martes, 8 de diciembre de 2020

“Reflejos” Cuento de Santiago Garcés Moncada


Este cuento es el ganador del primer lugar en la categoría “Cuento Corto” del Tercer Festival Municipal de Poesía y Cuento Corto de Itagüí. 

Amaba a mi abuelo, de eso no cabe duda. Hablar con él era como apagar la voz del mundo para escuchar cantar a las estrellas en un coro celeste y luminoso; lo recuerdo bien, verlo era como ver una casa abandonada más allá del horizonte imaginable al brillar el sol del mediodía. Vivía exiliado, a la deriva del baile de la marea, en su silla mecedora, quemando el tiempo en la chimenea consumida de un habano, que conseguía de contrabando y sin nombre con un inmigrante de la ciudad que iba dos veces por semana. Lo pastoso de su bigote hacía de tapete a su boca abierta de par en par, donde el chirriar de sus dientes oxidados y sin aceitar dejaban escapar historias que volaban en sus palabras a los cielos de la memoria, las ventanas empañadas por el vapor del café al leer el periódico se tornaban diáfanas al paso de su corbata y el negro de sus ojos se iluminaba en una sonrisa complaciente al verme huir por la puerta de atrás que daba al patio. La maleza de su mentón crecía bellamente en los linderos de su cara y el entrecano cabello de fina plata cubría de nieve el suelo de una caricia fugaz que le daba sin preguntar, el reloj dorado colgado en la pared de su muñeca susurraba cada instante su tic tac agonizante entre el ruido de las aceras que entraba por el balcón, llenándolo todo de tráfico y semáforos en rojo y dejándonos en el embotellamiento de una habitación varada, mientras admiraba los pilares agrietados de su cara que se manchaban por la humedad de los años de mohosos recuerdos aferrados a la piel. 


Entre los pasillos de sus brazos, apretado contra su pecho, era feliz; pero esa noche… Esa maldita noche todo se vino abajo. El teléfono en la sala sonaba nostálgico en el eco de un salón vacío y oscuro, bajé las escaleras medio dormido y el amargo sabor de despertar quemaba levemente mi garganta al contestar: -¿Hola? ¿Quién es?-. La línea duró muerta unos segundos y una voz apagada de mujer, como en un susurro de ultratumba que me heló la sangre, me dijo: -Pásame a tu madre, Nicolás, pasó algo grave. Ve rápido, hijo, corre… -¡Mamá, ven rápido!-, grité con cierta desesperación. Un mal presentimiento me palidecía la frente sudorosa, la cara de zozobra y confusión que mi mamá me lanzó al bajar las escaleras, somnolienta, se quebró de golpe al recibir la llamada. 


-Es papá...-, dijo conteniendo el llanto. -El tumor ha reventado y se expandió por todo el cuerpo, quiere vernos a todos-, y luego, como si lo insultara, pidió perdón. 


El abuelo llevaba ciego un par de años, pero yo sabía que él era el único que de verdad veía; ciegos somos todos y algunos no logramos ver en toda la vida, pero él veía a través de las vendas y sonreía como si en su cara a cada instante amaneciera. 


-Vamos para allá-, dijo sollozando, y yo sin preguntar subí a mi cuarto a vestirme con los despojos de la ropa que dormitaba desordenada sobre la silla, donde la dejé después de cenar para ponerme la pijama. 


La noche emanaba un frío mortecino que se colaba por el cristal empañado de neblina; mamá no hablaba y solo miraba al frente, no me atrevía a preguntar qué pasaba. Las lágrimas que iban a morir a sus labios rotos y resecos jugaban cruelmente a recorrer su mejilla, como imitando a las gotas en el cristal de la ventana, que vagaban tristemente dejando un camino transparente a su paso. 


La muerte se escuchaba saltar por los árboles, cantando con el viento entre las ramas, y el miedo y la tristeza que acechaban nuestros pasos apenas los disimulaban las tinieblas. 


La carretera se hacía infinita en la incertidumbre de la oscuridad, dejándonos abandonados a la periferia de las luces delanteras de la camioneta. La casa del abuelo estaba no muy lejos, a una hora de camino de la nuestra, pero cada segundo pasaba largas jornadas despidiéndose de nosotros. 


Las invisibles nubes lloraban sus profecías a la tierra, y yo que apenas era un niño de ocho años, al borde de mi cumpleaños número nueve, ignoraba aquellas voces de agua y solo miraba la cara de mamá en el retrovisor lloviendo en sus mejillas que cantaban un funeral casi anunciado. A lo lejos, una úlcera de espejos reflejaban un vecindario de cuentos de casas iguales, que se perdían en una hilera que daba hasta el horizonte, y más allá, en la última casa cerca del lago, las únicas luces prendidas en esa oscura madrugada marcaron la parada. Bajamos del auto y la lluvia me acariciaba con lástima al humedecer mi cabello antes de morir contra el asfalto. La puerta de madera entreabierta me asustaba, era como si al cruzarla, el mundo se me acabara y ahí me quedé parado, frente a los vidrios empañados, con la ropa empapada un poco menos que de tristeza mi pecho. 


Al entrar, el silencio que rondaba llamando a la muerte se interrumpió al irrumpir en la sala, mis pasos sobre el piso de madera ahora caminaban solos, mamá ya me había olvidado hacía un tiempo, desde que empezó el viaje en la carretera se internó por las calles de su propio pensamiento y no hallaba la ruta que la trajera de vuelta; había subido corriendo, sin mirar atrás, a la habitación del abuelo, pero no importaba, ya había entendido al mirar por el balcón de aquella casa que todos estamos perdidos y andamos sin rumbo, buscando el camino que nos traiga de vuelta al punto donde comenzamos a perdernos. 


Siempre había estado solo pero aún tenía al abuelo, única esperanza de compañía verdadera en este mundo de minorías absolutas y que egoístamente Dios extinguía poco a poco sobre la cama. 


El abuelo no tenía alma de muerto, aunque lo seco de sus labios me quemara al besarme la mejilla y una cierta melancolía lo cubriera bajo la delgada sábana de lino blanco sobre su regazo. 


-Hijo mío, ¿por qué lloras?-, me dijo al sentirme la cara empapada por la lluvia, pero yo lo sabía, él no sentía las gotas sobre mis mejillas, sino la humedad de mis pensamientos, que veía claros y cristalinos desde su oscuridad. 


-Es que tenía miedo de que hubieras muerto-, dije tímido. -No pequeño… Yo no moriré nunca, hijo mío, tan solo me iré de viaje esta vez y no sé cuándo regresaré...-, dijo sonriendo, y ocultando una verdad en una mentira piadosa, todos los presentes contuvieron las lágrimas para corroborar lo que decía. 


-Déjenme solo con el pequeño, vayan todos a dormir, es una orden-, dijo a los miembros de la familia con toda la seriedad que el mundo podía ofrecer a una voz humana; nadie dijo nada y como mandato divino la orden se cumplió, aun cuando alguien quisiese quedarse cuidando del hombre. 


-Hijo, te regalo mi reloj… Es una de mis más preciadas adquisiciones-, dijo quitándose el reloj de la muñeca. -Pero… En esta cajita está mi reloj favorito y más sincero; si logras encontrarlo, también será tuyo mi secreto-, sacando del cajón de la mesa un cofre de madera. 


Al abrirlo, el pequeño Nicolás encontró un pequeño espejo, y como si supiese que no era el momento de preguntar, lo guardó de nuevo y le dio un beso a su abuelo antes de quedarse dormido al borde de la cama. 


El hombre estaba ciego casi por completo y no veía más que algunas manchas oscuras. Cuando todos dormían, se levantó en silencio, tomó del abrigo sobre la silla un pequeño rollo de billetes y salió palpando muy despacio hasta la acera. Afuera estaba lloviznando; un taxi que pasaba a eso de las tres de la mañana iluminó al hombre bajo la lluvia, al oír el motor que se acercaba alzó la mano para marcar la señal de pare. -¿A dónde va, señor? ¿A dónde puedo llevarlo?-, preguntó el taxista , a lo que el hombre respondió: -¿Quieres ganarte quinientos dolares, hijo?-, preguntó con cálido gesto en el tono. -¿Qué debo hacer, señor?-, dijo entusiasmado el taxista. -Conduce sin parar hasta que el taxímetro los marque y serán tuyos-, mostrando cinco billetes de cien que guardó nuevamente en su bolsillo. El hombre hizo subir al señor para que no se mojara y para darle una respuesta. Lo meditó un momento, las gotas rodaban por el cristal y su pensamiento se perdía a lo lejos; nadie lo esperaba en casa, estaba ya cansado de llegar a ver la estúpida televisión y de comer frío de la nevera, y así, con cierta ilusión y desasosiego, decidió aventurarse con el hombre. 


-No sé cuánto se demore el recorrido ni hasta dónde hemos de llegar, pero vamos...-. El señor sonrió y dijo con cierto entusiasmo: -¡Arranca!-. El sonido del motor se dibujaba en la noche y así se pasaron las horas arrullados por aquel ronroneo de bujías. Cuando llegó el día, preguntó al viejo si podían parar a desayunar, pero el señor le pidió que continuaran. El taxista estaba acostumbrado al hambre, pero esta vez le pareció algo místico acompañar a aquel extraño hombre en el ayuno de ese viaje. 


-Estoy ciego-, dijo al taxista. -Pero nadie en el mundo ha visto como yo-. El viejo no habló más, la luz del sol dejaba ver en el retrovisor una aura casi divina cubriendo a aquel hombre, que oraba abandonado en el silencio, como si fuera un ángel. Aquella presencia de luz y silencio le hizo tragarse las palabras para pedirle que pararan a almorzar, su ayuno era santo. 


Habían pasado algunas horas ya, el hambre aturdía sus sentidos cuando comenzó a hablar. -Yo he estado ciego toda la vida-, dijo el taxista. -Y aunque lo sé, me he aferrado a la venda con todas las fuerzas de mi ser. Cada noche frente a la misma luz cegadora del televisor me escondo, buscando compañía en los canales y en el sedante alcohol de las cervezas en la nevera. He vivido siempre solo, aun con alguien al lado, y me he aferrado a los recuerdos para no sentir el peso del exilio de estar conmigo mismo, sin saber hablarme. -Hoy no estás solo-, dijo el anciano con una sonrisa. El taxista, viendo en el viejo un igual, rompió en un leve llanto que surgía lento y callado de sus ojos, escurriendo suavemente en su camisa viejos anhelos. 


La noche pasó fugaz para ambos, el hambre había desaparecido de los dos, pero el amanecer, como una chispa de fuego, apuntó en la mirada del taxista la tentación de la vida. A lo lejos un joven inmigrante aguardaba en un semáforo, este se acercó con una canasta a su ventana y el taxista le preguntó al hombre: -¿Quieres comer? -No hijo, sigue el viaje. -¿Por qué no quieres comer? -Ya no hay razón para hacerlo. -Maldita sea, viejo. El hambre es un mensaje que si se ignora es suicidio. ¡Yo sí tengo ganas de vivir!-, dijo con firmeza y el viejo cabizbajo asintió en silencio. Compró entonces cuatro pasteles de gran tamaño y le ofreció uno al señor, que avergonzado, lo puso en la silla junto a él. 


Al llegar la tarde, el taxímetro marcó los quinientos dólares. A un kilómetro, un gran faro se dibujaba sobre la playa, el taxista paró el carro sin preguntar y se bajó, ayudó a salir al hombre por la puerta de atrás y lo tomó de la mano, caminando con él hasta aquel faro. La playa les llenaba los pulmones de sal y arena, subieron lentamente, su cansado cuerpo pálido y escuálido era casi cargado por el taxista escaleras arriba. Cuando llegaron a la punta del faro, el señor se sentó en la única silla que había, guiado por el taxista, y se dedicó a disfrutar de la roja y difusa mancha del atardecer, diciendo: -Gracias, buen hombre... La sombra de la muerte me había vendado y no me había dado cuenta, pero tú me devolviste la mirada verdadera, me volviste a abrir los ojos. No estamos solos... Escuchemos juntos el canto fúnebre del sol-, dijo a él y a la luna que ya comenzaba a asomar su brillo entre la escasa noche. Sin mirarlo el taxista sonrió, le puso una mano en el hombro en gesto amable mientras terminaba de fumarse un cigarrillo, se lo pasó al hombre sentado que aspiró fuerte antes de soltarlo todo. El anciano deseó conocer la cara de aquel hombre, ¿qué hora marcaría su sonrisa? El firmamento moría y sus párpados iban bajando con el sol, como cerrando el telón del último acto. Llegó la noche y se levantó de su silla con los ojos llenos de luz, había vuelto a ver aunque nunca estuvo ciego, una jovial energía lo llenó de pronto, caminaron entonces nuevamente hacia el auto y el hombre le preguntó al anciano: -¿Hacia dónde vamos ahora? -Continúa por el camino-, respondió sonriendo, a lo que el taxista sonrió también. El motor del taxi rugió una vez más, el viejo tomó el frío pastel de la silla y le dio una mordida, le supo a tiempo y se lo terminó sin ganas, la carretera se dibujaba infinita pero no había afán, ya no importaba, el taxímetro había dejado de marcar. 


En casa, Nicolás se levantó y se encontró solo en la cama, nadie había regresado aún y el testimonio de un taxista en el televisor de la habitación, que hablaba sobre la muerte de un hombre en las playas de una ciudad cercana, la cual tuvo lugar al atardecer, había dado fin a la búsqueda exhaustiva de su abuelo por la ciudad. No regresaría de ese viaje… Pensó.


Habían pasado tres días de búsqueda, era ya su cumpleaños, otro más sin celebración… Volvía a estar solo pero ya no le importaba, su única compañía verdadera había anochecido en aquel faro y ya no acompañaría sus mañanas. Con la punta de la melancolía de aquella sábana fría, curó de sus mejillas la humedad de estériles llantos de madrugada, sacó el cajón que le había dado su abuelo y se miró en el espejo, sus párpados ojerosos de llorar toda la noche le marcaban un oscuro panorama, y entonces, entendió que era la vida… Y en la sinceridad del espejo entendía ahora cuál era el secreto de su abuelo. El reflejo le devolvió una sonrisa, el espejo marcaba en ese instante los nueve años y algunas horas en su cara, aún era temprano y ahora lo sabía, podía amanecer de nuevo algunos años, había abierto los ojos y visto su propia luz al arrancarse la venda. 


Se levantó de la cama y abrió la ventana para mirar el día que volvía a nacer, la noche estaba lejos todavía... A unas cuantas arrugas en el espejo y a quinientos dólares de ahí. 


*Santiago Garcés Moncada, Nació en Itagüí el 3 de junio de 1999, ganó el puesto en el concurso “Historias Para Volar La Imaginación” de la I.E Concejo Municipal De Itagüí con su poema “Palabras Que Sangran” (2016), fue ganador del puesto en el “Primer Premio Municipal De Poesía y Cuento Corto De Itagüí” con su cuento “Fruto Prohibido”  (2018), participó del Festival Internacional de Poesía de Medellín (2018) y (2019), Es co-autor del libro “Deshielos De Tinta” (2019), se publicó una selección de sus poemas llamada “Ideas De Humo” en la 9° edición de la revista “Lo Innombrable” (2019), Su cuento “Casa Robada” fue publicado en el libro con los mejores cien cuentos del concurso “Medellín En 100 Palabras” (2019), Actualmente es miembro del taller de creación literaria LETRA-TINTA y es cronista en la revista BOHEMIA.

2 comentarios:

  1. ¡Qué gran cuento! Muchas felicitaciones por ese merecido primer puesto.

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  2. Felicidades hermano, bien sabemos que para llegar al triunfo necesitamos del otro. No existe individualidad. "Cada victoria merecida nos enlaza con todos."

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