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lunes, 16 de enero de 2023

“Canto sagrado” Poemas de Aníbal Fernando Bonilla



LII

 
Vuelvo al poema
como seducción en la escapatoria,
como relicario de orfandades,
como lascivo encanto
en la triste noche,
como hojarasca sin una pizca de viento,
como aluvión que devora la siembra,
como abismo que carcome el sueño,
como derrota cuya consecuencia
oculta la ceniza,
como sombra que se asemeja a tu ausencia,
como relámpago en la intemperie,
como insomnio que deja los ojos inflamados
en el cuerpo del animal en llamas.
 
Vuelvo al poema…
 
 
Canto sagrado

Felonía que rompe corazones,
devoción del gozo oculto.
Intensidad del río en los adioses
tinta derramada hacia la nada.
Reminiscencia de los años mozos
como lenta espera del ocaso.
El paseo del domingo
en la impotencia acumulada de lluvia.
 
Juegos iniciales como estirpe andante
en el vuelo sin tiempo,
quebranto por la ilusión fallida.
Pasión de sábanas ante el cúmulo del insomnio
y el fragor de la batalla entre dos serpientes.
Sensación perturbadora que deviene del olvido.
Escote para los ojos esclavos,
cuello atado al cántaro del siguiente día,
olor de bienaventuranza.
 
Son los sueños cuya bitácora alerta el diluvio.
Condena que nos deja este clamor poético.
 


El fruto de otra larga noche
 
La apuesta diaria desde el génesis,
sombra en el umbral como cicatriz de lo desconocido.
Acertijo de las cosas insondables,
conjuro de vida expuesto de cuerpo entero;
orfebrería en plena aurora.
El poema como mortaja del mundo
en la cadencia del tiempo.
Los colibríes, huéspedes de honor en el amanecer fulgurante;
revelación en el escenario de la incertidumbre.
Apremio por los códigos marchitos,
desnudez del miedo que moja la pólvora,
fatiga en el reino ante el desprecio del soberano.
Anuncio de lo sagrado en el borde de lo efímero,
alusión de las aristas que queman las hendiduras del alma,
alucinación como recoveco que envuelve a la muerte.
El poema en el hermético palpitar peregrino,
huella y caricia en el corazón con armadura de celofán,
sonido de viejos acordes que retumban en la memoria de los otros,
angustia que decanta su propia sombra,
luz y senda que despierta el apetito de la luna voraz.
 
 
* Aníbal Fernando Bonilla (Otavalo-Ecuador, 1976) Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Licenciado en Comunicación Social. Ha publicado, entre otros, la recopilación de artículos de opinión ConTextos (2009), Evocación de la tierra habitada (2011, 2014), Oda en plenilunio y balada del ángel (2012), Gozo de madrugada (2014), Tránsito y fulgor del barro (finalista del Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2018), Íntimos fragmentos (2019), y Tesitura inacabada (2022). Poemas suyos han sido incluidos en varias antologías y publicaciones dentro y fuera de su país. Columnista de diario    El Telégrafo entre 2010 y 2016. Actualmente es articulista de El Mercurio, de Cuenca, así como colaborador en la revista digital venezolana Letralia, Tierra de Letras, y en el portal loscronistas.net. Ha participado en eventos de carácter literario, cultural y político en España, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Cuba, Bolivia y  Colombia, como el XV Encuentro de Poetas Iberoamericanos en Salamanca (2012), el XIII Encuentro Internacional “Poetas y Narradores De las Dos Orillas” en Punta del Este (2014), en donde recibió la distinción “Idea Vilariño” por su trayectoria literaria, y el III Encuentro Internacional de Poesía en la Ciudad de los Anillos en Santa Cruz de la Sierra (2016). 

viernes, 13 de enero de 2023

"El día después" poema de Yuleisy Cruz Lezcano


IL GIORNO DOPO
 
Con occhi pieni di profumo
ho brandelli di pelle fra le dita
voracità di coccodrillo
sesso ovunque
 e il suo sapore fra i denti.
 
L'amore mi naviga in gola,
tramonto con fluidi di uva
vino fra i mie capezzoli.
Il mio corpo ha perso
le più lontane resistenze.
 
Dicembre quasi gennaio.
Non so che giorno sia. 
Venga alla luce
la mia spiga non più dura!
Tutto fa l'amore quando sospiro.
 
Tutto fa l'amore
nel cantare dolce al morirse.
Godere fino a rompermi.
Quel che è successo in una stanza
non posso raccontarlo.
 
 
EL DÍA DESPUÉS
 
Con los ojos llenos de perfume
tengo jirones de piel entre los dedos
voracidad de cocodrilo
sexo donquiera
 y su sabor entre los dientes.
 
El amor me navega en la garganta,
puesta de sol con fluidos de uva
vino entre mis pezones.
Mi cuerpo ha perdido
las resistencias más lejanas.
 
Diciembre casi enero.
No se que día es
¡Venga a la luz
mi espiga que ya no es erecta!
Todo hace el amor cuando suspiro.
 
Todo hace el amor
en el dulce cantar a la muerte.
Gozar hasta romperme.
Lo que pasó en una habitación
no lo puedo contar.

 
*Yuleisy Cruz Lezcano, residente en Italia, nació en Cuba. Consiguió la laurea en biología y licenciatura en enfermería y obstetricia en Italia. Ha publicado 16  libros de poesías y uno de narrativa. Último libro publicado de relatos breves y poesía  "L'infanzia dell'erba", Diciembre 2021.

jueves, 12 de enero de 2023

"La caída de Dzulum" relato de J. R. Spinoza


I 

No me agradaba la idea de golpear a una mujer. Cuando mi patada impactó su rostro, la pobre chica cayó al suelo con la melena alborotada. ¿Qué podía hacer? Zazil me había desafiado, me llamó cobarde frente a mis hombres. No hay orgullo en vencer a una mujer.

—¡Vamos, Balam, acaba con ella! —la voz de Zazil se escuchaba decrépita. Había sido el mejor guerrero del clan de las águilas. Enemigos por generaciones de mi tribu, el poderoso clan jaguar. Aliados por necesidad, cuando Dzulum, el Oscuro apareció. Dicen que emergió de las entrañas de la tierra, escapando del reino de los muertos donde había estado cautivo desde antes del nacimiento de las montañas.

La chica se puso de pie. Tenía el labio inferior reventado producto de mi golpe.

—Ahora verás su verdadero poder —dijo Zazil, antes de soltar su carcajada de anciano. Había algo más en su voz: orgullo.

Ella se abalanzó contra mí, esquivé el primer y el segundo golpe, pero el tercero conectó directo en mi plexo solar. Caí de rodillas. Era como si toda la energía de mi ser me hubiera abandonado.

Antes de perder el conocimiento vi como el anciano le hacía unas señas con las manos, a lo que ella asentía con la cabeza.


 II 


Una fogata mantenía a raya la oscuridad. Fue lo primero que vi cuando recobré el conocimiento. Me acerqué al círculo que formaban mis hombres en torno al fuego.

—Qué gusto que estés de vuelta en el mundo de los vivos, primo —Yumil me tendió un cuenco con guisado de conejo. Mi estómago anunció con un sonido lo hambriento que estaba.

—¿Cuánto estuve inconsciente?

—Apenas unas horas. Esa chiquilla golpea duro.

La sombra de la vergüenza recorrió mi rostro.

—Es más fuerte de lo que parece —musité.

—Sin duda. Después de ti venció a Yaxkin, Acoatl y Pech al mismo tiempo. En combate tres contra una.

Zazil se acercó a nosotros. Mis hombres aún no se acostumbraban a la presencia de su tribu.

—¿De dónde salió la chica? —pregunté.

El me escuchó, pero no respondió la pregunta. En su lugar dijo:

—Abran el círculo en torno al fuego. Comamos juntos, como una sola tribu.

Ordené a mis hombres que así lo hicieran.

Mactzil —ese era el nombre de la joven— se sentó con nosotros. Era apenas una mujer. Su cabello era negro y lacio y sus ojos del color de las nubes que anuncian la lluvia.

—Eres una gran peleadora, Mactzil.

Comía lento y sin despegar los ojos de su cuenco.

—Ella no va a responderte —comentó Zazil, quien tenía una nariz grande y curvada y el rostro lleno de arrugas.

—¿Demasiado engreída para hablar conmigo?

—Mactzil es sorda —dijo un hombre mayor con un tatuaje que reconocí al instante.

—Wayak Pek, creí que su tribu estaba extinta.

—Casi —dijo el hombre, quien ahora abrazaba a una mujer mucho menor que él con una prominente barriga.

—¿Wayak Pek? —preguntó Yumil.

—Tribu del perro. Son transformistas.

—Mi nombre es Ikal. Mactzil y yo somos los únicos sobrevivientes de la tribu Pek. Hace dieciséis años, el Oscuro invadió mi aldea. Yo estaba pescando. Cuando el ataque comenzó, nadé a la orilla para luchar. Pero lo que presencié no fue una lucha.

—¿Qué fue lo que viste?

—Todo mi pueblo se arrodilló ante él. Parecían estar presos de un hechizo. Luego dijo unas palabras, pero yo no pude escucharlas, el agua se metió en mis oídos. Él pareció notarlo y les ordenó a mis hermanos matarme. Cuando me vi superado hui hacia el bosque. De alguna manera logré perderlos. Cuando regresé, mi aldea era un cementerio. El césped se había teñido de rojo y se me dificultaba no pisar los cadáveres. Entonces escuché un llanto. No era uno normal, era pausado, interrumpido por ciertos jadeos.

—Eso explica por qué mi padre nunca regresó. Me parecía imposible que un hombre tan fuerte como él fuese derrotado. Pero si el Oscuro puede controlar a las personas con su voz…

—Es por eso que no hay guerreros que hayan regresado de un enfrentamiento contra él —comentó Yumil.

—Y por eso hemos sido condenados a movernos cada cierto tiempo —agregó Pech.

—Así es —dijo Zazil—, pero gracias a Mactzil eso cambiará. Ella es la guerrera perfecta para derrotar a Dzulum. La tribu del águila la acogió desde muy pequeña y la hemos entrenado desde entonces.

—¿Qué hay de los demás? —pregunté— Dzulum tiene huestes de esqueletos, pero ella no podrá pelear contra todos, y si vamos, es posible que nos fuerce a luchar en su contra.

—Ya lo he pensado.

Y en el rostro de Zazil se dibujó una sonrisa que más tarde sería contagiosa.

 

III


En el norte veneran también al dios Kukulkán, solo que con otro nombre. Cuentan una historia sobre la vez que viajó al reino de los muertos. El señor de los muertos le dijo que lo dejaría marchar si hacía sonar su caracol. Pero era una trampa: el caracol no tenía agujeros. El dios supo de la jugarreta y llamó a los gusanos para que hicieran agujeros y a las abejas para que le ayudaran a hacerlo sonar. A nosotros también nos ayudaron las abejas. Con la cera que producían, fabricamos tapones. He de reconocer la sabiduría y astucia de Zazil quien demuestra que los años pueden quitarte el vigor pero nunca la voluntad.

Era una noche nublada cuando atacamos la guarida de Dzulum. Era un enorme jaguar de pelaje negrísimo, cuyos ojos de jade eran lo único que se distinguía en la penumbra.

Vivía en una cueva cercana a la cascada que alguna vez fue de mi aldea. Cuando advirtió nuestra presencia, lo vi mover los labios. Luego abrió su boca, lanzando un rugido que apenas escuché. Decenas de esqueletos llameantes brotaron de la tierra: los huesos de sus enemigos caídos.

La horda de esqueletos nos atacó. Pero yo avancé golpeando con mi macahuitl a diestra y siniestra, y logré abrir un camino entre los enemigos. Mactzil iba detrás de mí, cubriéndome las espaldas.

Tres enemigos nos separaban de Dzulum. Uno de ellos me mordió el hombro. Como su cráneo estaba en llamas, al dolor de la mordida se le agregó el de la quemadura. Mactzil me lo quitó de encima quebrándole su cráneo con las manos desnudas.

En ese momento entendí que ella había dedicado su vida a un solo propósito. Esta noche, cualquiera que fuera el resultado, era el motivo de su existencia. Me sentí pequeño y después culpable. Mis pensamientos me distrajeron de los ataques, pero la joven se las arregló sin mi ayuda.

Pensé si alguna vez había amado. Si tenía otras metas o si en alguna ocasión había renegado de su destino. Parecía muy decidida, absorta en su misión. (El tan como apócope de tanto no funciona bien aquí, y el tan como comparativo estaría incompleto.)

Dzulum era aún más imponente de cerca. Mi consciencia me invitaba a participar. Ayudar a Mactzil en la batalla. Pero mi cerebro, tan astuto, desconectó mis piernas del sistema.

La joven esquivaba los frenéticos ataques del señor oscuro. Incluso logró conectar un par de golpes. Pero era como golpear una montaña. Si le dolían, no lo demostraba. En cambio Dzulum ya había derribado a la huérfana un par de veces. La sujetó de la cintura y la levantó con una de sus enormes manos.

En ese momento corrí hacia él, pero ni siquiera pude tocarlo. Con su mano libre me arrojó lejos. Uno de mis brazos quedó ensangrentado. Me puse de pie como pude.

Ella gritaba, parecía que en cualquier momento la quebraría, como la boa cuando enreda a su presa en un abrazo mortal. Entonces vi el halo de luz descender hacia ella: una señal. ¿Acaso los dioses habían regresado? El firmamento era parcialmente iluminado por una luna llena. Mactzil comenzó a sacudirse como tiembla a veces la tierra. Sus músculos crecieron y se libró del agarre.

La mujer lobo le aulló a la luna. Después derribó a Dzulum, a quien ahora parecían dañarlo los golpes. No solo eso, se veía lento en comparación de la joven. Cuando vi sangrar al señor oscuro supe que su caída era inminente. Los esqueletos comenzaban a moverse de manera errática. De un zarpazo, Mactzil (o la que había sido Mactzil) rajó la cara de Dzulum. Luego le clavó sus garras nuevamente, perforando su estómago. Cuando estuvo en el suelo, el Oscuro fue destazado con frenesí. Ella no se detuvo hasta remover cada trozo de piel de los huesos. Quienes sí frenaron su avance fueron los esqueletos, que volvieron a la tierra. 


IV

 

Contamos la historia de la caída de Dzulum a las nuevas generaciones. Una historia sobre como la unión hace la fuerza y la discapacidad puede ser una bendición. Sobre como la luz puede brillar aún en la más oscura de las noches y delante del demonio.

Nuestro hijo Zazil está aprendiendo esto. Algún día será el jefe de la tribu y contará con orgullo como su madre venció al más poderoso enemigo.

—Abran el círculo —les digo—. Compartamos los alimentos como en aquella noche. Nuestra unión nos hace poderosos. Si estamos juntos en torno al fuego, las sombras no volverán jamás. 

 

*J. R. Spinoza (Matamoros, Tamaulipas, 1990) Primer lugar en el IX Concurso de cuento infantil CEAC 2022. Mención Honorífica en el Premio Nacional de Cuento “Gabriel Borunda” 2022. Fue becario del PECDA Tamaulipas, en la categoría de jóvenes creadores por novela. Columnista en Tríada Primate de Perú. Ha colaborado para Alcantarilla, La Jornada Zacatecas, Penumbria, Cuadernos Fronterizos, Espejo Humeante, Revista Universitaria (UAEMéx), entre otras revistas. Ha publicado las novelas El regreso de los dioses: La batalla de Folkvangr (2019), Pacto Maldito (2020), Los deseos de Serena (2021), Tragaluz (2021); los libros de cuentos El demiurgo y otros cuentos fantásticos (2020), Para destruir el final y otros libros de fantasía y ciencia ficción (2022), Mantenerlos a raya (2022); el libro infantil ¿Qué quieres que te lea? (2022). 

miércoles, 11 de enero de 2023

"El concurso" relato de Margarita Bokusu Mina

 


Hace cosa de un mes apareció en mi vida, por segunda vez y por Messenger, un señor para que participara en un concurso literario. Repasé nuestra conversación pasada, era de hacía un año, y terminaba con que no me daba tiempo a presentarme. “Esta vez sí”, dijo. Le recordé que tengo publicadas trece novelas que, en formato físico y digital, llegan a cualquier lugar del mundo a través del enlace en mi página de la Editorial Bubok y también le pasé el de mi blog donde cuento todo lo ocurrido desde que decidí dar a conocer mis libros en 2013.

En fin, en ese momento estaba repasando la novela que acabo de mostrar al público a través de las redes sociales en las que me muevo. Por cierto, mis novelas no han pasado por un corrector ni por censura alguna, lo cual no me importaría si con ello lograra vivir de la escritura. Ahora lo hago de dar clases en un instituto de secundaria, lo llevo haciendo desde el 2016, pero no tengo mi puesto fijo, que no sé si algún día conseguiré porque acabo del trabajo agotada y no puedo volver a estudiar lo que ya superé en unas duras oposiciones del año 2014.

Aún no he conseguido tener casa propia, y eso que tengo más de medio siglo, y solo desde que soy profesora he podido vivir por mi cuenta, antes lo hice en compañía, fui precaria, trabajé poco.

Aún no he hablado del aceite, que es lo que me trae por estos lares, el motivo del concurso.

Desde pequeña mi madre nos inculcó, a mis hermanos y a mí, que de los aceites el de oliva era el mejor y, de hecho, no consumíamos otros. Si compraba unas latillas de atún estas tenían que ser en aceite de oliva, nada de aceite de girasol, por ejemplo. Si me remonto a mi infancia, también recuerdo a mi padre cantar aquello de Paco Ibáñez, la de: “Andaluces de Jaén, /aceituneros altivos, / decidme en el alma: ¿quién, / quién levantó los olivos?”, el poema del gran Miguel Hernández.

La madre de mi madre murió cuando esta tenía 3 años. Era de Mengíbar (Jaén). Emigró a Málaga porque en un reparto de tierras, un pequeño olivar, a ella no le tocó nada por ser mujer. Mi madre pudo ir a este pueblo una sola vez, cuando yo contaba con dieciséis primaveras.   

Desde que vivo sola, bueno con mis perrillos Rosi y Froi, siempre desayuno pan con aceite de oliva. Le puedo restregar un ajo y añadir tomate y jamón, aunque la más de las veces es queso porque no quiero comer animales.

En la solicitud para participar en las oposiciones había pedido que, de aprobar, me enviaran a cualquiera de los casi ochocientos pueblos de Andalucía. Me mandaron al de mi abuela.   

Continuaré relatando algo que allí me sucedió, pero antes insistiré en lo que me cuesta escribir: quizás por el calor, quizás porque he perdido el hábito desde que comencé a trabajar, quizás porque quedé en estado de shock cuando me enteré del fallecimiento de P. Aranda. Estas líneas son mi pequeño homenaje. Tenía solo dos años más que yo y hace tiempo había tenido la fortuna de conseguir dejar la docencia para dedicarse a la escritura. Le compré su primera novela cuando la publicó porque me gusta apoyar a la gente que empieza. Estos días, alguien escribió que, siendo ya reconocido, se presentó a un concurso literario en Antequera, bajo seudónimo, y no ganó nada. Lo comentó cuando, años después, lo invitaron a ser jurado del mismo.

En Mengíbar me quedé más de un mes. Existe un museo del aceite y compré algunos productos de cuidado corporal, para mí y para mi familia, que incluyen este ingrediente.

Al poco de llegar, seguía llorando, antes de acostarme, la muerte de mi perrito Mitón acaecida tres meses antes. Una noche soñé, por primera vez desde su partida, con él y en el sueño aparecía una perrita a la que realmente no veía y a la que alguien desde lejos llamaba por su nombre a gritos: “¡Roooooosiiiiiiiiiiii, Rooooooosiiiiiiii!”

Tres días después encontré a mi chihuahua de patas largas, pidiendo algo de comer, en la terraza del bar donde iba a desayunar con mis compañeros del instituto.

En Mengíbar también encontré una tienda llamada igual que el primer apellido de Carlota, mi abuela materna, y una historia, en la ermita del Cristo de las Lluvias, acerca de una señora con dicho apellido, que vivió hace cientos de años, y que dejó en herencia un manto para la Virgen, pero no indagué nada más porque mi madre así me lo pidió. Solo, al final de mi estancia, comenté algo a mi casera y ella me contó que había dos familias con ese apellido y que seguramente mi madre tendría que ver con una de ellas, pero que hacía falta el certificado de defunción de mi abuela y contactar con un señor, muy conocido en el pueblo, que se encargaba de investigar estas cosas con mucho gusto.

Luego tuve que esperar, en casa de mis padres, hasta mediados de febrero del 2017 para que me volvieran a llamar. Esta vez me tocó de nuevo, y por poco más de un mes, otro pueblo de Jaén que desconocía: Linares.  

Pero no me da tiempo a hablar sobre mi experiencia en Linares si quiero participar en el concurso. He “perdido” algo de tiempo conmocionada por lo del perrito Timple en Canarias dedicándome a recoger firmas para que se haga justicia, por él y por otros seres inocentes, y a informar de concentraciones en diferentes puntos de la geografía española en defensa de una Ley Contra el Maltrato Animal más justa, para que los monstruos vayan a la cárcel. 


* Margarita Bokusu Mina es su seudónimo. Nació en 1969 en Málaga. Comenzó a escribir desde los 13 años, inició sus estudios de psicología a los 18.  A los 20 años se marchó a Londres donde pasó algo más de dos años siendo acomodadora en un teatro. Se licenció en Filología Inglesa en 2003. En 2008 comenzó a escribir su primera novela, publicada con la Editorial Bubok a partir del 2013.  También se dedicó a estudiar oposiciones que aprobó en 2014. Lleva más de un lustro como docente. En 2022 publicó su decimotercera novela.

martes, 10 de enero de 2023

"La distancia de las flores" poemas de Aleqs Garrigóz


EL JACAL

Junto al basurero, hay una tienda
de plásticos y maderos
que no alcanza a cubrir de sol ni lluvia.
Sus paredes oscilan con el viento.
Apenas un primitivo recoveco
para no dormir a la intemperie
y recogerse un poco lejos de las alimañas.

Sus muebles son cajas de cartón
y algún hierro retorcido donde colgar la ropa.

Apenas cabe uno de pie; y sus habitantes
se debaten en la incomodidad
de un aire de olores prisioneros
y huecos por donde se cuela la luz quemante,
la persistente gotera que moja las ropas de dormir
e inunda los sueños de tristeza.

Se fugan por ahí los días cuyo solo beneficio
es nueva chatarra arrancada al basural.

¡Qué horror repentino (mi mente yendo a habitar allí,
compartiendo esos mismos cacharros),
por lo que debería ser una casa y no lo es!


EL ABUELO

Por las tardes, sale a tomar el aire
que no alisa sus arrugas; y en el desfile
de carros y rostros, permanece impasible,
dando un ceño circunspecto al timbre de la vida.

Se ha vuelto agrio
como un fruto que encierra la demencia.
Y en el monólogo de su plática, mezcla reclamos
con historias fantásticas de lo que nunca fue
y quiso ser.

Sus días son procesión de achaques.
Sus noches: cortas y sin misterio.

El catre lo aferra como camilla de hospital,
recogiendo, ávido, su rancio olor,
a humanidad ya pasada.

Su señorío en casa concluyó hace mucho,
como carta cuyo remitente ya no importara.

Podó un árbol, extravió un libro, lastimó a un hijo.
Ya nada espera: ya puede morir,
como quien abre la mano
para mostrar que nada guarda.


DOMINGO

Desde que amanece hay más polvo en el aire.
Los minutos se afanan en alargarse:
elásticos de tedio. Las cosas sufren
un silencio de plomo aun si hablan;
y si hablan lo hacen con flojedad infinita.

Todas las campadas del día son de muerte,
porque éste es el primer día de todos.
Y como tal, exaspera como una infancia afligida
que no nos perdonara olvidarla.

La voz se ralentiza.
El estudiante reposa su cruda
con dolor en la cabeza del alma.
Las calles se ensanchan de modo invisible
para que el transeúnte se perciba más solo.
Los orgasmos sufren raquitismo y culpa.

Quizá Dios maldijo a Adán un domingo.
Y este día nos rememora la debilidad del mundo.


* Aleqs Garrigóz (Puerto Vallarta, México; 1986) escribe poesía desde los 15 años. Publicó su primer libro de poesía en 2003: Abyección. Posteriormente aparecieron La promesa de un poeta (2005), Páginas que caen (2008) y La risa de los imbéciles (2013), entre otros. Su último libro publicado es El tercer piso (2021) Ha publicado poemas en medios impresos y electrónicos de varias ciudades de México y el mundo hispano. Desde 2008 radica en la ciudad de Guanajuato.