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jueves, 29 de enero de 2026

"Ocurrió en Mar del Plata" cuento de Nicolas Boccardi


Ocurrió en Mar del Plata, tal vez en el barrio Las Avenidas o en San Carlos. Yo me encontraba sin trabajo y, como de costumbre, me levanté de la cama a la una del mediodía. Puse la pava para el mate.

Sí, ocurrió en el barrio Las Avenidas, reminiscencia de una mente de desempleado que pierde tiempo y lugar.

Desde mi computadora puse en YouTube “Adiós Nonino – Astor Piazzolla (violin and guitar)”. Necesitaba crear una atmósfera, porque días atrás había leído Los dos mundos, de Sergio Chejfec, y quedaba en mi memoria ese escenario de pensamiento y cotidianidad que el libro refleja.

Lo cierto es que busqué los clasificados y envié un currículum a una librería famosa de la ciudad. Pensé que mi personalidad y mi conocimiento de la literatura podrían encajar muy bien en ese local comercial.

Los días pasaban y yo seguía desempleado. En casa se empezaba a crear un escenario negativo hacia mi persona: recriminaciones, y el dinero comenzaba a escasear, cosa no poco importante. Sentía un profundo sentimiento de inutilidad. Dato no menor: mi madre también estaba desempleada y muy preocupada, lo que me generaba aún más angustia.

Mis dos hermanos, ambos con trabajo, reprochaban continuamente que eran los únicos ingresos de la casa. La misma contaba con dos habitaciones, dentro de todo espaciosa y muy bella a la vista.

Por mi parte, un pensamiento comenzaba a aterrarme. En mi mente se creaba la imagen de un revólver disparando en mi cabeza, siendo yo mismo quien lo ejecutaba.

Los libros no escaseaban. Tengo la obra completa de Borges, Saer, Dostoievski, y me entretenía con alguna lectura al azar. Buscaba también en internet. Estaba leyendo El lugar, de Mario Levrero; un aire a Kafka había en ella, quizás por influencia, o por alguna subjetividad que me tocó aquel libro La metamorfosis —libro que, por cierto, leí en un fin de semana. Aún recuerdo la angustia y la desazón de aquella lectura.

Los días transcurrían, y yo seguía sin empleo. El miedo a los posibles reproches de mis hermanos, sumado a la ansiedad de mi madre, comenzaba a derrumbar mi ánimo. No había novedades laborales ni señales de una modificación a futuro.

El mate y la lectura eran mis compañeros —aunque no excluyo el café de Costa Rica que me trajo mi amigo Pedro en uno de sus viajes por el mundo.

La imagen del revólver sobre mi sien seguía allí. Algo me debilitaba. Camus decía que todo hombre sano alguna vez pensó en el suicidio.

Sea como sea, los días seguían allí, transcurriendo como cuchillos penetrando mi carne. La esperanza se hacía cada vez más tenue.

Mi médico me había recetado ansiolíticos de rápida acción, y no tardé en comenzar a abusar de ellos. Una vía de escape rápida, segura y avalada por un profesional. Sin embargo, él no estaba allí para controlar el uso y el abuso.

Recuerdo que una tarde miré por la ventana. La luz no llenaba del todo la habitación. Tenía mi cigarrillo encendido. La imagen volvió. Solo que esta vez sonaba el estallido.

El escenario, poco a poco, se convertía en una esperanza. Y la huida era lo más sensato.


*Nicolás Boccardi es oriundo de la ciudad de Mar del Plata y es estudiante del profesorado universitario de Sociología. 

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