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jueves, 17 de diciembre de 2020

¿Qué es la poesía? poemas de Angye Gaona


Gregory Corso dice que la poesía es el paraíso. Vale la pena pensar entonces cómo es ese paraíso.

En la verdadera poesía escrita y vivida no hay disputas ególatras porque es el reino de lo no unívoco. Solo por momentos los seres humanos perciben la cercanía de ese lugar. Son instantes, momentos cortos en circunstancias muy especiales y que los llevan a conocer el éxtasis. 

No dura la contemplación del éxtasis. Pero, se tiene certeza de él. 

El reino de la poesía es como ese instante de éxtasis, el paraíso que llama Gegory Corso, pero se espera que sea más prolongado. 

El éxtasis en la vida de los humanos y su eventual prolongación solo depende de lo que ellos hagan para procurárselos. Se trata de un trabajo que por lo menos ha empezado ya. Hay claves de ese trabajo en los libros sagrados de todas las culturas en donde los antepasados llaman a atravesar el velo de lo unívoco para descubrir, en medio del éxtasis, la acción creadora de mundos que caracteriza nuestra conciencia. Es preciso ayudar en la prolongación del éxtasis, vislumbrado apenas, que depende de nosotros para ser conservado y ensanchado.  

Es importante detenerse en ese nosotros. Todos podemos ocuparnos en la tarea abnegada de la prolongación del éxtasis pero hay que cuidarnos con una ética de la liberación. Se recomienda aligerar el peso que se lleve en cada uno. Lo que pesa es la pretensión, que conduce a éxtasis inferiores. 

Ahora bien, en el mundo actual escasea el éxtasis superior. El éxtasis que se produce es de la peor calidad y la prueba está en que los ideales de bienestar son incapaces de cobijar a toda la especie humana y se conforman con surtir la parcela personal. La esterilidad se ha apoderado de las empresas en las que los seres humanos están más comprometidos, al contrario de lo que piensa la mente productiva. En cambio, el viaje de la poesía sí tiene esos ideales infinitamente fértiles y proclama que sí se puede mejorar la calidad de nuestra existencia, aportándole dos cosas sencillas: el sentido creador y la libertad para crear. 

Sí se pueden causar en nuestra realidad viajes fértiles que lleven a millones de humanos a vivir en el reino de lo no unívoco, construido en sus mentes creadoras. Es preciso cambiar a una mente creativa y libre, que dialogue con todas las sustancias e invente estados nuevos. 

Por otro lado, sin importar que la humanidad pueda recuperar parte o nada del éxtasis que se le refundió, lo cierto es que la poesía nunca se marchita. Palpita más allá de las paredes y los límites de las cárceles, los clichés, lo esperado, el statu quo. 

La puerta a la contemplación del sentido creador de la vida siempre estará abierta para todos. La puerta al éxtasis. Parece que también hay que crear la puerta, pero eso no es problema para valientes. Para ellos es también el trabajo de cuidar los accesos que se han abierto desde antiguo y, bueno, se sabe y se celebra que cada día hay más interesados e interesadas en entrar al paraíso de lo no unívoco que es la poesía.


Tres poemas de Nacimiento volátil (2009)

Pequeño ardid


Acuérdate de tu guardián

René Daumal

   

Guárdame de mí,

gran silencio leve que habitas

más allá de la sombra,

entre los tumultos del enebro

y las mentiras sabias.


Guárdame de mi viento en contra

pues la brisa ha dejado de ser 

mensajera tuya de pureza.


Qué traerás, qué ofrecerás

más acá de las sombras,

en un tiempo de desapariciones,

cuando vuelven las cabezas separadas 

a preguntarse descreídas

si no dejaron 

algún secreto bajo la lengua.


Te escucho, oh Guardián, 

pero no alcanzo tu clara diadema de sortilegios acechantes,

pues no perteneces a este lado de la sombra,

donde acaso te tome por un borracho en mitad de la calle.



Acantilado


En el borde

recibo al viento

y esa suya

            atroz

            formidable

invitación a ser

volcán despierto

diluvio que abata cada jaula

Esa su melodía que instiga al desborde

como un bramido del abismo

el trepidar del viento mismo

que precipita cada partícula 

en un orificio de liberación

Toma la forma de la erosión

y de la explosión

Apenas un roce y prescribe 

como cincel 

abrir paso



Cañón adentro


Sigo el camino del esternón,

busco el origen de la sed, 

voy al fondo de un cañón de paredes plateadas,

sólidas merced al tiempo,

movedizas cuando el aluvión,

cuando la infancia, era glacial.


Colecto las raicillas del pensamiento.

Las cargo a mi espalda erosionada

junto al agreste olvido que cae de mí.


Se asoman,

desde pequeñas cuevas,

los indicios del dolor; 

veloces burlan las miradas

y vuelven a ocultarse en la piel del cañón.


Inscritas en las paredes, 

las coordenadas indescifrables 

del rayo prehistórico 

que formó mi faz. 

Tiempo de la hondura, 

tiempo sin sílaba,

cuando soy sólo un sonido 

en tránsito a la fatiga.


Busco un manantial 

que bañe la pregunta adherida a mi historia.

Busco la vida recién nacida

y hallo la sed.


Sigo la senda del esternón



Tres poemas de Comentario sobre el carácter radical (2015)


Elegía de las preguntas


El oro se pierde tiempo abajo

se lo traga la tierra como a los muertos

El oro, pero ¿la lengua?

La lengua perdida ¿adónde va?


La voz de treinta mil Guanes da vueltas

en un bohío inmaterial


El agua también se pierde tiempo abajo

Se la tragan los hombres y las bestias

Lagunas perdidas, quebradas extintas

El agua negra se fue al mar, pero ¿la lengua?

La lengua perdida ¿adónde va?


Los hombres y las bestias se pierden laguna adentro

La Laguna de los Caracoles era muy brava

se tragaba a las personas en el centro de la ciudad

La laguna se recuerda, pero ¿la lengua?

La lengua ya se ha ido en un viaje

junto a los Guanes sucumbidos en las minas


El nombre extinto de un ave extinta

El nombre del árbol desaparecido

El nombre del Río de Oro

del Río Frío, ¿adónde han ido?

El agua extrañada de la laguna

corrompida por la sed de los hombres

y el hollar de las bestias


El tiempo también se pierde, tiempo abajo

en el recuerdo del oro

de la lengua y la laguna desaparecidas


El tiempo da vueltas junto a los Guanes

en un bohío inmaterial


Las gentes se ubican en el espacio

repiten Zapamanga

Bucarica

Chitota

Chimitá

Cuatro resguardos extintos

El tiempo da vueltas junto a las gentes

por los cuatro puntos cardinales

cuatro palabras que guardan una lengua

y la lengua completa, ¿adónde ha ido ya?


La lengua estaba hecha de piedra caliza

como las montañas y las cinchas

La lengua se desmoronó y se fue por los aires

formó estoraques inexplicables


Una peña llamada de Sumangá

aparece en las crónicas

desaparece en los mapas

y se dispersa espectral en la cabeza


Ahí en Chocoa, en Chocoíta

los Guanes y Yariguíes

se salen de la batea como el oro

y dan río abajo


Tiempo abajo

otros Guanes escalan las cinchas

se refugian en una cueva inmaterial

lanzan luego su lengua a los abismos

Y el abismo tras la lengua, ¿adónde irá?


Nido de fallas



Aquí estoy acampado en el centro del fuego, 

mano inmensa remece la doncella que estruja dones sobre mi destino, 

conmoviéndolo está de imágenes eternas.

Humberto Díaz-Casanueva


Habrá motín al norte y en el centro temen la fractura anunciada por los oráculos. 

La zona radical ocupa a prestidigitadores de todas las profesiones. La tradición habla con terror de las revoluciones allá. La región exige ser apaciguada antes de que se asomen las fumarolas.

La profecía anuncia la fragmentación del país. Por ese lado se abrirá la tierra. Algunos lo creen literal; otros piensan que es una cuestión política. Lo cierto es que la fuerza ya no servirá para centralizar el territorio porque a la fuerza se desintegrará. 

Es natural entonces que todo movimiento en el norte alerte a la dirigencia central. Los hijos de Rionegro, los hijos del Playón y los hijos de Mogotes, los del Socorro, nacen con un rugido por canto. Un bramido les anticipa la voz en su naturaleza.

Los del centro presumen que conocen la herida que parte en dos la nación y lo lamentan en secreto por cientos de años. Se arman contra ello y socorren en público a las víctimas. Pero, a la fecha, nadie sabe a ciencia cierta qué sucede 150 kilómetros adentro de la superficie radical.

Se especula que todo se relaciona con la energía sísmica y que en un nido de fallas nacen ejércitos rebeldes engendrados por volcanes dormidos.  



Bucarica


A Ana Ilse

Alégrate tú, la amada 

Lucas 1, 28

Y a la vuelta se escapa en bicicleta 

bajando algunas gradas 

unque no sea cosa de niñas decentes


Cruza el puente

hacia la peluquería del ángel

Lo amenaza con un sentimiento


Pero todos los ángeles están ocupados 

en embellecer sus apartamentos 

Los ángeles desean vírgenes petrificadas 

que se pongan un dedo en los labios


Las vírgenes sofocan ángeles en jardines 

donde crecen silvestres edificios 

de vuelta bañan sus cabellos en la corriente 

aunque no sea cosa de niñas bajar al río



*Angye Gaona nació en Bucaramanga, Colombia en mayo de 1980. Ha escrito libros de poemas y ha sido profesora de literatura y artes plásticas en colegios colombianos. Es Licenciada en Español y Literatura de la Universidad Industrial de Santander. Publicó en 2009 el poemario Nacimiento volátil, con ilustraciones de Natalia Rendón. Por su activismo en favor de los prisioneros políticos colombianos, fue encarcelada en su país en 2011 y liberada tras una campaña internacional realizada por poetas, festivales de poesía en todo el mundo y la organización PEN Internacional. Su libro Nacimiento volátil fue traducido y publicado en Italia por Andrea Garbin y en Brasil por Jefferson Vasques, en 2012. En el mismo año, parte de esta obra fue traducida al francés por Pedro Vianna y publicada en un dossier especial por la revista francesa La Voix des outres. A su salida de prisión, continuó sus estudios de literatura y elaboró propuestas alternativas de poesía experimental. Ganó premio de escultura en Bucaramanga con el poema visual Reja, ubicado en el espacio público en la Universidad Industrial de Santander. En 2015, ganó la Beca de creación en poesía con su libro Comentario sobre el carácter radical, del que el jurado conformado por Omar Ortiz Forero, Fernando Quiroz y Julio Londoño expresó: "Verso vigoroso, imágenes nítidas y reflexiones que no riñen con la “cripticidad” de la poesía y alcanzan significación universal a partir de elementos locales”. En efecto, en este libro se encuentra un espejo para la cultura y las tradiciones de su territorio natal, que revela huellas profundas de la historia, la geografía y la psicología social. Intervino como expositora en la Escuela de Poesía de Medellín 2009 y 2012, en el Festival de Cultura Libre de Bucaramanga 2012 y en otros espacios no convencionales con talleres y conferencias alusivas a la poesía experimental. En 2018, fue nombrada Miembro de honor del PEN Club de Québec e invitada al 34 Festival Internacional de Poesía de Trois-Rivières. También participó en el Primer festival de mujeres poetas en China, provincia de Cantón, ciudad de Sihui. 



martes, 8 de diciembre de 2020

“Reflejos” Cuento de Santiago Garcés Moncada


Este cuento es el ganador del primer lugar en la categoría “Cuento Corto” del Tercer Festival Municipal de Poesía y Cuento Corto de Itagüí. 

Amaba a mi abuelo, de eso no cabe duda. Hablar con él era como apagar la voz del mundo para escuchar cantar a las estrellas en un coro celeste y luminoso; lo recuerdo bien, verlo era como ver una casa abandonada más allá del horizonte imaginable al brillar el sol del mediodía. Vivía exiliado, a la deriva del baile de la marea, en su silla mecedora, quemando el tiempo en la chimenea consumida de un habano, que conseguía de contrabando y sin nombre con un inmigrante de la ciudad que iba dos veces por semana. Lo pastoso de su bigote hacía de tapete a su boca abierta de par en par, donde el chirriar de sus dientes oxidados y sin aceitar dejaban escapar historias que volaban en sus palabras a los cielos de la memoria, las ventanas empañadas por el vapor del café al leer el periódico se tornaban diáfanas al paso de su corbata y el negro de sus ojos se iluminaba en una sonrisa complaciente al verme huir por la puerta de atrás que daba al patio. La maleza de su mentón crecía bellamente en los linderos de su cara y el entrecano cabello de fina plata cubría de nieve el suelo de una caricia fugaz que le daba sin preguntar, el reloj dorado colgado en la pared de su muñeca susurraba cada instante su tic tac agonizante entre el ruido de las aceras que entraba por el balcón, llenándolo todo de tráfico y semáforos en rojo y dejándonos en el embotellamiento de una habitación varada, mientras admiraba los pilares agrietados de su cara que se manchaban por la humedad de los años de mohosos recuerdos aferrados a la piel. 


Entre los pasillos de sus brazos, apretado contra su pecho, era feliz; pero esa noche… Esa maldita noche todo se vino abajo. El teléfono en la sala sonaba nostálgico en el eco de un salón vacío y oscuro, bajé las escaleras medio dormido y el amargo sabor de despertar quemaba levemente mi garganta al contestar: -¿Hola? ¿Quién es?-. La línea duró muerta unos segundos y una voz apagada de mujer, como en un susurro de ultratumba que me heló la sangre, me dijo: -Pásame a tu madre, Nicolás, pasó algo grave. Ve rápido, hijo, corre… -¡Mamá, ven rápido!-, grité con cierta desesperación. Un mal presentimiento me palidecía la frente sudorosa, la cara de zozobra y confusión que mi mamá me lanzó al bajar las escaleras, somnolienta, se quebró de golpe al recibir la llamada. 


-Es papá...-, dijo conteniendo el llanto. -El tumor ha reventado y se expandió por todo el cuerpo, quiere vernos a todos-, y luego, como si lo insultara, pidió perdón. 


El abuelo llevaba ciego un par de años, pero yo sabía que él era el único que de verdad veía; ciegos somos todos y algunos no logramos ver en toda la vida, pero él veía a través de las vendas y sonreía como si en su cara a cada instante amaneciera. 


-Vamos para allá-, dijo sollozando, y yo sin preguntar subí a mi cuarto a vestirme con los despojos de la ropa que dormitaba desordenada sobre la silla, donde la dejé después de cenar para ponerme la pijama. 


La noche emanaba un frío mortecino que se colaba por el cristal empañado de neblina; mamá no hablaba y solo miraba al frente, no me atrevía a preguntar qué pasaba. Las lágrimas que iban a morir a sus labios rotos y resecos jugaban cruelmente a recorrer su mejilla, como imitando a las gotas en el cristal de la ventana, que vagaban tristemente dejando un camino transparente a su paso. 


La muerte se escuchaba saltar por los árboles, cantando con el viento entre las ramas, y el miedo y la tristeza que acechaban nuestros pasos apenas los disimulaban las tinieblas. 


La carretera se hacía infinita en la incertidumbre de la oscuridad, dejándonos abandonados a la periferia de las luces delanteras de la camioneta. La casa del abuelo estaba no muy lejos, a una hora de camino de la nuestra, pero cada segundo pasaba largas jornadas despidiéndose de nosotros. 


Las invisibles nubes lloraban sus profecías a la tierra, y yo que apenas era un niño de ocho años, al borde de mi cumpleaños número nueve, ignoraba aquellas voces de agua y solo miraba la cara de mamá en el retrovisor lloviendo en sus mejillas que cantaban un funeral casi anunciado. A lo lejos, una úlcera de espejos reflejaban un vecindario de cuentos de casas iguales, que se perdían en una hilera que daba hasta el horizonte, y más allá, en la última casa cerca del lago, las únicas luces prendidas en esa oscura madrugada marcaron la parada. Bajamos del auto y la lluvia me acariciaba con lástima al humedecer mi cabello antes de morir contra el asfalto. La puerta de madera entreabierta me asustaba, era como si al cruzarla, el mundo se me acabara y ahí me quedé parado, frente a los vidrios empañados, con la ropa empapada un poco menos que de tristeza mi pecho. 


Al entrar, el silencio que rondaba llamando a la muerte se interrumpió al irrumpir en la sala, mis pasos sobre el piso de madera ahora caminaban solos, mamá ya me había olvidado hacía un tiempo, desde que empezó el viaje en la carretera se internó por las calles de su propio pensamiento y no hallaba la ruta que la trajera de vuelta; había subido corriendo, sin mirar atrás, a la habitación del abuelo, pero no importaba, ya había entendido al mirar por el balcón de aquella casa que todos estamos perdidos y andamos sin rumbo, buscando el camino que nos traiga de vuelta al punto donde comenzamos a perdernos. 


Siempre había estado solo pero aún tenía al abuelo, única esperanza de compañía verdadera en este mundo de minorías absolutas y que egoístamente Dios extinguía poco a poco sobre la cama. 


El abuelo no tenía alma de muerto, aunque lo seco de sus labios me quemara al besarme la mejilla y una cierta melancolía lo cubriera bajo la delgada sábana de lino blanco sobre su regazo. 


-Hijo mío, ¿por qué lloras?-, me dijo al sentirme la cara empapada por la lluvia, pero yo lo sabía, él no sentía las gotas sobre mis mejillas, sino la humedad de mis pensamientos, que veía claros y cristalinos desde su oscuridad. 


-Es que tenía miedo de que hubieras muerto-, dije tímido. -No pequeño… Yo no moriré nunca, hijo mío, tan solo me iré de viaje esta vez y no sé cuándo regresaré...-, dijo sonriendo, y ocultando una verdad en una mentira piadosa, todos los presentes contuvieron las lágrimas para corroborar lo que decía. 


-Déjenme solo con el pequeño, vayan todos a dormir, es una orden-, dijo a los miembros de la familia con toda la seriedad que el mundo podía ofrecer a una voz humana; nadie dijo nada y como mandato divino la orden se cumplió, aun cuando alguien quisiese quedarse cuidando del hombre. 


-Hijo, te regalo mi reloj… Es una de mis más preciadas adquisiciones-, dijo quitándose el reloj de la muñeca. -Pero… En esta cajita está mi reloj favorito y más sincero; si logras encontrarlo, también será tuyo mi secreto-, sacando del cajón de la mesa un cofre de madera. 


Al abrirlo, el pequeño Nicolás encontró un pequeño espejo, y como si supiese que no era el momento de preguntar, lo guardó de nuevo y le dio un beso a su abuelo antes de quedarse dormido al borde de la cama. 


El hombre estaba ciego casi por completo y no veía más que algunas manchas oscuras. Cuando todos dormían, se levantó en silencio, tomó del abrigo sobre la silla un pequeño rollo de billetes y salió palpando muy despacio hasta la acera. Afuera estaba lloviznando; un taxi que pasaba a eso de las tres de la mañana iluminó al hombre bajo la lluvia, al oír el motor que se acercaba alzó la mano para marcar la señal de pare. -¿A dónde va, señor? ¿A dónde puedo llevarlo?-, preguntó el taxista , a lo que el hombre respondió: -¿Quieres ganarte quinientos dolares, hijo?-, preguntó con cálido gesto en el tono. -¿Qué debo hacer, señor?-, dijo entusiasmado el taxista. -Conduce sin parar hasta que el taxímetro los marque y serán tuyos-, mostrando cinco billetes de cien que guardó nuevamente en su bolsillo. El hombre hizo subir al señor para que no se mojara y para darle una respuesta. Lo meditó un momento, las gotas rodaban por el cristal y su pensamiento se perdía a lo lejos; nadie lo esperaba en casa, estaba ya cansado de llegar a ver la estúpida televisión y de comer frío de la nevera, y así, con cierta ilusión y desasosiego, decidió aventurarse con el hombre. 


-No sé cuánto se demore el recorrido ni hasta dónde hemos de llegar, pero vamos...-. El señor sonrió y dijo con cierto entusiasmo: -¡Arranca!-. El sonido del motor se dibujaba en la noche y así se pasaron las horas arrullados por aquel ronroneo de bujías. Cuando llegó el día, preguntó al viejo si podían parar a desayunar, pero el señor le pidió que continuaran. El taxista estaba acostumbrado al hambre, pero esta vez le pareció algo místico acompañar a aquel extraño hombre en el ayuno de ese viaje. 


-Estoy ciego-, dijo al taxista. -Pero nadie en el mundo ha visto como yo-. El viejo no habló más, la luz del sol dejaba ver en el retrovisor una aura casi divina cubriendo a aquel hombre, que oraba abandonado en el silencio, como si fuera un ángel. Aquella presencia de luz y silencio le hizo tragarse las palabras para pedirle que pararan a almorzar, su ayuno era santo. 


Habían pasado algunas horas ya, el hambre aturdía sus sentidos cuando comenzó a hablar. -Yo he estado ciego toda la vida-, dijo el taxista. -Y aunque lo sé, me he aferrado a la venda con todas las fuerzas de mi ser. Cada noche frente a la misma luz cegadora del televisor me escondo, buscando compañía en los canales y en el sedante alcohol de las cervezas en la nevera. He vivido siempre solo, aun con alguien al lado, y me he aferrado a los recuerdos para no sentir el peso del exilio de estar conmigo mismo, sin saber hablarme. -Hoy no estás solo-, dijo el anciano con una sonrisa. El taxista, viendo en el viejo un igual, rompió en un leve llanto que surgía lento y callado de sus ojos, escurriendo suavemente en su camisa viejos anhelos. 


La noche pasó fugaz para ambos, el hambre había desaparecido de los dos, pero el amanecer, como una chispa de fuego, apuntó en la mirada del taxista la tentación de la vida. A lo lejos un joven inmigrante aguardaba en un semáforo, este se acercó con una canasta a su ventana y el taxista le preguntó al hombre: -¿Quieres comer? -No hijo, sigue el viaje. -¿Por qué no quieres comer? -Ya no hay razón para hacerlo. -Maldita sea, viejo. El hambre es un mensaje que si se ignora es suicidio. ¡Yo sí tengo ganas de vivir!-, dijo con firmeza y el viejo cabizbajo asintió en silencio. Compró entonces cuatro pasteles de gran tamaño y le ofreció uno al señor, que avergonzado, lo puso en la silla junto a él. 


Al llegar la tarde, el taxímetro marcó los quinientos dólares. A un kilómetro, un gran faro se dibujaba sobre la playa, el taxista paró el carro sin preguntar y se bajó, ayudó a salir al hombre por la puerta de atrás y lo tomó de la mano, caminando con él hasta aquel faro. La playa les llenaba los pulmones de sal y arena, subieron lentamente, su cansado cuerpo pálido y escuálido era casi cargado por el taxista escaleras arriba. Cuando llegaron a la punta del faro, el señor se sentó en la única silla que había, guiado por el taxista, y se dedicó a disfrutar de la roja y difusa mancha del atardecer, diciendo: -Gracias, buen hombre... La sombra de la muerte me había vendado y no me había dado cuenta, pero tú me devolviste la mirada verdadera, me volviste a abrir los ojos. No estamos solos... Escuchemos juntos el canto fúnebre del sol-, dijo a él y a la luna que ya comenzaba a asomar su brillo entre la escasa noche. Sin mirarlo el taxista sonrió, le puso una mano en el hombro en gesto amable mientras terminaba de fumarse un cigarrillo, se lo pasó al hombre sentado que aspiró fuerte antes de soltarlo todo. El anciano deseó conocer la cara de aquel hombre, ¿qué hora marcaría su sonrisa? El firmamento moría y sus párpados iban bajando con el sol, como cerrando el telón del último acto. Llegó la noche y se levantó de su silla con los ojos llenos de luz, había vuelto a ver aunque nunca estuvo ciego, una jovial energía lo llenó de pronto, caminaron entonces nuevamente hacia el auto y el hombre le preguntó al anciano: -¿Hacia dónde vamos ahora? -Continúa por el camino-, respondió sonriendo, a lo que el taxista sonrió también. El motor del taxi rugió una vez más, el viejo tomó el frío pastel de la silla y le dio una mordida, le supo a tiempo y se lo terminó sin ganas, la carretera se dibujaba infinita pero no había afán, ya no importaba, el taxímetro había dejado de marcar. 


En casa, Nicolás se levantó y se encontró solo en la cama, nadie había regresado aún y el testimonio de un taxista en el televisor de la habitación, que hablaba sobre la muerte de un hombre en las playas de una ciudad cercana, la cual tuvo lugar al atardecer, había dado fin a la búsqueda exhaustiva de su abuelo por la ciudad. No regresaría de ese viaje… Pensó.


Habían pasado tres días de búsqueda, era ya su cumpleaños, otro más sin celebración… Volvía a estar solo pero ya no le importaba, su única compañía verdadera había anochecido en aquel faro y ya no acompañaría sus mañanas. Con la punta de la melancolía de aquella sábana fría, curó de sus mejillas la humedad de estériles llantos de madrugada, sacó el cajón que le había dado su abuelo y se miró en el espejo, sus párpados ojerosos de llorar toda la noche le marcaban un oscuro panorama, y entonces, entendió que era la vida… Y en la sinceridad del espejo entendía ahora cuál era el secreto de su abuelo. El reflejo le devolvió una sonrisa, el espejo marcaba en ese instante los nueve años y algunas horas en su cara, aún era temprano y ahora lo sabía, podía amanecer de nuevo algunos años, había abierto los ojos y visto su propia luz al arrancarse la venda. 


Se levantó de la cama y abrió la ventana para mirar el día que volvía a nacer, la noche estaba lejos todavía... A unas cuantas arrugas en el espejo y a quinientos dólares de ahí. 


*Santiago Garcés Moncada, Nació en Itagüí el 3 de junio de 1999, ganó el puesto en el concurso “Historias Para Volar La Imaginación” de la I.E Concejo Municipal De Itagüí con su poema “Palabras Que Sangran” (2016), fue ganador del puesto en el “Primer Premio Municipal De Poesía y Cuento Corto De Itagüí” con su cuento “Fruto Prohibido”  (2018), participó del Festival Internacional de Poesía de Medellín (2018) y (2019), Es co-autor del libro “Deshielos De Tinta” (2019), se publicó una selección de sus poemas llamada “Ideas De Humo” en la 9° edición de la revista “Lo Innombrable” (2019), Su cuento “Casa Robada” fue publicado en el libro con los mejores cien cuentos del concurso “Medellín En 100 Palabras” (2019), Actualmente es miembro del taller de creación literaria LETRA-TINTA y es cronista en la revista BOHEMIA.

jueves, 3 de diciembre de 2020

"Bajo tu piel" Poemas de Humberto Mosquera

 

Contraste

Hoy guardo en mi sien esa melancolía
Del ayer distante en que fui un niño
Con la inocencia que arropa al niño
Que anhela la usencia de melancolía

Melancolía envuelta en el recuerdo
Vivo en las sendas tristes del ahora
¡Oh presente! tan distinto al que ahora
Encierra en su memoria el recuerdo

Afligido por las penas de lo podido ser
Y por las quimeras de todo lo vivido
Como quien nada es y nada ha vivido
En el eterno contraste que define al ser

Incluido mi ser que no es otra cosa
Que la propia muerte vestida de engaño
Guardando en silencio todo su engaño
Queriendo ser vida aun siendo otra cosa


Bajo tu piel

Tu cuerpo no es simple materia, es memoria viva
 Conjugada con los trazos indelebles de tu figura
Que se funde en la calidez de la pasión que aviva
La razón de que, si eres tú, la misma y no ninguna

Eres un papiro y las sublimes cicatrices en tu piel
Son huellas de hechos que te hacen tan humana
Cada estría forma una línea escrita de modo fiel
En mención de la historia que tú nombre emana

Si, tu silueta es el marco visible que cubre a tu ser
Una partícula perdida en el universo de tu esencia
Que se desborda más allá de lo que podemos ver

Desde el frágil cristal en que se funda la apariencia
Porque encarnas la belleza tan solo siendo mujer
Con tus propias medidas donde encaja la existencia


Rebelión

Es tu pelo apretado raíces de negra cimarrona
Fundido por el beso solar que de brillo te corona
Y entre alegres fulgores de reina etíope pregona
La natural hermosura que de su quietud se abona

Negra de pelo quieto con aires de belleza arcana
De chonta es la fibra de tus trenzas, son de palmas
Negra la de crespos silvestres de herencia africana
Que tan solo doma el trincho de oro de tus palmas

Identidad es tu pelo liberto en los ejes de tu cráneo
Adornado por las hebras indómitas de tu ascendencia
Tan evidentes en los rasgos de tu peinar espontáneo
Que enmarca esa fuerza del ancestro en tu presencia

Negra de cabellera virgen, manigua de chonta y palma
Esclava es tu silueta bajo la majestad de tus cabellos
Cuando en ellos el viento descansa y su fatiga calma
Y el astro rey peina tu cabeza con todos sus destellos


Libertad

Estás apresada en las fibras escarlatas de mi pecho
Dentro de las celdas seguras de mi corazón primario
Purgando la condena por los actos que tú has hecho
Al dejarme envuelto en los hilos de tu amor prendario

Prisionera eres en el laberinto inmaterial de mi mente
Entrelazada por la eterna bruma de mi pensar disperso
Que a veces algo confuso te libera en su actuar demente
Citado de razones contrapuestas en el mismo universo

Violenta es la libertad que genera una tenue esclavitud
Porque bajo ella amas en la lucha bravía de querer parar
Pues sabes que es el amor prueba de ignorancia o virtud
Dardo envenenado que no se adivina quién lo ha de disparar

¡Que igual! es la tétrica dictadura en seres tan diversos
Víctimas del azar a la par cargado de gloria y sufrimiento
Cuando se alternan vida y agonía en los mismos versos
Y se rebela el alma liberta, reprimida por el pensamiento


Vacío

Me circunda la tristeza y siento su andar tan cercano
Y a trecho marcha veloz la agonía guiando su comarca


Y entre tantos caminos florece ese sentimiento arcano
Por el penal de vivir esa ruta eterna que la suerte marca

Vivo en sequía en este mar inmenso de tanta gente
Navegando cual navío que solo guía la tétrica soledad
Estrella vital que brilla afligida en un mundo indiferente
Dónde cada cual es a su vez una luz en busca de piedad

Alma tan solitaria enredada en la madeja del destino
Siempre perdida en el vil vaivén del engaño humano
Cobijado bajo la bruma crepuscular del andar matutino
Entre pasos cruentos en el actuar mezquino e inhumano

Parece eterno el caminar por las sendas del abandono
Más, cuando la inspiración se aleja sin rastro de retorno
Dejando largas notas de silencio en el viento como tono
Tono de la amarga existencia del hombre y su entorno


El boga

Navega el boga por el caudal de su destino
Y a la par del remo compone finos versos
Que trazan la distancia de su propio camino
Y canta en rima la opresión de los perversos

Reman sus brazos acariciando apulso el río
Mientras danzan sus ojos hacia lo perdido
Y en armonía su espalda muestra su brío
Que esconde el anhelo con la corriente ida

Canta el boga y con ello expone sus lamentos
Mientras golpea hacia su pecho el frío viento
Que viaja a la distancia de sus sentimientos
De su alma contenida, pero de andar violento

Solo la champa lo acompaña como amiga fiel
Y besa la corriente airada que en su punta pega
Mientras recuerda a su negra dulce cual la miel
Que amorosa lo espera siempre cuando llega

Ese poeta navegante que la libertad atesora
Cuando fuerte canta, rema y se ríe a solas
También boga en sus pasiones a cada hora
Porque ve a su África en cada una de las olas


Retrato

En este mundo tan alterno,
Con su destino inverso,
Fui verano y fui invierno,
Siendo el mismo y diverso,
Fui cielo y también infierno,
Siendo palabras fui verso,
Fui finito y también eterno,
Como redentor como perverso,
Fui cruel y también paterno,
De destino cálido y adverso,
Fui amo y esclavo de lo externo,
Y siendo átomo fui universo.


*Humberto Mosquera, nació en Tadó-Chocó en 1994. Abogado, hombre apasionado por la poesía romántica y la poesía costumbrista, poeta empírico, heredero de los versos de río de mi tierra natal y boga de las palabras.   

miércoles, 2 de diciembre de 2020

"Monumento a las Sombras" Cuento de Laís Correia

 


Encostado em um dos pilares que sustentavam o alpendre da casa sertaneja, observava a árida paisagem e o arrebol que anunciava o fim do dia. Estava sozinho, à beira de si mesmo. Seus irmãos moravam em outras casas, espalhados seridó afora. Entre uma colheita e outra, o restante da família foi embora em velhice e mazelas.                                              

O homem dormia cedo e mais cedo ainda acordava. Gostava de abocanhar, numa só mordida, dia e noite. Sonhou com um campo florido, sentiu-se livre. Acordou nas primeiras horas da madrugada e deitou-se numa rede, envolto em azul-marinho, iluminado por um candeeiro, estrelas e metade da lua. Ao longe, o vulto do pai, sempre silencioso, em suas caminhadas noturnas. Adormeceu.                                                                  

Viver era aquilo e não viver também. O que seria depois da partida? Uma cópia de seus ancestrais, silenciosos e sem propósito, rondando cômodos? Teve medo de tornar-se uma assombração ancorada. Veria os seus descendentes e o passar de gerações, assistiria às mudanças na paisagem e ao findar de eras. Não existiria mais casa, e talvez os espíritos que lhe acompanham já não estivessem mais ali. Outros moradores amariam sob sua cama, ou, tudo o que lhe é importante desmancharia em poeira.                                                                     

Não sabia como acharia os campos com que sonhara, não tinha rotas. Acordou de repente, entendeu tudo o que precisava: tinha encontrado a sua botija. Pediu a bênção para a sombra da avó, que rezava. Fez o sinal da cruz observando a antiga imagem de Nossa Senhora na parede descascada. Apagou a vela do oratório e arrumou as mudas de roupa. O mundo estava lilás, à espera da hora de nascer. Chegou à porta e pela última vez viu seu pai fumando num canto do alpendre.

Proclamada a despedida, caminhou para além do sonho. Queria os campos. Precisava viver.  

 

**

Apoyado en uno de los pilares que sostenían el porche de la casa de campo, contempló el árido paisaje y el resplandor que anunciaba el fin de la jornada. Estaba solo, al borde de sí mismo. Sus hermanos vivían en otras casas, repartidos por todo el país. Entre una cosecha y otra, el resto de la familia se fue en la vejez y enferma.

El hombre durmió temprano y se despertó más temprano. Le gustaba romper, de un bocado, día y noche. Soñó con un campo floreciente, se sintió libre. Se despertó en las primeras horas de la mañana y se acostó en una hamaca, envuelto en azul marino, iluminado por una lámpara, estrellas y media luna. A lo lejos, la figura del padre, siempre silencioso, en sus paseos nocturnos. El se quedó dormido.

Vivir era eso y no vivir también. ¿Qué sería después del partido? ¿Una copia de tus antepasados, silenciosa y sin propósito, merodeando por las habitaciones? Tenía miedo de convertirse en un refugio anclado. Vería a sus descendientes y el paso de generaciones, vería los cambios en el paisaje y el fin de las edades. No habría más casa, y tal vez los espíritus que lo acompañaban ya no estuvieran allí. A otros residentes les encantaría debajo de tu cama, o todo lo que es importante para ti se convertiría en polvo.

No sabía cómo encontraría los campos con los que había soñado, no tenía rutas. De repente se despertó, comprendió todo lo que necesitaba: había encontrado su botella. Pidió la bendición para la sombra de la abuela, que estaba rezando. Hizo la señal de la cruz, observando la antigua imagen de Nuestra Señora en la pared pelada. Apagó la vela del oratorio y arregló las mudas de ropa. El mundo era lila, esperando nacer. Llegó a la puerta y por última vez vio a su padre fumando en un rincón del porche.

Después de despedirse, fue más allá del sueño. Quería los campos. Necesitaba vivir.

 

* Laís Correia, nacida en João Pessoa - Paraíba, es Licenciada en Letras Clásicas por la Universidad Federal de Paraíba. Descubrió el amor por las palabras en su infancia. En su adolescencia se enamora de Fernando Sabino, Hilda Hilst y Clarice Lispector. Le gusta escribir crónicas, cuentos y poemas. Ha publicado cuentos y poemas en revistas y antologías literarias.

martes, 1 de diciembre de 2020

"Presencia" Poema de Martín Parra



Bajo la tierra sin estaciones 

Tu cuerpo se esconde

Y entre nubes negras como una tosca luz

Tu recuerdo me abraza antes que la vida se derrumbe

y la muda fragancia de las palabras

detiene el tiempo en esta tierra agrietada

 

Entonces la voz de mi madre 

Que soñaba torrentes lluvias

Golpeando valles oscuros y sedientos

Surge desde el sombrío olvido

No para hablarme de viajes sofisticados

Ni de metafísica arrabalera

Sino para traer la calma de su cuna

Con el ondulado pecho que sangra vida

Y el suave sosiego de su mirada

 

Vestida de pálidos tules 

Quiere que duerma con su recuerdo

Sentada en la silla de mimbre

Junto al perro tuerto

Una jarra y dos tachos para el mate

Un brasero que reposa en silencio

Bajo la mesa arropada con plásticos floreados 

 

Dulce imagen salida de un sueño

Sus caricias transparentes danzan en mi cuerpo

Como un eco que rebota

Y espanta al gusano de la muerte

 

Tu partida cortó mi aliento

Y casi me deja sin amanecer

Sin embargo, desde el campo de la muerte vuelves 

Para recordarme los años que ya no están

Y aunque la lengua se me duerma

Y la mano se me seque

Tú mi único cobijo 

No se va a borrar

 

 

*Martín Parra (Santiago,1973) es Magister en letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha participado en diferentes congresos y ponencias sobre literatura latinoamericana, tanto a nivel nacional como internacional. Además, realiza contribuciones como reseñas y ensayos en diferentes medios electrónicos.  Escribe poesía y narrativa desde hace varios años. En la actualidad prepara un libro de poesía, además de estar trabajando en un libro de relatos que obtuvo financiamiento concursable del Fondo del Libro de Chile 2020.