lunes, 6 de mayo de 2019

"La forma del aforismo" por: Fernando Juárez Salazar

1956 Litografía, 25,3x33,9 cm The Escher Foundation Collection All M.C. Escher works © 2017

Según el diccionario de la RAE, el aforismo es una “Máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte”. Esto, por supuesto, no nos dice mucho y da lugar a grandes preguntas. Por ejemplo, ¿cuándo y cómo surgió?, ¿qué relación guarda con el apotegma, con el proverbio, el adagio, la máxima y demás formas breves del pensamiento? O esta otra: ¿qué relación mantiene con la filosofía? Con la debida licencia del lector, ensayaremos una sucinta reflexión, casi aforística, de los que juzgamos son los trazos centrales de su forma, intercalando ejemplos y sin la más mínima pretensión de resolver la totalidad de los problemas relacionados.

A pesar de su relativa juventud en tanto género literario y filosófico—microgénero, en realidad—tuvo indudablemente una larga trayectoria previa. Sus orígenes más remotos acaso haya que situarlos en los oráculos de las civilizaciones de la Antigüedad, como el de Delfos en la Grecia clásica. A la sacerdotisa délfica se le adjudican una serie de predicciones cuya ambigüedad a veces dieron ocasión al equívoco. Célebre es el episodio en que Creso, el ambicioso rey lidio, decide iniciar una guerra contra Ciro el grande, persuadido por el oráculo que pronosticaba la destrucción de un gran imperio si emprendía la guerra contra los persas. Ese gran imperio no resultó ser el persa, sino el suyo. Digamos de paso que aquellos oráculos no estaban desprovistos de cierto ingenio y gracia poética. Prueba de ello son algunos versos en hexámetro conservados por la tradición, como el siguiente fragmento, que debemos a Heródoto (I, 47), aquí vertido en un hexadecasílabo:

Sé el número de la arena y la medida del mar,
al sordomudo comprendo, y oigo la voz del que calla…

En la brevedad característica del aforismo creemos reconocer una ligera reminiscencia de las máximas atribuidas a los Siete sabios, lacónicas por antonomasia y emparentadas con la poesía gnómica (“conócete a ti mismo”, “nada en demasía”, “conoce el momento oportuno”…), así como de la manera fragmentaria en que nos han llegado las obras desaparecidas de los filósofos presocráticos, entre los que sin duda destaca Heráclito “el oscuro”, quien se ganó tal apodo gracias al color de su tez, aunque también a causa del aire misterioso y hermético de sus enseñanzas. Lo que resulta más que claro a la luz de los siguientes dos fragmentos sobre el tiempo, en los que seguimos la traducción de José Gaos.

Este mundo, el mismo para todos, no lo hizo ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que ha sido eternamente y es y será un fuego eternamente viviente, que se enciende según medidas y se apaga según medidas.

*  *  *

La eternidad es un niño que juega a las tablas: de un niño es el poder real.

Muchas páginas podrían escribirse sobre el significado preciso de estos dos fragmentos, sin llegar necesariamente a una conclusión convincente, y no obstante, inspirarnos una concepción acabada del tiempo, como acaso le ocurriera a Hegel o Nietzsche. 

Otro antecedente del género pudiera verse en el estilo sentencioso de pensadores morales como Marco Aurelio y Epicteto, más proclive a la elaboración de máximas morales, que nunca logran ser completamente tales, pues las empuja la fuerza de un discurso breve y sencillo, pero bien desarrollado. Baste como ilustración un pasaje de las Meditaciones (II, 17), seguido de otro tomado del famoso Manual (I, 1-3), de los respectivos autores.

El tiempo de la vida humana, un punto; su sustancia, fluyente; su sensación, turbia; la composición del conjunto del cuerpo, fácilmente corruptible; su alma, una peonza; su fortuna, algo difícil de conjeturar; su fama, indescifrable.

*  *  *

De lo existente, unas cosas dependen de nosotros; otras no dependen de nosotros. De nosotros dependen el juicio, el impulso, el deseo, el rechazo y, en una palabra, cuanto es asunto nuestro. Y no dependen de nosotros el cuerpo, la hacienda, la reputación, los cargos y, en una palabra, cuanto no es asunto nuestro. Y lo que depende de nosotros es por naturaleza libre, no sometido a estorbos ni impedimentos; mientras que lo que no depende de nosotros es débil, esclavo, sometido a impedimentos, ajeno.

Pero ya sea que fueran éstos u otros los precursores reales, quizás lo más acertado sea ubicar su nacimiento como género hasta los inicios de la modernidad, y más en particular en 1669, con la publicación de los Pensamientos de Pascal. Esta suerte de pesimista cristiano produjo dignos ejemplares del género. En realidad su intención era componer una magna obra apologética del cristianismo, mas en su lugar lo único que legó a la posteridad fue un conjunto vasto y numeroso de anotaciones y ocurrencias dispersas, cuyo probable ordenamiento ha ocasionado fuertes dolores de cabeza a estudiosos y editores. Éstas, sin embargo, merecen el nombre de aforismos en el mejor sentido de la palabra. Si la máxima moral y la simplicidad estilística de los estoicos tenían como fin moralizar al receptor y guiarlo en su actuar práctico, el aforismo que resultará a partir de Pascal servirá igualmente para el fin contrario. A continuación presentamos los pensamientos núm. 354 y una parte del núm. 83 de la edición de Brunschvicg.

La naturaleza del hombre no consiste en avanzar siempre: tiene sus idas y sus retrocesos.
La fiebre tiene sus escalofríos y sus ardores. Y el frío demuestra tanto la importancia del ardor de la fiebre como el calor mismo.
Con las invenciones de los hombres siglo tras siglo sucede lo mismo. Con la bondad y la maldad del mundo en general sucede otro tanto.
Plerumque gratae principibus vices. [La mayor parte del tiempo los cambios gustan a los príncipes (Horacio, Odas, III, 29).]

*  *  *

El hombre no es más que una criatura llena de error natural e indeleble sin la gracia. Nada le muestra la verdad. Todo le engaña…

Finalmente será Nietzsche, en pleno siglo XIX, el que lleve el aforismo a su mayor popularidad y a consumarse como una forma privilegiada para la reflexión filosófica. Algunos de sus libros son meras colecciones de aforismos, y ejercerán influencia decisiva en un autor difícil de clasificar como es E. M. Cioran. La producción escrita de este último casi se agota en agrupaciones de aforismos de variada extensión y temática, donde emotividad y lenguaje poético avanzan a la par con la crítica y la ironía que le distinguen. Así, con Nietzsche y Cioran el aforismo se antoja inseparable del gesto escéptico o provocador.

En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado… Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.

Como nuestra intención jamás fue agotar la materia, a conciencia plena hemos callado todo lo relativo al Oriente y a muchos otros autores europeos. Nuestra ignorancia no nos consintió más.

Sentenciemos por tanto que el aforismo contrasta claramente con el ritmo sigiloso, ordenado y sistemático propio del tratado, la suma, el diálogo y otros géneros de la tradición filosófica. Es abrupto, sintético, contundente y fugaz como un rayo o una bofetada. De ahí también la confusión que despierta en el lector desprevenido que no se ha detenido a investigar el posible contexto, del que el autor anula toda pista, invitándonos a que exploremos su mundo con verdadero interés, o bien que abandonemos la empresa y nos retiremos sin nada. (…Es esotérico.) A diferencia de otras formas literarias de la filosofía, el aforismo apela a nuestra intuición, dejándonos sumidos en la impresión de tratarse de una revelación que ha venido desde arriba—o desde abajo, desde lo más profundo. No sorprende entonces que haya sido un autor místico como Pascal su redescubridor ni un ateo mistificante como Nietzsche su principal difusor. Su vocación para la sugerencia le ha permitido fundirse de vez en cuando con el ensayo, contagiando la prosa que se le aproxima o engendrando diversos grados de ensayo breve o microensayo, híbridos de atractivo indiscutible.

El aforismo es comparable a cualquier orificio que se infringe en la pared: al que permanece distante no le muestra nada, pero ofrece una visión completa de la habitación contigua para el que se acerca y vuelca su entera atención en él. Se trata de un género que nos enseña a apreciar la complejidad y grandeza de las cosas más pequeñas y efímeras, tanto de la vida como del pensamiento.


*Fernando Juárez Salazar Licenciado en Filosofía por la Universidad de Guadalajara. Cursó, en el área de Estética, la maestría en Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus áreas de interés son la Estética, el Psicoanálisis, el Marxismo y la Historia de la Filosofía.

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