Hasta que un día el padre le pidió que dejara de usar ese tipo de vestimenta.
La culpa era de ella, o la culpa era de los pantalones, pero el pobre hombre no lograba concentrarse en la misa porque se quedaba mirando sus piernas.
El día de la confirmación, el obispo vino a la parroquia. Como parte del rito del sacramento de la confirmación, él diría su nombre y le tocaría el rostro.
El obispo no conocía a nadie, por eso el padre fue pegando en la ropa de cada confirmando un papelito con el nombre.
Ella usaba un vestido floreado, en una misa dominical.
Mientras pegaba el papel, el sacerdote tocó deliberadamente su pecho. Enseguida, el obispo le dio una bofetada en la cara, que era para que ella aprendiera a soportar pacientemente cualquier ofensa en nombre de Cristo.
Reinaba el silencio y la soledad: “Sabes que puedo hacer lo que quiera contigo ahora, ¿no?”.
Había razón, fuerza y poder en su discurso.
Un cuerpo fue tocado. Sin consentimiento.
Aquella noche, llegó a casa destruida. Lavó su cuerpo llorando, frotó con fuerza la piel violada, intentando quitarse una mácula que no era suya.
Ver una entrada al azar
No hay comentarios:
Publicar un comentario