, terroristas islámicos, dictadores y represores, femicidios. O simple vejez y desgaste. Tengo unos cuantos socios que me ayudan y un montón de fanáticos que me idolatran. Incluso un montón de suicidas emprendedores. He entregado infinidad de credenciales de Socios Vitalicios: el primero de todos se llamó Caín, el primogénito de Adán y Eva.
Pero como que me llamo La Muerte, nadie me mantiene tan ocupada como este dichoso coronavirus chino.


VENGANZA

Escucho gritos en la calle y me asomo a la ventana. Se ha congregado una multitud enfurecida: hombres, mujeres y niños. Incluso adivino médicos, policías, bomberos, políticos, sindicalistas, obreros, reporteros de televisión. Todos han arrojado sus barbijos y enarbolan palos, bastones, hierros, pistolas, hachas, escopetas, reglamentos, decretos, proclamas revolucionarias, estetoscopios y micrófonos. Algunos llevan antorchas.
Comenzó la caza de brujas.
Están yendo casa por casa, buscando a todos los escritores de ciencia-ficción.
Nos culpan de haber vaticinado la pandemia.


AL REVÉS Y AL DERECHO

Claro en cosas las pongamos.
Revés al léase: truco del cuenta dieron se no todavía que los para instrucciones.
Entiende se sí ahora.
Vez otra léalo y paciencia la pierda no, entendió lo no si.
Complicado tan es no: tiempo su tómese y desespere se no.
Cosa otra a dedíquese y página la vuelta dé, aún logró lo no si.
Amor mi llegó acá hasta.
Pongamos las cosas en claro.
Instrucciones para los que todavía no se dieron cuenta del truco: léase al revés.
Ahora sí se entiende.
Si no lo entendió, no pierda la paciencia y léalo otra vez.
No se desespere y tómese su tiempo: no es tan complicado.
Si no lo logró aún, dé vuelta la página y dedíquese a otra cosa.
Hasta acá llegó mi amor.


CELESTINO CAMILO CÁRDENAS CONSIGUE CASI CUALQUIER COSA CÓMODAMENTE

Contrariando casuísticas, Celestino Camilo consigue casi cualquier cosa cómodamente, cero costo.
Come caviar, carne cruda cortada como carpaccio condimentada con Camembert, cerdo cebado con castañas, comida china cantonesa, congrio cocido con caldo caliente, camarones caribeños, cangrejo chileno, cerezas con crema, chocolate confeccionado con costoso cacao criollo, café Caturra colombiano. Celebra con Cabernet californiano, cava catalana Codorniú, champagne Chandon colmando copas cristalinas.
Calza cuero caro con cordones, camisas clamorosas, corbatas cautivadoras.
Cría cachorros Cocker color café claro.
Conduce Cadillacs coupé, Camaros, Corvettes, cruceros, catamaranes.
Carga con Colt Commander con cachas cromadas.
Casinos clandestinos, cabarets clamorosos coreografiando can-can, cantinas calificadas con cinco cubiertos cuentan con Celestino Camilo Cárdenas como concurrente.
Constituye colecho: comparte cama, colchón, cobijas con camarera con caderas cuidadosamente cinceladas con calistenia. Copula con calurosa convicción, culmina con clímax celestial.
Cuesta creerlo.


CUANDO ESTOY ABURRIDO EN LA CUARENTENA

Escucho recostado en el sofá un disco de jazz de Charles Mingus: Blues and Roots con su magnético e imparable crescendo instrumental, la leo a Margaret Atwood: uno de sus Cuentos Malvados y fantaseo con que algún día voy a escribir tan bien como ella, cocino empanadas de pollo con cebolla de verdeo y mucho pimentón, pinto en acrílico el retrato de una mujer misteriosa y sensual enfundada en un vestido rojo, camino por mi departamento de cincuenta metros cuadrados que tiene un balcón que recibe el sol de la tarde, riego las cuatro plantas que todavía sobreviven a mi encierro, tarareo un tango de los viejos: Mano a Mano, al estilo de Julio Sosa aunque se me aparece revoloteando la versión de “la Gata” Adriana Varela, me zampo unos bombones de chocolate con licor, me siento al piano y toco  despacio una canción para que no se quejen los vecinos: la eternamente fascinante Imagine de John Lennon, me tomo un jugo de naranja recién exprimido, escribo en un anotador una idea genial para un futuro cuento distópico, limpio por décima vez los vidrios del ventanal del balcón, escucho un viejo disco de blues de Chicago: el genial Muddy Waters con su Hoochie Coochie Man, me tomo una lata de cerveza junto con maníes salados, dudo en tomarme otra lata de cerveza que me mira de reojo desde la heladera, escucho un disco de rock progresivo de los años setenta: Foxtrot, del Genesis de Peter Gabriel, que me gusta más que el Genesis de Phil Collins, cedo a la tentación y me tomo la lata de cerveza, le ataco a una caja de avellanas recubiertas con chocolate, me agarra la culpa y hago abdominales sobre una colchoneta en el living mientras escucho tango electrónico francés de una playlist de mi celular, transpiro, elongo, hiperventilo, transpiro de nuevo, trato de seguir el ritmo de la música pero no me sale, elongo de nuevo y me duele todo el cuerpo -será que me estoy poniendo viejo-, me siento en el sofá, me tomo medio litro de agua fría, pongo un disco de Astor Piazzolla -cualquiera-, bailo solo, voy al baño mientras sigo escuchando a Piazzolla de fondo, me ducho con agua caliente al son de Adiós Nonino, me ducho con agua fría mientras suena Libertango, el agua me masajea y me congela los músculos de la espalda y entonces pego un grito eufórico y victorioso, como Arquímedes en su mítica bañera cuando descubre el principio que lleva su nombre y grita ¡Eureka! para después salir corriendo desnudo por las calles de Siracusa, me seco vigorosamente sintiéndome Rocky cuando sube triunfal los escalones del frente del Museo de Arte de Filadelfia, me lleno de desodorante y de perfume como si tuviera una cita que no voy a tener, me recuesto desnudo en mi cama solitaria y observo el techo blanco en busca de alguna telaraña y si tengo suerte de alguna arañita minúscula haciendo esfuerzos por atrapar a una mosca incauta o a una enérgica polilla que bate sus alas en vano para zafarse de la mortal susodicha telaraña. Como no tengo mascotas, me conformo con una inofensiva araña. Puedo quedarme horas mirando el techo, catatónico, aguzando mis sentidos, capturando en mi memoria estas escenas de depredación salvaje. Las veces que esto mágicamente sucede, siento que estoy presenciando un documental de Animal Planet o de National Geographic, si vamos al caso. Lástima que no sé sacar buenas fotos y menos filmar. Amo a las arañas, porque protegen mis libros y mis ropas de las polillas.
A veces, escribo algo como esto.

* Marcelo Medone, Buenos Aires, 1961. Es médico pediatra, periodista, guionista, cantante lírico (tenor), pintor, compositor y escritor. Ha escrito cuentos, microrrelatos, novelas, poesía, obras de teatro, guiones cinematográficos y canciones. Sus textos periodísticos, de narrativa y poesía han sido premiados en varios certámenes internacionales y han sido publicados tanto en papel como en digital, tanto en forma independiente como en antologías, en diarios, revistas, blogs y ediciones de Argentina, Uruguay, Brasil, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Honduras, México, Canadá, España, Francia y África.

1 comentario:

  1. Me gustaron los micros, en realidad excepto Venganza los considero cuentos cortos. Muy bien escritos Marcelo. Felicitaciones.

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