lunes, 16 de enero de 2023
viernes, 13 de enero de 2023
"El día después" poema de Yuleisy Cruz Lezcano
IL GIORNO
DOPO
Con occhi pieni di profumo
ho brandelli di pelle fra le dita
voracità di coccodrillo
sesso ovunque
e il suo sapore fra i
denti.
L'amore mi naviga in gola,
tramonto con fluidi di uva
vino fra i mie capezzoli.
Il mio corpo ha perso
le più lontane resistenze.
Dicembre quasi gennaio.
Non so che giorno sia.
Venga alla luce
la mia spiga non più dura!
Tutto fa l'amore quando sospiro.
Tutto fa l'amore
nel cantare dolce al morirse.
Godere fino a rompermi.
Quel che è successo in una stanza
non posso raccontarlo.
EL DÍA
DESPUÉS
Con los ojos llenos de perfume
tengo jirones de piel entre los dedos
voracidad de cocodrilo
sexo donquiera
y su sabor entre los
dientes.
El amor me navega en la garganta,
puesta de sol con fluidos de uva
vino entre mis pezones.
Mi cuerpo ha perdido
las resistencias más lejanas.
Diciembre casi enero.
No se que día es
¡Venga a la luz
mi espiga que ya no es erecta!
Todo hace el amor cuando suspiro.
Todo hace el amor
en el dulce cantar a la muerte.
Gozar hasta romperme.
Lo que pasó en una habitación
no lo puedo contar.
*Yuleisy Cruz
Lezcano, residente en Italia, nació en Cuba. Consiguió la laurea en biología y
licenciatura en enfermería y obstetricia en Italia. Ha publicado 16 libros de poesías y uno de narrativa. Último
libro publicado de relatos breves y poesía
"L'infanzia dell'erba", Diciembre 2021.
jueves, 12 de enero de 2023
"La caída de Dzulum" relato de J. R. Spinoza
I
No me agradaba la idea de golpear a una
mujer. Cuando mi patada impactó su rostro, la pobre chica cayó al suelo con la
melena alborotada. ¿Qué podía hacer? Zazil me había desafiado, me llamó cobarde
frente a mis hombres. No hay orgullo en vencer a una mujer.
—¡Vamos, Balam, acaba con ella! —la voz de
Zazil se escuchaba decrépita. Había sido el mejor guerrero del clan de las
águilas. Enemigos por generaciones de mi tribu, el poderoso clan jaguar.
Aliados por necesidad, cuando Dzulum, el Oscuro apareció. Dicen que emergió de
las entrañas de la tierra, escapando del reino de los muertos donde había
estado cautivo desde antes del nacimiento de las montañas.
La chica se puso de pie. Tenía el labio
inferior reventado producto de mi golpe.
—Ahora verás su verdadero poder —dijo
Zazil, antes de soltar su carcajada de anciano. Había algo más en su voz:
orgullo.
Ella se abalanzó contra mí, esquivé el
primer y el segundo golpe, pero el tercero conectó directo en mi plexo solar.
Caí de rodillas. Era como si toda la energía de mi ser me hubiera abandonado.
Antes de perder el conocimiento vi como el
anciano le hacía unas señas con las manos, a lo que ella asentía con la cabeza.
II
Una fogata mantenía a raya la oscuridad.
Fue lo primero que vi cuando recobré el conocimiento. Me acerqué al círculo que
formaban mis hombres en torno al fuego.
—Qué gusto que estés de vuelta en el mundo
de los vivos, primo —Yumil me tendió un cuenco con guisado de conejo. Mi
estómago anunció con un sonido lo hambriento que estaba.
—¿Cuánto estuve inconsciente?
—Apenas unas horas. Esa chiquilla golpea
duro.
La sombra de la vergüenza recorrió mi
rostro.
—Es más fuerte de lo que parece —musité.
—Sin duda. Después de ti venció a Yaxkin,
Acoatl y Pech al mismo tiempo. En combate tres contra una.
Zazil se acercó a nosotros. Mis hombres
aún no se acostumbraban a la presencia de su tribu.
—¿De dónde salió la chica? —pregunté.
El me escuchó, pero no respondió la pregunta.
En su lugar dijo:
—Abran el círculo en torno al fuego.
Comamos juntos, como una sola tribu.
Ordené a mis hombres que así lo hicieran.
Mactzil —ese era el nombre de la joven— se
sentó con nosotros. Era apenas una mujer. Su cabello era negro y lacio y sus
ojos del color de las nubes que anuncian la lluvia.
—Eres una gran peleadora, Mactzil.
Comía lento y sin despegar los ojos de su
cuenco.
—Ella no va a responderte —comentó Zazil,
quien tenía una nariz grande y curvada y el rostro lleno de arrugas.
—¿Demasiado engreída para hablar conmigo?
—Mactzil es sorda —dijo un hombre mayor
con un tatuaje que reconocí al instante.
—Wayak Pek, creí que su tribu estaba
extinta.
—Casi —dijo el hombre, quien ahora
abrazaba a una mujer mucho menor que él con una prominente barriga.
—¿Wayak Pek? —preguntó Yumil.
—Tribu del perro. Son transformistas.
—Mi nombre es Ikal. Mactzil y yo somos los
únicos sobrevivientes de la tribu Pek. Hace dieciséis años, el Oscuro invadió
mi aldea. Yo estaba pescando. Cuando el ataque comenzó, nadé a la orilla para
luchar. Pero lo que presencié no fue una lucha.
—¿Qué fue lo que viste?
—Todo mi pueblo se arrodilló ante él.
Parecían estar presos de un hechizo. Luego dijo unas palabras, pero yo no pude
escucharlas, el agua se metió en mis oídos. Él pareció notarlo y les ordenó a
mis hermanos matarme. Cuando me vi superado hui hacia el bosque. De alguna
manera logré perderlos. Cuando regresé, mi aldea era un cementerio. El césped
se había teñido de rojo y se me dificultaba no pisar los cadáveres. Entonces
escuché un llanto. No era uno normal, era pausado, interrumpido por ciertos
jadeos.
—Eso explica por qué mi padre nunca
regresó. Me parecía imposible que un hombre tan fuerte como él fuese derrotado.
Pero si el Oscuro puede controlar a las personas con su voz…
—Es por eso que no hay guerreros que hayan
regresado de un enfrentamiento contra él —comentó Yumil.
—Y por eso hemos sido condenados a
movernos cada cierto tiempo —agregó Pech.
—Así es —dijo Zazil—, pero gracias a
Mactzil eso cambiará. Ella es la guerrera perfecta para derrotar a Dzulum. La
tribu del águila la acogió desde muy pequeña y la hemos entrenado desde
entonces.
—¿Qué hay de los demás? —pregunté— Dzulum
tiene huestes de esqueletos, pero ella no podrá pelear contra todos, y si vamos,
es posible que nos fuerce a luchar en su contra.
—Ya lo he pensado.
Y en el rostro de Zazil se dibujó una sonrisa que más tarde sería contagiosa.
III
En el norte veneran también al dios
Kukulkán, solo que con otro nombre. Cuentan una historia sobre la vez que viajó
al reino de los muertos. El señor de los muertos le dijo que lo dejaría marchar
si hacía sonar su caracol. Pero era una trampa: el caracol no tenía agujeros.
El dios supo de la jugarreta y llamó a los gusanos para que hicieran agujeros y
a las abejas para que le ayudaran a hacerlo sonar. A nosotros también nos
ayudaron las abejas. Con la cera que producían, fabricamos tapones. He de
reconocer la sabiduría y astucia de Zazil quien demuestra que los años pueden
quitarte el vigor pero nunca la voluntad.
Era una noche nublada cuando atacamos la
guarida de Dzulum. Era un enorme jaguar de pelaje negrísimo, cuyos ojos de jade
eran lo único que se distinguía en la penumbra.
Vivía en una cueva cercana a la cascada
que alguna vez fue de mi aldea. Cuando advirtió nuestra presencia, lo vi mover
los labios. Luego abrió su boca, lanzando un rugido que apenas escuché. Decenas
de esqueletos llameantes brotaron de la tierra: los huesos de sus enemigos
caídos.
La horda de esqueletos nos atacó. Pero yo
avancé golpeando con mi macahuitl a diestra y siniestra, y logré abrir un
camino entre los enemigos. Mactzil iba detrás de mí, cubriéndome las espaldas.
Tres enemigos nos separaban de Dzulum. Uno
de ellos me mordió el hombro. Como su cráneo estaba en llamas, al dolor de la
mordida se le agregó el de la quemadura. Mactzil me lo quitó de encima
quebrándole su cráneo con las manos desnudas.
En ese momento entendí que ella había
dedicado su vida a un solo propósito. Esta noche, cualquiera que fuera el
resultado, era el motivo de su existencia. Me sentí pequeño y después culpable.
Mis pensamientos me distrajeron de los ataques, pero la joven se las arregló
sin mi ayuda.
Pensé si alguna vez había amado. Si tenía
otras metas o si en alguna ocasión había renegado de su destino. Parecía muy
decidida, absorta en su misión. (El tan como apócope de tanto no funciona bien
aquí, y el tan como comparativo estaría incompleto.)
Dzulum era aún más imponente de cerca. Mi
consciencia me invitaba a participar. Ayudar a Mactzil en la batalla. Pero mi
cerebro, tan astuto, desconectó mis piernas del sistema.
La joven esquivaba los frenéticos ataques
del señor oscuro. Incluso logró conectar un par de golpes. Pero era como
golpear una montaña. Si le dolían, no lo demostraba. En cambio Dzulum ya había
derribado a la huérfana un par de veces. La sujetó de la cintura y la levantó
con una de sus enormes manos.
En ese momento corrí hacia él, pero ni
siquiera pude tocarlo. Con su mano libre me arrojó lejos. Uno de mis brazos
quedó ensangrentado. Me puse de pie como pude.
Ella gritaba, parecía que en cualquier
momento la quebraría, como la boa cuando enreda a su presa en un abrazo mortal.
Entonces vi el halo de luz descender hacia ella: una señal. ¿Acaso los dioses
habían regresado? El firmamento era parcialmente iluminado por una luna llena.
Mactzil comenzó a sacudirse como tiembla a veces la tierra. Sus músculos
crecieron y se libró del agarre.
La mujer lobo le aulló a la luna. Después derribó a Dzulum, a quien ahora parecían dañarlo los golpes. No solo eso, se veía lento en comparación de la joven. Cuando vi sangrar al señor oscuro supe que su caída era inminente. Los esqueletos comenzaban a moverse de manera errática. De un zarpazo, Mactzil (o la que había sido Mactzil) rajó la cara de Dzulum. Luego le clavó sus garras nuevamente, perforando su estómago. Cuando estuvo en el suelo, el Oscuro fue destazado con frenesí. Ella no se detuvo hasta remover cada trozo de piel de los huesos. Quienes sí frenaron su avance fueron los esqueletos, que volvieron a la tierra.
IV
Contamos la historia de la caída de Dzulum
a las nuevas generaciones. Una historia sobre como la unión hace la fuerza y la
discapacidad puede ser una bendición. Sobre como la luz puede brillar aún en la
más oscura de las noches y delante del demonio.
Nuestro hijo Zazil está aprendiendo esto.
Algún día será el jefe de la tribu y contará con orgullo como su madre venció
al más poderoso enemigo.
—Abran el círculo —les digo—. Compartamos los alimentos como en aquella noche. Nuestra unión nos hace poderosos. Si estamos juntos en torno al fuego, las sombras no volverán jamás.
*J. R. Spinoza (Matamoros, Tamaulipas, 1990) Primer lugar en el IX Concurso de cuento infantil CEAC 2022. Mención Honorífica en el Premio Nacional de Cuento “Gabriel Borunda” 2022. Fue becario del PECDA Tamaulipas, en la categoría de jóvenes creadores por novela. Columnista en Tríada Primate de Perú. Ha colaborado para Alcantarilla, La Jornada Zacatecas, Penumbria, Cuadernos Fronterizos, Espejo Humeante, Revista Universitaria (UAEMéx), entre otras revistas. Ha publicado las novelas El regreso de los dioses: La batalla de Folkvangr (2019), Pacto Maldito (2020), Los deseos de Serena (2021), Tragaluz (2021); los libros de cuentos El demiurgo y otros cuentos fantásticos (2020), Para destruir el final y otros libros de fantasía y ciencia ficción (2022), Mantenerlos a raya (2022); el libro infantil ¿Qué quieres que te lea? (2022).
miércoles, 11 de enero de 2023
"El concurso" relato de Margarita Bokusu Mina
Hace
cosa de un mes apareció en mi vida, por segunda vez y por Messenger, un señor
para que participara en un concurso literario. Repasé nuestra conversación
pasada, era de hacía un año, y terminaba con que no me daba tiempo a
presentarme. “Esta vez sí”, dijo. Le recordé que tengo publicadas trece novelas
que, en formato físico y digital, llegan a cualquier lugar del mundo a través
del enlace en mi página de la Editorial Bubok y también le pasé el de mi blog
donde cuento todo lo ocurrido desde que decidí dar a conocer mis libros en
2013.
En
fin, en ese momento estaba repasando la novela que acabo de mostrar al público
a través de las redes sociales en las que me muevo. Por cierto, mis novelas no
han pasado por un corrector ni por censura alguna, lo cual no me importaría si
con ello lograra vivir de la escritura. Ahora lo hago de dar clases en un
instituto de secundaria, lo llevo haciendo desde el 2016, pero no tengo mi
puesto fijo, que no sé si algún día conseguiré porque acabo del trabajo agotada
y no puedo volver a estudiar lo que ya superé en unas duras oposiciones del año
2014.
Aún
no he conseguido tener casa propia, y eso que tengo más de medio siglo, y solo
desde que soy profesora he podido vivir por mi cuenta, antes lo hice en
compañía, fui precaria, trabajé poco.
Aún
no he hablado del aceite, que es lo que me trae por estos lares, el motivo del
concurso.
Desde
pequeña mi madre nos inculcó, a mis hermanos y a mí, que de los aceites el de
oliva era el mejor y, de hecho, no consumíamos otros. Si compraba unas latillas
de atún estas tenían que ser en aceite de oliva, nada de aceite de girasol, por
ejemplo. Si me remonto a mi infancia, también recuerdo a mi padre cantar
aquello de Paco Ibáñez, la de: “Andaluces
de Jaén, /aceituneros altivos, / decidme en el alma: ¿quién, / quién levantó
los olivos?”, el poema del gran Miguel Hernández.
La
madre de mi madre murió cuando esta tenía 3 años. Era de Mengíbar (Jaén).
Emigró a Málaga porque en un reparto de tierras, un pequeño olivar, a ella no
le tocó nada por ser mujer. Mi madre pudo ir a este pueblo una sola vez, cuando
yo contaba con dieciséis primaveras.
Desde
que vivo sola, bueno con mis perrillos Rosi y Froi, siempre desayuno pan con
aceite de oliva. Le puedo restregar un ajo y añadir tomate y jamón, aunque la
más de las veces es queso porque no quiero comer animales.
En
la solicitud para participar en las oposiciones había pedido que, de aprobar,
me enviaran a cualquiera de los casi ochocientos pueblos de Andalucía. Me
mandaron al de mi abuela.
Continuaré
relatando algo que allí me sucedió, pero antes insistiré en lo que me cuesta
escribir: quizás por el calor, quizás porque he perdido el hábito desde que
comencé a trabajar, quizás porque quedé en estado de shock cuando me enteré del
fallecimiento de P. Aranda. Estas líneas son mi pequeño homenaje. Tenía solo
dos años más que yo y hace tiempo había tenido la fortuna de conseguir dejar la
docencia para dedicarse a la escritura. Le compré su primera novela cuando la
publicó porque me gusta apoyar a la gente que empieza. Estos días, alguien
escribió que, siendo ya reconocido, se presentó a un concurso literario en
Antequera, bajo seudónimo, y no ganó nada. Lo comentó cuando, años después, lo
invitaron a ser jurado del mismo.
En
Mengíbar me quedé más de un mes. Existe un museo del aceite y compré algunos
productos de cuidado corporal, para mí y para mi familia, que incluyen este
ingrediente.
Al
poco de llegar, seguía llorando, antes de acostarme, la muerte de mi perrito
Mitón acaecida tres meses antes. Una noche soñé, por primera vez desde su
partida, con él y en el sueño aparecía una perrita a la que realmente no veía y
a la que alguien desde lejos llamaba por su nombre a gritos:
“¡Roooooosiiiiiiiiiiii, Rooooooosiiiiiiii!”
Tres
días después encontré a mi chihuahua de patas largas, pidiendo algo de comer,
en la terraza del bar donde iba a desayunar con mis compañeros del instituto.
En
Mengíbar también encontré una tienda llamada igual que el primer apellido de
Carlota, mi abuela materna, y una historia, en la ermita del Cristo de las
Lluvias, acerca de una señora con dicho apellido, que vivió hace cientos de
años, y que dejó en herencia un manto para la Virgen, pero no indagué nada más
porque mi madre así me lo pidió. Solo, al final de mi estancia, comenté algo a
mi casera y ella me contó que había dos familias con ese apellido y que
seguramente mi madre tendría que ver con una de ellas, pero que hacía falta el
certificado de defunción de mi abuela y contactar con un señor, muy conocido en
el pueblo, que se encargaba de investigar estas cosas con mucho gusto.
Luego
tuve que esperar, en casa de mis padres, hasta mediados de febrero del 2017
para que me volvieran a llamar. Esta vez me tocó de nuevo, y por poco más de un
mes, otro pueblo de Jaén que desconocía: Linares.
Pero no me da tiempo a hablar sobre mi experiencia en Linares si quiero participar en el concurso. He “perdido” algo de tiempo conmocionada por lo del perrito Timple en Canarias dedicándome a recoger firmas para que se haga justicia, por él y por otros seres inocentes, y a informar de concentraciones en diferentes puntos de la geografía española en defensa de una Ley Contra el Maltrato Animal más justa, para que los monstruos vayan a la cárcel.
* Margarita Bokusu Mina es su seudónimo. Nació en 1969 en Málaga. Comenzó a escribir desde los 13 años, inició
sus estudios de psicología a los 18. A
los 20 años se marchó a Londres donde pasó algo más de dos años siendo
acomodadora en un teatro. Se licenció en Filología Inglesa en 2003. En 2008
comenzó a escribir su primera novela, publicada con la Editorial Bubok a partir
del 2013. También se dedicó a estudiar oposiciones
que aprobó en 2014. Lleva más de un lustro como docente. En 2022 publicó su decimotercera novela.
martes, 10 de enero de 2023
"La distancia de las flores" poemas de Aleqs Garrigóz
EL JACAL
Junto al basurero, hay una tienda
de plásticos y maderos
que no alcanza a cubrir de sol ni lluvia.
Sus paredes oscilan con el viento.
Apenas un primitivo recoveco
para no dormir a la intemperie
y recogerse un poco lejos de las alimañas.
Sus muebles son cajas de cartón
y algún hierro retorcido donde colgar la ropa.
Apenas cabe uno de pie; y sus habitantes
se debaten en la incomodidad
de un aire de olores prisioneros
y huecos por donde se cuela la luz quemante,
la persistente gotera que moja las ropas de dormir
e inunda los sueños de tristeza.
Se fugan por ahí los días cuyo solo beneficio
es nueva chatarra arrancada al basural.
¡Qué horror repentino (mi mente yendo a habitar allí,
compartiendo esos mismos cacharros),
por lo que debería ser una casa y no lo es!
EL ABUELO
Por las tardes, sale a tomar el
aire
que no alisa sus arrugas; y en el desfile
de carros y rostros, permanece impasible,
dando un ceño circunspecto al timbre de la vida.
Se ha vuelto agrio
como un fruto que encierra la demencia.
Y en el monólogo de su plática, mezcla reclamos
con historias fantásticas de lo que nunca fue
y quiso ser.
Sus días son procesión de achaques.
Sus noches: cortas y sin misterio.
El catre lo aferra como camilla de hospital,
recogiendo, ávido, su rancio olor,
a humanidad ya pasada.
Su señorío en casa concluyó hace mucho,
como carta cuyo remitente ya no importara.
Podó un árbol, extravió un libro,
lastimó a un hijo.
Ya nada espera: ya puede morir,
como quien abre la mano
para mostrar que nada guarda.
DOMINGO
Desde que amanece hay más polvo en
el aire.
Los minutos se afanan en alargarse:
elásticos de tedio. Las cosas sufren
un silencio de plomo aun si hablan;
y si hablan lo hacen con flojedad infinita.
Todas las campadas del día son de muerte,
porque éste es el primer día de todos.
Y como tal, exaspera como una infancia afligida
que no nos perdonara olvidarla.
La voz se ralentiza.
El estudiante reposa su cruda
con dolor en la cabeza del alma.
Las calles se ensanchan de modo invisible
para que el transeúnte se perciba más solo.
Los orgasmos sufren raquitismo y culpa.
Quizá Dios maldijo a Adán un
domingo.
Y este día nos rememora la debilidad del mundo.
* Aleqs Garrigóz (Puerto Vallarta, México; 1986) escribe poesía desde los 15 años. Publicó su primer libro de poesía en 2003: Abyección. Posteriormente aparecieron La promesa de un poeta (2005), Páginas que caen (2008) y La risa de los imbéciles (2013), entre otros. Su último libro publicado es El tercer piso (2021) Ha publicado poemas en medios impresos y electrónicos de varias ciudades de México y el mundo hispano. Desde 2008 radica en la ciudad de Guanajuato.
Ver una entrada al azar

%20(1).jpeg)
