Ver una entrada al azar

miércoles, 25 de enero de 2023

"Caos" relatos de Ana Gabriela Banquez Maturana


Cambios

No es fácil dominar el arte del desapego; perder lugares, nombres y momentos sin retorno alguno.
Como yo he perdido los minutos del reloj de mi vida, entre cortas interrupciones de unos segundos vacíos, que cuelgan en miedo.
Los hecho de menos, pero su pérdida es natural para la vida, que va por distinto camino a mi tiempo.
No lo comprendo, aunque lo haya vivido durante muchos años y las voces de los recuerdos nunca mueren. Ni siquiera al interrogar el silencio que acompaña mi noche y me incurre más en la incertidumbre.
¿Y ahora que vendrá?


Caos

Sufre incansablemente mi conciencia, ostentando el dolor de cargar un caos por dentro, con el alma atormentada por los recuerdos.

Sin sosiego alguno, entre el tiempo que se descarga los minutos y no deja correr la vida, es cuando evidenció el vacío en el que está sumergida mi existencia.

Perdida entre la historia y dos tiempos que nunca se separan, mientras el sufrimiento pasado me hace recordar momentos sin retorno, entre ecos guardados del subconsciente.
En ese instante quisiera perder la memoria, retirar de mi mente la conciencia, porque quizás en medio de tal locura, podría restaurar la cordura de una mente en calma.


Investigadora

Añoraba incansablemente ser la dueña de las primicias, aunque eso le significará cavar hasta lo más profundo del secretismo social y desenterrar las más olvidadas noticias en sepultura andante.

No le temía a los prejuicios que acogería su imprudencia necesaria, mientras tuviese por objetivo liberar la verdad del mundo, enclaustrada entre seres opresivos y con sed de malicia. Para ella, arriesgarlo todo por sus convicciones y la razón no era baladí, sino esencial.


*Ana Gabriela Banquez Maturana. Administradora industrial de la universidad de Cartagena, con experiencia en el control estadístico de la calidad, participe en varios encuentros literarios a nivel nacional e internacional (Rumanía, México, Perú, Colombia…), autora de artículos científicos con múltiples indexaciones (DOAJ, Google academic, Stanford libraries,..), y obra literaria (Amazon, booktopia…).

lunes, 23 de enero de 2023

“Julia y el espejo” relato de Manuel Arboccó de los Heros


Me miré al espejo y me sentí vieja. Bueno, vieja no soy pero así me siento últimamente. Y hoy importa tanto lo que sentimos como lo que los demás ven en nosotros. Ya no tengo 20, sino 43 años. Mi piel y cabello han cambiado, ahora ya uso esas cremas que de niña veía usar a mis abuelas y a mi madre. En el frío mercado de las apariencias y el deseo soy consciente que ahora ya no atraigo tantas miradas como antes, sin embargo, me siento regia la mayoría de las veces, al menos cuando no me viene la depre. Soy profesional, tengo un buen empleo y recursos que me han permitido tener un departamento de lujo, así como un moderno Audi. Pero aun así siento que me falta algo.

Mi época juvenil y rebelde ya han acabado. El feminismo acalorado y achorado de mis veinte también. Y me siento estafada por todo ello, me autoengañé. Se me dijo que no debía depender de un hombre ni económica ni afectivamente –¡como si eso de lo afectivo no fuera parte del amor!- que lo de la maternidad era un antigualla muy propia de mujeres oprimidas por un sistema machista y patriarcal que las amarraba a una casa y los hijos; grité junto con otras que una mujer debía priorizar sus necesidades y avasallar en el campo laboral y educativo y que el hombre era el enemigo natural de las mujeres por lo que había que “usarlos” y tirarlos luego como lo hago con una toalla higiénica. Pues bien, yo me creí todo eso y lo hice. Tengo un posgrado en administración de empresas, plata en el bolsillo y en el banco, he disfrutado del sexo con varias parejas a lo largo de mi vida y siempre viví enfocada en mis deseos y necesidades. A la mierda el resto. Y no me quejo, en ese tiempo la pasé bien. Pero creo que no pensé en el futuro. Hoy tengo una casa, pero no un hogar, el sexo puede ser bueno, aunque ocasional pero el amor y la compañía calidad brillan por su ausencia; los calendarios van marcando el final de un reciente deseo de ser madre y todo por lo que luché en debates universitarios y reuniones de bares feministas hoy me saben a nada. Finalmente, el machismo y el feminismo son dos caras de la misma moneda.

Pero ya está, tengo algunos amigos, cuento con el cariño de varios en mi familia y la debida solvencia económica para caer bien parada cuando algún problema se presente. Ser blanca y tener dinero es en Lima casi un seguro perfecto. Ya sé que no seré madre y difícilmente seré esposa pues mi carácter –competitivo, independiente e intolerante- es cada vez más marcado. Mi tristeza de los fines de semana la busco aplacar a punta de clonazepam y a veces de sertralina, junto a una botella de vino tinto Merlat Reserva Kendall-Jackson que me encanta. Tengo a Mimi, mi gata fiel y con osteoporosis y a Patricio, un amigo algo vago, pero bueno en la cama quien me visita algunos sábados. Me hace reír y no me interrumpe cuando quiero llorar. Él tampoco se va a casar nunca, me lo ha asegurado; tiene un hijo que no ve ni verá porque su madre se lo llevó bien lejos, a Madrid, para evitar que tenga contacto con su padre. Olvidé decir que además de vago es medio fumón. Pero vive muy bien, heredó una gran fortuna de sus padres y tiene una casa en La Molina que parece el Hotel Marriott.

En las noches, desde el sofá de mi living, frente a mi Tv plasma de 55 pulgadas y con mi copa de vino en la mano, veo caer a otro tramposo en el programa de ampays de la vieja urraca, y adiós a otra relación de pareja. Y vieran ustedes como me río a carcajadas. Son mis momentos de felicidad.


*Manuel Arboccó de los Heros. Lima (1974) Psicólogo y escritor. Docente Universitario. Fue articulista del Diario Oficial El Peruano desde el año 2014 al 2020. Divulgador en temas psicológicos y sociales, desde su espacio en el blog llamado Nos sobran las palabras. Ha escrito el libro Tiempos inciertos: aproximaciones a la sociedad posmoderna (Atenhea Editorial, 2020). Además de muchos artículos académicos psicológicos, todos ellos disponibles en la web. Ha publicado cuentos, poemas y ensayos en diversos espacios físicos y virtuales. 

 

viernes, 20 de enero de 2023

"Érase una vez, en Navidad" cuento de Eréndira Corona Ortíz


Pan y chocolate caliente sobre la mesa. Papá hace un movimiento rápido y con la espuma tibia dibuja unos bigotes de ratón en su carita, Gigi solo arruga la nariz y deja escapar una sonrisa dulce, más dulce que la merienda que está a punto de degustar. Todos sonreímos.

 Después de comer y de ayudar a levantar la mesa, corremos hacia la estancia. Nos acercamos al arbolito de navidad. A Gigi le gustan los reflejos, en especial los de su cara sobre la superficie lustrosa de las esferas, infla sus mejillas sonrosadas para exagerar el efecto de distorsión que tanto nos causa gracia. Esferas decoradas con rostros de niñas: rostro risueño en color morado, rostro con lengua de fuera sobre fucsia, rostro con nariz fruncida en tinte azul. Ahora nos tumbamos sobre la alfombra de la sala para abrir los regalos. Mamá toma la caja más grande, la que está forrada con un hermoso papel estampado de muñecos de nieve cubiertos de brillantina que refleja los destellos de luz y que en la parte superior tiene un gran moño dorado, y la coloca frente a nosotros. Gigi posa la palma de su mano sobre la mía sujetándome como siempre lo hace cuando alguna emoción la desborda. Juntas vamos quitando el papel que lo envuelve y, con toda delicadeza, lo hacemos pedacitos.

 No tarda en aparecer ante nuestros ojos una grandiosa villa navideña en miniatura. En el centro hay una construcción que parece un castillo, alrededor varias casitas multicolores sobre una avenida principal con pequeños carruajes y algunos habitantes que deambulan por ahí. Ella se voltea asombrada y me pregunta si algún día seremos princesas y si tendremos un castillo así de lindo. Le digo que sí. Me pregunta si siempre estaré a su lado. Contesto de nuevo, que sí. Luego, a causa de tanta emoción, creo, sentimos como nuestros párpados pesan y ella lanza un bostezo. Entonces papá nos toma en sus brazos y mamá se hace cargo de nuestro regalo para llevarnos hacia la alcoba. Ya con el pijama puesta, Gigi insiste en que nos lean un cuento antes de dormir. Ahora es de noche, la velada es muy fría y afuera todo está bajo el hechizo de un silencio blanco, pero ella y yo estamos a salvo en nuestra habitación. Papá ha terminado de acomodar los edificios de la villa en el piso de nuestra recámara y enciende con cuidado las luces que la decoran. Ella se acomoda sobre el costado de mamá y esta comienza a leer: Érase una vez...

 Yo, desde donde estoy, también me veo envuelta en la calidez de su voz, mientras contemplo por una ventana diminuta los reflejos de la avenida principal, de los elegantes carruajes, de los paseantes que vienen y van, y de una dulce anciana que apoyada al lado de un aparador y con las manos estrechadas a un costado de su rostro, se va quedando dormida bajo un techo de estrellas.

 

* Eréndira del Carmen Corona Ortíz nacida el 29 de octubre de 1984 en la antigua y hermosa ciudad de Veracruz, México. Estudió ingeniería en telecomunicaciones y ejerce en el campo de la automatización. Ha publicado también en revistas como Punto en Línea (UNAM), Taller Ígitur, Isliada, otro Lunes “Revista Hispanoamericana de Cultura”, Letralia - Tierra de Letras, Papenfuss (Boletín español impreso) y el sitio +Literatura de Tecnología Industrial. Es autora de dos libros auto publicados: “Los mundos de la mariposa” y “Cálculo de Utopías: Microficciones y Poemas” en versión kindle e impresa.

miércoles, 18 de enero de 2023

“Batallas internas” poemas de Washington Daniel Gorosito Pérez



SOLEDAD
 
La soledad de los espacios
infinitos me aterra.
Pascal.
 
muda, etérea, indisciplinada,
se rompe ante la vista
del mundo.
 
La voluntad de ser libres
nos guía.
A veces,
flaquea esa voluntad.
 
¿Hacia dónde se inclina el fiel
de la balanza de la libertad?
 
Vista nuestra decadencia actual,
es imposible pronosticar,
si seremos preservantes,
para construir la libertad.
 
O nos encerramos más
en la soledad.


PRIMERA LÍNEA
 
Mientras trato de escribir,
mastico un poco de sol.
Las hojas sueltas me rodean.
Pasan poco a poco los minutos
y expulso lentamente,
la primera línea de un poema.
Escritura escarpada, ambigua e infinita.
Plasma historias de pesimismo maldito,
y soledades humanas,
que conducen a una batalla,
de final incierto.

 
MÉXICO CIEGO
 
La voz se traga las palabras
 retumba un grito agonizante.
Sopla el viento de la muerte.
 
Mientras,
los viejos dioses dormitan
a pesar de la fiesta
del grillerío.
 
Nervios ocultos bajo la piel urbana,
el moho cubre un pueblo entero
las tumbas las lava el aguacero.
 
Gotas de lluvia extraviadas,
rimando mil tormentas
en versos acuosos.
 
El dolor corre por las mejillas.
 
Mictlantecuhlli tiene mucho trabajo,
los periódicos nos venden mentiras
en un país que vive sin ojos.

 
EL ALQUIMISTA
 
 
El hombre se ve fragmentado, mutilado,
es un ser aplastado por las circunstancias.
días de incertidumbre constante.
de rompecabezas, sin cabeza,
donde faltan piezas.
 
El silencio roto por voces lastimeras,
rodea todo,
batahola de extinción en el tiempo.
 
El hombre está suspendido,
la oscuridad irremediable lo habita,
 
En una grieta de impotencia,
el alquimista sueña...
 
La tristeza está presente,
en sus ojos grises profundos,
en los surcos de su frente.
 
Lo marca una grieta de impotencia
que huele a sueño eterno.
 
Adormecidas las ideologías,
en el espacio y el tiempo existencial.
 
Queda obnubilado ante la imagen
que simboliza la oclusión del pensamiento.

 
BATALLAS INTERNAS
 
Si el destino me trae otra batalla
yo sabré merecerla.
Jorge Luis Borges
 
El río interior se estremece,
un espantoso grito cubre la ciudad
rompe el silencioso secreto
de la naturaleza humana.
 
Es la soledad de la vida,
dilatada de miedos,
carente de luces,
con voces sin sonido.
 
De suspiros agrietados,
de agonías conscientes,
de eclosiones interiores,
de desencuentro.
 

PESADILLA
 
Luz plana,
esparces tu sombra contenida,
pedazos de periódicos,
se unen a mareas de objetos inservibles
que el viento recicla amorosamente.
Intrincado laberinto urbano.
 
Es de noche,
se hace tarde,
la gente se dispersa.
 
Los edificios se robustecen,
grandes formas caminan hacia el cielo,
cubiertas por la enorme oscuridad.
 
El tiempo se desliza
en el silencio de la noche.
 
Ahí, donde se hunde la eternidad
sin dejar huellas tras de sí,
sólo pedazos de imágenes.
 
Emergen de la turbia niebla
cascarones de navíos,
náufragos sin mar.
 
Pasarán grandes lunas y
cielos encapotados.
 
Soles con ojos de insomnio,
no despertarán al hombre
de la pesadilla de caminar
a la deriva.
 

 
*Washington Daniel Gorosito Pérez, Escritor. Poeta. Ensayista. Investigador. Periodista. Conferencista. Catedrático Universitario. Autor de la columna “Encuentro con Gorosito” de temas de política internacional y culturales que se publica en países de América y Europa. Analista de Información Internacional y Defensa. Parte de su obra literaria y periodística ha sido traducida y publicada en inglés, ruso, japonés, italiano, rumano y portugués. Ha obtenido premios de poesía, ensayo, cuento y periodismo en Uruguay, México, Brasil, Chile, Argentina, Estados Unidos, España, Francia y Alemania.

martes, 17 de enero de 2023

"La habitación secreta" cuento de Kamila Castillo


La música en vivo de una banda tocando instrumentos de viento, cuerda y percusión se colaba por mis oídos como ligeras ondas sonoras que hicieron olvidarme de que estaba en un evento social, sentada en una silla, observando la blanca tela del mantel, el plato vacío de cerámica y la diversidad de cubiertos a sus lados.  

Veía a las personas hablar y tener contacto físico con otras, intercambiar números de teléfono y planear encuentros para seguir hablando acerca de lo que sea que estuvieran discutiendo. Llevaba ahí toda la dichosa fiesta sin entablar una conversación con absolutamente nadie.

—¿No irán a servir la entrada del menú de comida? —me pregunté mientras cruzaba los brazos.

Soltando un bufido, me puse de pie observando el panorama. Estaba aburrida, así que saldría a caminar por los grandes y bonitos jardines que el salón de eventos poseía, al mismo tiempo dedicaba un poco de atención a los ornamentos instalados en las paredes.

Tras una breve caminata, divisé una gran puerta de cristal en dirección a los jardines traseros, estos se componían de un prado lleno de césped de color verde algo húmedo por el sereno de la noche. Comenzaba a sentir un poco la soledad, ya que, ahora, el único sonido existente era el repiqueteo de mis tacones contra el concreto.

Conforme avanzaba, reducía el número de personas socializando, en cambio, incrementaban la oscuridad y el silencio. Hasta que, a lo lejos, observé una construcción. Parecía deteriorada, de aspecto lúgubre, como si hubiera estado abandonada hace mucho tiempo. Mi curiosidad despertó, así que caminé a paso rápido hacia ella, pero mientras más me aproximaba un olor algo fétido penetró mis fosas nasales.

Me acerqué un poco más a la entrada de la construcción para percibir mejor ese olor y supe que provenía de adentro.

Acerqué mi mano a la cerradura protegida con un candado de metal oxidado, lo estaba tanto que sólo bastaron unos cuantos jalones para que cayera al suelo produciendo un sonido seco en medio del silencio.

La situación empezó a tornarse rara.

Empujé la puerta observando el material con el que estaba hecha, aun así, no pude determinarlo. Mis ojos revolotearon por toda la zona, era una especie de vivienda pequeña y reservada, pero se notaba que llevaba años sin uso por el polvo acumulado en el suelo de concreto (porque no tenía mosaico) y en las ventanas de vidrios polarizados.

La oscuridad era notoria así que busqué un interruptor. Al menos, un poco de la luz de la luna se filtraba por las ventanas, era lo que me alumbraba permitiéndome poner en práctica la orientación. Pero al tocar los bordes de las paredes, me di cuenta de que no había interruptores, así que saqué mi celular del bolsillo delantero de mi pantalón, encendiendo la linterna.

Y al momento de dirigirla al suelo, mi corazón se aceleró de inmediato bombeando sangre con velocidad hacia todo mi cuerpo, los nervios se ramificaron a cada articulación inmóvil, las cuales no respondían porque estaban tan asustadas como yo.

Había un camino de sangre seca.

Pequeñas manchas rojas estaban pintadas en el suelo gris, algunas más intensas que otras creando un camino aterrador de sufrimiento, del cual no podía despegar mi vista. Automáticamente el olor fétido se intensificó, a pesar de que probablemente las bacterias estaban muertas y también noté un ligero olor a hierro.

Tenía miedo.

Mi respiración se tornó irregular con cada paso que daba, mi cerebro estaba bloqueado, sin embargo, no podía dejar de caminar, simplemente no podía, estaba cegada por la curiosidad, a pesar de que el miedo me estuviera carcomiendo los huesos. 

Me encontré con una pared al final del pasillo, el suelo aún seguía teñido de rojo, sólo podía girar hacia la izquierda topándome con otro pasillo lleno de puertas, entonces me pregunté cuál era la función de esta construcción porque ya no tenía finta de un pequeño salón de eventos, pero tampoco de un hogar habitable.

El corazón me martillaba durísimo contra el pecho, mis pies se movían lentos y mi mirada recorría cada rincón del pasillo en un intento de hallar el origen de la sangre y el propósito de la construcción. Tomé la decisión de abrir una de las cuantas puertas, por lo que giré la perilla dorada teniendo acceso al interior haciendo el menor ruido posible.

Era una habitación normal como cualquier otra, constaba de una cama, clóset de madera barnizada, un tocador con espejo, repisas, una televisión del año 1998 y un pequeño sofá frente a la cama. Las paredes era color verde pastel haciendo una combinación extraña entre los colores cafés chocolate de las decoraciones.

—Creo que este es el baño —susurré encontrando otra puerta dentro de la habitación.

Pero al momento de acercarme ese olor fétido y putrefacto volvió a acariciar mis fosas nasales produciendo una sensación de asco y náuseas.

Y lo que vi me dejo pasmada, porque nunca imaginé encontrar algo así.

Efectivamente era el baño, tenía instalada una tina donde yacía la silueta de un cuerpo sin vida envuelto en una bolsa negra de plástico con cinta americana a su alrededor hundida en sangre, de igual manera, en las paredes del baño se deslizaban hilos rojos creando una imagen espeluznante y traumática que iba a ser imposible olvidar algo así por el resto de mi vida.

Grité.

Grité tan fuerte que la intención de pasar desapercibida se me olvidó. El miedo me invadió en forma de adrenalina obligándome a retroceder todavía gritando. Salí disparada de esa habitación hacia los tétricos pasillos donde caí de bruces al suelo, pero rápidamente me reincorporé. Nuevamente, casi me resbalé con mis propios pies por todos los atisbos de emociones que me hacían perder el equilibrio.

Corrí. El tiempo pareció ser lento y al segundo estalló en una velocidad sorprendente. Era una carrera horrorizada y jadeante donde mis piernas eran presas del pánico y dolían, mientras que mis pulmones clamaban oxígeno, pero no podía parar porque la adrenalina me lo impedía, aun sin saber a dónde me dirigía.

De repente sentí el impacto de la helada brisa acompañada de pequeñas gotas de lluvia produciéndome un escalofrío. Había aire. Me permití respirar mientras seguía corriendo tan rápido aún con mis cansados pulmones.

Y vi el estacionamiento donde mi vehículo estaba detenido cerca de una acera.

Corrí con el viento impactando mi rostro removiendo violentamente mis cabellos. La distancia pareció ser eterna, después corta, hasta ser sólo centímetros, solo podía pensar en irme lejos de ahí y jamás volver.

Me subí a mi auto y pisé el acelerador.

Fue cuando me juré a mí misma nunca regresar a esa habitación que se mantuvo secreta por semanas donde se cometió un asesinato de primer grado, actualmente siendo investigado por el Departamento de Policías local, en el que yo me había convertido en una clave elemental, sin si quiera saberlo.

 

* Kamila Castillo, nació en H. Matamoros, Tamaulipas en el año 2007, actualmente cursa el primer semestre de preparatoria en su ciudad natal, donde disfruta escribir cuentos en la materia de taller de lectura y redacción. Gusta de leer misterio y fantasía, así como el suspenso y de vez en cuando un poco de terror. Admira a Edgar Allan Poe por su peculiar forma de redactar sus cuentos y novelas, este escritor ha sido su mayor inspiración para poder hacer sus propias obras literarias y redactar de la manera en que lo hace. Ha publicado en revista delatripa: el narratorio, revista Sombra del Aire, próximamente en revista Mimeógrafo y algo más.