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lunes, 12 de abril de 2021

“Narrasti: el dragón de siete cabezas” cuento de Juan Esteban Londoño


Vi una señal en el desierto que tal vez a muchos haría perder en la locura. A mí casi me atrapa, pero logré salir de allí. No es la primera vez que me ocurre algo similar, soy una cazadora de árboles perdidos y en mi viaje he conocido historias extrañas. Aunque puedo asegurar que esta fue la fantasía más inquietante de mi peregrinaje. 

Mi nombre es Ondine. Fui enviada por los druidas de las Galias a encontrar la cura para nuestros árboles enfermos. Los hechiceros me criaron en las ruinas del templo de Epona y me enseñaron los secretos para cultivar los jardines de la memoria. Nuestro bosque ya no recordaba y, en lugar de hojas y frutos, crecían cuchillos oxidados. Las flores ya no hablaron más y los animales se lanzaron para ahogarse en el mar de Lug. La bruja mayor de nuestra orden, Navia, me encargó seguir las huellas del dragón múltiple en los territorios del Oriente. Debía llenar un odre con su sangre y otro con el agua que sale de una de sus siete cabezas. 

Escuché las tradiciones de los ancianos de mi pueblo, leí antiguos manuscritos y pregunté a las bestias de la montaña. Supe que los primeros dragones habitaron palacios en Oriente, de donde vienen todos los fuegos: el sol, la fe y los imperios. Eran dragones muy diversos. Unos tenían la vocación del viaje subterráneo, deslizándose en forma de serpiente por los túneles; otros se desenvolvían en el espacio aéreo, bajo figuras de aves y cometas; algunos fueron terrestres, con características felinas y pieles de metal; y otros acuáticos, de una contextura tan líquida que podían diluirse y volver a unir sus partes. Los antiguos dragones traían la lluvia y la fertilidad, y eran los intermediarios entre los hombres y los dioses cuando se desataba algún conflicto. 

Hace muchos siglos los dragones tenían una alianza con los hombres. Estos les traían alimentos al altar, y aquellos los protegían de sus enemigos. Pero después de que murió el último de los vigilantes del pacto, los dragones fueron traicionados por la raza humana, encerrados en castillos y asesinados con flechas disparadas desde claraboyas. Solo dos de ellos pudieron escapar y se escondieron por muchos años entre las rocas de Persia: Rohon y Shilakan, quienes empollaron a sus huevos para poblar las soledades.

Emprendí la misión, partiendo desde el lago de Torubio. Me cubrí con un manto negro que me protegiera de las miradas, colgué un carcaj con flechas en mi espalda para alimentarme con los productos de mi cacería, y cargué dos alforjas con pócimas para sanación y con los venenos más letales. Atravesé las montañas frías y nevadas de Helvetia, me interné en los bosques densos y enmarañados de Ardeal, evité hablar con mucha gente hasta llegar al Ponto. Allí tomé un barco para cruzar el Mar Negro. No quería pasar cerca de las multitudes de Asia Menor y me desplacé por el norte, bordeando la costa, hasta alcanzar las fronteras de Persia.

Peregriné por los desiertos en busca del dragón. Indagué entre las cobras y las ratas, entre los beduinos y los mercaderes, y una niña leprosa me dijo que el hijo de la tempestad habitaba al sur de las Rocas funerarias, en la Montaña del silencio. 

Mi piel estaba curtida cuando llegué a aquella cumbre. Bebí agua que parecía provenir de un nacimiento. Me quité el manto y las túnicas. Me bañé para quitarme el olor a tiempo y a cansancio, y perfumé mi cuerpo con una esencia de magnolias que llevaba en mis alforjas. De repente levanté la cabeza y vi una sombra. La fuente donde me bañé me llevaba corriente arriba hasta el animal. Se rascaba la espalda contra la estribación de una montaña de piedra y sus ojos me miraron lujuriosos. La desnudez despertó en él una mezcla de interés y deseo, sin atreverse a tocarme con violencia. Intenté hablarle en la lengua de los dragones, que había aprendido en los viejos manuscritos, pero su respuesta a mí acento extranjero fue burlona y me dijo que mejor habláramos en la lengua común. 

Estaba meditabundo y sediento de placeres, prevenido pero atento al tamaño de mis pechos y a las pinturas imborrables sobre mis caderas. Yo también deleité mis ojos con el perfil sensual y amenazante. En su cuerpo encarnaban los siete poderes antiguos, repartidos en sus cabezas. La primera era un caballo, inspiraba brío y no conocía el miedo. La segunda cabeza era la de una mujer, dotada de muchos senos, con ellos podría alimentar a los animales de la estepa. La tercera cabeza era la de un mendigo humano, un rostro sediento de lo que no tenía, parecía rogar mis ondulaciones y mis besos. La cuarta era una cascada de agua; supe que de ella brotaba el riachuelo donde me había bañado. La quinta cabeza era de madera y recogía la sabiduría de los árboles; las ardillas se posaban en su cuello y los gorriones fabricaban nidos en sus orejas. La sexta era la cabeza de un chacal, al acecho de las revelaciones que llegaban a su olfato. Y la séptima era la cabeza de un niño muy antiguo, donde fue depositada el alma y desde la cual me dirigía la palabra. 

Eres hermoso, dragón rojo , lo halagué con honestidad y reverencia.

¿Qué quieres de mí, peregrina blanca? me habló con desconfianza y con antojo. No había visto a una mujer de cerca desde que secuestré a una prostituta y la besé hasta asesinarla. Contemplé su cuerpo desnudo hasta podrirse en este nido. 

Yo soy una cuidadora de plantas le dije con dulzura, mientras bajaba mis dedos por los pechos y el vientre, bordeando el ombligo. Me han dicho que tu agua rejuvenece los desiertos y he venido a pedirte un poco para llenar este odre. A cambio puedo darte cualquier flor que tú me pidas, o el brebaje que sane tus dolores.

Yo otorgo mis regalos solamente a mis amigos, cuando yo quiera. Ya veremos qué puedes ofrecerme, si ganas mi confianza.  

Supe entonces que debía pasar un tiempo allí. Una anciana de los bordes del lago repetía que, para llamar a alguien “amigo”, había que juntar toda la sal que han comido juntos hasta acumular una fanega. 

Me dijo que me sentara a sus pies y le contara la historia de mi vida. Le pedí que me dejara ir por mis ropas, pues comenzaba a advertir el frío de la noche en el desierto. Me dijo que prefería verme desnuda, pero que me vistiera mientras él cazaba en el Valle de los verdugos. Me puse en pie y caminé descalza sobre las piedras. De pronto escuché un bramido en los cielos. Sus alas se extendieron como un terciopelo de metal, sus escamas emitían un sonido broncíneo al levantar el vuelo. El dragón desapareció en el horizonte.

Me cubrí con la túnica y el manto de piel de oso y me senté al borde de una roca, desde donde alcanzaba a vigilar el valle. Mi cuerpo estaba desnudo por debajo de la capa. Recité poemas de encantamiento y maldiciones que los druidas recitaban alrededor de la hoguera. Escondí las flechas y el cuchillo en un promontorio, y colgué una pluma con veneno entre mis cabellos, para cuando tuviera que utilizarlos. El dragón era un ser lleno de poderes, no quería herirlo, pero valían más los árboles de Epona. 

El sol se había ido y me sumí en la oscuridad. De pronto vi el regreso del dragón iluminado su piel, como si llevara adentro una lámpara encendida. Se sacudió como lo hace un perro después de salir del agua y algunas escamas cayeron ardientes ante mis pies. Al enfriarse, descubrí que se trataba de monedas de oro, pero no me interesaron. No podía comprar su amistad con su propia riqueza. Solamente quería ganar su confianza. Era un animal apacible y podría regalarme el agua. Ya tendría yo que ingeniármelas para robar su sangre.

Se deslizó por la tierra con cuerpo de serpiente y cada una de las cabezas tomó alguna presa de la gacela para devorarla. Me lanzó una sobra de su cacería con desprecio. Le dije que no sabía comer crudo y emitió una bocanada de fuego rostizando el trozo de carne. 

Desde hace siglos habito en el desierto de Kavir, entre las huellas de la nada y la mordedura del sol me dijo la cabeza del niño antiguo, la primera que se sació con la comida. Tengo muchos nombres. Pero los pueblos cazadores suelen llamarme Narrasti. Hasta hace seis generaciones, los hombres del valle solían llevarme ofrendas de ovejas y cabras para que yo las devorase. Yo no me comía a su ganado ni a sus hijos. Vivíamos en paz y distantes. Pero migraron debido a las sequías. Desde entonces pocos se atreven a visitarme. Sólo unos cuantos regresan vivos. 

De repente, escuché gritos en la estepa. El dragón me miró amenazante. Yo levanté mis manos y le dije que no tenía nada que ver con aquel ruido. Me ordenó que me quedara allí. Se elevó hasta lo alto del cielo y alcanzó a llevarse los cadáveres de las estrellas más cercanas, generando lluvias de fuego para iluminar la noche.  

Su silueta se posó en una colina, ubicada en el centro del valle. Corrí hasta donde pudiera vislumbrar el panorama, alumbrado por las antorchas que habían caído desde el cielo. Vi entonces a una mujer recostada a una piedra, clamando por ayuda. Invocaba el nombre de Narrasti. 

He venido a ofrecerte el nacimiento de la vida , le dijo jadeante la mujer, y el eco replicaba sus palabras. Observé que llevaba una criatura adentro e iba a dar a luz. “Maldita sea”, pensé, “¿y ahora cómo hago yo para robar la sangre y el agua?”.

La mujer abrió las piernas y dejó ver su sexo como una tarántula partida en dos por donde dio a nacer una cabeza morena. A la cabeza le siguieron unos hombros bañados en sangre gelatinosa. La criatura cayó al suelo y su piel se ensució con el polvo y los fragmentos de roca. 

La madre tomó a su niño. Con un pedernal cortó el lazo que los unía y lo tiró a los pies de Narrasti. Su cabeza canina se comió el cordón umbilical y bebió el líquido de placenta que se había derramado entre las piernas de la mujer. 

Ella lo miró con fervor y miedo. Algo me llamó la atención. Su rostro era un espejo. Sus ojos eran iguales a los que habitaban en la cabeza femenina de Narrasti, y supe que la crudeza del dragón yacía en el rostro virginal de la mujer. También en el mío. Ella se veía reflejada en su mirada de desierto, en el deseo de la piel, en los instintos primitivos de la sangre cruda. Portaba el veneno de la serpiente antigua en sus venas, y la luz de un rayo en sus pupilas me dejó ver que no era tan diferente a Narrasti, quien giró su cabeza de múltiples senos y me miró con ironía. No supe entonces si yo era la madre, si era el dragón, si era Ondine, la cazadora de plantas, o los tres al mismo tiempo. 

La mujer abrió sus piernas para que el dragón le ofreciera lametazos de consolación y de placer. Sentí ganas de unirme a la ceremonia. Apreté las piernas y mordí mis labios. La espuma fluía en mis secretos. Al fin y al cabo el dragón tenía siete lenguas. Pero me contuve de acercarme. Sentía que una presencia me vigilaba muy de cerca, tan sedienta como yo. Levanté los ojos. Pero no vi a nadie.  

Cuando se sintió reconfortada por una de las lenguas del dragón, la mujer dijo: 

Narrasti, guardián de la naturaleza, te he estado buscando desde hace meses. Quiero entregarte a mi hijo. Tú sabrás protegerlo ante el poder hierático, el cual busca a este niño para matarlo en un altar.

¿Qué me dices, mujer, de ofrendarme a esta criatura? 

Algún chiflado vaticinó que con la sangre de este niño se bañará el Imperio de las águilas respondió ella. Yo sólo quiero que mi hijo viva y goce de la bendición de ser un hombre, que copule y tenga hijos, que beba y cante, que se ría y muera satisfecho cuando sea un anciano. 

¿Y por qué me buscas a mí como su guardián? No puedo ofrecerle nada a tu cachorro. 

Sólo una mujer enloquecida por amor a su criatura vendría hasta ti. Todos te tienen miedo y no podrían tocarlo si está contigo. Por favor, cuida de él. A cambio vendré a visitarte cada luna nueva. 

En esta noche han aparecido todas las desgracias juntas. La peor de todas es la de salvar a una criatura. Deja ahí a tu animalito señaló una gruta con desprecio. Ya encontré a quién se encargue de acompañarme en su cuidado y su cabeza de mendigo me buscó con la mirada, disparando una sonrisa maliciosa. 

Refunfuñando, lavó al niño con las aguas de su cuarta cabeza y lo alimentó con los pechos múltiples y henchidos de la mujer que lo habitaba. Sospeché que me lo iba a entregar a mí para que lo educase. Narrasti no iba a darme el agua y la sangre sin un favor a cambio. 

Madre, hermana dijo el niño de la séptima cabeza, sube a la criatura al lomo. Yo le enseñaré a sobrevivir en la tierra de carencias. Le enseñaré a iniciarse en los rituales de la carne. Su reino será el reino de la vida y el deseo, no el de los sacrificios y la muerte. Yo lo protegeré de los sacerdotes y de los soldados. Aprenderá el lenguaje del instinto, y con la danza partirá las estatuas del Imperio. 

Vi otra señal en el cielo. Cuando Narrasti despertó a las estrellas, bajaron también los ángeles. Supe que estas eran las presencias lujuriosas que vigilaban mis caricias. Uno de ellos, desnudo y gordo, con el pecho velludo y el sexo de un toro en celo, reclamó al niño como paga por destruir a las estrellas. Dijo llamarse Mikael y aseguró haber sido enviado por las fuerzas de las catacumbas para llevarse a la criatura, educarla como un animal obediente y derramar su sangre en un altar.  

Dámelo, dragón le exigió a Narrasti.

Yo pagaré el precio por su vida respondió el dragón. 

Puso al niño en el suelo y se enfrentaron en combate. Mikael llevaba una espada en forma de medialuna. Narrasti dio un golpe a la espada con la cola y la cubrió con arena. Los ángeles estaban de pie sobre las rocas y hacían sonar los cuernos de batalla. Sus arqueros dispararon y una de las flechas hirió al chacal de Narrasti en la mejilla. Este escupió la sangre en el rostro del enemigo y luego aulló enfurecido. Mikael recibió una lanza por parte de un heraldo y la tiró al dragón, pero este la evitó con un movimiento vertiginoso. El ángel corrió a gran velocidad y después levantó sus alas para apuñalar a Narrasti con la daga que colgaba de su cuello. El dragón se tiró al suelo, abriendo sus patas, bajó las alas y lo dejó pasar por encima de su lomo. Luego levantó la cola como un escorpión y derribó a la criatura celestial. Mikael cayó al piso con los ojos teñidos de sangre y la desnudez acuchillada. Sus alas desplumadas y sarnosas se mezclaban con el polvo de la estepa. 

Narrasti se deslizó con el movimiento de un áspid y brincó para devorar a Mikael. Pero nueve de sus legionarios, vestidos con túnicas de lino, saltaron sobre el dragón y trataron de envolverlo en una red tejida de ceniza. Volaban en todas direcciones, algunos se metían debajo de su vientre e intentaban herir sus vísceras con los puñales. “Esta es mi oportunidad, pensé, “si llego al lugar de la batalla, puedo recoger la sangre, un poco de agua y escapar de allí”. Pero los ángeles podrían pensar que yo era la escudera del dragón y me matarían o me llevarían a las prisiones; allí me violarían, satisfaciendo sus deseos reprimidos por la ley del cielo. Así que tuve que esperar para recoger la sangre del cadáver y el agua que se encharcaba en las hendiduras del desierto. 

Las cabezas de Narrasti hacían frente a siete ángeles que se escurrían a gran velocidad. El octavo guerrero trepó por su cuerpo y ató su cola con la red. El noveno, de piel oscura como la noche, le clavó una estaca de madera en el recto, el área más vulnerable del dragón. Yo lo vi caer al suelo, adolorido y frágil. Los demás lo ataron y lo aseguraron a un a travesaño. 

Mikael se puso en pie, tomó al niño entre sus brazos y lo devolvió a la madre, quien miraba contrariada. Deseaba que Narrasti protegiese a su hijo y a ella la inundara de placer. Había consagrado su criatura a los secretos irracionales de la tormenta. Pero ante los ángeles aparentaba una mirada virginal, se mostraba como un tótem de pureza que debía ser rescatado del peligro. 

Se llevaron a la mujer junto a su niño a un convento de las catacumbas. La criatura tendría que transformarse en un carnero y morir sacrificado en un altar. 

Narrasti fue transportado a una prisión subterránea. Los ángeles regentes no soportaban la multiplicidad. Yo sabía que el dragón no era ni el bien ni el mal, y por esto las leyes no lo toleraban. Él representaba la liturgia de los animales. Era el sacerdote de la inmoralidad, el desbordamiento de la vida, la seducción implacable en el desierto.

La sangre y el agua se secaron antes de que se marchara el último vigilante de la zona. Tan solo una planta de fresno había empezado a brotar por donde se derramaron los fluidos del dragón. La tomé con cuidado, la rodeé de tierra fértil y la sembré sobre el caparazón de una tortuga. Fui de aldea en aldea, por desiertos, bosques y cumbres nevadas, hasta que llegué a las ruinas del templo de Epona, en cuyo centro sembré el retoño. El lugar se ha convertido en el santuario de los fresnos rojos. Está custodiado por jardineras desnudas que pastorean a las plantas, y los árboles han recuperado la memoria.   


*Juan Esteban Londoño. Medellín, Colombia, 1982. Es escritor, docente e investigador en las áreas de hermenéutica, literatura y religiones. Doctor en Teología en la Universidad de Hamburgo (Alemania). Estudió Filosofía y Maestría en Filosofía en la Universidad de Antioquia (Colombia). Tiene además una Licenciatura y una Maestría en Ciencias Bíblicas en la Universidad Bíblica Latinoamericana (Costa Rica). Es autor de la novela Evangelio de arena (Colombia, 2018), del libro de ensayo Hugo Mujica: el pensamiento de un poeta en la poesía de un pensador (Argentina, 2018) y del poemario El país de las palabras rotas (Nueva York, 2019). Ha escrito diversos artículos científicos sobre filosofía, literatura y religiones. Sus cuentos y poemas han sido publicados en diferentes revistas y traducidos al inglés y al ruso. También ha participado en diversos proyectos musicales como vocalista y compositor. 

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