Ver una entrada al azar
Mostrando entradas con la etiqueta Daniel Acevedo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Daniel Acevedo. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de junio de 2025

"La capa roja" poemas de Daniel Acevedo


La capa roja 

Ella camina por el bosque 
Oculta 
Tras los troncos 
De pinos, robles y arrayanes 

Él la busca 
Intenta atrapar 
Un poco de su estela carmesí 
De la torpe luz 
Que queda bajo sus zapatillas 

Entona la canción 
Que le enseñó su abuela 
Mientras agita suavemente 
La canastilla de galletas y tortas 

Pero ella levita 
No habita la tierra 
Su paso es danza 
Sobre los campos 
De crisantemos y margaritas 

Sus fauces se deleitan 
Con el sueño de la caída 
Sus largas orejas 
Escuchan atentamente 
La profana melodía del deseo 
 
La infancia es un relato  
Escrito en el tallo del eucalipto 
Allí se queda, en la crisálida, 
Cuando la mujer al fin 
abre sus pétalos rojos 

El lobo es testigo del milagro  
Obnubilado 
Agita sus garras y hace el último intento 

No hay preguntas 
No hay respuestas 

Solo el mordisco impetuoso  
De un querubín hambriento 
 

Barrotes circulares 

A mi padre 

Pasaron seis veranos y tú sigues allí, incrustado en una prisión de barrotes circulares. Miras un horizonte donde no habita el sol sino la luz de un astro que ha muerto. Los ojos se mueven intermitentemente con un ritmo cercano al de los planetas. Un torpe alacrán te sube por los pies y se queda dando vueltas en tu cadera. Anhelas un par de caricias, las palabras indicadas, el calor de una copa de aguardiente. Pero sólo obtienes el silencio, ese terrible silencio que, durante años, exiliaste de la república de tus pensamientos. ¿A dónde se fue ese pájaro azul que, posado en tus brazos, alimentabas con pequeñas dosis de palabras? 

Aquellos que llamabas amigos, ahora no son más que sombras, graciosas figuras sobre una pared de asfalto. Se han perdido para siempre y sus voces no se escuchan luego del tercer canto del gallo. Intentas consolarte con el recuerdo de aquellos ojos que alguna vez como dos coleópteros sobrevolaron las piernas de una mujer desnuda, pero aquel recuerdo se esfuma cuando el latido se rompe en pedazos, como una ventana tras un estallido, de ese fuego que nunca se apaga y, lento, te devora. El buitre carcome tu hígado y el dolor solo es soportable bajo el sueño indecoroso de los instantes perdidos.  

Y así es, padre, que te veo, sentado en las ruinas, con tu mirada clavada en las nubes, que juzgan lo que es y lo que ha sido, en una perfecta amalgama de lágrimas y lluvia. Te has marchitado. Pero tu imagen permanece y crea un pequeño temblor en las manos de un poeta que escribe sobre la imposibilidad del olvido. 
 

El ritual de la pirinola 

Bailar como trompos de madera 
levitar sobre la pista del casón antiguo 
Es la imagen auténtica 
de dos yoyos hambrientos que 
Poco a poco 
Descuerdan sus hilos 

Dar un paso y alzar la pierna 
Para alcanzar la baldosa azul 
Donde naufraga la ruina 
Y aparece el enojo erótico 
El palpitar del sol. 

Caer lentamente y levantarse 
Ante el sonoro palmotear de los tambores 
Como el catapis de los ángeles 
Como los dados de un embaucador 

Es la irrupción del baile 
El descubrimiento de una tierra exótica 
Hay roces en las pieles 
Y los mapas se calcan 
En la pupila del ojo 
Que no durmió. 

Las piernas continuaran 
su ritual de pirinola 
hasta que aparezca 
entre montañas 
el astro rey 

La señal de cierre 
No es el fin de la música 
Sino el toque juguetón 
La rugosa textura 
entre dos labios dulces 

que 
          finalmente 
                               se han quedado sin voz. 


*Daniel Acevedo nació en Medellín en 1986. Es poeta, gestor cultural e historiador, magister en estudios literarios de la Universidad de Buenos Aires y tallerista de escritura creativa en El Retiro, Antioquia. Ha participado en diversos eventos dentro y fuera de Colombia. Se destacan el XXVII Festival Internacional de poesía de Medellín, El 6 Festival Caravana de Poesía en Perú, el Festival Internacional de Poesía de La Habana, La Feria del Libro de la Habana, FILVEN Feria del libro de Venezuela y 16º Encuentro Poetas y Narradores de las Dos Orillas, Uruguay, donde obtuvo el reconocimiento “Arturo Cuadrado” a mejor poeta joven. Fue ganador del XVII Premio Nacional de Poesía Eduardo Carranza Fernández. También fue mención de honor, segundo puesto, en el VI Concurso Nacional de Cuento de EPM y Mención de honor en el XVII concurso Nacional de Cuento Ciudad de Pupiales que organiza la fundación Gabriel García Márquez. Fue ganador de los estímulos de la Gobernación de Antioquia a creación de libro de poesía en 2017, con su poemario “Ritual de Vuelo”. El poemario versa sobre la importancia del aire y su relación con el entorno urbano y los cuerpos que lo habitan.  En el 2024 publicó su segundo poemario “La constelación perdida”. Algunos de sus poemas han sido publicados en diferentes medios y antologías impresas y digitales de Colombia, México, Argentina y en una antología de poesía en Francia. Es uno de los coordinadores del colectivo poético Nuevas Voces. 

viernes, 17 de agosto de 2018

Secretos bajo la Cama de Shara María Bueno

(Por: Daniel Acevedo)




Reseña:


Cuando nos acercamos a “Secretos bajo la cama” de Shara María Bueno nos encontramos, de entrada, con un tipo especial de sensibilidad, marcada por una profunda perdida, un desgarramiento por aquello que se fue, y no volverá. La melancolía camina por los versos de Bueno, la memoria es un reloj inestable y la ausencia es un caballo negro que galopa por las riveras de la soledad. Ante esta imposibilidad del retorno y el olvido, “Secretos bajo la cama” antepone el cuerpo. Es allí, donde marcadas en la piel, están las huellas del otro ausente: el frío en los pies, las manos que resbalan como agua, la marca de los besos. También hay una materialidad, que Bueno llama en una imagen atractiva: “El cadáver que fuiste cuando me amabas”, la muerte recae aquí sobre todo lo que representaba el amor, solo quedan vestigios que habitan ese cadáver: los discos, las fotografías, los silencios.

Se anhela la necesidad de habitar al otro, una fusión que no está marcada solo por la danza de los cuerpos sino también por las palabras. El lenguaje es el territorio que hace posible la unión, el poema devuelve lo sagrado al ritual erótico. Se postula ese encuentro de dos pieles como una forma de combate contra el olvido, para permanecer en el cuerpo del otro por siempre. Es el pacto de entrega absoluta. Un intento de escapar a la monotonía de lo cotidiano y de no perder aquellos instantes de felicidad conjunta. También es un acto de sanación. Encontrar en los entresijos, en las cavernas, en las heridas la forma de habitar al otro y recrearse en su multiplicidad que le es propia.

“Secretos bajo la cama” se constituye entonces como una memoria del cuerpo, llevada al verso, con varios registros que levitan entre los reinos de Eros y Thanatos. Porque la muerte aparece aquí como el cierre final. La vejez es el preámbulo.  “¿Qué pasará con nuestra alegría? ¿Se escurrirá como la carne en los huesos?” se pregunta Bueno. Al final de la lectura queda esa incertidumbre de no poder conservar los recuerdos, del infausto y caótico paso del tiempo, en el que incluso el cuerpo se convierte en un “Cuerpo arrugado” y a lo último solo queda el desasosiego o la desolación.

Pero curiosamente tal vez la clave del enigma este en el poema “Arena”, donde ante el olvido siempre existe la esperanza de un nuevo comienzo. Tan sólo hay que extender la mano en medio de una playa lejana. Esa arena que, a su vez, es un elemento que se vincula con los juegos del tiempo, con las olas del mar que borran toda huella y la arrastran.

Querido lector, estoy convencido que, en estas páginas, encontraras algunos poemas que aunque evoquen un tema, la ausencia, que ha sido tratado por muchos poetas a través de los siglos, tiene la marca propia de una subjetividad rica en imágenes, sentires y pensamientos. Un poemario que bien hace honor a su título y se propone contarnos unos cuantos secretos recostados sobre la almohada.



POEMA DE SHARA:

LOS VESTIGIOS DEL AMOR
  

La imagen del poeta sentado en el suelo besando la cabeza de su amada,
causó el sueño erróneo de una vejez poco anhelada.
Escribir de ti
era solo un oficio sin pago,
pocos lectores
y demasiada soledad.
La intermitencia de los dos
hizo de nuestro paisaje
una pintura oscura con raros reflejos de luz.

¿Quién estaría tan desahuciado para poner en su sala las cenizas que ni alcanzaron a ser amor?
¿Quién en su más profundo sentir permitiría clavar en su pecho el dolor de la ausencia y la incertidumbre?

Creo que la pared de la sala luce bien,
combina con la enfermedad de mi pecho.



domingo, 3 de septiembre de 2017

Breve Historia de la Sangre

(Reseña de "Las Rutas de la Sangre" de Camilo Restrepo Monsalve)+


Por: Daniel Acevedo


De Camilo Restrepo se pueden decir muchas cosas, de su obra múltiple, de sus juegos con el lenguaje. Pero hay un solo adjetivo que no puede aplicársele: ingenuo. Su obra está llena de imágenes que denotan un desgarramiento, una experiencia de vida, un acercamiento muy profundo con los aspectos más inestables y caóticos de la miseria humana. La temática de la sangre, ciertamente, no es fácil de abordar, por el simbolismo que se aplica al líquido rojo vinculado a las batallas de los viejos héroes y a la violencia que, como un péndulo, se balancea sobre nuestra sociedad. Es fácil caer en las imágenes desgastadas de poetas que ya han escrito sobre el tema, pero las imágenes de “Las Rutas de la Sangre” son liberadoras, impactantes, refrescantes, plantean otra visión. Como, por ejemplo, pensar las venas del líquido rojo como “hilos de hierba crecidos del silencio”.

La obra lleva la sangre a espacios donde normalmente no la visualizamos como ese bosque idílico de “trasmutación del bosque” que es la morada de los muertos y la renovación de la vida. El lector siente fluir la sangre a través de los árboles y los pájaros, siente la decadencia y la podredumbre, que da luz, en un parto, a la vida que se transmuta. Todo esto sin que el poema haga explicita la sangre. No lo necesita. Ella está allí palpitando. La muerte y la vida se encuentran en la danza cíclica del tiempo. Y la sangre es el instrumento musical que se oculta tras el telón (o quizás es el telón mismo, desgastado y sucio). La música del bosque llega a nosotros a través del lenguaje en un acto único de amor por la vida que demuestra la madurez del proyecto del autor.

Las Rutas de la Sangre cumple con lo que promete: una serie de trayectos por la historia, los paisajes y nuestro propio cuerpo a través del líquido rojo que bombea por nuestras arterias y venas. Es un viaje difícil, pero necesario, una confrontación. Kafka solía decir que la buena literatura implica que un texto nos provoque pequeños temblores, que nos sacuda, que nos quiebre. Enfrentarse a las Rutas de la Sangre, es enfrentarse a nuestra historia, a un dolor que intentamos ocultar con una cotidianidad insulsa llena de paliativos y placebos que nos ofrece el mercado y la serpiente del capital. Eso es la “Escombrera”, un grito desde lo más profundo de la urbe, para recordar las víctimas de un pasado que aún vive, sin caer en lo panfletario, sino que las imágenes hablan por sí mismas y cuentan lo que pasó. No se necesitan contextos, las flores acusan al cielo por la masacre, como aquel judío de Auschwitz que escribió en las paredes que si existía un dios, era él quien debía rogar por su perdón.

El estilo de la obra es depurado y limpio. Hay un esfuerzo en construir un ritmo y una musicalidad que sean como una bofetada, un golpetazo que nos despierte de un sueño ilusorio. Las imágenes invaden fácilmente nuestros sentidos y nos llevan a aquellos territorios que la obra quiere mostrarnos, que van desde la sangre en nuestra cotidianidad, en el deseo, en la ciudad, en la naturaleza hasta su presencia en grandes personajes como Ulises, Vlad Tepes y Atila.  Al final la conclusión luego de leer las Rutas de la Sangre, es que el líquido carmesí ha sido motor y, a su vez, vestigio de nuestra historia, estará presente desde los primeros homo sapiens hasta el apocalipsis provocado, probablemente, por la estupidez humana. Bien lo dice Restrepo: “Cada gota es también un dedo de sangre que pulsa las teclas de la máquina en que se escribe la historia”


domingo, 19 de marzo de 2017

Aqua, un viaje que nunca termina


Por: Daniel Acevedo

“La alquimia convirtió el agua en un acuario de relojes…”, con este último verso cierra el poema “Los 100 metros estilo libre de Mark Spitz” del poemario Aqua de Felipe López. Más allá de ser un verso con una imagen poderosa, y que, ciertamente, es uno de mis favoritos, es un verso que define la ruta de vuelo del libro. Inicia un encuentro con lo primigenio y con aquellas historias que creíamos olvidadas y que viven en los riachuelos, los arroyos, las cataratas y los océanos. Aqua es un viaje al pasado, a través de la memoria del agua, de las historias que deambulan por sus flujos y recorridos. No es en sí la búsqueda de una esencia ficticia, sino un juego con aquellas relaciones que ha establecido el hombre con el elemento líquido a través de su historia y su cotidianidad. Es un canto de una Náyade en un idioma antiguo, pero al mismo tiempo cercano, que solo podremos entender si escuchamos atentamente y nos dejamos llevar por el flujo incesante de imágenes.

López, como un antiguo shaman, nos recuerda esa conexión y para ello usa el lenguaje del agua, de los astros, de la lluvia, del océano. Nos deja sumergirnos y ver los relojes, las bisagras del viento, la sangre del poeta que muere ahogado y deja una inscripción en las rocas. El delirio es clave, potencia el encuentro con lo efímero, captura el instante de un flujo, para luego desaparecer. Las imágenes se mezclan y nos revelan verdades que creíamos pérdidas, Aqua es, ciertamente, más que una red de palabras poéticas, un ansiado despertar; una activación de sentidos para percibir lo imperceptible. La metáfora no es casual, una danza de palabras que se encuentran por vez primera, en un juego de abalorios. Un canto que, a pesar del silencio que se expande, intentar emular lo imposible.

Aqua es una apología no sólo al agua, sino a la vida y sus potencias. Es allí donde aparece la imposibilidad y el poeta es consciente. Defender la vida, y el agua su líquido inmanente, es una empresa digna del mayor de los guerreros, pero también un guerrero que juega, un arlequín de las palabras. Y es lo que se respira, lo que se siente, lo que vibra en cada poema de aqua: una vitalidad incesante. Hasta la muerte de Alfonsina Storni se resignifica y pasa a ser una oda al silencio, como una potencia de la vida, como un derecho fundamental, por el que vale la pena morir. Pero Alfonsina no es el único personaje que aparece en el libro, Tales de Mileto, Mark Spitz y Paul Celan aparecen también como sombras necesarias vinculadas al agua y su devenir. Se entrecruzan, aparecen, desaparecen, se actualizan, generan nuevas explosiones de sentido.

La invitación es, desde luego, a la lectura de Aqua, breve, pero emocionante (y palpitante), un acercamiento que va más allá del lenguaje y está aún por construir. Eso sí, es aconsejable que, al entrar en sus páginas, hay que olvidar todo posible preconocimiento sobre el líquido vital y, tan solo por un momento, ser como el niño que se acerca por primera vez al riachuelo, se baña y juega con la corriente,  escucha en silencio al agua, que es el mismo poema, lenguaje líquido, epopeya de un ciclo indemne de ojos que se abren y cierran, en los sueños sumergidos de un gran pez. Lo dice López, al principio de Aqua, “Soy el ojo pardo de un río antipoético que cruza las manos de un niño, la quinta esencia de las aves marinas atrapadas en la saliva infantil. Me sumerjo a mis delirios oceánicos en el sudor de un hombre acuático, como un bípedo que alza su cuerpo en las bisagras de una nube…”

Un poemario se abre y un reloj, en el fondo del acuario, ha empezado su ding dang.

viernes, 29 de enero de 2016

NADAÍSMO, Resurgimiento y Resistencia




Cuando en 1958, en el bar Olivos, Gonzalo Arango fundó el nadaísmo no sabía la repercusión que tendría el movimiento en la juventud y en el imaginario político y social de la época. Fue un estallido muy acorde con los movimientos que en ese momento se daban en otras partes del mundo como la generación Beat en Estados Unidos y el existencialismo en Francia. Fue un grito de resistencia desde la poesía y el arte contra las instituciones burguesas, la violencia imperante y la doble moral de nuestros discursos anacrónicos. Numerosos poetas y artistas se vieron atraídos por el movimiento: Jaime Jaramillo Escobar, Eduardo Escobar, Darío Lemos, Jotamarío Arbeláez, Fanny Buitrago, entre otros. Los jóvenes de la época vieron en el nadaísmo una oportunidad, un espacio en donde convergir para que su voz fuera escuchada en un país donde el silencio era una ley implícita.

No había en el nadaísmo una unión de poéticas o estilos, todas eran muy diferentes, únicas y con múltiples influencias en una época donde la literatura, el arte y la poesía en el resto mundo estaban en un gran punto de ebullición. La unión del nadaísmo estaba más dada entonces por su espíritu crítico y de renovación, por vínculos de profunda amistad, que por una forma o contenidos comunes en sus textos. No querían fundar una nueva estética. Dice Gonzalo Arango que la búsqueda del nadaísmo era: “instaurar al espíritu un nuevo régimen de coacciones morales y al arte nuevos esquemas perceptivos”. Era una renovación de pensamiento y espíritu a través del arte y la poesía. Pero para poder construir, como piensa Mircea Eliade, hay que destruir, traer el fin del mundo y el nadaísmo era muy consciente de esto, ellos se convirtieron en dinamita pura, una bomba de lenguaje, una explosión de metáforas corrosivas y escandalosas, que buscaba generar un pequeño temblor para sacudir a los cuerpos alienados de estas ciudades estériles y vacías incapaces de reflexionar y generar nuevas formas de pensamiento.

Era necesario crear nuevas lecturas de la realidad, nuevas percepciones del otro y de nuestro entorno hostil. El arte era fundamental en esta labor y Gonzalo lo sabía. El texto escrito no bastaba, tenía que estar acompañado de acción y polémica, de una forma de vida concorde con lo que se predicaba. Era el juego y la fiesta, que piensa Gadamer como elementos esenciales de toda creación artística, llevados a un mayor nivel. Los nadaístas jugaron catapis con los paradigmas y los prejuicios más interiorizados, bailaron desnudos alrededor de las estructuras de las instituciones burguesas, deconstruyeron los discursos del poder con sus dardos sarcásticos y vomitaron sobre la ignorancia y los ídolos de barro de una sociedad decadente.

La realidad en que el país estaba sumergido en las décadas de los 60s y 70s estaba llena de balas, genocidios, corrupción, hipocresía, miseria y desigualdad. Era una realidad que apestaba, se respiraba muerte en cada parque, en cada calle, en cada esquina. La verdad, no hay que pensarlo detenidamente, las circunstancias y los valores preponderantes en esta sociedad no han cambiado mucho. Por ello hoy más que nunca es necesario la apología a la nada, al sinsentido, al abismo vacuo de la existencia como forma de aceptación, de sublimación y de resistencia. Es necesario que la juventud vuelva a tomar algunas de sus banderas, de sus luchas, como propias. Que nos conectemos con aquella nada múltiple que nos conforma para generar nuevas explosiones de pensamiento, nuevos catalejos que nos permitan leer la realidad de otra manera. Por ello, unámonos hoy a la fiesta de la nada y el olvido, conmemoremos el estallido del nadaísmo cuyos ecos aun palpitan en las paredes de nuestros edificios y montañas. 






viernes, 4 de septiembre de 2015

Devenires Prosaicos (3 poemas de Daniel Acevedo)



ABISMO LUNAR


Y entonces miraba perdidamente aquel punto sonoro. Intentaba descifrar el acertijo que me presentaban aquellos labios, dos pequeñas puertas de cristal que se abrían y cerraban en un torpe concilio de palabras, un discurso que hablaba de un “nosotros” pero que quería decir “yo”. Cuando la voz se apagaba solo quedaba el horizonte de su rostro: pequeñas dunas y montañas por donde habían fluido alguna vez corrientes de luz. Pero estas ya no estaban, el suelo se había secado y fragmentado, la esperanza se diluía por las grietas de la decepción. El silencio imperaba, como un dictador somnoliento, ordenaba a la voz obedecer su régimen, le hacía caminar lejos, por los senderos del eco, para perderse en una búsqueda sin fin. Pero él, aquel hombre, seguía allí parado, un poco terco, nadie más podía llevar a cabo su misión. Y esa era una verdad temblorosa, una verdad que desestabilizaba la columna central: nadie más podía quitarse la manzana de la superficie de su rostro, nadie más podía encontrar una cuerda que amarrara los dos lados del abismo lunar. Nadie más podía convertirse en funambulista, intentar cruzar al otro lado, aceptar el riesgo de caer y hundirse, entregarse de lleno a la ausencia, a una criatura que devora gatos, recuerdos y almohadas, a una oscuridad que se expande como un torbellino bajo las cuevas subterráneas de la piel.


ASFALTO

Juan se desplomó en la calle. Su cuerpo no aguantó y cayó en el asfalto. Pequeños ríos de sangre desembocaron en las alcantarillas. Abajo, en las cloacas, el olvido se alimentaba con voracidad. Sólo lo recordarán su familia y amigos.
Pero, nadie recordará a Juan, estudiante de tercer semestre de arquitectura. Nadie recordará que le gustaba ir a cine a ver películas de Almodovar y Roberto Benigni. Nadie recordará a Juan y su baile de celebración cuando el Atletico le metía cinco a Millonarios, ni sus besos azucarados y su fetiche por las orejas femeninas. Nadie recordará su pasión por coleccionar tapas de refresco, ni sus pegajosos riffs cuando tocaba el bajo. Nadie recordará a Juan y sus estadías en el parque Malibú. Allí, prendía un cigarro, se recostaba en el banco y miraba absorto las estrellas.

Nadie recordará a Juan. Pero sí lo recordarán los gallinazos que sueñan con una cena memorable. Sí lo recordará la gente ensimismada que rodea su cadáver y disfruta del teatro de la muerte. Sí lo recordará el periodista del boletín informativo que toma fotos para el morbo. Sí lo recordará la lluvia que cae a cantaros y llora lo no-llorable. Sí lo recordará el espejo en el que se vio antes de salir ese día para su trabajo. Sí lo recordará la bala perdida que desvió su camino y atravesó su cabeza de lado a lado.

Y Juan lo sabe. Lo sabe todo. Lo sabe mientras cierra los ojos y se entrega al abismo y al silencio. Lo sabe, pero pronto lo olvidará.


EL REDENTOR DE ESCARCHA

Todo poeta tiene, potencialmente hablando, persiguiéndole en la penumbra, un vehículo, un carro de escarcha. Es el emisario del silencio, el ángel que aparece en el instante preciso, el toro con cabeza de hombre, el redentor de su alma sensible y torturada.

Pronto caerá la ciudad, la muralla de cabello, piel y palabras. No hay voz o suplica que valga ante el ariete del olvido, ante su golpe que aniquila el fuego inmanente, la vitalidad, nuestra admirable insignificancia.

¿Qué rostro tienes redentor mío?







Daniel José Acevedo (Medellín-1986) Historiador de la Universidad Nacional, magister en estudios literarios y tallerista de escritura creativa en el Retiro desde el 2014. Pertenece al comité editorial de la Revista Innombrable. Ha participado del I Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes 2014. Hizo parte de una novela colectiva llamada “Ella, La puta” de actual circulación en la Argentina. Maneja un Taller de Escritura Creativa. Aquí su blog:
http://deveniresprosaicos.blogspot.com.co/

domingo, 15 de junio de 2014

Ecos de la Loma


Hace poco me preguntaban sobre la utilidad del arte para esta sociedad, del papel que tiene en las juventudes de nuestra ciudad. Esa misma juventud que hoy está dividida y que en muchas ocasiones se convierten en muertos vivientes, que caminan por las calles sin saber qué camino tomar. Pienso que, irremediablemente, el arte se ha convertido en un mecanismo pasivo y activo de resistencia contra la difícil realidad (e irrealidad) de la urbe. Una realidad que habla de mendigos durmiendo en las esquinas bajo periódicos y de muertos abandonados a la intemperie devorados por los gallinazos, verdaderos símbolos y representantes de nuestro escudo patrio. Una realidad que habla de madres sentadas, que bordan pañuelos y bufandas, que esperan el regreso de sus hijos perdidos y que probablemente no volverán. Una realidad que habla de una generación perdida tentada por las galas del narcotráfico y el sicariato, que le rezan a la virgen del Carmen para disparar a matar. Una realidad que habla de una sociedad marcada por la violencia, la venganza y el odio desde hace ya 200 años, desde que se creó esta pseudo república unida por endebles hilos de cristal.

Por ello el artista se convierte hoy en un arlequín, un navegante de las calles, un visionario que puede ver las superficies de la infamia. El artista percibe aquella extraña danza que se da en las calles, sus giros siniestros, sus máscaras y sus ríos de sangre. Como una suerte de optometras, los artistas tienen en sus manos poderosas herramientas para crear lentes, desafiar las formas de percepción. El arte crea nuevas y diferentes formas de percibir un mismo acontecimiento,  sea cotidiano o ajeno, dibujarlo con un nuevo color. La metáfora y la metonimia hacen ligeros desplazamientos, transforman un fusil en una guitarra, un machete en un poema o una pistola en un pincel. En este sentido, el artista es capaz de hacer visualizar en su obra lo que los demás no quieren escuchar, no quieren oír, no quieren ver. Lo que en nuestro proyecto de revista hemos llamado lo innombrable, aquello que se queda en la garganta y que muchas veces en un discurso no podemos articular. Nietzsche pensaba en el arte como una gran mentira. Una gran mentira que sin embargo contiene verdades que sólo pocos son capaces de dilucidar. Verdades que hablan de nuestra historia, de nuestro instinto y de nuestra cultura. Estas verdades están allí en cualquier manifestación artística, desde el más asombroso grafitti hasta la más ligera canción de rap. 

 Nuestros jóvenes insertos en un contexto histórico-espacial complejo, que no terminan de comprender, que no terminan de aceptar, se ven sin escapatoria, sin salida posible a los problemas que su cotidianidad les impone. La inseguridad, la desigualdad, la confusión de identidades y la fragilidad de los vínculos humanos imponen en ellos determinas acciones, que en su mayoría están marcadas por la violencia y la incertidumbre de un país del cual parece nada pueden esperar ya. El arte se ha convertido en un medio, un mecanismo de salida, de sublimación de todas estas emociones fuertes. A través del arte lo jóvenes devienen, se convierten en otra cosa, dejan de ser simples actores y peones de la urbe y se convierten en demiurgos, videntes y arlequines que buscan impulsar una nueva visión de los acontecimientos, una nueva forma de sentir tristeza, alegría o dolor. De alguna forma entran en el espacio de lo sagrado, donde se cruzan besos y balas, donde germinan orquídeas y sueños, donde enormes columnas sostienen un cielo de un rojo intenso y desolador. Los jóvenes se vuelven creadores y es en su creación donde logran manifestar sus sueños, sus miedos, sus emociones, todo lo que la sociedad les obliga a callar. 

Así, lo que se crea es un nuevo tipo de sensibilidad. Una nueva sensibilidad frente a la vida, frente al diario acontecer. Sus creaciones irremediablemente inciden en su percepción de lo cotidiano y de las irrupciones que rompen con esa normalidad; quiebres marcados por la violencia y la falta de oportunidades. Esta sensibilidad es claramente tanto estética como ética. El arte crea una nueva conciencia e invita a la reflexión, a la crítica, a valorar las pequeñas cosas como el abrazo de un amigo, un beso inesperado o una copa de guaro un viernes al anochecer. Pero al mismo tiempo que nos invita a valorar, nos invita a maldecir. A maldecir, a putear contra el sentido común y la estupidez, aquella pandemia que hoy se expande de manera alarmante. También luchar contra la insensatez de nuestra clase dirigente, contra aquellas máscaras y superficies de las cuales el artista es consciente y que se ven todos los días bajo la bruma de la ciudad. Las opiniones triviales, los lugares comunes, el tautológico discurso del colombiano promedio son motivos de burla. El artista percibe este discurso como lo que es, sólo palabras vacías que caen en un abismo: el abismo de la ambigüedad, la duda, el miedo, el auto-engaño y la frustración. 

El arte se convierte en Resistencia, una que se escribe con finas letras y que algunos tararean en la oscuridad. Los nuevos artistas que salen de los barrios marginales han decidido rebelarse contra su cotidianidad, han decidido crear espacios de diálogo, de tolerancia, de amistad. Los une la música, el teatro y la poesía. Los une un sentimiento, una visión, una creación. La ciudad y el espacio se resignifican, adquieren un nuevo sentido en sus obras. Se reescribe la experiencia y las anécdotas barriales. Se reescriben los sueños y los deseos de un cambio o la frustración de un “no”.  Y de eso se trata, ángeles caídos de la semántica, navegantes de las calles nocturnas, los artistas sufren en mayor medida. Su dolor, sus lágrimas se impregnan en textos, instrumentos y pinturas. Es necesario que escape. Es necesario sacarlo de ese cuerpo, sudarlo, extraerlo. Dejar que los sentidos se desarticulen, no reprimirlo, llevarlo a un cuerpo sin órganos: a la escritura, a la música, a un lugar donde viva independiente, donde tenga su propia entidad. El arte crea comunidad, crea espacios de conversación, de debate y los jóvenes se integran, porque quieren construir, porque quieren crear. 

Por ello, hoy a pesar de que se piensa que el arte ha muerto, que sólo es parte del capital simbólico de una sociedad y que por lo tanto no tiene ninguna utilidad práctica o monetaria, es más que pertinente reflexionar sobre cómo el arte incide en la juventud, cómo crea espacios y construye comunidad. En este sentido, el trabajo de Paco Suárez y el documental "Conquistando Fronteras" es un material valioso que da cuenta de estos procesos de transformación de la ciudad a través del arte.  Este trabajo además, y en parte el de la Revista innombrable, es una clara invitación a generar nuevas miradas y espacios respecto a la difusión y discusión del arte en nuestra ciudad. Hoy más que nunca, en una sociedad que se cae a pedazos y que le teme al cambio, es necesaria la figura del artista, caminante de los senderos de la percepción.

El artista hoy crea mitos, crea sueños, crea nuevas lecturas de la realidad. Es una hoja que cae de un árbol y que quiere seguir siendo empujada por el viento para nunca terminar de bailar y zarandearse. Es alguien que se eleva sobre la multitud, no porque sea más alto, de hecho puede ser pequeño o diminuto, sino porque ha aprendido a volar. Disfruta cada momento, cada minuto, cada segundo embriagándose de poesía y música, juega cartas con la muerte y su estirpe, se burla de sus muecas y su deficiente seguro dental. El artista explota y organiza el caos, le da forma, lo somete. Hace desplazamientos, crea nuevas realidades, surfea con metonimias en el cielo y naufraga en una metáfora o en el cuerpo de una mujer. Se baña en ríos de vodka o guaro, siente el doble, siente sed. Tiene sed de palabras, sed de silencios, líquido que transforma en arcilla para construir su universo, su castillo de colores, que puede devenir poema o canción. Un castillo enorme que se vislumbra encima de la montaña verde, rodeado de palma areca, casitas de ladrillo y calles que se pierden subiendo hacia el cielo en la inmensidad. 

jueves, 28 de noviembre de 2013

Lo Eterno Femenino


(Foto enviada por el fotógrafo Oscar Zamora)

Ahora que se acerca la sexta edición de la revista innombrable que versa sobre “Lo eterno femenino” considero que es más que pertinente hacer una pequeña reflexión respecto a lo que ha significado para mí lo “femenino”, lo “otro”, aquello que es “ella” y no “él”. Aclaro desde ya que pienso a la mujer no como un objeto, sino como un sujeto autónomo con sus propios deseos, miedos, sueños y frustraciones. Aclaro también que no he creído nunca en las dualidades ni en los códigos binarios (masculino-femenino, bien-mal, orden-caos) que nos han intentado imponer para encasillarnos, clasificarnos y crear una taxonomía que nos decodifique y nos controla lentamente, nuestra propia pluralidad. De alguna forma todo hombre tiene algo de femenino y toda mujer algo de masculino, que no obedece a porcentajes o a clasificaciones, sino al propio transcurso histórico del sujeto sumergido en su entorno social y cultural. La sexualidad no se remite simplemente a la diferencia entre una “verga” y una “cuca”, va más allá y tiene que ver con nuestra apropiación del cuerpo, la forma en que se expande y se contrae cada centímetro de nuestra piel, cada pensamiento que anhelamos forjar.


Cuando escribí “La invisibilidad de Muriel” tuve la difícil experiencia de enfrentarme con la fuerza desbordante de lo eterno femenino. Escribir este cuento implicó un devenir femenino que se apoderó de mí y me hizo perder parte de esa subjetividad masculina que está tan fuertemente arraigada en muchos de los hombres. Ello me llevó a entrar en un laberinto de enormes proporciones. En este camino me guié a través de voces, de textos y sensaciones corporales que me permitieron quitar algunos arbustos y abismos que me imposibilitaban avanzar. Agradezco tener maravillosas amigas de las que he obtenido valiosas enseñanzas: Una que tiene ojos mariposados y vuela a través de bosques discursivos y fragmentos de colores, una que viaja en una pequeña cabina del tiempo de Londres a Buenos Aires, otra que es una luchadora solitaria que busca un país mejor, en medio de hombres de corbata e hipocresía general. También he tenido amores de los que he aprendido también, no puedo dejar de reconocerlo –de los cuales no hablaré para no profundizar ya mucho en mi propia subjetividad-. En el fondo la conversación, el dialogo ha sido la principal herramienta de aprendizaje, más para alguien que se esconde tras una pared o muro de cangrejo, de frío, aunque deficiente metal.


Pero volviendo al cuento, con él quería hacer más que una apología al arte o a los placeres dionisíacos de la invisibilidad, lo que quería era adentrarme directamente en lo femenino, literalmente ser mujer. Al igual que Oliverio Girondo he pensado que aquel hombre que nunca ha sido mujer, que nunca ha dejado salir un poco de su parte propiamente “femenina” es un ser incompleto (como pensó alguna vez Aristofanes en el banquete) y en un artista es signo de mediocridad y de poco entendimiento del mundo y sus misterios. Aunque es verdad que un cuento es abierto y está disponible a todo tipo de recorridos y trayectos, parte de lo que quería era que todos reviviéramos un poco de ese “femenino” que habita en nosotros. Que una pequeña Muriel bailara desnuda en el centro de nuestra mente, burlándose de algunos de nuestros propios prejuicios “racionales” y nuestra perdida percepción de nuestro cuerpo, que se multiplica en el espejo que Muriel rompe en pedazos cuando lanza una botella al cristal.


Ahora bien, algunos me pedirán que defina lo femenino, que dé cuenta del conocimiento que tuve a través de esta experiencia, que dé mi opinión de lo que es una mujer. Inevitablemente me reiré. Tal conocimiento no existe. Yo sólo inicié un trayecto y me deje llevar, sin pensarlo, sin racionalizarlo, sin teorizar acerca de lo que sentía. Si lo hubiera racionalizado no hubiera funcionado. Utilizaría de nuevo esas terribles categorías para clasificar, conceptualizar y organizar. Pienso que no se puede sacar un significado “denotativo” de lo femenino. No hay definición de diccionario, no hay un significante absoluto que se acerque remotamente a definirla. Parte del encanto, la atracción y la seducción tiene que ver precisamente con este misterio de la otredad que cada día puede traernos nuevas sensaciones y aleteos. No obstante me atreveré a decir, quizás arriesgadamente, que no podría vivir sin la poesía, la magia, la belleza, la ternura, lo fortuito, los deseos y los sueños que me inspiran muchas de ustedes, queridas mujeres. Sólo ha bastado una sonrisa de una de ustedes para inspirar la creación de un poema, un cuento o una canción. Sus ojos, sus besos, sus palabras han vivido en mi mente, divagando, explotando y también convirtiéndose algunas veces en terribles cadenas de melancolía o dolor. Su cuerpo ha sido para mi visión de dicha, portal de sensaciones, exploración de montañas y acantilados, locomotora de deseo, auge y caída de mi subjetividad.


A veces no entiendo por qué algunas mujeres se avergüenzan de su cuerpo, como ciertas pseudo feministas que leí sorprendido la otra vez en face arguyendo una constante “cosificación” porque se exhibían fotografías eróticas de atractivas mujeres leyendo libros. Como si el cuerpo no fuera objeto de grandes obras de arte, de grandes historias, de placeres y sueños embriagadores. Como si el cuerpo no fuera parte de ustedes mismas sino una creación de la masculinidad, ¿o acaso son como Muriel que se miran al espejo y ven un monstruo, un ser arácnido o crepuscular? Si me preguntan qué opino del feminismo radical o del machismo, diré que el asunto de los “ismos” no me va mucho, porque me cierra a una sola percepción de la realidad. Diré sólo que creo en la igualdad, la conversación y el dialogo. En el respeto y la igualdad de derechos para ambos sexos. Creo en la libertad de explorar con nuestros cuerpos sin temor de prejuiciosos anticuados o el qué dirán. Aborrezco a un hombre que le pega a una mujer, porque además del daño ocasionado es un hombre que ha optado por la salida del cobarde. Sin embargo, hoy por hoy, ustedes tienen más poder del que se imaginan, luchen (luchemos, ¿porque no?) por el cambio que haga falta, pero por cambios necesarios de mentalidad y no arrogancias ni prepotencias que busquen abolir el encanto de lo femenino, de ese ser único y especial que ustedes mismas han construido.


El arte vive y se alimenta de lo femenino, se sumerge en ello, se alimenta de ello, se embriaga de ello. Sin lo femenino el arte no sería arte y una humanidad necesitada de lo plural, de la diferencia, colapsaría inevitablemente. Mujeres que danzan, mujeres que cantan. Mujeres que leen, mujeres que dirigen. Mujeres que escapan, mujeres sin prisa. Mujeres que vuelan, mujeres que les gusta la tierra. Mujeres calladas, mujeres parlantes. Mujeres vestidas, mujeres desnudas. Mujeres que besan, mujeres que hacen el amor. Mujeres caminantes, mujeres sin rumbo. Mujeres que pintan cada nuevo día con su presencia, con su voz.  Mujeres que son inmortales en un cuadro, en un libro o una canción. Mujeres que a su vez inmortalizan sus experiencias estéticas pintando, escribiendo, cantando su delirio, su pasión. Mujeres que son torrente que desborda, que son barco y naufragio, que son cultivadoras del acontecer. Ser mujer, no ser mujer, parir mujer, nacer mujer, morir mujer. Y quizás al final, el misterio de un rostro, que aún no consigo del todo develar…

jueves, 15 de agosto de 2013

Los rituales del viento




Tatiana caminaba por la calle. Estaba furiosa. Había sido un mal día en el trabajo y su jefe le había gritado. Aborrecía su empleo. Alguna vez había soñado con ser una gran artista, quizás una actriz o una pintora, pero ahora era simplemente una de las tantas cajeras del Banco Nacional. A veces quisiera olvidarse de todo, desintegrarse en la niebla de la urbe, desaparecer. Pero, no podía y la frustración la embargaba. Todo era tan absurdo y monótono, no parecía existir escape alguno, ninguna oportunidad. Refunfuño. Estaba muy aburrida. Pateo una piedra que fue a chocar contra una caneca de basura. Llego a la puerta del edificio donde vivía. Saludo al portero, pero este pareció no darse por enterado porque no devolvió el saludo. Que idiota, pensó. Subió el ascensor y llego a su pequeño departamento oxidado, en las entrañas de Bogotá.

Cuando entró en la habitación descubrió algo asombroso. Se sorprendió al mirar sus manos y  brazos, o mejor dicho no vio nada. Pues sencillamente no estaban ahí ¿Seria que alguna divinidad difusa había escuchado su plegaria? Ella no creía en dios, pero esto, era absolutamente imposible. Se quitó toda la ropa y se dio cuenta que su cuerpo ya no estaba. Sus senos, su cintura, sus piernas, no quedaba nada. Solo un ligero abismo de silencio. De alguna forma al fin se convertía en alguien imperceptible, con ausencia de color. Lo primero que vino fueron las preocupaciones, pensó en el trabajo, en cómo comería, en cómo se comunicaría con los demás sin que se asustaran. Empezó a caminar de un lado a otro de la habitación, pero no se le ocurría idea alguna. Podría ir al servicio de salud, pero, ¿qué droga o tratamiento podía servir para la invisibilidad? Llamar a un amigo, tal vez. Agarro el teléfono, marco los primeros números: 2-15-67. Dudo un momento. No, él no le escucharía, pensaría que se le había zafado un tornillo de la cabeza. Ante la frustración de no tener nada, ni nadie que pudiera ayudarle en esta situación, se acostó en la cama bocaarriba. Miró al techo, levanto su mano y abrió los dedos. No, no los veía. Quizás fuera sólo una pesadilla y solo necesitara dormir. Dormir y no despertar.

Así pasó la noche. Se levantó. Lo primero que hizo fue mirarse al espejo, se sorprendió  al constatar que su cuerpo había vuelto. Sólo había sido una horrible pesadilla, una en la que no quería volver a entrar. Tal vez había consumido alguna droga exótica, sin haberse dado cuenta. Aun que a duras penas había probado una o dos veces un porro en la facu y su única adicción eran tomarse algunas polas la noche del viernes o sábado en el bar de la esquina. Varias teorías pasaron por su cabeza. Pero ahora lo más importante era ir al trabajo. Así que se olvidó del asunto, se preparó su desayuno y salió apresuradamente del edificio. Sólo había alcanzado a tomarse la mitad de su café. Se dirigió a su trabajo, donde su jefe la recibió alzando una de sus cejas en tono de desaprobación a pesar de haber llegado sólo un minuto tarde.

El día se fue entre papeleos, enormes filas y algunos reclamos de señoras encopetadas con ganas de llamar la atención. Se puso feliz cuando la jornada termino, era hora de volver a casa. Se fue caminando. Pronto empezó a oscurecer. A medida que la luz se iba, empezó a notar algo extraño. Se estaba haciendo invisible de nuevo. No lo podía creer, estaba realmente asustada.  Corrió como poseída hasta el edificio y paso rápido del portero antes de que este alcanzara a detallarla demasiado. Agradeció que fuera despistado y poco observador. Cerro la puerta con doble seguro. De nuevo las mismas preguntas del anterior día. Ninguna con respuesta. Pero todo se resumía en un: ¿Qué hago ahora? A pesar del cansancio decidió que debía tomar medidas. Se le ocurrieron algunas ideas, pero debía esperar al otro día para efectuarlas. Así que decidió seguir con su normal rutina. Comió con algo de dificultad y se le rego algo de comida en su ropa. Maldijo en voz alta. Luego se puso a ver tv un rato sin poder concentrarse, hasta finalmente quedar dormida en su cama.

Al despertarse comprobó lo que sospechaba, se volvía invisible sólo en las noches. Así que no tenía tiempo que perder. Llamó al trabajo y dijo que se sentía muy indispuesta. La chica que le atendió, que era la secretaria del jefe, le dijo que tuviera cuidado, porque el jefe la tenía en la mira. Tati suspiró triste. Pero reafirmo su estado poniendo un tono de voz de enfermo terminal dejando su última sentencia. La secretaria acepto y dijo que daría el informe, acompañado de un deseo de mejoría. Colgó y le saco la lengua al teléfono.

Hizo lo primero que se le ocurrió. Tenía que experimentar. Se dirigió a una tienda de pintura y compro de diferentes tonalidades. Recordó los tiempos en que había soñado con ser artista y practicaba un poco de body panting. Era tiempo de comprobar que tan bueno era su talento. Se pintó todo el cuerpo. Se ayudó un poco con el maquillaje. Luego se puso ropa que le tapara lo más posible. Aprovecho que hacía frío, se colocó una bufanda y unas gafas negras. Salió a toda prisa y se dirigió al bar. Allí se sentó y pidió una cerveza. El mozo la miro extraño pero no hizo ningún comentario. Los colegas del bar con los que de vez en cuando se sentaba a charlar y contar una que otra anécdota o chiste. Hoy parecían ignorarla por completo. Sólo uno, robusto y barbado, el más cercano, se acercó y le preguntó: “¿Estas enferma?”. Muriel entonces no pudo aguantar el impacto y salió corriendo del local, sin dirigirle la palabra a nadie. Corrió y corrió llorando, pensando que ya nadie la vería como un ser normal.

Llegó a su casa furiosa. Tiró los botes de pintura por la ventana y se sentó en su cama desconsolada. Así quedó dormida. Al otro día, que era sábado, ni se levantó de su cama. Recibió una o dos llamadas, pero las ignoro. También había un mensaje en el contestador de su amigo del bar preguntando por su salud. Desconecto el teléfono y se acobijo. Cuando llego la noche, decidió salir a caminar para pensar un poco. Se dispuso a colocarse la ropa, pero al final lo considero como un gesto inútil. El frio había mermado y al final era igual pues nadie le vería. Salió cabizbaja y pensativa. La brisa le empezó a hacer cosquillas y una particular sensación se apodero de ella. Le gustaba como su cuerpo desnudo chocaba contra el viento.

Pero, ¿no había deseado ella eso? El ser invisible, devenir imperceptible. Sea lo que fuese que hubiera pasado su pedido había sido escuchado, quizás por una estrella fugaz, por algún duende nocturno o alguna divinidad desocupada en un cielo sin wifi. De repente se sentía como un ser etéreo que volaba por las calles. Ella había logrado al fin un poco de aquello que llaman libertad. Libertad que solo es absoluta en el momento en que no eres percibido, en que tus manos se convierten en alas que no son vistas y tus pies en cohetes que desafían el viento. Se sintió feliz. Se dirigió al parque más cercano y empezó a bailar desnuda en el centro alrededor de algunos ancianos, parejas de novios y unos paseadores de caniches. Su baile recordaba a un antiguo ritual, quizás uno de tiempos antiguos, cuando los shamanes lograban una conexión con el todo que nos conforma. Así se sintió ella, una con el todo. Había perdido su propio yo, un “yo” que ya no puede verse al espejo, que levita perdido, en aquella noche de fiesta e irrealidad.

Luego se puso a pensar, ¿y si aprovechara para hacer otras cosas que eran indebidas?, se mordió un labio coqueta y sonrió. Muchas ideas perversas vinieron a su mente. Quizás aparecérsele en la noche al jefe, asustarlo y bajarle los pantalones en público. Entrar a un centro comercial e ir por su vestido favorito. Toquetear a un hombre en la sala de cine mientras están en una escena erótica de una peli y ponerlo incomodo, nervioso. Entrar a la heladería y tomar un poco de helado. Patear en las bolas al policía que se había burlado de ella alguna vez. Entrar siempre a preferencia o Vip por encima de cualquier gorila abusador. Bailar desnuda bajo la lluvia, en medio de la selva de cemento. Se impresiono ante tal cantidad de poder. Tati se sintió plena, etérea e inmortal.

Así pasaron algunas noches de bailoteos y travesuras nocturnas. Tati era una cuando entraba por la puerta de su casa al llegar del trabajo y otra cuando salía. O se podría decir que ya no era. Existía la Tatiana que trabajaba juiciosa y seria, que nunca llegaba impuntual al trabajo y la Tatiana que se perdía para la vista de todos, desaparecía en la ciudad. Una noche que retornaba del trabajo escucho a sus vecinos haciendo el amor. El movimiento de la cama y los gemidos de la mujer se filtraban a través de la pared, como escarabajos juguetones. El eco escandaloso de sus gritos la agitó y la trastocó. Sus vecinos siempre habían sido así. En algunas de sus últimas noches de soledad los maldecía en silencio. Pero hoy, lo miraba desde otra perspectiva.

Una idea lujuriosa le paso por la cabeza. ¿Y si entraba? ¿y si se acercaba a sus cuerpos desnudos y sudorosos? El solo pensarlo hizo que se sonrojara. No, no. Había ciertos límites que no se debían pasar. Era su intimidad. Ya era demasiado. Sin embargo pensó que era poco probable que alguien se enterara. La tentación le hablaba a sus oídos coqueta, y la serpiente del deseo se movió entre sus muslos apretando con ardor. No pudo aguantarlo. Se empezó a tocar mientras pensaba en ello. Se tocó hasta terminar con un pequeño grito de placer. Ese día no fue capaz de hacer más, así que se durmió. Pensando en cuerpos que se agitan y se cruzan en un océano de fuego y sudor.

Al día siguiente de volver del trabajo Tatiana decidió arriesgar el todo por el todo y entrar en la casa de los vecinos. Espero a que llegara la mujer y cuando ella abrió la puerta aprovecho y entro en el departamento. Se felicitó a si misma por su habilidad y rapidez. Espero en silencio a que la pareja se fuera a la cama. Luego cuando apagaron la luz se dio cuenta que era tiempo de entrar en acción. Entro en la cama despacio, aun con algo de temor. Aquel hombre penetraba a la chica con suavidad. Se acercó a la conjunción de cuerpos y empezó a tocar lentamente. Acaricio la espalda de él, sus dedos caminaron los muslos de ella. Acerco sus labios y beso sus cuellos desnudos que no podían reconocer nada en el fragor del momento y las sombras de la oscuridad. El ritmo de la penetración subió un poco y el nivel de placer se acrecentó. Acaricio el pecho peludo de él y paso su lengua por los pezones de ella. Permitió a su vez que la tocaran, que la palparan en el aire, sin saber que había un cuerpo más en la cama. Acariciaron sus senos, su espalda y sus nalgas. Algunos besos juguetones y perdidos abrazaron su piel. Luego el paro un momento para cambiar de posición. Aprovecho el momento y jugo un poco con el pene de él y metió sus dedos en la vagina y el ano de ella. Jugó como una niña con un juguete nuevo. Ambos emitieron gemidos de goce, que para ella eran mejor que cualquier coro de ángeles, o debería decir, de demonios desvergonzados. Se sentía una exploradora que profanaba un espacio sagrado. Una navegante que recorría el sudor de sus cuerpos y el fluido de sus órganos sexuales. Una artista, escultora de cuerpos y besos alados.

La penetración se reanudo. Todo aquello la excitaba enormemente. Se empezó a tocar ella también inevitablemente. Aquella mescolanza de cuerpos estaba cobrando su efecto, el estallido era solo cuestión de tiempo. Las manos, los pies, los labios y los cuerpos fueron solo uno. Y entonces paso lo increíble. El orgasmo llego y los tres se vinieron al mismo tiempo. Tati mordió la almohada para no gritar y que su presencia no fuera detectada, mientras la pareja gritaba de placer. Era el polvo perfecto. Pero ellos no lo sabían. Sólo Tati lo sabía. Sería su pequeño secreto. Sonrió y se retiró de la cama. Espero a que ambos se durmieran y se retiró del departamento sin hacer ruido, desapareciendo como un fantasma de la noche con una promesa de un volver. Tati se hizo consciente entonces de las ventajas de ser invisible, de los beneficios y la libertad que se diluye en cada acto, en cada Oportunidad. Ha aceptado su condición. Siente en su espalda unas alas enormes, que le permiten ascender al lugar donde antes el sol quemaba y donde la brisa se siente con más fuerza, con más ardor. Lo que siguió de allí en adelante fueron noches enteras de juegos y recorridos nocturnos. De día, Tati era la mujer trabajadora, seria, conversadora, amable. Aquella que cambiaba los billetes, hablaba de temas banales con sus amigas como lo bien que se veía el esmalte en sus uñas y lo lindo que estaba Ricardo. Sonreía. Todos en el trabajo estaban extrañados con su cambio. Ella era la rara, la artista, la anti-social y de repente se insertaba en esa normalidad trémula que siempre había detestado.

Pero cuando salía del trabajo y su cuerpo desaparecía, una sonrisa se asomaba juguetona en su rostro y un último brillo aparecía en sus pupilas para luego desaparecer. Era una estrella fugaz. Era la señal del inicio de la noche. De su noche. Entonces Tati bailaba desnuda en los parques, asustaba a pequeñas ancianas con sus caniches vestidos, tomaba cerveza y Fernet en bares mientras molestaba un poco a los ebrios jalándoles las orejas y entraba sin pagar al cine como diva de la tv. Le pinchaba las llantas al carro del jefe y cuando nadie miraba pintaba alguna pared vacía de guitarras, música y múltiples colores. Hacia el amor con los vecinos y jugaba también con otras parejas del edificio sin que pudieran percibir aquel fantasma que potenciaba su deseo y su querer. No había barreras, no había moralismos ni refinamientos. En las noches ella era la mujer sin reflejo. Desaparecía el cuerpo, aparecía Tatiana. Era un cuerpo sin piel, ni órganos. Era una pequeña brisa que pasaba inadvertida a la vista de otros, que se camuflaba en la sombra, en lo profundo del anochecer.

Pronto Tatiana ya se había acostumbrado completamente a este cambio y al manejo de su cotidianidad. Pero las cosas cambiarían. Un buen día va a trabajar como siempre, atiende a los clientes, finge normalidad. Espera con impaciencia la noche. Empieza a caer la tarde y sale feliz del trabajo. Se apura y llega a su casa. Entra al baño y se mira al espejo. Desea ver esa nada que le compone, esa nada que en la noche se pinta de colores, de deseos y de placer. Pero de repente ve que hay alguien allí. El espejo le devuelve la imagen de un cuerpo, de un cuerpo que ahora le parece desconocido. Se preguntó quién era esa mujer que se asoma desde el otro lado, qué interrumpe sus fantasías y aventuras nocturnas. El abismo se abre inconmensurable. Las cadenas vuelven de sus grietas perdidas y le atan con fuerza.

Tati no lo puede creer. Ya no es invisible. Ha perdido el don. Ha caducado el poder. Pensó que si hubiera sabido que tenía fecha de vencimiento, lo hubiera aprovechado aún más. En un primer momento se lo tomo con calma. Decidió no salir esa noche. Saco una botella de vodka que tenía en la nevera y empezó a tomar. Empezó a caminar de un lado a otro de la habitación mientras bebía. Por su mente pasaron toda clase de ideas y confusiones. ¿Quién era ella? ¿Qué extraño don era este que llegaba y luego se esfumaba sin previo aviso? ¿Por qué cambiaba tanto su cuerpo? ¿o en realidad todo había sido una loca fantasía suya? Y de nuevo aquella terrible pregunta: ¿Quién era esa mujer que se asomaba y se burlaba de ella en el espejo?

Volvió a mirarse detenidamente. Desprecio el cuerpo que se asomaba en el espejo. Le pareció grotesco, monstruoso. No lograba identificarlo consigo misma. Empezó a llorar. Las manos le empezaron a temblar. Deseo destruir a esa otra mujer, que ahora acababa en un segundo la vida que creía haber construido bajo el velo de la noche. Tomo la botella y la lanzo con fuerza contra el espejo haciendo que este se quebrara en pedazos. Se puso las manos en la cabeza y se tiró al suelo desesperada. Gritó. Con una mano se agarró de la cobija de su cama y la tomó para sí. Cubrió ese cuerpo vergonzoso. El dolor hizo que estallara en lágrimas y gemidos. Se sintió impotente e inútil. Se sintió como el mortal que toma un poco de ambrosia y néctar divino, pero que luego despierta y se da cuenta que solo le quedan panes viejos y un poco de agua para beber.

Así se quedó dormida. Al otro día se despertó, muda, sumida en sus pensamientos. Decidió no ir al trabajo. Volvió a llamar e invento otra excusa tonta. Dado el buen desempeño en los últimos días no le pusieron ningún problema. Se quedó acobijada en su cama. No era capaz de levantarse. Los fragmentos del espejo aún estaban regados en la baldosa del baño. Bostezó. Intento volver a dormirse. No fue capaz. Apretó su cobija. No quería ver su cuerpo. El día pasó lentamente. Los minutos se hicieron largos y perezosos. En ocasiones sollozaba sin remedio. En otras pasaba al silencio y el odio por sí misma. Así paso todo el día. Se sentía como una lombriz bajo tierra. No quería salir. Quería sumergirse en la inmundicia del pantano que ahora le rodeaba.

Pasaron dos días más así. Comía poco. Se paraba lo necesario. Solo para hacer sus necesidades básicas, comer y defecar. Desconecto el teléfono. De vez en cuando prendía la tv solo para sentir el ruido de la pantalla, sin prestar realmente atención. Cerro la cortina de la ventana, la luz le molestaba. Quería oscuridad y silencio. Quería aparentar que era invisible otra vez. La apuesta no le salió bien, porque pronto sus ojos se acostumbraron y la luz entraba de todas formas por pequeñas rendijas. Volvía a sollozar y pegaba puños contra la cama. Intentaba dormir, pero el sueño era efímero y tormentoso. En algún momento se paró a la cocina y pensó en cortarse la piel, en quitársela, en cortarse a pedacitos hasta que desapareciera ese horrible ser. Pero la cobardía le pudo. En vez de ello buscó un bolígrafo. Desordeno completamente la habitación para encontrarlo. Luego empezó a rayarse los brazos con fuerza. La varita mágica era deficiente, no funcionaba para ella. Se rascaba la cabeza y se atormentaba. Pero no encontraba una respuesta a lo que debía hacer a continuación, a como reestructurar su vida, a como apropiarse de ese cuerpo que hoy le parecía desconocido y repugnante.

Al tercer día se levantó al baño y tropezó con algo del desorden de su habitación. Se agacho con curiosidad. Era un viejo cuaderno. Lo miro con curiosidad. No recordaba haberlo sacado del lugar donde estaba en el armario. Quizás se había caído la anterior noche que buscaba desesperada el bolígrafo. Se encontró con sus viejos dibujos. Alguna vez había soñado con ser una gran artista. Su cuaderno estaba lleno de dibujos y pinturas. Había varios bocetos de paisajes urbanos y mujeres desnudas. Algunas bailando en el teatro, otras jugando cartas y riéndose. Algunas duchándose en las cataratas, otras haciendo el amor. Muchas mujeres desnudas en diferentes posiciones. Era un juego con el cuerpo. Cuerpos dinámicos, cuerpos que se mueven, cuerpos que cuentan historias para no olvidar. Entonces, de repente pensó que tal vez ese mismo cuerpo que ahora criticaba era su huella, era el trazado que ella delineaba en la realidad y el mundo. Se miró atentamente. Estudio cada fragmento de su cuerpo. No estaba tan mal. No era un monstruo. No al menos uno de verdad.

Había dado el primer paso. Se dio cuenta que debía tomar decisiones si quería salir de esa crisis. A ella le correspondía decidir buscando un don que tal vez ya no volvería o aceptar el cuerpo que ahora tenía y ver qué posibilidades le quedaban con él. Se decidió por lo segundo, lo primero era sin duda un camino sin retorno. No obstante, le costaría y necesitaba reencontrarse consigo misma. Se bañó y se arregló rápidamente. Se dirigió al trabajo. Entro a la oficina del jefe. Allí, sin decir una sola palabra coloco su carta de renuncia encima del escritorio. El jefe la miro sin entender. Tati no dijo nada. Solo le miro con desprecio y luego se fue. Se sintió aliviada, desinhibida, única. Se había liberado de una roca que pesaba con fuerza y que hacía de su cuerpo esclavo y miserable, monstruoso y aterrador. Era hora de pintar su propio trazo y de escoger hacia donde quería que llegara la línea. Preferiblemente bien lejos de allí. Compro un nuevo espejo y lo colgó en el baño de su habitación. Se miró y se vio hermosa. Se vio especial. Desde el más largo de sus cabellos hasta el más pequeño dedo del pie. Entonces empezó a aceptarse. Recordó lo que había vivido aquella noche con los vecinos y pensó que se había equivocado. Lo mágico de la noche no había sido el hecho de ser invisible o indetectable, sino darse cuenta de las posibilidades de expansión que su cuerpo podía adquirir. Gracias a esa experiencia irónicamente se conocía más a sí misma. Sus puntos de caída y éxtasis, de explosión de placer. Se dio cuenta que su cuerpo, incluso cuando no era visible era objeto de deseo y misterio. Que por más que la piel y las vísceras se fueran. El misterio del cuerpo seguía allí. Alimentaba deseos, apetitos y pasiones. Las guardaba en un pequeño cofre de piel. Su cuerpo era un templo. Era el lugar de lo sagrado, donde explotan galaxias y besos, donde se inician senderos inexplorados de la boca al ano, del cuello a los pies.

Decidió seguir con la siguiente etapa del plan improvisado que había ideado. Salió de su casa. Se compró un enorme blog con hojas grandes en una papelería. Se dirigió al parque. Empezó a pintar: Perros, arboles, casas, hombres. Todo tipo de hombres. No importaba sexo o edad. Ancianos tirando maíz a las palomas, parejas tomando café, mujeres maquillándose a escondidas, niños jugando frizbee, hombres solteros que trotan con sed. Sólo quería pintar y pintar. El arte era el medio por el cual se reafirmaba su cuerpo. Ese cuerpo que fluye como los demás en el río de la vida. Había encontrado una función para él. Había aprendido a querer y apreciarse, a expandirse y devenir. Finalmente se dio cuenta que a pesar de que no era invisible, no se necesitaba ningún polvo mágico para poder desaparecer.

martes, 30 de julio de 2013

Auras "Una historia nadaísta"


"El nadaísta es sensitivo como un genococo esquizofrénico...
inteligente como un tratado de Magia Negra..."
-Gonzalo Arango-


LA RADIO NOVELA  COLOMBIANA REGRESA Y ES NADAÍSTA

Auras "Una historia nadaísta"

En los años sesenta, en pleno apogeo del Nadaísmo, Aura comienza a integrarse a este movimiento que revolucionará su vida. En compañía de sus compañeros, Antonio y Gonzalo, son tres jóvenes autoproclamados poetas con ansias de transformar esa podrida sociedad en la que les tocó vivir.

Aura, asumiendo una vida solitaria deberá hacer frente a la espesa bruma de hechos que no la dejarán en paz... 

Capítulo 1: Recuerdos Latentes


martes, 21 de mayo de 2013

Arte y Resistencia

Por: Daniel José Acevedo



Hace unos años ya, iba caminando por la carrera 80 en la ciudad de Medellín, cuando fui testigo de un acontecimiento muy particular. Imagínense una tarde soleada, hora-pico, de esas donde los vendedores de Bon-ice hacen su negocio y los hombres disfrutamos de las mujeres sueltas de prendas, agobiadas por el calor. Ellas despiertan suspiros, deseos y algunos coloridos piropos de albañiles, taxistas, carpinteros y uno que otro adolescente con las hormonas en proceso de erupción. El pitido de los carros se escucha al unisono como una autentica melodía urbana que nos agobia con su existir. Hasta allí todo lo normal que se encuentra en una ciudad como Medellín. Pero el telón apenas estaba a punto de ser abierto.  Cuando me acerque al “rompoy de Don Quijote”[1], vi a una mujer de cabello castaño mal cortado, una falda larga y una suerte de camisilla azul. No era en realidad muy bella, pero sus ojos me llamaron la atención inmediatamente. Eran de un color verde oscuro, parecido a los de una pitonisa o una diosa pagana antigua, de esas que bailaban en el claro de un bosque o de las que entonaban bajo las olas, una provocativa canción.

La mujer se paro en el centro del rompoy – lugar privilegiado donde se concentra toda la vista, toda la recepción-, miro hacia su frente un momento, con la mirada perdida. No parecía estudiar ningún detalle exterior en absoluto. Tal vez estaba intentando conectarse o establecer algún vínculo con alguna fuerza desconocida o poder interior. O tal vez simplemente no pensaba en nada y dejaba su mente en blanco, preparándose para lo que iba a suceder a continuación. De un momento a otro, ante la sorpresa de los transeúntes y conductores que pasaban por el lugar, la mujer empezó a efectuar un extraño y particular baile. Que aun hoy, luego de tantos años, no logro olvidar. Al principio se movía como una especie de robot o autómata, haciendo siempre los mismos tres pasos. Movía primero su mano izquierda con determinado ritmo durante un rato extenso. Luego retrocedía levemente y agitaba sus dos brazos hacia adelante y hacia atrás. El tercer paso era un giro, que sorprendía cuando llegaba y que le daba a su baile un aire etéreo, irreal.  Pero luego  de este principio, la danza se hacía más dinámica, empezaba a mover sus piernas y moverse agraciadamente, sus manos se movían como culebras buscando una presa para cazar. El movimiento de cintura me recordaba un eclipse, como el día y la noche, en cada agitada. Su cuerpo estaba desterritorializado, no tenía territorio, era parte de ese parque y de ese paisaje urbano demencial. Las personas optaban por reírse del espectáculo o ignorar a la mujer que podía ser considerada una loca, por pararse en un lugar tan llamativo a hacer aquel acto considerado estúpido, incoherente, fuera del sentido común. Solo uno o dos, (incluyéndome), nos quedábamos hipnotizados, mirándola, intentando descifrar el enigma, su baile, suerte de absolución.

Esa mujer, queridos amigos, era una artista o al menos una metáfora de lo que es la resistencia en el arte; y es precisamente en este punto, donde quiero pararme hoy. Pienso que, el concepto de “revolución” es un significante que ya tiene amplia revisión y que ha sido abarcada en otros ensayos y poemas de la revista. Yo quería concentrarme en “resistencia”, al menos levemente y hacer una pequeña reflexión. La bailarina hace un acto de resistencia puro, que nace de su propia multiplicidad, de su interior.  Resistir es una acción que puede hacer cualquier cuerpo en determinado sistema arbóreo en el que se ve inserto. Todos podemos o tenemos la potencia o la posibilidad de devenir resistentes. En términos más entendibles, todos llevamos la resistencia adentro, este adormilada o no. En el momento en que nos paramos contra el sentido o la percepción común del mundo, básicamente, estamos resistiendo y estamos dándole a la vida un nuevo aire, una renovación. No solo la bailarina o el artista resiste, cualquier persona en cualquier profesión determinada puede resistir desde su posición en el mundo y en su sociedad: Médicos, abogados, obreros, taxistas, funcionarios administrativos, profesores, estudiantes, tenderos, todos pueden ejercer un acto de resistencia. Ahora bien, la resistencia tiene un vinculo muy profundo con el artista, quien la lleva a un nivel más allá, porque este tiene el poder de hacer caer en crisis las formas en que representamos y percibimos el mundo. Su resistencia puede pasar de un instante o un momento y perdurar en su obra o en su manifestación a través del tiempo. Los museos están llenos de cadáveres y leña quemada que ahora son cenizas de lo que algún día fueron. Pero que dan cuenta de llamas que alguna vez pudieron traducirse en resistencia en una determinada época.

La resistencia es una parte fundamental del quehacer artístico. Es un elemento necesario e incuestionable de cualquier producción estética. Viene desde el primer hombre que pintó en las cavernas la muerte de su enemigo, pasando por las canciones juglarescas de amor prohibido, culminando tal vez en algún oscuro poema escrito con sangre y dolor. El poeta, el artista y el filósofo resisten, ¿resisten contra qué? Contra el mundo, contra los poderes, contra las estructuras, contra el orden,  pero principalmente contra la majadería y el sentido común. Gilles Deleuze, un filosofo francés,  pensaba que el artista era una especie de medico, que diagnosticaba al mundo y de alguna forma le traía salud. Los poetas, hijos de Dionisio y Apolo, son visionarios pues son capaces de percibir la mascara y el artificio, su poesía debe dar cuenta de ese malestar o enfermedad que sacude nuestra realidad –esa terrible construcción-, y por tanto, traducirse en resistencia. Perder el miedo a la vergüenza, el rechazo o el castigo, desafiar formas de percepción. Pues retomando de nuevo a Deleuze, el artista crea perceptos -formas de percepción independientes del ser en si-, que sacuden, trastocan y mueven el sistema y la estructura cultural bajo la cual esta organizada nuestra forma de ver el mundo, de representarlo. Todos articulamos una visión.

Así, no pensamos “Resistencia”, como un fenómeno vinculado únicamente a la política o a la lucha de clases, sino  como una de las fuerzas primarias del impulso creativo de cualquier artista. La resistencia dio origen a una multiplicidad de vanguardias que desafiaron en algún momento el establechiment, los cánones y la propia forma en que nos representamos, en que nos articulamos como sujetos mediante la cultura y la tradición. En un mundo plegado de distintos poderes, de morales anticuadas, de falsas certezas religiosas, instituciones caducas y soledad constitutiva del nuevo mundo posmoderno se hace cada vez más necesaria la labor del artista. El cual, además da cuenta del artificio bajo el cual estamos inmersos y se burla de manera desenfrenada de la seriedad y la absurda certeza con la que están construidas muchas de las estructuras de pensamiento de nuestro mundo. Que son frágiles, sostenidas solo por fuertes discursos hegemónicos. Pero siempre puede pasar que una pequeña brisa de viento sople y derrumbe la edificación, el templo, un discurso insostenible, regular. 

En este sentido, el artista o el poeta, puede apropiarse de elementos emotivos, como la risa –como pensaba Bajtin-, que le permitan sacudir los mismos cimientos de la mentira en la cual vivimos. Notable es, por ejemplo, el invento de la pata física, como ciencia de las soluciones imaginarias. Una interesante forma de demostrar las falencias de la metafísica y la ciencia, de cualquier intento de creer que podemos racionalizar una realidad que en definitiva nos desborda y que jamás podremos del todo capturar. Así, vuelvo a la bailarina solitaria, que sigue moviéndose aun bajo la lluvia y la incomodidad de los transeúntes. El arte no nació para ser comodidad, no nació para ser tranquilo, no nació para ser certeza, nació para movilizar, para agitar, para sacudir, para hacer gritar. Para hacer enfrentar nuestros miedos, para hacer recordar lo frágiles que somos y para llevar cualquier emoción o percepción a un nivel más alto, donde se haga impactante, fuerte, llamativo, sublime, que nos confronte nuestra propia posición como sujetos en el mundo, nuestra forma de ser o más específicamente de lo que creemos “ser”.

La danzarina es consciente de que su danza no puede imitar ya el mundo, lo que la mueve no es el deseo de la simple representación. Lo que la mueve es un flujo, la autentica necesidad de la creación. Ella deviene baile, deviene música. Es una danza que no imita al mundo, sino que lo parodia y lo confronta.  Ella establece un dialogo con los que pasan, los interpela, les cuestiona su visión de lo aceptable y lo absurdo. Les hace sentir que en cierta medida todos estamos locos, nos invita a participar en su danza, en “resistir” al menos por un momento contra la lógica y el sentido común. Nos invita a perder el miedo a lo que nace de nuestros deseos y del orden imaginario, aquel que no es medido por el símbolo, el poder y nuestro superyó. Se para orgullosa en el centro de la glorieta, para mostrarse como una actriz del mundo, que escenifica un teatro no en un escenario artificial sino en el mismo mundo real, donde actuamos cotidianamente, donde caminamos, sin ton ni son. Su baile continúa y se multiplica, su delirio se trasmite en cada paso, en cada instante, en cada sensación. El espectador es activo, participa, no puede ignorar completamente lo que acontece. Su baile se torna así, un desafío, una resistencia, que sacude su entorno, su visión.

La invitación desde luego entonces, es a iniciar nuestra propia danza, a resistir. No solo desde la labor artística sino desde cualquier posición o razón de vivir. El fuego de la resistencia arde en mayor o menor medida en cada uno, solo hay que dejarlo crecer.  Nada puede en este mundo, contra el hombre o la mujer que danza, en un parque, en un río, en un cementerio, en un cabaret o bajo la lluvia. Esa danza de la resistencia, que es motor de movimiento del devenir artístico y que hoy tiene un toque ligeramente innombrable.



[1] Siempre me llamo mucho la atención, como se pueden juntar en una misma frase estas dos palabras: “rompoy” que hace una extraña conjunción e interpretación paisa de la palabra inglesa “round point” y Don Quijote la obra cumbre de la literatura en castellano.