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martes, 16 de septiembre de 2025

"Tuve que levantarme la camisa para ver si no me había roto" cuento de Juan Esteban Londoño

A los veinte años Marcos Leiva era un sobreviviente. Lo conocí en el noventa y siete, cuando se instaló en La Estrella. Era oriundo de San Roque. Una sombra de violencia lo perseguía, no le gustaba hablar de ella. Vivía donde una amiga de su madre, doña Teresa, que siempre fue tan buena en prepararle la comida y plancharle las camisas. La familia de Marcos, o lo que quedaba de ella, permaneció en el pueblo que se llenó de muertos y sus ruinas comenzaron a ser habitadas por fantasmas. Él se marchó de San Roque, quería escapar de la violencia y aprender electrónica en el SENA de Itagüí. Le gustaba manejar equipos de sonido, reparar instrumentos musicales y programar computadoras.

Yo pasaba el tiempo con Marcos en mi balcón, en la esquina ubicada entre Calle Quinta y El Dorado. Divisábamos la multitud que subía y bajaba por una de las principales arterias casi verticales del municipio, donde las casas parecían grillos que se aferraban con sus patas a los troncos de los árboles. Los nuevos ricos salían a pasear con parlantes amarrados a las sillas de montar de sus caballos, los que dejaban las calles malolientes, sucias de cagajón. Los sombreros no les permitían ver los rostros a aquellos hombres, de quienes se decía que eran los dueños de todos los relojes que indicaban el tiempo de trabajo y de descanso en La Estrella. Los muchachos pobres hacían piques en sus motocicletas recogidas en cementerios de chatarra. Eran aparatos esqueléticos y oxidados, a veces con una sola llanta. Sin farolas ni luces para deslizarse sigilosas en la noche, servían para hacer piruetas o para cumplir misiones tenebrosas que encargaban los hombres de sombrero. Sus novias, ataviadas con escotes y collares de brillantes falsos, pantalones ceñidos y botas puntiagudas, cocinaban sancochos de hueso de vaca, condimentados con cilantro y marihuana, en la única calle del barrio. Las gorras, entre el humo de las hogueras y la niebla de la madrugada, no permitían distinguir los rostros de los comensales. A veces, se les veían los ojos brillantes cuando encendían el cigarrillo Pielroja. A veces, se lograba comprender que eran apenas muchachos temerosos y con ansias de triunfo.

La música y la pólvora acompañaban el ruido de las calles llenas de huecos. Los habitantes del pueblo encendían la fiesta con cantos de Darío Gómez, Héctor Lavoe y Pastor López. Ningún carro de transporte público o de venta de leche se atrevía a entrar al barrio mientras estaban de fiesta.

Marcos y yo combatíamos la parranda de los vecinos con unos parlantes inmensos que él había diseñado. Vivimos la juventud en aquel pueblo, al ritmo del rock y a la sombra de La Mafia, esa señora de ojos velados que en las noches de luna llena pasaba en un carro de vidrios negros señalando quién merecía la muerte. Era poderosa. Tenía como servidores y lacayos a los hombres de sombrero y a los muchachos de las motos esqueléticas. 

Muchos héroes del barrio eran niños criminales, que fueron desapareciendo con el paso de los meses. Se les erigió una escultura oxidada en forma de pájaro sin alas, derruida por la orina de los perros y de los mendigos, a la que las madres le llevaban flores una vez al año. Una sola escultura para todos con el fin de aunar en una imagen la memoria del rufián de turno.

Los demás muchachitos buscaban imitar sus leyendas. Pero Marcos, que venía de otro pueblo huyendo del conflicto entre guerrilleros y paramilitares, era distinto a ellos. Tenía unas gafas grandes y sucias. No sé si veía bien a través de los lentes. Me daban ganas de pasarle un trapo de cocina para que las limpiara. Él no se preocupaba por la mugre, siempre y cuando pudiera distinguir las letras de los libros que leía. Era un animal raro. Hablaba, con saliva en la comisura de los labios emocionados, de la traducción que hizo Vicente Blasco Ibáñez de Las mil y una noches. No toleraba ninguna otra. Había comprado una versión ilustrada por Doré que cargaba en una mochila arhuaca deshilachada. Estaba, además, enamorado de Tolkien y de la Tierra Media. Aún no habían salido las películas de Peter Jackson, pero conocía las genealogías de elfos que este escritor imaginó en su sótano inundado por el humo de tabaco. En su casa desplegaba los mapas y me explicaba los recorridos de Frodo para destruir el anillo, la antigüedad de Galadriel, el origen de Gandalf, que no era un simple viejo caminante y polvorero, sino uno de los Maiar, los heraldos de los dioses en la creación de Arda. Marcos hablaba de un canto con el que el mundo había sido hecho y decía que en las olas del mar, o incluso en la niebla de las cumbres de La Estrella, aún se oía la música de los Ainur.

El flaco Reyes, Juan Ratón, Diego Velorio y yo escuchábamos a Marcos de buena gana. Nos sentábamos a ver pasar la noche y oíamos sus historias, acompañados por la música de Judas Priest y de Iron Maiden en una grabadora a la que le adaptamos los parlantes. Compartíamos también con Perla y Viviana, a quienes les gustaba el punk pero se aguantaban el metal. Tomábamos un vino barato que venía en una caja y le mezclábamos un confite de menta para apaciguar el dulzor. Veíamos cómo tiraban pólvora en cualquier día del año y en las madrugadas contábamos los globos de papel en el aire.

Todos deseábamos a aquellas mujeres con maldad e instinto. Perla no tenía un rostro bello, los dientes eran desordenados y grandes, no le cabían dentro de la boca, y los ojos padecían de una leve desviación. Pero emitía feromonas por donde pasara. Los hombres alcanzaban a olfatearlas y perseguían como una jauría de perros sus pechos que parecían dos parras cargadas de cientos de uvas flotando sobre una cintura apretada que dejaba ver vistiendo una camisa ombliguera negra. El vientre estaba marcado por un camino de músculos que insinuaba por debajo del ombligo el sendero que todos buscaban y que apenas cubría con su pantalón abrochado muy abajo. Incluso Escopeta, uno de los pillos de El Dorado que tenía el cuerpo largo como el de un arma y usaba zapatos blancos de talla muy grande, le rogaba que lo dejara estar con ella siquiera una noche. Perla se negaba.

Viviana tenía el pelo ensortijado, largo hasta la cintura, y usaba brackets. El cuerpo era flaco por todos los lados, excepto sus caderas amplias, similares a dos globos sobre los que flotaba. Yo soñaba con arrancarle los huesos y chuparlos como los devora un animal carroñero después de la faena de los cazadores.

Cuando los demás se marchaban, Marcos y yo nos quedábamos con ellas. En la noche subíamos a la terraza, instalábamos el equipo de sonido y comprábamos comida y ron. Mi mamá y mi tío se aguantaban el ruido en las habitaciones del segundo piso. Sobra decir que mi padre había muerto como morían todos los hombres menores de treinta años en La Estrella: con dos tiros en la nuca.

En una esquina, apretaba las inmensas caderas de Viviana contra el muro y la besaba con fuerza. No tenía cuidado de que me cortara los labios con los brackets. Buscaba tácticas para hundirme en su entrepierna, pero ella no se dejaba romper la ventana de la virginidad. Apretaba los pies y me arañaba las manos, me mordía el cuello con rabia y me decía que hasta ahí era mi límite.

Perla era más generosa con Marcos. En una ocasión, mientras besaba a Viviana, abrí un ojo y vi cómo él metía la mano debajo de su camisa, desgranando las uvas que componían sus pechos, como si tuviera muchos senos adentro de los senos.

Además de la imaginación volcada a los libros y las células del cuerpo obsesionadas con aquella población micélica de deseo y voluntad que llamábamos mujeres, estábamos apasionados por la música. Con los ahorros de una mesada que me daba mi abuela todos los domingos, compré una guitarra acústica y aprendí a tocarla. Soñaba con ser un rockero famoso. Empecé a dejarme largo el pelo. Marcos me siguió en la apuesta. Los cabellos brotaron hacia arriba como espigas de maíz y poco a poco fueron bajando por las frentes. Nos atravesamos las orejas con agujas calientes y nos pusimos los aretes de plumas de mi madre; usamos ropa negra con taches, botas obreras que compramos en las tiendas Grulla y les rompimos la punta para que se viera la platina reluciente con Brillametal. En La Estrella fue un escándalo. Cuando salíamos al parque se asomaban las cabezas por las ventanas. Escuchábamos murmullos y siseos mientras trepábamos Calle Quinta. Rezos y exorcismos de señoras escondidas detrás de sus velos nos perseguían como una letanía medieval. A veces nos lanzaban agua bendita y cerraban los postigos de madera a toda velocidad.

Una noche estábamos sentados en el parque de La Estrella, al lado de la estatua de Simón Bolívar. En la grabadora de pilas escuchábamos música de Black Sabbath. Escopeta, el del cuerpo largo como un arma y los zapatos blancos, caminó hacia nosotros y nos olfateó con su nariz respingada. Tenía una botella de brandy en la mano y un cigarrillo de marihuana entre los labios. Lo tomó con dos dedos para hablar y miró los pechos de Perla apretados contra un corsé negro, atado con cintas púrpuras. Nos pidió apagar la música. Le bajé el volumen. Envidioso del modo en que Marcos abrazaba a Perla, pasándole la mano por la cintura, dijo que si seguíamos de satánicos y visajosos nos mandaría en bolsas para el infierno. Bolsas bien negras, como les gusta vestir a ustedes, reiteró.

Los skaters que saltaban las escaleras y partían en fragmentos cada vez más pequeños las baldosas del parque tomaron sus patinetas en la mano y se fueron. Las palomas también salieron al vuelo como si presagiaran la muerte. Le dije a Escopeta que nosotros no le estábamos haciendo daño a nadie. Lo miré a los ojos pero sin hablarle de mala manera. Mencionó, entre el humo de la marihuana y con ciertas pausas de tos, que estaban organizando unos partidos de fútbol en La Placa del Comando, al lado de la vieja escuela abandonada. Contaban con que armáramos un equipo para el siguiente lunes. Es festivo, dijo tosiendo. Los espero allá, o vengo a buscarlos con mi gente.

Casi obligados, armé un equipo con Marcos, El flaco Reyes, Juan Ratón y Diego Velorio. Decidimos usar camisas negras con estampados de nuestras bandas favoritas: Pink Floyd, Manowar, Judas Priest, Iron Maiden y Metallica. Fuimos a jugar a La Placa. Era de noche y dos lámparas amarillas iluminaban el contorno. La puerta estaba cerrada y tuvimos que trepar la malla. El público vio que había juego y forzó la puerta hasta romperla. Los jóvenes se sentaron en los muros junto a la raya pintada de blanco, que era borrosa en muchos tramos. No había tribunas. Cualquier balonazo podía descalabrarlos. Estábamos nosotros y solo un equipo rival, cuyos jugadores parecían orcos. Escopeta encabezaba el grupo. Era el delantero. Vestía una pantaloneta muy corta que le dejaba ver las piernas largas y velludas, delgadas como si los huesos estuvieran forrados en piel, y una camisa de botones. Usaba los mismos tenis largos blancos que parecían de payaso. El Gordo jugaba en sudadera, de portero, le salía la barriga peluda por debajo de la chaqueta anaranjada. El Negro cambió las zapatillas Zodiak por unos tenis Adidas Samba, comprados para la ocasión, y tenía todo el equipamiento de jugador profesional. Adolfo y Piña, los defensas, vestían camisetas azules y verdes de la Selección de La Estrella que les habían prestado sus hermanos. Tenían los ojos rojos como poseídos, las ganas de matar ardían en sus párpados.

Empezamos a jugar. No había árbitro. Los balonazos golpeaban las paredes e iban despedazando los ladrillos sobre las cabezas del público. El vértigo disparó la adrenalina en nosotros y en los voyeristas. Un polvo gris y marrón inundó el lugar, nos impedía ver las esquinas de la cancha.

Nos metieron dos goles pronto. Entramos perdiendo. Ellos jugaban bien, pero tenían mal estado físico. Se cansaron rápido. Empatamos el juego con dos goles de Juan Ratón, que jugaba en el medio. Yo iba adelante, pero me tiraba al costado derecho para distraer a los defensas. Marcos, sin que nadie lo esperara, pateaba bien la pelota, aunque no corría mucho. Con la celebración del cuarto gol se le cayeron las gafas. Se agachó a buscarlas mientras los demás nos abrazábamos. No las veía. El Gordo las pisó y yo las recogí. Tenían un vidrio quebrado y una pata torcida. Tuvo que improvisar amarrándolas con una cinta que le pasó Perla desde un muro donde estaba parada.

Empatados cuatro a cuatro, pasé la pelota a Diego Velorio y él la metió por entre las piernas del arquero. Eran arcos pequeñitos que flotaban en la nube de polvo. Empezamos a ganar. Los jugadores de Escopeta disparaban y anotaban, pero los hobbits llevábamos un gol de ventaja. No eran capaces de alcanzarnos. Nos dieron durísimas patadas. Cuando me acerqué al arco, el Gordo me pegó una carga que me hizo traquear las costillas y caí sobre un montículo de arena. Me dolieron los huesos. Tuve que levantarme la camisa para ver si no me había roto.

Íbamos nueve a siete, ganando nosotros. Se oían los gritos en la cancha, pero no se veía la gente. El polvo de ladrillo, el vapor del juego y el humo de la marihuana nos aprisionaba en aquella niebla. Escopeta dijo que el que hiciera el último gol se llevaba la victoria del partido. Respondí que no, ya que teníamos ventaja, pero él insistió con voz amenazante. Tuve que aceptar. Era tarde y estábamos cansados. Parecía que no venía otro gol de nuestra parte. Hasta que en el último minuto El flaco Reyes sacó desde el arco y me la pasó a media cancha. Yo corrí a la punta derecha e hice un pase rápido a Marcos, que venía desde atrás por el carril derecho. Este, de un zapatazo, metió el gol que nos hizo campeones.

Alzamos las manos de victoria como si fuera la final de la Copa Libertadores. Fuimos a abrazarnos al círculo central de la cancha, el único lugar que aún podía verse con claridad. Nuestros rivales no respiraron, enardecidos al perder ante un equipo pequeño. Sin ver que se acercaban, nos golpearon por la espalda. Yo sentí un pescozón que me dejó silbando el oído. Me volteé y era Escopeta dando manotazos. Respondimos. Diego Velorio y Juan Ratón eran buenos para la pelea. Habían crecido en el campo, donde todo se solucionaba a golpes. El primer gancho de Diego Velorio hizo sonar el maxilar de Piña como si estuviera partiendo un coco. Juan Ratón agarró al Negro por el cuello mientras le daba rodillazos en el estómago. El flaco Reyes, aunque de estatura baja, se mantenía a la defensiva, mientras que Marcos y yo lo rodeábamos. La pelea se extendió a los espectadores, que ya estaban dentro de la cancha. Hasta Viviana y Perla se agarraron del pelo con las damas de Escopeta. Perla sacó un derechazo y dejó a una de esas arrabaleras sentada, viendo lucecitas. Al distraerme, Escopeta volvió a golpearme. Desde el suelo, le pegué una patada en el pie que lo derribó. Me monté sobre su pecho y le di varios puños en la cara. Sentía rabia y probaba el sabor de la adrenalina. Cuando de pronto escuché el sonido de unos tiros. Habían llegado los amigos de ellos, armados. Dispararon alto para separar a un bando de otro y así poder distinguir a quiénes mataban, pero las balas desmoronaron más ladrillos de la pared y todo fue confuso. La policía, que tenía el comando al lado de la cancha, había desaparecido como las palomas levantaban vuelo en el parque. 

Atravesé el portón. Salí corriendo para El Dorado, pero los amigos de Escopeta tenían la calle bloqueada con sus motos esqueléticas y las luces alógenas prendidas. Tuve que volarme por el potrero del comando y llegar a Calle Séptima. El polvo de ladrillo nos seguía como si estuviera vivo. Mis amigos venían detrás. Reconocí algunas camisetas negras. Cruzamos la calle y paramos taxis diferentes para escapar. Yo me monté en un carro viejo con Perla, que corría agitada a mi lado.

Tomamos el chivero para Envigado, a la casa de su tía, doña Margarita Flórez, en el barrio La Paz. Ahí nos podemos quedar hasta que se calme la calentura, dijo Perla con la mejilla sangrando por un rasguño.

Doña Margarita nos recibió con serenidad, a pesar de que nosotros estábamos agitados. Pagó el taxi. Era medianoche. Nos dio de comer arepa con quesito y huevo. De sobremesa bebimos chocolate. No hizo preguntas. En el sur del Valle de Aburrá no se pregunta ante situaciones sospechosas. Perla, de todos modos, le contó la historia sin omitir ningún detalle. Doña Margarita dijo que nos podíamos quedar por algunos días en el apartamento del tercer piso. Subimos a una pequeña buhardilla aprovisionada con una habitación, cocina y baño. Había solo una cama. Tendríamos que dormir juntos.

Apagué la luz y me contuve para no tocarla. Ella encendió una lámpara de mesa para limpiarse la herida con agua de rosas. Usaba una bata blanca que le dejaba entrever unos pezones oscuros como ciruelas. Me pasó una guitarra vieja de la tía y me pidió que jugáramos a adivinar canciones. Yo sugerí una melodía. El que acertara, pedía que el otro le cumpliera un deseo. Yo toqué The House of the rising sun. Ella adivinó el comienzo. Quiso que me quitara la camisa.

Perla cantaba bien, aunque a destiempo. Tarareó una melodía que no pude identificar y en su sonrisa parecían crecerle los dientes. Era difícil adivinar que proponía High hopes de Pink Floyd. Ganó de nuevo. Me pidió que me quitara el pantalón. Le puse la tarea más difícil. Arpegié Good Feeling de Jimi Hendryx. No acertó en dos intentos y le pedí lo mismo. Se quitó la bata. No llevaba sostén debajo. Vi sus senos abultados y jugosos. Las aureolas duras y morenas. Luego cantó una melodía de Soda Stereo que adiviné a la primera. No le dije cuál era mi deseo, ella lo sabía. Dejé la guitarra al lado y me abalancé sobre su piel que ya estaba húmeda de vino.

Después de hacer el amor a través de unos músculos lastimados por la pelea y unos rostros con magulladuras, nos acostamos a mirar el techo, con la luz amarilla de la lámpara de mesa encendida. Vimos que una telaraña había atrapado a una mosca. Esperando a que la devorara, me dijo Perla: ¿Qué será de los muchachos? ¿Qué será de Marcos?

Tres días después llamó mi madre. Dijo que Escopeta fue a buscarme a casa. Mandaron a decir que volviéramos a La Estrella. La noticia era sospechosa. La Mafia, aquella señora que gobernaba el pueblo cubierta con un velo y desde dentro de un carro de vidrios polarizados, advirtió que si se rompía el pacto de paz, Escopeta y sus amigos serían responsables y tendrían que pagar. Recordé que La Estrella estaba gobernada por fuerzas invisibles, más allá de la policía y del alcalde. Escopeta era un eslabón inferior en la cadena.

Al cuarto día regresamos a La Estrella. Nos bajamos del taxi viejo, un Dodge modelo 67 azul con la capota plateada. Me temblaban las piernas. Agarré a Perla de la mano. Como si ya lo supieran, los bandidos esperaban en la esquina de la casa. Escopeta me saludó levantando una ceja hinchada y moviendo la cabeza. Se marchó con un andar encorvado y la visera de la gorra tapándole los ojos.

Al día siguiente, Diego Velorio y El flaco Reyes regresaron al pueblo. Agacharon la cabeza al mirar a Perla. Marcos no regresó nunca. No logró escapar de la nube de humo y polvo y correr junto a nosotros. Se le cayeron las gafas saliendo de La Placa y su fantasma se subió en el carro equivocado, uno de vidrios negros, donde aquella mujer llamada La Mafia lo recibía sedienta. 

 

* Juan Esteban Londoño (Medellín, 1982). Poeta, narrador y ensayista. Es profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Ha sido docente de filosofía en la Universidad de Antioquia y coordinó durante varios años el Semillero de estética, poética y hermenéutica de la Universidad Católica Luis Amigó. Doctor en teología de la Universidad de Hamburgo (Alemania), Magister en filosofía de la Universidad de Antioquia (Colombia) y Magister en ciencias bíblicas de la Universidad Bíblica Latinoamericana (Costa Rica). Ha publicado la novela Evangelio de arena (Colombia, 2018; Costa Rica, 2025) y los poemarios El país de las palabras rotas (edición bilingüe español-inglés, Nueva York, 2019), Oráculos de Jezabel (Colombia, 2022), con el cual fue ganador del estímulo de creación del Ministerio de Cultura de Colombia, Los nombres de los árboles antiguos (Colombia, 2025) y El murmullo de las hojas (Colombia, 2025). Entre sus libros de ensayo se encuentran Hugo Mujica: el pensar de un poeta en la poesía de un pensador (Argentina, 2018) y La crucifixión en la literatura latinoamericana contemporánea: Hugo Mujica, Raúl Zurita y Pablo Montoya (Alemania, 2020). El cuentos aparece por primera vez en El murmullo de las hojas.

lunes, 12 de abril de 2021

“Narrasti: el dragón de siete cabezas” cuento de Juan Esteban Londoño


Vi una señal en el desierto que tal vez a muchos haría perder en la locura. A mí casi me atrapa, pero logré salir de allí. No es la primera vez que me ocurre algo similar, soy una cazadora de árboles perdidos y en mi viaje he conocido historias extrañas. Aunque puedo asegurar que esta fue la fantasía más inquietante de mi peregrinaje. 

Mi nombre es Ondine. Fui enviada por los druidas de las Galias a encontrar la cura para nuestros árboles enfermos. Los hechiceros me criaron en las ruinas del templo de Epona y me enseñaron los secretos para cultivar los jardines de la memoria. Nuestro bosque ya no recordaba y, en lugar de hojas y frutos, crecían cuchillos oxidados. Las flores ya no hablaron más y los animales se lanzaron para ahogarse en el mar de Lug. La bruja mayor de nuestra orden, Navia, me encargó seguir las huellas del dragón múltiple en los territorios del Oriente. Debía llenar un odre con su sangre y otro con el agua que sale de una de sus siete cabezas. 

Escuché las tradiciones de los ancianos de mi pueblo, leí antiguos manuscritos y pregunté a las bestias de la montaña. Supe que los primeros dragones habitaron palacios en Oriente, de donde vienen todos los fuegos: el sol, la fe y los imperios. Eran dragones muy diversos. Unos tenían la vocación del viaje subterráneo, deslizándose en forma de serpiente por los túneles; otros se desenvolvían en el espacio aéreo, bajo figuras de aves y cometas; algunos fueron terrestres, con características felinas y pieles de metal; y otros acuáticos, de una contextura tan líquida que podían diluirse y volver a unir sus partes. Los antiguos dragones traían la lluvia y la fertilidad, y eran los intermediarios entre los hombres y los dioses cuando se desataba algún conflicto. 

Hace muchos siglos los dragones tenían una alianza con los hombres. Estos les traían alimentos al altar, y aquellos los protegían de sus enemigos. Pero después de que murió el último de los vigilantes del pacto, los dragones fueron traicionados por la raza humana, encerrados en castillos y asesinados con flechas disparadas desde claraboyas. Solo dos de ellos pudieron escapar y se escondieron por muchos años entre las rocas de Persia: Rohon y Shilakan, quienes empollaron a sus huevos para poblar las soledades.

Emprendí la misión, partiendo desde el lago de Torubio. Me cubrí con un manto negro que me protegiera de las miradas, colgué un carcaj con flechas en mi espalda para alimentarme con los productos de mi cacería, y cargué dos alforjas con pócimas para sanación y con los venenos más letales. Atravesé las montañas frías y nevadas de Helvetia, me interné en los bosques densos y enmarañados de Ardeal, evité hablar con mucha gente hasta llegar al Ponto. Allí tomé un barco para cruzar el Mar Negro. No quería pasar cerca de las multitudes de Asia Menor y me desplacé por el norte, bordeando la costa, hasta alcanzar las fronteras de Persia.

Peregriné por los desiertos en busca del dragón. Indagué entre las cobras y las ratas, entre los beduinos y los mercaderes, y una niña leprosa me dijo que el hijo de la tempestad habitaba al sur de las Rocas funerarias, en la Montaña del silencio. 

Mi piel estaba curtida cuando llegué a aquella cumbre. Bebí agua que parecía provenir de un nacimiento. Me quité el manto y las túnicas. Me bañé para quitarme el olor a tiempo y a cansancio, y perfumé mi cuerpo con una esencia de magnolias que llevaba en mis alforjas. De repente levanté la cabeza y vi una sombra. La fuente donde me bañé me llevaba corriente arriba hasta el animal. Se rascaba la espalda contra la estribación de una montaña de piedra y sus ojos me miraron lujuriosos. La desnudez despertó en él una mezcla de interés y deseo, sin atreverse a tocarme con violencia. Intenté hablarle en la lengua de los dragones, que había aprendido en los viejos manuscritos, pero su respuesta a mí acento extranjero fue burlona y me dijo que mejor habláramos en la lengua común. 

Estaba meditabundo y sediento de placeres, prevenido pero atento al tamaño de mis pechos y a las pinturas imborrables sobre mis caderas. Yo también deleité mis ojos con el perfil sensual y amenazante. En su cuerpo encarnaban los siete poderes antiguos, repartidos en sus cabezas. La primera era un caballo, inspiraba brío y no conocía el miedo. La segunda cabeza era la de una mujer, dotada de muchos senos, con ellos podría alimentar a los animales de la estepa. La tercera cabeza era la de un mendigo humano, un rostro sediento de lo que no tenía, parecía rogar mis ondulaciones y mis besos. La cuarta era una cascada de agua; supe que de ella brotaba el riachuelo donde me había bañado. La quinta cabeza era de madera y recogía la sabiduría de los árboles; las ardillas se posaban en su cuello y los gorriones fabricaban nidos en sus orejas. La sexta era la cabeza de un chacal, al acecho de las revelaciones que llegaban a su olfato. Y la séptima era la cabeza de un niño muy antiguo, donde fue depositada el alma y desde la cual me dirigía la palabra. 

Eres hermoso, dragón rojo , lo halagué con honestidad y reverencia.

¿Qué quieres de mí, peregrina blanca? me habló con desconfianza y con antojo. No había visto a una mujer de cerca desde que secuestré a una prostituta y la besé hasta asesinarla. Contemplé su cuerpo desnudo hasta podrirse en este nido. 

Yo soy una cuidadora de plantas le dije con dulzura, mientras bajaba mis dedos por los pechos y el vientre, bordeando el ombligo. Me han dicho que tu agua rejuvenece los desiertos y he venido a pedirte un poco para llenar este odre. A cambio puedo darte cualquier flor que tú me pidas, o el brebaje que sane tus dolores.

Yo otorgo mis regalos solamente a mis amigos, cuando yo quiera. Ya veremos qué puedes ofrecerme, si ganas mi confianza.  

Supe entonces que debía pasar un tiempo allí. Una anciana de los bordes del lago repetía que, para llamar a alguien “amigo”, había que juntar toda la sal que han comido juntos hasta acumular una fanega. 

Me dijo que me sentara a sus pies y le contara la historia de mi vida. Le pedí que me dejara ir por mis ropas, pues comenzaba a advertir el frío de la noche en el desierto. Me dijo que prefería verme desnuda, pero que me vistiera mientras él cazaba en el Valle de los verdugos. Me puse en pie y caminé descalza sobre las piedras. De pronto escuché un bramido en los cielos. Sus alas se extendieron como un terciopelo de metal, sus escamas emitían un sonido broncíneo al levantar el vuelo. El dragón desapareció en el horizonte.

Me cubrí con la túnica y el manto de piel de oso y me senté al borde de una roca, desde donde alcanzaba a vigilar el valle. Mi cuerpo estaba desnudo por debajo de la capa. Recité poemas de encantamiento y maldiciones que los druidas recitaban alrededor de la hoguera. Escondí las flechas y el cuchillo en un promontorio, y colgué una pluma con veneno entre mis cabellos, para cuando tuviera que utilizarlos. El dragón era un ser lleno de poderes, no quería herirlo, pero valían más los árboles de Epona. 

El sol se había ido y me sumí en la oscuridad. De pronto vi el regreso del dragón iluminado su piel, como si llevara adentro una lámpara encendida. Se sacudió como lo hace un perro después de salir del agua y algunas escamas cayeron ardientes ante mis pies. Al enfriarse, descubrí que se trataba de monedas de oro, pero no me interesaron. No podía comprar su amistad con su propia riqueza. Solamente quería ganar su confianza. Era un animal apacible y podría regalarme el agua. Ya tendría yo que ingeniármelas para robar su sangre.

Se deslizó por la tierra con cuerpo de serpiente y cada una de las cabezas tomó alguna presa de la gacela para devorarla. Me lanzó una sobra de su cacería con desprecio. Le dije que no sabía comer crudo y emitió una bocanada de fuego rostizando el trozo de carne. 

Desde hace siglos habito en el desierto de Kavir, entre las huellas de la nada y la mordedura del sol me dijo la cabeza del niño antiguo, la primera que se sació con la comida. Tengo muchos nombres. Pero los pueblos cazadores suelen llamarme Narrasti. Hasta hace seis generaciones, los hombres del valle solían llevarme ofrendas de ovejas y cabras para que yo las devorase. Yo no me comía a su ganado ni a sus hijos. Vivíamos en paz y distantes. Pero migraron debido a las sequías. Desde entonces pocos se atreven a visitarme. Sólo unos cuantos regresan vivos. 

De repente, escuché gritos en la estepa. El dragón me miró amenazante. Yo levanté mis manos y le dije que no tenía nada que ver con aquel ruido. Me ordenó que me quedara allí. Se elevó hasta lo alto del cielo y alcanzó a llevarse los cadáveres de las estrellas más cercanas, generando lluvias de fuego para iluminar la noche.  

Su silueta se posó en una colina, ubicada en el centro del valle. Corrí hasta donde pudiera vislumbrar el panorama, alumbrado por las antorchas que habían caído desde el cielo. Vi entonces a una mujer recostada a una piedra, clamando por ayuda. Invocaba el nombre de Narrasti. 

He venido a ofrecerte el nacimiento de la vida , le dijo jadeante la mujer, y el eco replicaba sus palabras. Observé que llevaba una criatura adentro e iba a dar a luz. “Maldita sea”, pensé, “¿y ahora cómo hago yo para robar la sangre y el agua?”.

La mujer abrió las piernas y dejó ver su sexo como una tarántula partida en dos por donde dio a nacer una cabeza morena. A la cabeza le siguieron unos hombros bañados en sangre gelatinosa. La criatura cayó al suelo y su piel se ensució con el polvo y los fragmentos de roca. 

La madre tomó a su niño. Con un pedernal cortó el lazo que los unía y lo tiró a los pies de Narrasti. Su cabeza canina se comió el cordón umbilical y bebió el líquido de placenta que se había derramado entre las piernas de la mujer. 

Ella lo miró con fervor y miedo. Algo me llamó la atención. Su rostro era un espejo. Sus ojos eran iguales a los que habitaban en la cabeza femenina de Narrasti, y supe que la crudeza del dragón yacía en el rostro virginal de la mujer. También en el mío. Ella se veía reflejada en su mirada de desierto, en el deseo de la piel, en los instintos primitivos de la sangre cruda. Portaba el veneno de la serpiente antigua en sus venas, y la luz de un rayo en sus pupilas me dejó ver que no era tan diferente a Narrasti, quien giró su cabeza de múltiples senos y me miró con ironía. No supe entonces si yo era la madre, si era el dragón, si era Ondine, la cazadora de plantas, o los tres al mismo tiempo. 

La mujer abrió sus piernas para que el dragón le ofreciera lametazos de consolación y de placer. Sentí ganas de unirme a la ceremonia. Apreté las piernas y mordí mis labios. La espuma fluía en mis secretos. Al fin y al cabo el dragón tenía siete lenguas. Pero me contuve de acercarme. Sentía que una presencia me vigilaba muy de cerca, tan sedienta como yo. Levanté los ojos. Pero no vi a nadie.  

Cuando se sintió reconfortada por una de las lenguas del dragón, la mujer dijo: 

Narrasti, guardián de la naturaleza, te he estado buscando desde hace meses. Quiero entregarte a mi hijo. Tú sabrás protegerlo ante el poder hierático, el cual busca a este niño para matarlo en un altar.

¿Qué me dices, mujer, de ofrendarme a esta criatura? 

Algún chiflado vaticinó que con la sangre de este niño se bañará el Imperio de las águilas respondió ella. Yo sólo quiero que mi hijo viva y goce de la bendición de ser un hombre, que copule y tenga hijos, que beba y cante, que se ría y muera satisfecho cuando sea un anciano. 

¿Y por qué me buscas a mí como su guardián? No puedo ofrecerle nada a tu cachorro. 

Sólo una mujer enloquecida por amor a su criatura vendría hasta ti. Todos te tienen miedo y no podrían tocarlo si está contigo. Por favor, cuida de él. A cambio vendré a visitarte cada luna nueva. 

En esta noche han aparecido todas las desgracias juntas. La peor de todas es la de salvar a una criatura. Deja ahí a tu animalito señaló una gruta con desprecio. Ya encontré a quién se encargue de acompañarme en su cuidado y su cabeza de mendigo me buscó con la mirada, disparando una sonrisa maliciosa. 

Refunfuñando, lavó al niño con las aguas de su cuarta cabeza y lo alimentó con los pechos múltiples y henchidos de la mujer que lo habitaba. Sospeché que me lo iba a entregar a mí para que lo educase. Narrasti no iba a darme el agua y la sangre sin un favor a cambio. 

Madre, hermana dijo el niño de la séptima cabeza, sube a la criatura al lomo. Yo le enseñaré a sobrevivir en la tierra de carencias. Le enseñaré a iniciarse en los rituales de la carne. Su reino será el reino de la vida y el deseo, no el de los sacrificios y la muerte. Yo lo protegeré de los sacerdotes y de los soldados. Aprenderá el lenguaje del instinto, y con la danza partirá las estatuas del Imperio. 

Vi otra señal en el cielo. Cuando Narrasti despertó a las estrellas, bajaron también los ángeles. Supe que estas eran las presencias lujuriosas que vigilaban mis caricias. Uno de ellos, desnudo y gordo, con el pecho velludo y el sexo de un toro en celo, reclamó al niño como paga por destruir a las estrellas. Dijo llamarse Mikael y aseguró haber sido enviado por las fuerzas de las catacumbas para llevarse a la criatura, educarla como un animal obediente y derramar su sangre en un altar.  

Dámelo, dragón le exigió a Narrasti.

Yo pagaré el precio por su vida respondió el dragón. 

Puso al niño en el suelo y se enfrentaron en combate. Mikael llevaba una espada en forma de medialuna. Narrasti dio un golpe a la espada con la cola y la cubrió con arena. Los ángeles estaban de pie sobre las rocas y hacían sonar los cuernos de batalla. Sus arqueros dispararon y una de las flechas hirió al chacal de Narrasti en la mejilla. Este escupió la sangre en el rostro del enemigo y luego aulló enfurecido. Mikael recibió una lanza por parte de un heraldo y la tiró al dragón, pero este la evitó con un movimiento vertiginoso. El ángel corrió a gran velocidad y después levantó sus alas para apuñalar a Narrasti con la daga que colgaba de su cuello. El dragón se tiró al suelo, abriendo sus patas, bajó las alas y lo dejó pasar por encima de su lomo. Luego levantó la cola como un escorpión y derribó a la criatura celestial. Mikael cayó al piso con los ojos teñidos de sangre y la desnudez acuchillada. Sus alas desplumadas y sarnosas se mezclaban con el polvo de la estepa. 

Narrasti se deslizó con el movimiento de un áspid y brincó para devorar a Mikael. Pero nueve de sus legionarios, vestidos con túnicas de lino, saltaron sobre el dragón y trataron de envolverlo en una red tejida de ceniza. Volaban en todas direcciones, algunos se metían debajo de su vientre e intentaban herir sus vísceras con los puñales. “Esta es mi oportunidad, pensé, “si llego al lugar de la batalla, puedo recoger la sangre, un poco de agua y escapar de allí”. Pero los ángeles podrían pensar que yo era la escudera del dragón y me matarían o me llevarían a las prisiones; allí me violarían, satisfaciendo sus deseos reprimidos por la ley del cielo. Así que tuve que esperar para recoger la sangre del cadáver y el agua que se encharcaba en las hendiduras del desierto. 

Las cabezas de Narrasti hacían frente a siete ángeles que se escurrían a gran velocidad. El octavo guerrero trepó por su cuerpo y ató su cola con la red. El noveno, de piel oscura como la noche, le clavó una estaca de madera en el recto, el área más vulnerable del dragón. Yo lo vi caer al suelo, adolorido y frágil. Los demás lo ataron y lo aseguraron a un a travesaño. 

Mikael se puso en pie, tomó al niño entre sus brazos y lo devolvió a la madre, quien miraba contrariada. Deseaba que Narrasti protegiese a su hijo y a ella la inundara de placer. Había consagrado su criatura a los secretos irracionales de la tormenta. Pero ante los ángeles aparentaba una mirada virginal, se mostraba como un tótem de pureza que debía ser rescatado del peligro. 

Se llevaron a la mujer junto a su niño a un convento de las catacumbas. La criatura tendría que transformarse en un carnero y morir sacrificado en un altar. 

Narrasti fue transportado a una prisión subterránea. Los ángeles regentes no soportaban la multiplicidad. Yo sabía que el dragón no era ni el bien ni el mal, y por esto las leyes no lo toleraban. Él representaba la liturgia de los animales. Era el sacerdote de la inmoralidad, el desbordamiento de la vida, la seducción implacable en el desierto.

La sangre y el agua se secaron antes de que se marchara el último vigilante de la zona. Tan solo una planta de fresno había empezado a brotar por donde se derramaron los fluidos del dragón. La tomé con cuidado, la rodeé de tierra fértil y la sembré sobre el caparazón de una tortuga. Fui de aldea en aldea, por desiertos, bosques y cumbres nevadas, hasta que llegué a las ruinas del templo de Epona, en cuyo centro sembré el retoño. El lugar se ha convertido en el santuario de los fresnos rojos. Está custodiado por jardineras desnudas que pastorean a las plantas, y los árboles han recuperado la memoria.   


*Juan Esteban Londoño. Medellín, Colombia, 1982. Es escritor, docente e investigador en las áreas de hermenéutica, literatura y religiones. Doctor en Teología en la Universidad de Hamburgo (Alemania). Estudió Filosofía y Maestría en Filosofía en la Universidad de Antioquia (Colombia). Tiene además una Licenciatura y una Maestría en Ciencias Bíblicas en la Universidad Bíblica Latinoamericana (Costa Rica). Es autor de la novela Evangelio de arena (Colombia, 2018), del libro de ensayo Hugo Mujica: el pensamiento de un poeta en la poesía de un pensador (Argentina, 2018) y del poemario El país de las palabras rotas (Nueva York, 2019). Ha escrito diversos artículos científicos sobre filosofía, literatura y religiones. Sus cuentos y poemas han sido publicados en diferentes revistas y traducidos al inglés y al ruso. También ha participado en diversos proyectos musicales como vocalista y compositor. 

domingo, 16 de agosto de 2020

"Expulsión de Germania" Cuentos de Juan Esteban Londoño


Incendio en el Dalke

Cuando era niña sobreviví a un incendio. Los aldeanos culparon al anciano y al peregrino, al perro que tiró al suelo una lámpara de aceite.

Fui yo quien puso la yesca y alentó a los maderos a lanzarse. Incendié la granja y el pelo de las cabras. Las ovejas gritaban despavoridas. Calciné a mis padres y a mis hermanos. Era un juego. 

Sólo dejé vivas a las brujas, las que me habitan en silencio y cantan ritos salvajes en la madrugada.


Fire in the Dalke

As a child, I survived a fire. Villagers blamed the old man and the pilgrim, the dog that threw an oil lamp to the ground.

I was the one who started the fire and helped the beams fall. I set fire to the farm and the goats' coat. The sheep were bleating terrified. I burned my parents and my brothers to death. It was a game.

I only left the witches alive, those that inhabit me in silence and sing wild rites at dawn.
           

Пожар в дальке

В детстве я пережил пожарЖители деревни обвинили старика и паломникасобакууронившую масляную лампу на землю.

Я был темкто начал пожари помог балкам упастьЯ поджег ферму и шерсть козОвцы блеяли в ужасеЯ сжег заживо своих родителей и братьевЭто была игра.

Я оставил в живых только ведьмкоторые тихо обитают во мнеа на рассвете проводят дикие обряды.



Expulsión de Germania

Vibran en mis huesos los gritos de Germania. He dormido en el valle de los mendigos y aún oigo el gemido de las niñas desgarradas. 

Los soldados babean sobre sus narices rotas. Los perros lamen la sangre que se derrama entre sus piernas. Antes de que me penetren con sus lanzas, me ofrezco como prostituta hierática de Artemis.

Me llevan al templo de Éfeso y me educan para el rito. Pintan mi cuerpo de blanco y me obligan a apretarme contra la palmera. Sacerdotisas de nueve años logran lo que los soldados no pudieron en el Dalke: clavan un falo de bronce entre mis pétalos. Los ríos se llevan el flujo de los sacrificios. No creo en la resurrección del cuerpo. Creo en las tumbas.   


Expulsion from Germania

The screams of Germania quiver in my bones. I have slept in the valley of beggars and I still hear the moans of the girls torn apart. Soldiers drool over their broken noses. Dogs lick the blood that sheds from the girls' legs. Before they penetrate me with their spears, I offer myself as a hierodule of Artemis. They take me to the temple in Ephesus and raised me to adopt the rite. They paint my body white and force me to embrace the palm. Nine-year-old priestesses accomplish what the soldiers could not in the Dalke: they pierce my petals with a bronze phallus. The rivers carry away the flow of sacrifices. I do not believe in the resurrection of the body. I believe in graves.


Изгнание из германии

В моих костях все еще вибрируют крикизвучавшие в ГерманииСо времени ночейпроведенных в долине нищихя всё еще слышу стоны насилуемых девушекСолдаты пускают слюни над их сломанными носамиСобаки слизывают кровьтекущую по внутренней стороне их бедерПреждечем они пронзают меня своими копьямия предлагаю себя в качестве Иеродулы АртемидыОни отводят меня в храм в Эфесе и подготавливают меня к ритуалуОни раскрашивают мое тело белой краской и прижимают меня к пальмеДевятилетние жрицы делают точто солдаты не смогли сделать в Далкеони пронзают мои лепестки бронзовым фаллосомПоток реки принимает жертвуЯ не верю в воскрешение телаЯ верю в могилы.



Descalzo en Edén

Después de la expulsión de Adán y Eva, el Paraíso no quedó vacío. Allí permaneció Dios jugando a las muñecas y sacando pulgas a los animales. Se lamentaba de haber desterrado a sus amigos de infancia.

Dios es un niño descalzo y sin ojos. Percute en solitario.     


Barefoot in Eden

After the expulsion of Adam and Eve, Paradise was not empty. God remained there playing with dolls and delousing the animals. He regretted having expelled his childhood friends.

God is a barefoot child with no eyes. It's a solo performance.     
     

Босиком в райском саду
После изгнания Адама и Евы из Эдемарайский сад не опустелТам остался БогОн играл с куклами и вычесывал животныхОн сожалелчто изгнал своих друзей детства.

Богбосоногий ребенок без глазВ одиночестве.



Хуан Эстебан Лондоньо
Traducción al inglés y al ruso: Sergio Iván Ossa


*Juan Esteban Londoño. Medellín, Colombia, 1982. Es escritor, docente e investigador en las áreas de hermenéutica, literatura y religiones. Doctor en Teología en la Universidad de Hamburgo (Alemania). Estudió Filosofía y Maestría en Filosofía en la Universidad de Antioquia (Colombia). Tiene además una Licenciatura y una Maestría en Ciencias Bíblicas en la Universidad Bíblica Latinoamericana (Costa Rica). Es autor de la novela Evangelio de arena (Colombia, 2018), del libro de ensayo Hugo Mujica: el pensamiento de un poeta en la poesía de un pensador (Argentina, 2018) y del poemario El país de las palabras rotas (Nueva York, 2019). Ha escrito diversos artículos científicos sobre filosofía, literatura y religiones. Sus cuentos y poemas han sido publicados en diferentes revistas y traducidos al inglés y al ruso. También ha participado en diversos proyectos musicales como vocalista y compositor.