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miércoles, 11 de septiembre de 2019

"Los rostros de Galán-Salgado" cuento de Marcelo Rubio

El cuarto donde lo introdujeron no tiene ventana, solo una mesa plástica y dos sillas actúan de mobiliario. El piso es de cemento y las paredes lucen, como decoración, pintura gris acerado. 

Cuando salió de Buenos Aires no pensó estar en esa habitación de 3 x 3. Tampoco imaginaba eso durante los tiempos en los que fue actor de fotonovelas y debía posar con gesto de sorpresa, odio, felicidad (uno de los más difíciles. Tenía que ser muy preciso para evitar confusiones con otros rictus.

 Él colocaba los ojos hacia arriba y arqueaba las cejas, tal como había aprendido en la escuela de teatro). De vez en cuando lograba rozar los labios de alguna actriz, así de poco apasionados eran los besos en las fotonovelas.

Nunca llegó a la televisión. Interpretó algún que otro papel, pero muy lejos de lo masivo. A veces cree que su representante no fue los suficientemente hábil para negociar. En otros momentos asume que el talento personal no alcanzó.

Desde fuera del cuarto llegan conversaciones incomprensibles, ruidos de pasos. La voz femenina que emiten los parlantes es amable, todo lo contrario a la actitud de los policías que lo condujeron hasta allí. También carece de ese adjetivo el hombre calvo que debe agachar su cabeza para pasar por la puerta. Farfulla algo en alemán, está fastidioso y sudado. Se quita el saco, la camisa le queda demasiado justa.

—Martín Galán es mi nombre artístico, pero mi documento dice Jerónimo Salgado.

El alemán corpulento se enoja, golpea la mesa con el puño. Galán o Salgado, como se prefiera, busca hacerse entender.

—Actuaba en fotonovelas —dice, y se pone de perfil, hace con las manos el gesto de fotografiar y luego dice—: Ich war ein glücklicher mann. —La única frase que sabe en alemán.

Es verdad que lo enviaron a hacer un curso de idioma germano, pero él fue a dos clases, consiguió un certificado falso y se olvidó del asunto. Le habría sido muy útil entender a ese hombre calvo en el aeropuerto de Frankfurt.

El alemán coloca sobre el escritorio el pasaporte de Salgado, señala una hoja y pregunta, pero Galán o Salgado, al momento da igual, no comprende y procura continuar explicando algo que al hombre calvo no le interesa.

 —Fotonovelas. Fui algo famoso en mí país. Una de los editores sugirió que me cambiara el nombre de Jerónimo Salgado, porque no sonaba bien.

El calvo resopla, se pone de pie, toma el pasaporte y sale dando un portazo.

Salgado se siente emocionado. Por primera vez está viviendo algo apasionante. Galán no sabe si conoce esta sensación.

Había pasado varios meses sin trabajo. Fracasaron los proyectos para hacer teatro y las fotonovelas habían dejado de ser un éxito. Su participación en la película “La Dama Gris”, mereció una crítica lapidaria. El periodismo tuvo para con Galán los mismos malos modos que el grandulón mostró al abandonar el cuarto.

Hacer fotonovelas era poco excitante, había una sola cosa que logró tenerlo en vilo: saber cómo serían las lectoras de esas publicaciones. Por algún tiempo las imaginó delgadas, apenas maquilladas, leyendo en un sofá mientras disfrutaban del té con masas. Hasta el día en que al comprar media docena de huevos descubrió que estaban envueltos con las páginas de una fotonovela suya. Allí la idea sobre sus lectoras cambió, no sé si logró acercarse a la realidad, pero seguro dejó de ser tan naíf. 

Como desafío para Galán, componer al personaje de Salgado en la misión fue de lo más interesante. 

Al nuevo trabajo, por el cual ahora estaba en ese cuarto, acostumbraba llegar todas las mañanas a las nueve, servía su café y sobre el escritorio lo aguardaba la tarea que alguien, secretamente, dejaba allí.

 Por lo general le tocaba desgrabar cintas de audio y, cada tanto, algún video. Era un trabajo aburrido, sin embargo lograba cobrar un sueldo. El agradecimiento siempre era para su primo, responsable de su ingreso al servicio. La labor terminada quedaba en el escritorio, y otro alguien lo retiraba. La tarea de tipear era tediosa y, además, las conversaciones solían carecer de interés (alguna vez Salgado acomodaba verbos o agregaba adjetivos). Durante el mediodía pasaba un supervisor para saber que las labores fueran cumplidas. El momento de mayor gloria para Salgado, no puedo afirmar que lo fuera para Galán, resultó cuando desgrababa una receta de pastaflora. El supervisor le dijo que esa no era una receta, ahí había un mensaje encriptado.

—Tal vez de una célula terrorista. Siga, siga, y veremos qué sacan los de arriba.

Salgado transcribió con esmero, e hizo una copia para él. Compró el libro Cómo decodificar mensajes y pasó el fin de semana procurado encontrar el recado oculto. No lo encontró. Un par de jornadas después consultó al supervisor por aquella receta.

—¡Ah! No, no había nada útil, salvo que la mujer de uno de los decodificadores aplicó la receta, y parece que la pastaflora le salió deliciosa.

Aquella vez estuvo a un paso, ahora, en ese cuarto, sabe que está parado sobre la misma gloria.

 Durante la semana en la que preparó el viaje, recibió en su escritorio el sobre con escasas instrucciones, el pasaje a Frankfurt y algunos euros. El supervisor se acercó para preguntar si estaba todo claro. Ya en ese momento Galán armaba el personaje.

—¿Tengo que llevar pistola?

—Déjese de joder, Salgado. Acá no se trata de disparos, tiene que usar la cabeza y conocimiento del alemán.

El pelado grandote abre la puerta, sin embargo no entra, ingresa una mujer, debe pasar los cuarenta años, tampoco tiene un gesto amable. Salgado piensa que debe ser una característica de todos los habitantes de Alemania; Galán no piensa, porque según él, es actor de fotonovela, y nunca le pagaron para tareas intelectuales.

Salgado se pone de pie para recibir a la mujer. Tal vez porque es la primera presencia femenina que tiene desde hace meses, es que advierte la propia desprolijidad. El traje gris que eligió para el viaje no le cae bien, y además, los pantalones se ven arrugados. Avergonzado de su condición apenas mira a la mujer. Ella apoya la cartera roja sobre el escritorio, es una dama elegante, huele a perfume fresco. El alemán cierra la puerta, y Salgado conoce la voz de su visita. 

—¿Qué diablos pasó? Se suponía que mandarían a un espía con experiencia.

Salgado se arrellana en el asiento, a Galán el rostro de la mujer le parece fotogénico, un papel de malvada le caería perfecto. La voz cascada por el cigarrillo prosigue.

—Todo esto demora la misión. ¿Lo comprende, verdad?

—Sí —vacila Salgado—. Pero no me quedaron claros algunos puntos de la misión.

—Es que un espía sabe las cosas sin que se las digan. Ahora cuénteme cómo ocurrió.

—¿Cómo ocurrió qué? —Levanta la voz Salgado.

—Hable bajo, hombre, puede haber micrófonos —dice enojada la mujer—. Lo detuvieron porque su pasaporte no fue sellado al salir de Buenos Aires.

—La chica del mostrador… —comienza a contar Salgado.

La chica, la chica; tres carajos, la chica. No le selló el pasaporte, y usted no lo advirtió.

—No.

—Debió de ser un doble agente, tal vez se filtró información. ¿Usted habló con alguien sobre la misión?

—No.

—Claro, y qué mierda me va a decir. — Ella mastica una puteada—. Me tengo que ir.

—¿A dónde se va? —pregunta Salgado.

— A la embajada, debo llamar a Buenos Aires para pedir un nuevo espía. La misión está en marcha y no se puede demorar.

—¿Y yo?

— Se vuelve a Buenos Aires, viejo. 

La mujer se levanta, toma el bolso y sin decir más se retira. Hay unos segundos de silencio. 

Galán sabe que nada le importa de la misión, le da lo mismo que sea un éxito o un fracaso. 

Ha montado un personaje y no piensa abandonarlo en este instante. Tal vez por eso, cuando el alemán calvo ingresa al cuarto con dos policías, encuentra a Salgado luciendo una sonrisa sobradora.

Salgado toma el pasaporte que le extienden, su bolso de mano, se abrocha el saco y sale del cuarto.

El pasillo hasta el espigón 5 es largo. Caminar lento no ayuda a postergar la deportación. 

Salgado vuelve al viejo escritorio a desgrabar cintas de voces que desconoce. Galán se lleva en secreto un plan, venderle la historia a la industria del cine y hacerse famoso. En Frankfurt a nadie le importa todo esto, en Hollywood tampoco, arriba del avión Galán comienza a redactar la historia en un papel cualquiera. A Salgado le parece tan igual a su tarea diaria que decide dormirse.



*Marcelo Rubio, argentino, nació en 1966. Tuvo la suerte de publicar algunos libros de cuentos en Textos Intrusos, ellos son, Bajo el signo de Eva, La Strada, Fútbol sin tiempo, Nueve relatos atravesados en la garganta. Más allá de antalogías en las que participó y publicaciones en sitios web, su último trabajo es Lo que trae la niebla, novela publicada por la editorial Indómita Luz.


miércoles, 10 de abril de 2019

"Demolición" cuento de Marcelo Rubio



El primero de los golpes lo dieron un 15 de enero, un par de días antes se había apersonado un ingeniero o algo así, que nos anotició sobre las etapas del trabajo. Era un hombre alto, de bigote, cabello blanco. Hablaba pausado y su voz tenía un tono dudoso. Nos entregó una serie de papeles que debíamos firmar. Eran autorizaciones para demoler el primer piso de nuestro edificio, nosotros vivíamos en planta baja. Sin más consultas firmé, el hombre nos garantizó que cualquier inconveniente que generara la demolición sería pagado por la empresa.

Aquel hombre no regresó o, al menos, no volvimos a verlo. No advertimos que esos días previos al inicio de los martillazos tendríamos que haberlos disfrutado. No lo hicimos. El día del inicio observamos el desfile de una veintena de obreros vestidos con pantalones y camisas caqui, y cascos amarillos; portaban mazas, picos, palas. Ahí se terminó el silencio.

En el comienzo los golpes parecían llevar odio, furia; pensamos que en verdad era la euforia del inicio, esa voluntad de tomar todo con vehemencia para terminar lo antes posible. Pero, siendo sinceros, la violencia de aquellas embestidas nunca perdían intensidad.

Los golpes eran constantes, arrítmicos, no había instantes de silencio; al segundo día de la demolición, la araña del living comenzó a oscilar (aún no había aparecido la grieta) y de inmediato empezó a caer un polvillo, parecía que nevaba. Pronto los muebles quedaron cubiertos por una fina capa blanca. Dudé algunos minutos y finalmente decidí subir para informar la situación a los obreros. Al ser un PH compartíamos pasillo de acceso, fui hasta la escalera, apenas trepé dos escalones salió a mi encuentro un hombre que se identificó como el capataz. Estaba sudado, con tierra adherida a la piel y a la ropa. Se quitó el casco amarillo, pude ver una línea que dividía la frente en dos, un sector limpio y otro sucio. Le conté lo que sucedía. El hombre tomó aire, a su espalda tronaban las mazas y los picos. Me respondió. Fue escueto, quedamos algunos segundos entre los estruendos, luego él saludó, dio media vuelta y regresó a la tarea.

Volví a casa, reuní a mi mujer y al abuelo. El polvillo seguía cayendo, los golpes retumbaban entre las paredes, tuve que alzar la voz para que me escucharan.

—¿Eso dijo? –preguntó incrédula mi mujer.

—Sí, y también que con el paso de los días iría empeorando.

—¿Peor que esto? –dijo ella, y pasó un dedo por el vajillero lleno de polvo, solo atiné a encogerme de hombros.

El abuelo tomó asiento en el sillón, prendió el televisor y aumentó el volumen al máximo. El capataz no había estado errado cuando comentó que todo sería peor. La demolición continuó por las noches. Colocaron unos focos especiales, y cuando llegaban las sombras los golpes no cesaban. Dormir era imposible, tanto como vivir. Comer se volvió un momento desesperante, debíamos sentarnos a la mesa bajo una sábana, y de esa manera comer alimentos sin polvillo. No podíamos demorarnos porque el polvillo se hacía pesado y la sábana se tornaba insostenible. Hablábamos a los gritos. Preferíamos evitar diálogos intensos. Nos inundamos tres veces, cuando afuera había una tormenta, dentro del departamento había dos. Ensayé algunas protestas, pero me dijeron que yo había firmado la autorización. Mostraron cierta solidaridad, por las noches los golpes eran más leves, pero seguían presentes. Ya no soñábamos otra cosa que no fueran ruidos.

Con la violencia de los golpes debíamos acomodar los muebles a cada rato, las vibraciones en el piso los hacían moverse. Parte de eso fue lo que complicó al abuelo, su trastorno obsesivo compulsivo le jugó en contra. En la pared de su cuarto estaba colgada una foto de quien fuera su esposa, con la sumatoria de cimbronazos el cuadro se desacomodaba. El abuelo, con paso lento y titubeante, se acercaba y lo enderezaba. Avanzada la demolición los golpes eran tan brutales que el marco de una de las puertas se salió, intenté reubicarlo. Mientras trabajaba vi pasar al abuelo unas siete veces para poner derecho el cuadro. La última vez no lo vi regresar. Logré volver el marco a su posición. Me tomé unos minutos y fui hasta el cuarto del abuelo. Lo encontré en el piso, tieso, los ojos cerrados, apretados como si resistiera un dolor, las manos juntas sobre el pecho. Los de la ambulancia dijeron que había sido un infarto, también preguntaron cómo lográbamos vivir con aquellos golpes. Les di una respuesta, desconozco si oyeron o les daba lo mismo cualquier explicación.

El velorio lo hicimos en casa, vinieron algunos vecinos, un par de primos y tías lejanas. Los hombres de la demolición, a modo de homenaje, dejaron de golpear por quince minutos, bajaron en grupos para dar el pésame. En mitad del velatorio volvieron los golpes. El cadáver del abuelo se fue cubriendo de polvo, mi mujer intentó higienizarlo, pero fue peor, le quedó la piel tiznada, parecía un militar camuflado. Llegaron un par de coronas que ubicamos contra una pared. La empresa demoledora envío una cruz de flores. Creímos que sería buena idea colgarla a la cabecera del cajón. Busqué un martillo, un clavo, cuando lo apoyé contra la pared, al primer martillazo se abrió una grieta. Uno de los trabajadores que estaba presente dijo que no era algo grave y que uno de ellos se encargaría de solucionarlo una vez terminadas las exequias. A la noche todos se fueron, quedamos mi mujer y yo, cerramos la pieza del abuelo, por la mañana vendrían los de la funeraria.

—¿Cuánto meses llevamos así?

Comprendí que entre tanto caos habíamos perdido la noción del tiempo.

—Cuando regresemos del entierro subiré para hablar con el capataz.

A esa hora era necesario hablar en voz alta, no a los gritos, pero los golpes se mantenían. Los de la funeraria llegaron temprano. Trajeron un auto fúnebre y otro de acompañamiento. En el camino de ida y vuelta al cementerio recordé lo que era el silencio. En casa nos aguardaba el ruido. Durante nuestra ausencia los muebles se habían movido, tuve que hacer fuerza para empujar la puerta, un aparador la trancaba.

Fui a la pieza del abuelo, los de la funeraria habían quitado las coronas y la cruz de flores, en su lugar habían puesto la foto de la abuela, tapaba parte de la grieta, lo único simétrico en el cuarto.

Al terminar de acomodar los muebles, mientras tronaban los mazazos, salí al pasillo para subir la escalera. Esta vez nadie me interceptó. Llegué hasta el piso superior, no había nada, ni gente, ni herramientas, ni muros. Solo cielo y silencio. Bajé corriendo. Fue abrir la puerta y escuchar los martillazos, ver caer el polvillo, observar cómo temblaban los pisos y las paredes.

—¿Qué te dijeron? —gritó mi mujer.

Contuve la respiración, luego lancé un suspiro y respondí:

—Que les falta poco, muy poco.



*Marcelo Rubio, argentino, nació en 1966. Tuvo la suerte de publicar algunos libros de cuentos en Textos Intrusos, ellos son, Bajo el signo de Eva, La Strada, Fútbol sin tiempo, Nueve relatos atravesados en la garganta. Más allá de antalogías en las que participó y publicaciones en sitios web, su último trabajo es Lo que trae la niebla, novela publicada por la editorial Indómita Luz.