¿Me llama a mí, o a Marlon? Le preguntaba desde la cocina.
Ella entraba en modo pausa, y era entonces
cuando me acercaba a la mesa del living con un frasco repleto de vegetales
hirviendo, una taza de café ardiendo, y un cigarrillo que diez minutos después
ardería en el explosivo paladar de la Elegida.
Pati era la Elegida. Un
metro cincuenta, cabello rubio, sedoso, fisonomía y dinastía angelical donde
prevalece lo blanco y el oro.
Todo en ella cándido,
menos su nariz de costras marrón por la comida amontonada como capas formadas
por la cafeína, el té, y la avena en la que creía como si fuera un brebaje
bendito para adelgazar.
Su nariz era tan
circularmente marrón, y supongo que yo tan desalmada en el gesto por no poder
disimular la angustia y el asco presentes en una mesa recién limpia, atestada
de antidepresivos, y cigarrillos para evocar y engancharse a la vida.
La Elegida, Pati, tan
llena de cosas, sus cosas que parecían visitantes y vecinos queriendo saludar a
una buena amiga. Cinco valijas, montones de duendes con formas de zapatos,
pantis al viento como aves eróticas, siempre blancas como sus dientes postizos
los cuales imploran besos y esperan la ternura que los de leche jamás pudieron
saborear.
A Pati, muchas veces le rompieron el corazón, y
una vez los dientes. El amor la golpeó tan duro y sus encías recibieron el
tanganazo que apagó su sonrisa.
Cuando come me mira con tanta hambre, y come con
tanto desespero, y Marlon y yo la miramos con atención esperando grite,
agradezca, pida, maldiga, se carcajee, o tenga la iniciativa de conversar con
la fluidez que la definía en las distintas geografías que recorrió como en una
burbuja con su marido millonario. “El único con plata que tuve y que me arruinó
la chequera y las emociones”, dice.
Marlon es tímido una vez te conoce, aunque al
verte por primera vez te salte sin darte la oportunidad de olerte para luego
quererte. Marlon tiene la nariz más limpia que la Elegida, quien lo eligió en
México, pero cualquier perro del mundo jamás elegiría el desgano, ni un eterno
viaje de angustias.
La llegué a pasar bien con Pati. Le creía, me
reía, viajaba por momentos con Marlon Brando y la chica de la valija, pero
cuando caía en cuenta que quizás mentía, que no era ella, sino el delirio quien
me hablaba, me dolía, no era justo, me enojaba con Dios, me sentía estafada,
entraba en bronca conmigo misma, me dolía.
Marlon tiene la lucidez de la ventana por la que
entra la luz del verano, Pati la intención de escapar por ella con fe de que el
agua de la piscina le devuelva el bautismo que perdió en la soledad que la
alcanzó entre historias, delirios y rabias, entre Disneylandia y el tequila,
entre USA y sentirse usada y peloteada por sus afectos que un día la embarcaron
a Latinoamérica a morir en un hotel bajo los cuidados de extrañas a las que
algunas veces mira con asco y altanería, aunque a veces también las compensa
con miradas suaves y sonrisas dulces, sobre todo cuando les dice que a sus
setenta no pierde la esperanza de volver a hacer el amor.
¡Te voy a pegar! ¡Estoy enferma! A veces te
dice.
Que compañía tan cara
la tuya, también te dice. Todo sube en este país, el país del olvido. A mí me
olvidaron, pero por suerte aún no se me olvida contar, ni pagar las cuentas en
un país de chorros.
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