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martes, 15 de agosto de 2023

"Crónicas de un camino silencioso" cuento de Santiago Garcés Moncada


A Raúl Gómez Jattin y Francisco Forero.

He pasado mi vida recorriendo las calles entre transeúntes y fantasmas, voy sin equipaje como un ayunador que peregrina, pero el mundo deposita en mis harapos los cadáveres de los meses y yo acepto ese peso como parte de mi esencia, cargando el pasado en la botella de aquel vino barato que se escabulle en mi mano, como quien se interna en la oscuridad buscando la luz que ha perdido. La libertad en mis recuerdos es una cárcel de cemento y grava, no hay rejas en ella, tan solo las luces de los autos que pasan desbocados de madrugada, apuñalando retinas en la avenida, atravesándolo todo, mientras yo sigo tranquilo, recorriendo el vecindario a pie y sin más prisa que la de gastar segundos en vivir, como siempre.

He llegado a pensar cuán difícil es volver a ser el hombre que era, no estoy tan viejo ni tan loco como dicen, aunque quisiera desbordarme de esa forma. Más de una vez he perdido los sentidos en la ebriedad de mis pensamientos, y aunque mi aspecto desaliñado haga pensar a los otros que estoy marchito, sigo siendo yo: el niño que ha dejado las jorobas.

He decidido caminar solo por la vida por miedo a conducir a otros a mis abismos, Cereté es una utopía hecha de raíces sin árboles y yo soy el fruto maduro de esa ausencia que se pudre en la banca de este parque, abrigador y solitario. La cumbre ya no tiene más secretos para contarme, no tengo rumbo, mis huellas son apenas una ruta de flores destruidas en el intento de no lastimar la hierba que otros ya pisaron, todos alaban el pétalo y la fragancia de la rosa, pero nadie ama como yo la maleza, no sé por qué lo hago, quizás porque me veo en ella como el alimento primario de toda la cadena que nutre al mundo.

No paran de llegarme los reflejos luminosos de las farolas, aparezco hasta en los charcos de agua sucia formados por la lluvia en las aceras, mientras me escampo del frío bajo los balcones; esa quietud me hace mirar como una vaca que se alimenta de imágenes, mastico los colores hasta dejarlos transparentes y me pierdo una que otra vez tras el vuelo de una mirada que me sigue desde la ventana detenida frente al semáforo, no encuentro allí a ninguna princesa encerrada en una torre, tan solo hay esclavas de ventanas en los buses mirando hacia la nada, melancólicas, con sus murmullos invisibles, arrebatando mi silencio a su realidad. Es tan pesadamente común que me enamore de repente de esas miradas, pero siempre es igual, al pasar la calle el cuervo del olvido arranca esas amantes de mis ojos, sonrisas devoradas por el anonimato, carroñeros pájaros que siempre están conmigo, esperando las sobras de mis memorias, como gallinazos ante la basura de la carnicería de alguna plaza bulliciosa del malecón.

No hay invierno en mi país aunque parece que mi vida fuera un trece de mayo perpetuo y lluvioso. Mi corazón es una enorme lata de aserrín prensado que se consume en un fuego barato, me reparto en todas las cosas, pero solo me reciben los vagabundos, avanzan hacia mí, desconfiados, y me rodean para calentarse en las noches frías donde nadie escucha una súplica. No hay adicción en mi condición de poeta y de exiliado, aunque mi sangre conozca los excesos; esas falsas realidades no tienen para ofrecer a estos ojos hastiados de mundo ni una sola imagen que valga la pena. Mi deambular es bohemio y verdadero, se desangra en poemas, en admirar la noche y en disfrutar de la caricia de un perro callejero que es mi hermano como el resto de los perros y de los animales. Soy tan natural que soy antinatural al mundo de los hombres, ignorantes de la descarnada realidad que exhibo ante ellos como un frágil verso, sucio e ilegible. No hay en el mundo un lugar que me pertenezca más allá de la piel, menos aún una cosa que pueda tomar por mía.

Lola sigue mirándome desde el escaparate pero no me dice nada, ya no hay ángeles en las legiones clandestinas de la fraternidad, los he herido sin saber en instantes de negrura sumergido en las lagunas mentales de la locura y los he perdido. La miseria que deja la lujuria de pocos instantes me estremece y las calles de Cartagena se me hacen misteriosas, desconocidas, como fotografías viejas abandonadas en los cajones que un día abrimos sin saber para volver a ellas, encontrando en sus tonos únicamente la primera visión de la muerte y del olvido. 

No voy a misa, pero hay en mis versos fragmentos antiguos de rezos y grutas que me resguardan del vacío; hoy he visto a Dios en una alcantarilla y el cielo despejado de nubes ha hecho mi historia tan infinita que ha dejado de ser valiosa. Ya no tengo legado que dejarle a los camellos, mi arte se hace a un lado, me despojo; los toros son veloces fieras de metal que rugen en la noche y yo soy su torero desarmado, el público aplaude mi baile preciso ante el peligro pero yo solo espero la cornada, el adiós de mi madre como un saludo ante lo prometido, la unión de los dos en un recuerdo, este verso que reverdece por el moho y la humedad, vida nueva en la estéril hoja de la muerte que se roba mis palabras y mis sueños.


*Santiago Garcés Moncada Nació en Itagüí el 3 de junio de 1999, participó del taller de creación literaria “People and stories” traído a Colombia desde Cambridge - Massachusetts (2015), ha sido galardonado en diferentes concursos literarios, resaltando que fue ganador del 4° Peace Fest Medellín (2021) y del 1° y el 3° Premio Municipal de Cuento Corto de Itagüí (2018 y 2020), al igual que el premio del público en la cuarta versión del mismo (2021). Es co-autor del libro “Deshielos de tinta” (2019) y su cuento “Casa robada” fue publicado en “Medellín en cien palabras” (2019). 

Ha participado con sus lecturas en diferentes festivales internacionales de poesía (2018-2022). Abriéndose fronteras fue seleccionado para publicar sus cuentos y poemas en más de sesenta medios diferentes en alrededor de doce países entre latinoamericanos y europeos (2019-2022), entre los que cabe destacar su participación en la antología “Voces del nuevo cuento latinoamericano” publicada por la editorial ecuatoriana Fela Ediciones (2021), como también su publicación en la revista Quimera de Costa Rica en la que fue reconocido como referente latinoamericano en el tema de mitos y leyendas (2021). Participó de la antología de cuentos “Antes del 2020” publicada por la editorial mexicana DINKreaders (2021), obtuvo el segundo lugar en la feria del libro de Andalgalá - Argentina (2022) y la Exaltación al Mérito Literario, otorgado por el honorable Concejo Municipal de Itagüí por resolución 021 del 29 de julio de 2022. Actualmente, es miembro del taller literario Letra-Tinta, estudia Licenciatura en literatura y lengua castellana en la Universidad de Antioquia, donde hace la ruta especial de doble titulación con Filología Hispánica y es cronista y jefe de redacción de la revista Bohemia.

martes, 8 de diciembre de 2020

“Reflejos” Cuento de Santiago Garcés Moncada


Este cuento es el ganador del primer lugar en la categoría “Cuento Corto” del Tercer Festival Municipal de Poesía y Cuento Corto de Itagüí. 

Amaba a mi abuelo, de eso no cabe duda. Hablar con él era como apagar la voz del mundo para escuchar cantar a las estrellas en un coro celeste y luminoso; lo recuerdo bien, verlo era como ver una casa abandonada más allá del horizonte imaginable al brillar el sol del mediodía. Vivía exiliado, a la deriva del baile de la marea, en su silla mecedora, quemando el tiempo en la chimenea consumida de un habano, que conseguía de contrabando y sin nombre con un inmigrante de la ciudad que iba dos veces por semana. Lo pastoso de su bigote hacía de tapete a su boca abierta de par en par, donde el chirriar de sus dientes oxidados y sin aceitar dejaban escapar historias que volaban en sus palabras a los cielos de la memoria, las ventanas empañadas por el vapor del café al leer el periódico se tornaban diáfanas al paso de su corbata y el negro de sus ojos se iluminaba en una sonrisa complaciente al verme huir por la puerta de atrás que daba al patio. La maleza de su mentón crecía bellamente en los linderos de su cara y el entrecano cabello de fina plata cubría de nieve el suelo de una caricia fugaz que le daba sin preguntar, el reloj dorado colgado en la pared de su muñeca susurraba cada instante su tic tac agonizante entre el ruido de las aceras que entraba por el balcón, llenándolo todo de tráfico y semáforos en rojo y dejándonos en el embotellamiento de una habitación varada, mientras admiraba los pilares agrietados de su cara que se manchaban por la humedad de los años de mohosos recuerdos aferrados a la piel. 


Entre los pasillos de sus brazos, apretado contra su pecho, era feliz; pero esa noche… Esa maldita noche todo se vino abajo. El teléfono en la sala sonaba nostálgico en el eco de un salón vacío y oscuro, bajé las escaleras medio dormido y el amargo sabor de despertar quemaba levemente mi garganta al contestar: -¿Hola? ¿Quién es?-. La línea duró muerta unos segundos y una voz apagada de mujer, como en un susurro de ultratumba que me heló la sangre, me dijo: -Pásame a tu madre, Nicolás, pasó algo grave. Ve rápido, hijo, corre… -¡Mamá, ven rápido!-, grité con cierta desesperación. Un mal presentimiento me palidecía la frente sudorosa, la cara de zozobra y confusión que mi mamá me lanzó al bajar las escaleras, somnolienta, se quebró de golpe al recibir la llamada. 


-Es papá...-, dijo conteniendo el llanto. -El tumor ha reventado y se expandió por todo el cuerpo, quiere vernos a todos-, y luego, como si lo insultara, pidió perdón. 


El abuelo llevaba ciego un par de años, pero yo sabía que él era el único que de verdad veía; ciegos somos todos y algunos no logramos ver en toda la vida, pero él veía a través de las vendas y sonreía como si en su cara a cada instante amaneciera. 


-Vamos para allá-, dijo sollozando, y yo sin preguntar subí a mi cuarto a vestirme con los despojos de la ropa que dormitaba desordenada sobre la silla, donde la dejé después de cenar para ponerme la pijama. 


La noche emanaba un frío mortecino que se colaba por el cristal empañado de neblina; mamá no hablaba y solo miraba al frente, no me atrevía a preguntar qué pasaba. Las lágrimas que iban a morir a sus labios rotos y resecos jugaban cruelmente a recorrer su mejilla, como imitando a las gotas en el cristal de la ventana, que vagaban tristemente dejando un camino transparente a su paso. 


La muerte se escuchaba saltar por los árboles, cantando con el viento entre las ramas, y el miedo y la tristeza que acechaban nuestros pasos apenas los disimulaban las tinieblas. 


La carretera se hacía infinita en la incertidumbre de la oscuridad, dejándonos abandonados a la periferia de las luces delanteras de la camioneta. La casa del abuelo estaba no muy lejos, a una hora de camino de la nuestra, pero cada segundo pasaba largas jornadas despidiéndose de nosotros. 


Las invisibles nubes lloraban sus profecías a la tierra, y yo que apenas era un niño de ocho años, al borde de mi cumpleaños número nueve, ignoraba aquellas voces de agua y solo miraba la cara de mamá en el retrovisor lloviendo en sus mejillas que cantaban un funeral casi anunciado. A lo lejos, una úlcera de espejos reflejaban un vecindario de cuentos de casas iguales, que se perdían en una hilera que daba hasta el horizonte, y más allá, en la última casa cerca del lago, las únicas luces prendidas en esa oscura madrugada marcaron la parada. Bajamos del auto y la lluvia me acariciaba con lástima al humedecer mi cabello antes de morir contra el asfalto. La puerta de madera entreabierta me asustaba, era como si al cruzarla, el mundo se me acabara y ahí me quedé parado, frente a los vidrios empañados, con la ropa empapada un poco menos que de tristeza mi pecho. 


Al entrar, el silencio que rondaba llamando a la muerte se interrumpió al irrumpir en la sala, mis pasos sobre el piso de madera ahora caminaban solos, mamá ya me había olvidado hacía un tiempo, desde que empezó el viaje en la carretera se internó por las calles de su propio pensamiento y no hallaba la ruta que la trajera de vuelta; había subido corriendo, sin mirar atrás, a la habitación del abuelo, pero no importaba, ya había entendido al mirar por el balcón de aquella casa que todos estamos perdidos y andamos sin rumbo, buscando el camino que nos traiga de vuelta al punto donde comenzamos a perdernos. 


Siempre había estado solo pero aún tenía al abuelo, única esperanza de compañía verdadera en este mundo de minorías absolutas y que egoístamente Dios extinguía poco a poco sobre la cama. 


El abuelo no tenía alma de muerto, aunque lo seco de sus labios me quemara al besarme la mejilla y una cierta melancolía lo cubriera bajo la delgada sábana de lino blanco sobre su regazo. 


-Hijo mío, ¿por qué lloras?-, me dijo al sentirme la cara empapada por la lluvia, pero yo lo sabía, él no sentía las gotas sobre mis mejillas, sino la humedad de mis pensamientos, que veía claros y cristalinos desde su oscuridad. 


-Es que tenía miedo de que hubieras muerto-, dije tímido. -No pequeño… Yo no moriré nunca, hijo mío, tan solo me iré de viaje esta vez y no sé cuándo regresaré...-, dijo sonriendo, y ocultando una verdad en una mentira piadosa, todos los presentes contuvieron las lágrimas para corroborar lo que decía. 


-Déjenme solo con el pequeño, vayan todos a dormir, es una orden-, dijo a los miembros de la familia con toda la seriedad que el mundo podía ofrecer a una voz humana; nadie dijo nada y como mandato divino la orden se cumplió, aun cuando alguien quisiese quedarse cuidando del hombre. 


-Hijo, te regalo mi reloj… Es una de mis más preciadas adquisiciones-, dijo quitándose el reloj de la muñeca. -Pero… En esta cajita está mi reloj favorito y más sincero; si logras encontrarlo, también será tuyo mi secreto-, sacando del cajón de la mesa un cofre de madera. 


Al abrirlo, el pequeño Nicolás encontró un pequeño espejo, y como si supiese que no era el momento de preguntar, lo guardó de nuevo y le dio un beso a su abuelo antes de quedarse dormido al borde de la cama. 


El hombre estaba ciego casi por completo y no veía más que algunas manchas oscuras. Cuando todos dormían, se levantó en silencio, tomó del abrigo sobre la silla un pequeño rollo de billetes y salió palpando muy despacio hasta la acera. Afuera estaba lloviznando; un taxi que pasaba a eso de las tres de la mañana iluminó al hombre bajo la lluvia, al oír el motor que se acercaba alzó la mano para marcar la señal de pare. -¿A dónde va, señor? ¿A dónde puedo llevarlo?-, preguntó el taxista , a lo que el hombre respondió: -¿Quieres ganarte quinientos dolares, hijo?-, preguntó con cálido gesto en el tono. -¿Qué debo hacer, señor?-, dijo entusiasmado el taxista. -Conduce sin parar hasta que el taxímetro los marque y serán tuyos-, mostrando cinco billetes de cien que guardó nuevamente en su bolsillo. El hombre hizo subir al señor para que no se mojara y para darle una respuesta. Lo meditó un momento, las gotas rodaban por el cristal y su pensamiento se perdía a lo lejos; nadie lo esperaba en casa, estaba ya cansado de llegar a ver la estúpida televisión y de comer frío de la nevera, y así, con cierta ilusión y desasosiego, decidió aventurarse con el hombre. 


-No sé cuánto se demore el recorrido ni hasta dónde hemos de llegar, pero vamos...-. El señor sonrió y dijo con cierto entusiasmo: -¡Arranca!-. El sonido del motor se dibujaba en la noche y así se pasaron las horas arrullados por aquel ronroneo de bujías. Cuando llegó el día, preguntó al viejo si podían parar a desayunar, pero el señor le pidió que continuaran. El taxista estaba acostumbrado al hambre, pero esta vez le pareció algo místico acompañar a aquel extraño hombre en el ayuno de ese viaje. 


-Estoy ciego-, dijo al taxista. -Pero nadie en el mundo ha visto como yo-. El viejo no habló más, la luz del sol dejaba ver en el retrovisor una aura casi divina cubriendo a aquel hombre, que oraba abandonado en el silencio, como si fuera un ángel. Aquella presencia de luz y silencio le hizo tragarse las palabras para pedirle que pararan a almorzar, su ayuno era santo. 


Habían pasado algunas horas ya, el hambre aturdía sus sentidos cuando comenzó a hablar. -Yo he estado ciego toda la vida-, dijo el taxista. -Y aunque lo sé, me he aferrado a la venda con todas las fuerzas de mi ser. Cada noche frente a la misma luz cegadora del televisor me escondo, buscando compañía en los canales y en el sedante alcohol de las cervezas en la nevera. He vivido siempre solo, aun con alguien al lado, y me he aferrado a los recuerdos para no sentir el peso del exilio de estar conmigo mismo, sin saber hablarme. -Hoy no estás solo-, dijo el anciano con una sonrisa. El taxista, viendo en el viejo un igual, rompió en un leve llanto que surgía lento y callado de sus ojos, escurriendo suavemente en su camisa viejos anhelos. 


La noche pasó fugaz para ambos, el hambre había desaparecido de los dos, pero el amanecer, como una chispa de fuego, apuntó en la mirada del taxista la tentación de la vida. A lo lejos un joven inmigrante aguardaba en un semáforo, este se acercó con una canasta a su ventana y el taxista le preguntó al hombre: -¿Quieres comer? -No hijo, sigue el viaje. -¿Por qué no quieres comer? -Ya no hay razón para hacerlo. -Maldita sea, viejo. El hambre es un mensaje que si se ignora es suicidio. ¡Yo sí tengo ganas de vivir!-, dijo con firmeza y el viejo cabizbajo asintió en silencio. Compró entonces cuatro pasteles de gran tamaño y le ofreció uno al señor, que avergonzado, lo puso en la silla junto a él. 


Al llegar la tarde, el taxímetro marcó los quinientos dólares. A un kilómetro, un gran faro se dibujaba sobre la playa, el taxista paró el carro sin preguntar y se bajó, ayudó a salir al hombre por la puerta de atrás y lo tomó de la mano, caminando con él hasta aquel faro. La playa les llenaba los pulmones de sal y arena, subieron lentamente, su cansado cuerpo pálido y escuálido era casi cargado por el taxista escaleras arriba. Cuando llegaron a la punta del faro, el señor se sentó en la única silla que había, guiado por el taxista, y se dedicó a disfrutar de la roja y difusa mancha del atardecer, diciendo: -Gracias, buen hombre... La sombra de la muerte me había vendado y no me había dado cuenta, pero tú me devolviste la mirada verdadera, me volviste a abrir los ojos. No estamos solos... Escuchemos juntos el canto fúnebre del sol-, dijo a él y a la luna que ya comenzaba a asomar su brillo entre la escasa noche. Sin mirarlo el taxista sonrió, le puso una mano en el hombro en gesto amable mientras terminaba de fumarse un cigarrillo, se lo pasó al hombre sentado que aspiró fuerte antes de soltarlo todo. El anciano deseó conocer la cara de aquel hombre, ¿qué hora marcaría su sonrisa? El firmamento moría y sus párpados iban bajando con el sol, como cerrando el telón del último acto. Llegó la noche y se levantó de su silla con los ojos llenos de luz, había vuelto a ver aunque nunca estuvo ciego, una jovial energía lo llenó de pronto, caminaron entonces nuevamente hacia el auto y el hombre le preguntó al anciano: -¿Hacia dónde vamos ahora? -Continúa por el camino-, respondió sonriendo, a lo que el taxista sonrió también. El motor del taxi rugió una vez más, el viejo tomó el frío pastel de la silla y le dio una mordida, le supo a tiempo y se lo terminó sin ganas, la carretera se dibujaba infinita pero no había afán, ya no importaba, el taxímetro había dejado de marcar. 


En casa, Nicolás se levantó y se encontró solo en la cama, nadie había regresado aún y el testimonio de un taxista en el televisor de la habitación, que hablaba sobre la muerte de un hombre en las playas de una ciudad cercana, la cual tuvo lugar al atardecer, había dado fin a la búsqueda exhaustiva de su abuelo por la ciudad. No regresaría de ese viaje… Pensó.


Habían pasado tres días de búsqueda, era ya su cumpleaños, otro más sin celebración… Volvía a estar solo pero ya no le importaba, su única compañía verdadera había anochecido en aquel faro y ya no acompañaría sus mañanas. Con la punta de la melancolía de aquella sábana fría, curó de sus mejillas la humedad de estériles llantos de madrugada, sacó el cajón que le había dado su abuelo y se miró en el espejo, sus párpados ojerosos de llorar toda la noche le marcaban un oscuro panorama, y entonces, entendió que era la vida… Y en la sinceridad del espejo entendía ahora cuál era el secreto de su abuelo. El reflejo le devolvió una sonrisa, el espejo marcaba en ese instante los nueve años y algunas horas en su cara, aún era temprano y ahora lo sabía, podía amanecer de nuevo algunos años, había abierto los ojos y visto su propia luz al arrancarse la venda. 


Se levantó de la cama y abrió la ventana para mirar el día que volvía a nacer, la noche estaba lejos todavía... A unas cuantas arrugas en el espejo y a quinientos dólares de ahí. 


*Santiago Garcés Moncada, Nació en Itagüí el 3 de junio de 1999, ganó el puesto en el concurso “Historias Para Volar La Imaginación” de la I.E Concejo Municipal De Itagüí con su poema “Palabras Que Sangran” (2016), fue ganador del puesto en el “Primer Premio Municipal De Poesía y Cuento Corto De Itagüí” con su cuento “Fruto Prohibido”  (2018), participó del Festival Internacional de Poesía de Medellín (2018) y (2019), Es co-autor del libro “Deshielos De Tinta” (2019), se publicó una selección de sus poemas llamada “Ideas De Humo” en la 9° edición de la revista “Lo Innombrable” (2019), Su cuento “Casa Robada” fue publicado en el libro con los mejores cien cuentos del concurso “Medellín En 100 Palabras” (2019), Actualmente es miembro del taller de creación literaria LETRA-TINTA y es cronista en la revista BOHEMIA.

martes, 20 de agosto de 2019

"Ideas de humo" poemas de Santiago Garcés Moncada



Guarida de besos 

Seductor espectro de otros tiempos más felices, 
llegas a mí sin avisar 
con tu piel de luna, 
en un crepuscular soplo clandestino 
llenando la noche de mi memoria. 

Es flor de pétalos de sangre 
tu boca en llamas, 
par de labios carmesí 
borrando inviernos de madrugada, 
tatúan primaveras transparentes en mi espalda; 
arde la sábana en leves brasas de pasado, 
segundos en fuga 
atados al tiempo inmóvil de aquel instante, 
navegando a la deriva de un recuerdo, 
un pecado tan sincero 
que da envidia al mismo Dios, 
el edén de tus infiernos. 

Yo, 
extranjero de tus tierras, 
de tu blanca piel de arena 
de cara al sol. 

Tú, 
mujer prohibida, 
diosa pecaminosa de la noche, 
amante presente, 
sin pasado ni futuro. 

Tú, 
tierra inexplorada, 
en un beso clandestino te hago mía 
y es este inmenso deseo 
que dejo atado a tu cuerpo, 
mi conquista, 
mi vida, 
mi castigo… 

Imagino el morder tu boca, 
mientras tu aliento y el mío 
después de un beso se chocan, 
y el calor de mi mano 
que entre mis sueños te toca, 
me llena de terremotos la piel bajo la ropa, 
bajo la piel misma 
donde las almas se tocan, 
como aves libres que, 
arrebatando trozos de cielo 
al firmamento de la cama, 
cantan felices 
y entre nota y nota se aman en susurros, 
tierno murmullo 
que es apenas un gemido de tu boca 
suplicante de mi nombre. 

¡Ay si supiera el corazón que eres ajena! 

Ay de mí si creyera que está mal 
hacer de mis besos tu guarida… 

No te marches verano detrás de historias de agosto, 
no te la lleves, detén la mañana, hazla mía. 

Vive en mi memoria, 
eterna y pura; 
hermosa ninfa blanquecina, 
repitamos esta historia en otra vida, 
en otro día pasajero 
que vendrá en un nuevo enero. 

Tuyo… 

Mía… 

Fantasías prohibidas 
que me proponen tus ojos 
al darme tu alma desnuda, 
llenando de escalofríos 
cada poro de tu piel mojada. 

Ayer… 

Tiempo… 

Asesino serial de memorias. 

Amanece y entristece la noche 
que entre su piel nos oculta 
y amándonos sin reloj 
pasamos las horas del día; 
el alba acecha a la noche 
y el tiempo no me da espera 
para marcar tu partida. 

¡Vuelve! 

No huyas al pasado inalcanzable, 
sé en un solo instante toda mía 
y quédate en aquel beso 
la eternidad si es preciso. 

Cierra los ojos 
y ven de nuevo a nuestro encuentro, 
el cielo nos espera bajo las sábanas, 
que han de arder como el infierno 
nuestros cuerpos de deseo. 




Ideas de humo 

Me despierto bruscamente por el ruido de las máquinas, 
me levanto lentamente por el peso de las fábricas; 
la ciudad se urbaniza ojos adentro. 

Comienza la jornada laboral de las neuronas 
consumiendo mis horas que son de otros días dúplicas, 
donde mi destino encuentro. 

Fabricando pensamientos 
con mi mano de instrumento; 
convirtiendo tinta en versos, 
signos en papel, dispersos. 

Acaba el día… 
Otra idea que venderle a la memoria. 




Secuestro de tinta 

¿Cuánta poesía habita en el cautiverio de un poema? 

Siempre entre renglones confinada, 
cadenas de tinta sangra el lapicero, 
carcelero de la magia dibujada 
en el gélido aire de la madrugada. 

Diáfanos espectros taciturnos, 
brasas siderales, 
firmamentos nocturnos 
heridos de amanecer, 
destilan de a poco el lenguaje del rocío, 
gotas de tinta que en la humedad de tu aliento 
curan el desierto de mi pensamiento, 
partículas de inspiración 
hacen combustión en el destello de mi iris, 
cárceles en forma de retina, 
resina endurecida por las apariencias 
que la luz quieren vendernos a escondidas, 
robando a las musas retazos de versos 
que mueren desangrados tras las líneas enemigas 
del poeta atrincherado 
en la poca experiencia de una vida. 

Poesía tan mía… 
Sé que no me perteneces. 

Peregrina amante clandestina, 
solo en la humildad de tu silencio 
encuentro sentido a mi llanto, 
tú que das vida a quien te mata a silabazos, 
filántropa silenciosa, 
sacrificada en el exorcismo de este verso, 
libertad que das a quien te confina 
en el cautiverio de una estrofa, 
cadenas de vocablos y diptongos 
te estancan tras la tinta de una sombra. 

Puntadas a tu ser, estas palabras 
cosen partes de tu esencia a cada letra, 
epitafios de olvido, 
placas de tinta plasmadas 
en el campo santo de un renglón. 

Corre el viento entre las hojas 
vuelto cometa de colores, 
como un verso que no se ha pensado; 
y vive en el anonimato de una idea, 
sueños imposibles 
a la espera del poeta, 
símbolo sin cuerpo 
creador de ideas, 
pensamientos más allá del lenguaje oscuro de la tinta, 
magia sin tiempo dibujada 
entre las letras de este verso que toma mi mano, 
breve intento de escapar juntos 
de la palabra inalcanzable 
que se dibuja en las transparencias de estas hojas. 




Señora mía: Oración egoísta a una diosa de carne 

Señora mía, 
tú que habitas en los cielos de este loco enamorado 
que se siente enloquecido y apenado por no verte, 
por tu ausencia omnipresente 
que lo hace sentirte siempre, 
entre el frío ajeno de tu amor ausente, 
mi gobernante, mi amiga, 
dueña de mi corazón, de mis tinieblas, 
es el vino de tus sangre liberación en mis venas, 
es el calor de tu cuerpo el que suelta mis cadenas 
que hacen estruendo al romperse 
en tus labios que las queman, 
santo es tu silencio, oculto 
en esta oración clandestina 
de un amante ausente que te piensa y calla, 
dibujando las siluetas de tus labios y tu pelo 
en un negro pensamiento donde brillas con más fe. 

Dame el beso de cada día mi flor de nácar, 
de pétalos blancos y pómulos rosados 
por la sangre de tu savia roja y viva, 
dame el elixir de la vida entre tu néctar, 
mi jazmín de olores fuertes y sensuales, 
que sin el pan de tu cuerpo siento que muero por dentro, 
atravesado por tus espinas de cristal, mi rosa de hielo, 
flotando en el purgatorio alejado de tus cielos, 
como persiguiendo el firmamento de tus horizontes negros, 
tan lejos de tus infiernos donde ardería contento 
si entre nosotros, mi reina, se ofrendaran nuestros cuerpos. 

Ven a mis ojos completa, 
sacerdotisa desnuda, 
cual catedrales de sal en las que entro a rezar 
irrumpiendo sin permiso y sin pensar, 
donde arranco los secretos 
que los gemidos de tu reino oficia, 
a mi boca sedienta entre tus aguas benditas y saladas, 
a la luz de una vela que apaga tu aliento acelerado 
y nos deja en la penumbra del encuentro de los labios, 
en la oscuridad arqueada de los párpados cerrados, 
donde queman los enigmas cual quimeras aferradas 
a las pieles de dos cuerpos que se encuentran en la cama, 
aferrados a la nada de una oración inventada. 

Soy tu esclavo, soy tu amigo, 
soy el loco empedernido que daría la vida 
por un beso amargo de la negra bilis de soberbia altiva, 
que muestras a todos como tras murallas, 
las que rompo a besos hasta desnudarte 
para hacerte mía y para a ti entregarme. 

Hágase tu voluntad en mi ser, 
que sea tu deseo mi fuerza al arder, 
al luchar por verte y por no olvidarte, 
al intentar no extrañarte y dejarte libre al querer abrazarte, 
al saber que puedo perderte al mirarte, 
por lo que mejor te pongo en un recuerdo bello, 
enmarcado en un pedestal 
sobre la hoguera de mis sueños imposibles, 
donde alcanzar tus pasos o seguirte el vuelo es tan sencillo 
que levito entre las notas de tu voz, 
como un coro celeste que me deja besar tus labios 
en la tierra de mis sueños o en el cielo entre las nubes de tu pelo, 
que son solo dos puntos dibujados en tu cuello 
donde te escapas de mis dedos, mi fugaz magia, mi anhelo, 
mis deseos de carbón al fuego, 
como lunares oscuros que se ocultan tras tus negros cabellos 
donde peco sin arrepentimiento, 
pero tranquilo bajo la salvación del bautismo de tu sudor alcalino 
en el que me sumerjo para resucitar entre tus manos, 
apretado mi cuerpo por tus piernas cual cadenas, 
que amarran pero no encierran, 
en la mezcla de dos lenguas que susurran profecías, 
en el silencio de un beso 
perdona mis pecados y aprende a amar mis defectos, 
como yo que aprendí a amar todos tus demonios negros 
y a flotar entre tus humos al habitar tus infiernos. 

Aléjame de la tentación de robarte la vida en un beso 
y quémame entre tus llamas, que he de arder entre tu cuerpo, 
sin esfuerzo y con más fuerza 
que el sol del verano que quema en mis recuerdos, 
déjame estar en tu oasis en medio de tus desiertos, 
líbrame del mal de tu veneno o quítame la vida en un te quiero, 
bríndame tus aguas para calmar mi sed que es desvelo, 
que es anhelo de tu cuerpo, 
hidrópica necesidad de tocarte, 
insaciable deseo de besarte 
que me hace pensarte noche y día, 
líbrame del mal de tu olvido 
y ámame sin sentido, sin razón ni motivo, 
pero con pasión como lo hago yo en cada latido. 

Amen. 


*Santiago Garcés Moncada Nació en Itagüí el 3 de junio de 1999, ha sido participante de talleres de poesía y de la creación de espacios de lectura en la Institución Educativa Concejo Municipal de Itagüí en la que obtuvo el segundo lugar en el concurso de CUENTOS Y POESÍA  en su primera versión (2015), fue participante del taller de periodismo dictado por el periódico El Mundo, para la creación del periódico estudiantil (2016), fue orador de la cooperativa financiera COTRAFA en su concurso de oratoria en las versiones XVI (2015), XVII (2016) Y XIX (2018), también participó del taller de lectoescritura “People and Stories” (gente y cuentos) traído a Colombia desde Cambridge, Massachusetts, dictado en el año 2016, ha sido participante de varias lecturas en lugares públicos de Medellín e Itagüí, fue invitado al festival internacional de poesía de Medellín en su versión XXVIII (2018) y XXIX (2019), también fue invitado a leer en el homenaje póstumo del poeta Ernesto García Mejía organizado por el colectivo Poesía Orgánica, participó como coautor del libro “Deshielos de Tinta” lanzado en agosto del 2019, actualmente es participante activo del taller de poesía LETRA-TINTA suscrito a RELATA Min cultura y dictado por el escritor Rafael Aguirre.