domingo, 2 de mayo de 2021

"A trazos blancos y negros" relato de Wilson Alejandro Díaz


“Evolución, reacción a partir de destrucción”

Koyi K Utho - Ente

 

Son solo noches entre noches, días entre días, sombras entre sombras que se dispersan cuando las farolas intermitentes y de macabra blancura inician su tarea de manera holgazana en una ciudad hecha de estos personajes maestros del camuflaje en el gris metropolitano. Son solo noches entre un cúmulo de noches que se suceden unas a otras, como las latas de energizante que se extinguen cuando se las bebe de manera desaforada; como las tazas de café que desaparecen en los labios y el torrente sanguíneo de cualquier humano de los que cohabitamos este lugar…

Pero esta noche es ligeramente especial, el corazón lo dicta… Y las hormonas también.

Y las luces, y los tonos sombríos, y las eternas soledades que se acumulan en este sitio escondido de la luz solar, tan alejado de la civilización como si quedara en la Luna o en Marte. Todo dicta su singularidad, su verdadera efigie, su nocturna ala que se cierne sobre los asistentes a tan bizarro espectáculo; qué más bizarro que esta existencia nuestra que cuelga de un abismo y que nos sostiene una cuerda que somos incapaces de cortar por instinto y por horror… Total, acá estamos, acá nos reunimos para embestir está fatal melancolía contra el humo de los cigarrillos y la máquina, contra los licores abstractos y las sustancias que se diseminan por nuestro organismo y que no provienen de laboratorio mas perfecto que el de nuestro propio cuerpo cansado y herido por las decepciones, la realidad y el desespero por ser destruido como las olas que desean morir en los farallones de alguna playa desolada y gélida. Allá nuestras almas confluyen. Todos somos hermanos unidos por un deseo de fragmentación taciturna de la realidad solo por esta febril jornada…

Y todo promete. Los rostros maquillados, las jarras llenas y vacías a la vez por efecto de la acuciante sed, la emoción de los instrumentos siendo probados y de nuestra propia afinación que acumula sangre hirviente, lujuria represada, adrenalina en desborde y tristeza sacada de los lotes mas recientes de la fábrica interna del espíritu. Los planetas se alinean, las estrellas en algún lugar lejano de este cosmos vasto e indiferente a nuestra insignificancia instan a brillar y morir en explosión de rayos gamma que trascienden hasta este rincón pútrido de la galaxia dando mas belleza a lo que ya lo es… Todo quiere ser partícipe de esta noche donde cada cosa está en su lugar, donde todos los ojos de todo color y brillo se aúnan para dar la mas grande mirada que cualquier humano pudiese soportar y que se rompe con el primer acorde, con el primer grito, con la primera chispa que vuela y con la primera golpiza a la batería del lugar, hendiendo en el tiempo, haciéndolo pedazos y despersonalizándolo como en un agujero negro o en las ecuaciones cuánticas que calculan lo que no podemos probar como en la maquinaria de la ansiedad...

No existe nada, solo este lugar tan lejano, tan perdido en la inmensidad del cosmos tal cual una mota de polvo estelar en el vasto universo. Nada existe, solo la emoción, la energía disipándose a través del baile, los saltos, los cantos y los diversos sentimientos personales de cada ser que lanza al aire sus desdichas para dispararles con un rifle de música y derroche. Porque solo se vive una vez y solo tienes un disparo, diría una popular banda. Porque vamos en pos de trascender a través de la vida y para vivir debemos morir un poco… porque los rostros que recuerdan las ilusiones biomecánicas de los años anteriores se reflejan por un vasto azar que creó nuestro planeta y todo lo que en él existe en vez de un dios humanizado a semejanza nuestra por simple asociación de experiencias pasadas que nos dictan que solo nosotros podríamos ser arquitectos de un universo perfecto desde nuestra infinita imperfección. Porque de un lugar similar al agujero de gusano cósmico o el hoyo del conejo de Alicia salen a quienes las expectativas estaban presintiendo desde que, en algún momento de nuestra gris pasada por la vida vimos su presentación a esta hora y en este lugar. Aquí se entrecruzan la realidad y lo que nuestra mente construyó y que muchas veces no es confiable… Aquí el grupo ante la enorme mirada de un rostro creado a partir de miles que pueblan este recinto que huele a licores, a sangre y a liberación a altas horas de la madrugada cuando los humanos normales descansan por breve tiempo de sus desgracias para seguir con ellas una y otra vez por años sin final. Este lugar es el epicentro de las luces fulgurantes, de los besos casuales, de los amigos que nunca se conocieron y de la violencia de un corazón agitado por la vida que encarnan estos rostros pintados a blanco y negro que toman el nombre de un conductor de robots nipón… es el eje, el meollo de una explosión sónica y lumínica, un ballet mecánico que eclipsa las estrellas que se van extinguiendo a lejanos años luz de nuestro sitio de estallido. Una danza, una contradanza, un moverse que inicia con las chispas de un prosaico instrumento de soldadura para arrancar con años de tonadas, con años de recuerdos que se entremezclan al agitarse las cabezas en un cóctel de alcoholes que no deben mezclarse ni mucho menos beberse.

Acá estamos todos en esta noche harto singular de muerte y de vida en su mas pura forma.

Avalanchas de químicos corporales corren por las venas, inundan e invaden cada parte de este cerebro concebido por eones de evolución perfecta y sabia. Hordas de sensaciones traspasan las capas que recubren cada órgano del cuerpo, cada músculo, cada fibra que puede sentir algo a pesar de los golpes, los desamores, los dolores, las desidias, las destrucciones y el solo hecho de estar vivo en este lugar donde los muertos no reencarnan para dicha de ellos mismos. Todo arde, la sangre llena de cuanto puede el hombre introducir a su diáfano escarlata corre a evaporarse y a generar nubes que darán como resultado una lluvia roja de hermosura sin par. El cuerpo que se volatiliza por la adrenalina, por la dopamina y por el sereno deseo de escuchar a aquellos rostros de monocromática pintura que ahuyentan los monstruos de la rutina y el desconcierto por estos noventa y cinco minutos de guitarras, bajos, baterías y programación computarizada a tan alto volumen que hasta la muerte sería capaz de escuchar y venir a por este corazón que lleva llamando a su puerta desde el momento mismo del alumbramiento…

Después, todo blanco, todo silencio, toda quietud…

Y todo paró por un momento. Todo calló por solo un segundo mientras el cuerpo era levantado y todo avanzaba. Porque nada somos en un compacto y uniforme grupo que esperaba lo que el héroe de esta sala ha logrado. Una iluminación casi budista se ha hecho presente mientras aquellos que sus rostros tiñen de blancos y negros como en verdad todo se ve iban dando final a lo último que este estuche hecho de carne, hueso y mucho por sentir se desechaba al ya haber cumplido su función. La fiesta sigue; quien se va también cuando los golpes a la aldaba del inframundo fueron contestados y las chispas dejaron de iluminar el sendero de quienes son felices por este espacio temporal y son devueltos al gris espectro de lo que existe y no se puede objetar… Ni siquiera los fantasmas albinegros que son tan humanos como cualquiera, a pesar de ser los viandantes de tanta emoción y tanta energía por años y que sé tienen muchos mas por dar detrás del maquillaje y su nombre extraído de algún recuerdo japonés del cíclope electrónico de eras pasadas que, como todo recuerdo, vuelve a nosotros sin remedio ni final… eso es ser humano.

*Wilson Alejandro Díaz, Bogotá – Colombia. Escritor de los libros “Los Discursos De La Desesperanza” y “Amando La Belleza Astral” Actualmente está a la espera de su primera edición en físico. También ha publicado algunos escritos en revistas independientes. 

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