No estar todavía manca
la buhardilla que hay en esos fondos
de niña asustada.
Nunca te empeñaste en poner claraboyas
dentro de tu inmensa
oscuridad.
de tus errores,
acrecentando la factura de la luz
y la insensatez de estas patas de gallo
con sonido incorporado,
de vejez.
para hacer chisporrotear la valentía.
Es imposible tejer un tapiz luminoso
con tan solo esa ranura de lúgrubre intensidad.
Simplemente puedo verte al trasluz
y con el paso de los años subiendo por tu espalda.
Te han atrapado las cegueras de esos sueños rotos.
Los añicos no merece la pena que los barras
con esa escoba tosca y marchita.
Pon la fe mejor en otras ilusiones renovadas.
Pon la fe en tu poesía.
disolvente universal
contra todo pronóstico de fallo!
¡Qué te salven las estrofas
aún sin musicalizar!
Esa es tu suerte; no estar todavía manca.
la favorita de nadie,
esa que se adapta con la franqueza
de saberse infiel, a las cosas comunes.
que solo se concibe a sí misma
en la soledad de unos susurros
que siempre derivan en versos.
ni la perfecta madre,
ni la perfecta ex-esposa,
ni la perfecta ex-ella misma.
que supone abrirme las rejas que tú me has impuesto
con esas exigencias inalcanzables
y siempre te diré lo mismo,
que mi secreto solo consiste en seguir... rebelándome.
Los dos habitan en las mismas líneas,
de las mismas páginas,
del mismo diccionario.
Rota está la cuerda nº3 de la guitarra
y la nº2 de la garganta.
Corrompido, en cambio, está el canto del sapo al borde del estanque
sin atreverse a tocar el agua
por si se vuelve ceniza.
Inútil es la rotonda en la que doy tantas vueltas de carrusel
como los ángeles intentando bajar del cielo para tomar un poco de sopa caliente.
Mancillado está ese gesto triste y elocuente
que me fabricaste durante años diciéndome siempre,
que toda la culpa de lo nuestro era mía.
no habitan aves capaces de querer quedarse,
capaces de poner huevos como las gallinas de corral.
¿Para qué pensar entonces en una descendencia
incapaz de cuidarse a sí misma,
incapaz de procurarse sola un poco de amor?
El temblor de mi estómago habrá desaparecido.
El sol en lo alto dejará de ser tibio para volverse frío
y este lápiz, casi sin punta, no querrá escribir ni un solo día más.
¡Hay tantas ganas de llorar en mí como rizos de horizonte haciendo nuevos mañanas!
*Ana
Valín (Mirlo Blanco) nace en Lugo en 1980, Galicia. Desde niña está
ligada a la escritura como elemento terapéutico, tras ser diagnosticada de TDHA
y altas capacidades. Ana estudia primero periodistmo y posteriormente
magisterio. Actualmente ejerce de maestra, compaginando su labor con las
letras. En 2016 publica la novela surrealista El vals de las hormigas y en 2023
el poemario La muerte de Alicia (o el ocaso), un homenaje a las
imperfecciones de la maternidad. Ese mismo año Ana recibe el segundo premio de
poesía María Mariño. En 2025 surge En las latitudes de un miedo políglota,su
segundo poemario, que hace alusión al dolor de separación tras su ruptura
sentimental con el padre de sus hijos. En esta nueva propuesta se reivindican
valores como la feminidad, la necesidad de la soledad como recurso de
autodescubrimiento y el empoderamiento como mujer.
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