sábado, 6 de febrero de 2021

"La muerte de Willy" Cuento de Bryan Michael Garcia Abarga



Una semana atrás me encontraba sentado afuera de mi casa. Willy llegó corriendo, su enorme boca sonreía, me propuso ir en busca de riqueza, me dijo que conocía los alrededores de la ciudad como la palma de su mano, que pasaba la mayor parte de su tiempo merodeando por el bosque. «Ay, de mí», yo acepté. Willy me contó sobre un tesoro que se esconde en estos cerros, muchos siglos atrás alguna cultura Náhuatl hábito en esta zona, tenía la seguridad de que aquel cerro era un basamento piramidal. Me dijo que su padre le contó que su abuelo encontró una máscara de oro, que cuando la llevó a una casa de empeño le dijeron que la máscara era muy vieja, quizá tuviera 7 o 8 siglos de antigüedad. Su abuelo la vendió por 7 mil pesos. No entiendo cómo fue que me deje arrastrar por su estúpida idea. Estaba aburrido y no tenía nada que hacer.

Willy es alto, delgado, ojos grandes, saltones, con el mentón prominente. A simple vista se puede decir que no es listo e incluso que padece de algún retraso.

Debido a que ni él ni yo veníamos preparados, las provisiones se terminaron en un dos por tres. Mis tripas me lo recordaban cada veinte minutos, me sentía famélico. Miraba a Willy, lo imaginaba como una pieza de pollo, como una pierna, tal como ocurre en las caricaturas. Insectos llamados calzaguates dejaron innumerables picaduras en nuestra piel, picaduras que daban comezón y ardían con la misma intensidad. Nuestra ropa sucia, mojada y apestosa por el sudor, atraía a los mosquitos, invitándolos a darse un festín. Pese a esto, las noches parecían un regalo de Dios, luciérnagas nos brindaban alegría, el sonido de los animales y sus sombras moviéndose a nuestro alrededor, ojos aparecían en la oscuridad y desaparecía con la misma rapidez, todo resultaba mágico.

Si no hubiese sido por mi machete las cosas estarían peor, de verdad que se encontraba afiliado, cortaba ramas sin que pusieran la menor resistencia, podría trozar el dorso de un hombre con la misma facilidad.

Desde dos lunas atrás, una pequeña fantasía se reproducía en mi mente: me acercaba con sigilo, tomaba a Willy por el cuello y lo estrangulaba. Siempre me he preguntado cómo es que se llega a ser un asesino en serie. No soy un retrasado ni un genio como suelen plasmarlos en las películas. No tuve una infancia traumática. Papá nos abandonó antes de que yo naciera, claro que Susana, mi madre, era una puta alcohólica que me golpeaba tres veces por día. A veces, por la noche entraba en su habitación con un cuchillo en la mano, me ponía frente a ella, pensaba en que tenía el control y podía matarla cuando quisiera, pero no lo hice. Tampoco era un desviado sexual, por supuesto, tenía un ligero deseo por Mari, mi vecina, una adolescente de 14 años, de piel apiñonada, unos ojos grandes e inocentes, con cuerpo que apuntaba a que un montón de pervertidos la acosaran a lo largo de su vida.

La desesperación incrementaba. Willy me miraba, sus ojos expresaban odio, el mismo odio que yo sentía por él. A veces creía leer sus pensamientos, no eran buenos, decía que no aguantaba un momento más a mi lado, con gusto me rompería el cráneo a golpes, incluso que antes de morir de inanición beberá mi sangre y comerá mi carne.

Subimos a la cima del cerro y vimos un poblado, así que descendimos en esa dirección, pero resulto en un error, la tarde caía y el poblado no aparecía, incluso creía que estábamos dando vueltas, esa roca se parecía a la de hace rato.

Willy dejó de hablar y eso me molesto. Si le reprochaba que por su culpa estábamos metidos en esto, que por su culpa moriríamos. «Humm», respondía y se alejaba de mí para evitar discutir.

Ahora aquella historia del tesoro sonaba cada vez más ridícula.  Su padre era un alcohólico, un don nadie. El hazme reír del pueblo. Un idiota muy dado a la imaginación. No quedaba duda de que la historia de su abuelo era una vil mentira. Su abuelo, un viejo tonto, que se sentaba toda la tarde afuera de su casa y taloneaba para una Coca Cola. 

Recordé que por su culpa un armadillo se nos fue, el muy idiota lo dejo escapar. Cuando le pregunté el por qué, «Humm», respondió y se alejó con la cabeza gacha.

Nuevamente cruzamos miradas, me miraba con engreimiento. «¿Qué tanto me ves?», grité. «Humm, nada, me gusta que no te das por vencido, me ayuda a continuar». «Todo por tu maldita culpa, ni siquiera conocías el cerro de palmo a palmo como me lo aseguraste.» 

Le tiré una patada, la esquivo, se me puso de frente, desafiándome. No quitaba la vista del machete. Quizá pensaba que en cuánto me durmiera me lo quitaría, me haría picadillo.

«Humm, tranquilo, estamos cansados, te prometo que pronto saldremos de aquí», dijo y me dio la espalda.

Todo se reducía a una cosa, matar o morir. No había espacio para las reflexiones. «¡Hey, Willy!», grite. Ni siquiera tuvo tiempo para entender lo que sucedería, la punta del machete entró limpio y directo en su caja torácica. Se tambaleo, tonta y bruscamente, luego se desplomó. 

El machete estaba clavado en su cuerpo, posiblemente partió su corazón. Tenía los ojos abiertos, en ellos se podía ver una mezcla de sentimientos: asombro, miedo y dolor.

«¿Cómo pude hacer algo así? ¿Cómo pude convertirme en un asesino?»

La sangre se expandía, en mis pies, por la tierra. No podía moverme. Estaba asustado y excitado al mismo tiempo. Sus ojos aún posaban en dirección mía. Me agaché, cerré sus párpados.

Traté de consolarme: «En tiempos de guerra matar está permitido, incluso es motivo de condecoraciones» «pero no estamos en ninguna guerra». Bueno, «el concepto de bien y mal es relativo, lo que está prohibido en una sociedad es permitido en otra, incluso la ley en un país corrupto cambia dependiendo la clase social» «solo que eres pobre y el asesinato se paga con cárcel.» Por cada pensamiento que se me ocurría para consolarme otro venía a atormentarme.

Comencé a llorar porque un alma estaba en mi conciencia y un cadáver a mis pies, si los hombres tienen alma, no lo sé, la mayoría puede que mueran sin una. Los animales si la tienen y Willy era eso, un perro, de la raza Boxer, no llevábamos una semana perdidos, hacía un par de horas que salimos de la casa para recolectar leña. Nunca me gustaron los perros, pero a él le había tomado afecto, lo quería.


*Bryan Michael Garcia Abarga, Nació en Mexico D. F. Desde niño fue llevado a Tenancingo, Estado de México. Estudiante de la Licenciatura en Biología en la Universidad Autónoma del Estado de México. Empezó a interesarme en la literatura hace un par de años, principalmente por el realismo sucio.

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