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martes, 29 de septiembre de 2026

"Mal día para ser Van" cuento de Cayla Carbonell Correa


Vanessa caminaba cabizbaja por las calles empedradas, con una bolsa de tela entre los dedos. Le dolía la cabeza, y el calor era el responsable. El sudor cubría cada parte de su piel, dándole un brillo viscoso al tacto. Solo debía caminar un poco más, hacia donde nadie pudiese encontrarla.

—Hola, Van, ¿qué haces por aquí? —dijo una voz a sus espaldas. No se detuvo, al contrario, redobló la marcha hasta que la sostuvieron por el cuello de la blusa—. Te estoy hablando, no me ignores.

Y así, ambas empezaron a caminar por las calles de piedra y barro.

Vanessa iba en silencio, apretando contra sí misma la bolsa. Mía, la otra chica, no volvió a hablar; solo se quedó a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro y agarrándola del brazo.

«Piensa en algo, debes alejarte de ella lo antes posible», murmuró Vanessa en voz baja.

El calor las sofocaba a ambas, donde ninguna había traído consigo una botella de agua.

—Mía, cariño, ¿por qué no vamos a esa cafetería? Podemos beber algo, y te lo explicaré todo allí —mintió.

La otra chica asintió tímidamente, arraigándose más a su acompañante. El contacto de sus pieles provocó un sonido pegajoso por el sudor, pero no parecía importarle.

—Mesa para dos —le dijo Vanessa a la recepcionista—. Y una botella de vino, por favor.

Mía protestó cuando se tuvo que sentar en una silla individual separada escasos centímetros de Vanessa. Sin embargo, el vino la relajó un poco. Llenaba su copa una y otra vez, con la misma rapidez con la que se vaciaba.

—¿Por qué estás tan lejos de tu casa? —murmuró Mía, relamiendo unas gotas que habían caído sobre sus labios—. Ya casi anoche, deberías quedarte en la mía. Pero quiero una explicación.

Vanessa tomó unos sorbos y le pidió el menú a un empleado, retrasando la respuesta lo máximo posible. ¿Cómo podía explicarle a su pareja que quería lanzarse frente a un camión? No existían palabras para que aquello no sonara una locura. Pero Vanessa estaba decidida: en el punto en que se encontraba, el suicidio era la única opción restante.

El camarero llegó, y junto con él la comida: una hamburguesa para dos y algunas patatas fritas. Se marchó luego de abrir otra botella de vino y recibir su pago. Vanessa comió sola; devoró todo lo más rápido posible para acortar su estancia en aquel lugar. Mía, en cambio, no tenía apetito. Con cuidado, empujó su mitad de la hamburguesa hacia su pareja para que la comiera.

La botella de vino se vació, abandonada junto a sus hermanas y las copas. Mía cayó ebria con apenas unas copas. En cambio Vanessa, había bebido poco, necesitaba mantenerse cuerda si no quería arruinar su plan. La ayudó a ponerse de pie y salir del lugar.

El trayecto no fue tranquilo, sino plagado del mar de lágrimas y sollozos de Vanessa, quien comenzaba a dudar de su decisión. Mía le sonreía y besaba, animada por el alcohol, diciéndole frases bonitas que ella deseaba no escuchar.

En algún punto, dejó caer la bolsa de sus manos para alejarse un poco. El objeto rodó por el suelo hasta la carretera, quedando expuesto en medio de la calle. Vanessa dejó a Mía apoyada en un poste y se dirigió al lugar, tallándose los párpados con la yema de los dedos.

Quedó de rodillas en la calle empedrada, examinando el contenido de la bolsa para asegurarse de que no faltase nada. Todo estaba en orden: el colgante de Mía, sus documentos, evidencia del accidente y medicamentos suficientes como para matar un caballo. Nada se había dañado.

A su espalda, se escucharon risillas e hipos. Vanessa no se inmutó cuando un auto pasó a su lado a toda velocidad; el aire caliente le golpeó la cara, pero no sintió dolor en ningún área de su cuerpo. Miró hacia un lado. Desde la distancia, un auto más grande se acercaba con el motor rugiendo a toda marcha. Ella solo sacó el colgante de la bolsa y lo puso en su bolsillo, donde lo apretó más que sus párpados cerrados.

—Van… Sabes que te quiero, ¿verdad? —farfulló Mía, con una sonrisa borracha en los labios—. No me dejes sola tanto tiempo… me pondré triste. Así que ven…

Y obedeció, sin saber muy bien el porqué. El claxon bramó detrás de ella. La bolsa fue triturada bajo las ruedas hasta convertirse en míseros fragmentos empolvados. Tomó a Mía de la mano, atesorando ese calor que tal vez sentiría por última vez, y comenzó a caminar.

Ninguna de las dos dijo nada hasta que llegaron al apartamento. La escalera se hacía infinita y estrecha. El pasillo se negaba a acabar, aún no era el momento.

—Van, si quieres decirme algo… estoy aquí. Has estado… rara últimamente —susurró Mía, con la cabeza apoyada en el hombro de Vanessa. Extendió su mano y le acarició las mejillas—. ¿Sabes? Perdí… mi collar ayer. Es una lástima… era mi favorito…

Vanessa se detuvo, sacando el objeto de su bolsillo. Con cuidado se lo colocó en el cuello, sin apartar la vista de las angostas paredes.

—Perdón, yo lo tenía —masculló mientras retomaba la subida por su cuenta.

Mía acarició el dije del colgante y la observó por más tiempo del necesario. Luego, la siguió, dando saltitos por los escalones. No parecía enfadada, quizá por el alcohol.

Solo bastó un mal paso para hacerla caer.

Rodó hasta perderse en la oscuridad de la que quizá nunca debió de haber salido. Vanessa suspiró, algo cansada, y fue a revisarla.

—Aquí vamos otra vez.

El colgante estaba en el suelo, donde la mancha de sangre ya se había secado, sin rastros de un cuerpo que llorar. Lo tomó y salió a tomar aire. En cuestión de nada, ella estaría de vuelta.

Pero Vanessa no quiso esperar al siguiente día, donde solo Mía sufriría, no esa vez. A los pocos minutos, las llantas de un camión hicieron explotar un cráneo. Era la libertad que tanto había deseado.

Vanessa caminaba cabizbaja por las calles empedradas, con una bolsa de tela entre los dedos. Le dolía la cabeza. Solo debía caminar un poco más, hacia donde nadie pudiese encontrarla.

—Hola, Van, ¿qué haces por aquí?​


*Cayla Carbonell Correa (Santiago de Cuba, Cuba. 2009) es una autora joven cubana. Su obra explora narrativas especulativas donde lo real y lo fantástico se entrelazan. Ha sido publicada en la Antología Internacional de cuentos Edgar Allan Poe y en revistas literarias como Revista Infinita, Revista Narrativas y Revista Especulativas.

lunes, 28 de septiembre de 2026

"Quien nunca ha sido besado en París, jamás ha sido besado" ensayo de Carina Bogetti



Sicilia, París, Pekín, Polinesia… el lugar de una mujer es donde ella bien decida. No faltan destinos para que una mujer se divierta viajando a solas; al fin y al cabo, lo que importa es la entrega a lugares vibrantes, la experiencia de sabores exóticos y el encuentro con desconocidos fascinantes. Yo, por mi parte, decidí vivir un día en París.

¡Oh là là! Bonjour, Ça va? S’il vous plaît! Ya estaba lista para explorar la "Ciudad de la Luz" a orillas del Sena. Y, como toda mujer, mi deseo era recorrer la avenida con el mayor encanto del mundo: los Campos Elíseos. Para llegar allí, decidí atravesar la ciudad a pie — ¿acaso existe una forma mejor? Caminando por sus calles, solitaria y enamorada del aire, imaginé la infinidad de mujeres emblemáticas que, antes que yo, recorrieron este mismo suelo. Muchas dejaron huellas indelebles. Simone de Beauvoir, que pasaba sus tardes escribiendo en el Café de Flore, en el Boulevard Saint-Germain… Coco Chanel, que dejó el rastro de su famoso Chanel Nº 5 impregnado en las esquinas; y la imponente estatua dorada de Juana de Arco, un recordatorio constante de que París es una ciudad que celebra a las mujeres.

Inicié mi trayecto por la Bastilla, donde el fantasma de otra mujer me transportó directamente al siglo XVIII. Hoy no queda nada de la antigua prisión tomada por el pueblo francés en 1789, pero María Antonieta dejó su legado grabado en el alma de la ciudad. Traidora extranjera para unos, mártir de la Revolución Francesa para otros, la reina Marie Antoinette continúa despertando pasiones más de doscientos años después de su muerte. Considerada una de las soberanas más famosas de la historia, ella moldeó la moda, el mobiliario y la estética de su época, influyendo no solo en Versalles, sino en toda Europa con su gusto refinado.

Antes de avanzar, bajé hasta las orillas del Sena. El río corría ancho y grisáceo bajo los puentes de piedra, moviéndose con esa indiferencia eterna que Hemingway tanto amaba. Caminé por los muelles, sintiendo el aroma a papel viejo y polvo que emanaba de los puestos de los bouquinistes; un olor grato, que hablaba de vidas pasadas y libros olvidados. Después, busqué el silencio de los Jardines de Luxemburgo. Allí, entre las sillas de metal verde y las sombras de los castaños, el tiempo parece detenerse. Vi a estudiantes leyendo bajo un sol pálido y a viejos jugadores de ajedrez concentrados en sus batallas silenciosas. En París se aprende pronto que la soledad no es una carga, sino una forma de libertad. Es un lugar donde puedes estar hambrienta de vida y la ciudad siempre tendrá algo auténtico que ofrecerte, siempre que sepas mirar.

Todo comenzó en Normandía, entre el viento salino y la luz que Monet intentó aprisionar. Mi padre, Guido Bogetti, exponía sus lienzos y yo era su marchand —sus ojos y su voz en el implacable mercado del arte. Vender el alma de un artista plástico exige un tipo de coraje

silencioso. Fue en una de esas vernissages, rodeada de colores descompuestos y vinos, donde conocí a mi amigo Patrick. Él tenía la mirada de quien conocía los secretos de París y prometió mostrarme la ciudad que los turistas no saben encontrar.

Semanas después, ya en París, me arreglaba para salir a cenar con Patrick . Al encontrarnos, en una escalera aleatoria en la ciudad, me dijo que me parecía a un muchacho, con esa boina de lana gris… Yo pensaba que me quedaba tan… parisina, pero quizás recordaba más a Charles Chaplin en la película que lleva justo ese nombre. Con Patrick fuimos a un restaurante que el tiempo olvidó demoler. Era un rincón medieval, incrustado en una callejuela oscura donde el olor a piedra húmeda se mezclaba con el de la grasa de pato. El techo era bajo y las paredes de piedra custodiaban el calor de siglos. No existía allí el lujo afectado de los Jardines, sino la verdad de la madera vieja. En el centro del salón, varias mesas de roble inmensas y antiquísimas dominaban el espacio. Eran tablones brutos donde unas noventa personas comían hombro con hombro; extraños compartiendo el pan y el vino en un ritual rústico. No había pasillos entre las sillas. Para alcanzar mi lugar, mi amigo simplemente señaló el hueco bajo el roble. Con la dignidad de quien busca un tesoro, tuve que pasar por debajo de la mesa, gateando sobre las piedras desgastadas del suelo hasta emerger en mi asiento. Fue mi bautismo en la bohemia parisina: en París, si quieres lo mejor, a veces debes arrodillarte ante la historia.

Llegó la comida y el mundo guardó silencio. El foie gras se sirvió de forma frugal, acompañado apenas por una ensalada fresca y algo dulce, como una confitura de frutos rojos, no lo recuerdo bien. Jamás había experimentado aquella textura. Era denso, untuoso, un beso de terciopelo que se derretía en el paladar, dejando el rastro de un sabor que yo no sabía que existía. La gastronomía francesa, comprendí en ese instante, no trata sobre la ostentación, sino sobre la exactitud del placer. Es la bondad de una tradición que respeta el ingrediente hasta que este se transforma en pura emoción. Es una alquimia que transmuta lo simple en sagrado.

Bebimos un vino tinto con cuerpo que manchaba las copas de cristal barato. Mientras comíamos, percibí que el arte de mi padre y la precisión de aquel banquete provenían del mismo lugar: la búsqueda de la esencia. En aquella mesa atestada de gente, bajo la luz ámbar y el murmullo de las conversaciones en francés, me sentí en casa.

Francia nos enseña que la vida es demasiado corta para comer mal o para no perderse en callejuelas oscuras. Salí del restaurante con el sabor del foie gras aún en la memoria y el frío de la noche parisina en el rostro. Había pasado por debajo de una mesa y emergido del otro lado con un alma nueva. Fue el tipo de recuerdo que se guarda para los días en que el mundo parece demasiado gris.

Al día siguiente, seguí mi camino hacia las Tullerías, haciendo una breve reverencia al pasar por el Louvre… pero este, por supuesto, merece una visita aparte. Avancé hasta el Campo de Marte para contemplar la Torre, pues es imposible caminar por París sin visitarla. La vista se vuelve mágica al atardecer y, por la noche, la Torre Eiffel brilla más que la luna desde el restaurante Ciel de Paris. Pero el sol aún brillaba, así que me dirigí a los alrededores de los Campos Elíseos. De repente, sentí que había sido transportada al interior de una película:

Escena 1. Exterior / Día / París.

Una lluvia fina cae sobre la avenida. Ella camina con elegancia, deteniéndose ante cada escaparate: Gucci, Louis Vuitton, Cartier, Dolce & Gabbana. Entra en una de las tiendas. En un plano secuencia, realiza sus compras y sale cargada de paquetes y bolsas de lujo.

Escena 2. Interior / Día / Café.

Ella entra en un café lujoso, típicamente parisino. Pide un croissant al camarero y un petit café. En la mesa de al lado, un hombre lee el diario Le Figaro. Sus miradas se cruzan y el tiempo parece detenerse por un instante. Él la observa; ella sostiene la mirada.

Escena 3. Exterior / Día / Ciudad.

Ambos caminan de la mano por los Campos Elíseos. Él se detiene, la envuelve en sus brazos y la besa apasionadamente bajo el cielo gris de París.

Fin.

Pero la vida, en su infinita sabiduría, a veces decide ser mejor que el cine.

Aquella misma noche, la ficción cedió su lugar a mi propia memoria. Me encontraba en un pequeño bistró en Saint-Germain, el tipo de lugar donde la barra de zinc brilla bajo la luz tenue y el aire es espeso con el aroma del café y el tabaco antiguo. Bebía un tinto con cuerpo y escribía algunas notas del viaje, pero mis ojos insistían en escapar del papel para encontrarse con los suyos. Él estaba en la mesa de al lado, con el cabello desordenado, un libro desgastado y una mirada que parecía cargar con el peso y la ligereza de toda la orilla izquierda del Sena.

Salimos juntos al frío de la noche. Caminamos sin prisa hasta el Pont Neuf, donde el río corría oscuro y profundo, reflejando las luces de la ciudad como si fueran joyas arrojadas al agua. No hubo necesidad de diálogos largos ni explicaciones; París ya había dicho todo lo que necesitábamos oír. Bajo la sombra de una estatua centenaria, mientras la llovizna fina volvía a mojar las piedras, él me atrajo hacia sí. Fue un beso que supo a vino, a lluvia y a un tipo de verdad que solo se halla cuando dejamos de buscar.

En aquel instante, comprendí que la soledad que tanto amaba era solo el prefacio de un encuentro que únicamente aquella ciudad podría orquestar.

Dicen que quien nunca ha sido besado en París, jamás ha sido besado de verdad...

Fue entonces cuando desperté, algo aturdida y con resaca, sola en una habitación del Ibis de Porte d’Italie. Al fin y al cabo, el viaje es mío, el guion es mío y, si el beso no vino de un francés, vino de la ciudad, y fue inolvidable.


*Carina Bogetti es argentina y reside en Brasil. Es guionista y fotógrafa, formada en Artes Dramáticas, con una especialización de posgrado en Dirección Actoral y Puesta en Escena. Dedica gran parte de su tiempo a la producción, escritura y dirección de documentales en la ciudad de Balneário Camboriú, al sur de Brasil. A través de esta actividad ha tenido la oportunidad de viajar y conocer diferentes lugares, experiencias que posteriormente plasma en textos que combinan la mirada documental con su sensibilidad narrativa. En esta ocasión presenta tres de estos textos, cada uno acompañado originalmente por fotografías, aunque estas no forman parte del material solicitado.

viernes, 25 de septiembre de 2026

"Mar en tormenta" poemas de Maria Suiany Ripardo


Mar en tormenta
 
De los navegantes, el miedo;
De los errantes, el destino;
De los amantes, el puerto
y el ancla que sujeta el barco.
 
¿Quién me navegará?
¿Quién, al verse reflejado
en aguas silenciosas,
correrá el riesgo de amar un mar embravecido?
 
¡Sin permiso nadie me navega!
Soy yo quien trae las embarcaciones
para sentirlas entre mis corrientes.
 
En el ojo de la tormenta bailo,
mecida por los gritos de los desprevenidos
que prometieron ser más fuertes que yo, su mástil principal.
 
 
Aurora
 
Cuando llegues a la hora más silenciosa,
después de caminar por tus desiertos,
alcanzada, entonces, la montaña más alta,
tendrás tu encuentro inevitablemente esperado.
En lo alto te esperará la gran soledad,
llevando consigo un gran espejo
que reflejará tu imagen como el propio abismo.
Ya no tendrás la necesidad de crear nuevos ruidos,
pues todos los enigmas serán descifrados
por la clara y ardiente visión del mediodía.
Al ver tus caminos como portales hacia la eternidad,
recuerda que toda verdad necesita curvas
recorridas por un hilo que conduce al retorno de la misma.
Y, tras la travesía del animal al más allá del hombre,
se anuncia una nueva mañana. ¡He aquí el amanecer!
 

Soy mi propia primavera
 
Pies firmes en el suelo para recibir la energía vital
Tengo la edad de la Tierra, soy hogar y fortaleza
Que alberga el latido de la existencia.
¡Soy mi propia primavera!
 
De mis manos brotan flores y sus espinas,
ofrecidas a quien quiera acercarse
con el valor de sentir el perfume y, sabiamente,
esquivar la parte que puede herir.
 
Cada sentimiento es una rama enmarañada,
que se comunica con mis raíces, donde está mi corazón.
Resisto las inclemencias del tiempo, atravieso las estaciones, soporto el frío invierno
para florecer, al fin y al cabo, tras los ciclos cambiantes y complejos.
 
Respondo a muchos nombres: Rosa, loto, girasol, margarita,
lirio, gerbera... En todos sus colores y vibraciones.
La naturaleza me ha hecho poderosa y resistente,
capaz de florecer incluso en el suelo seco de mi sertón.
 
Pétalos caídos, aplastados por las manos insensibles que me arrancan,
esparcen hormigón gris para impedir mi crecimiento y brotación.
Olvidaron que albergo todos los elementos que componen la vida.
Y mientras haya tierra, agua y el calor del sol, siempre floreceré.
 
 
Traductora: Gabriela Lages Veloso

 
*Maria Suiany Ripardo Tavares Pereira, natural de la ciudad de Sobral, en Ceará (Brasil), es profesora de Filosofía, Arte y Literatura en la red de educación básica y autora del libro Hora crepuscular (Caravana, 2023). Participa activamente en antologías y tiene poemas publicados en Brasil y en el extranjero. 

jueves, 24 de septiembre de 2026

"Aves Lóbregas o habitar la penumbra" reseña del libro de Wilson Andrés Bedoya Ramírez

Leer Aves Lóbregas no es entrar en una historia: es entrar en un estado. Hay algo en su ritmo, en su forma de insinuar más que de decir, que envuelve lentamente hasta que uno se da cuenta de que ya no está leyendo desde afuera, sino desde dentro de esa misma penumbra que la novela construye.

No se trata de una narración del todo lineal ni de una trama que avance con prisa. Más bien, el libro se despliega como una serie de aproximaciones: fragmentos, imágenes, momentos que parecen aislados pero que terminan resonando entre sí. Esa forma exige algo del lector —atención, paciencia—, pero también le devuelve una experiencia más íntima, casi confidencial.

Hay una sensación persistente de soledad, de distancia con el mundo, que atraviesa toda la obra. Los personajes —o las voces— no siempre se explican, pero se sienten. Y en esa falta de explicación hay una honestidad particular: la novela no intenta ordenar lo que, en la experiencia humana, suele ser confuso o contradictorio.

El lenguaje es, sin duda, uno de sus núcleos. No está ahí solo para contar, sino para sostener la atmósfera. Hay frases que parecen quedarse suspendidas, imágenes que no buscan cerrar un sentido sino abrirlo. En varios momentos, la escritura roza lo poético, pero sin romper el hilo narrativo: más bien lo espesa, lo vuelve más denso, más habitable.

El título —Aves Lóbregas— no funciona como una simple metáfora, sino como una presencia que acompaña toda la lectura. Hay algo de vigilancia, de caída, de transformación latente. Algo que observa, incluso cuando no se lo nombra.

No es una novela para leer con prisa ni para consumir. Es una de esas obras que piden ser habitadas, incluso a riesgo de incomodar. Y quizá ahí esté su mayor valor: en la forma en que logra quedarse, no como una historia cerrada, sino como una sensación que persiste.

 

*Wilson Andrés Bedoya Ramírez (El Peñol, Antioquia, 1990) escribe desde la infancia, como quien entra temprano en un territorio del que no se sale. Sus primeros cuentos y poemas aparecen hacia 2004, pero su escritura no ha dejado de desplazarse desde entonces, entre lo narrativo, lo poético y lo experimental.

En su obra persisten la noche y el amor perdido como fuerzas que no se resuelven, sino que se transforman. Hay en su lenguaje una búsqueda de atmósferas más que de certezas, en diálogo con autores como Leonid Andreiev, Giovanni Papini, Anne Rice, Vicente Huidobro o Dante Alighieri.

Aves Lóbregas es su primer libro publicado por la Editorial La Nave de los Necios y el inicio de un proyecto que continúa desarrollándose.

Próximamente Aves Lóbregas 2

“No preguntéis de dónde vienen las cosas, porque las cosas llegan, pero te devoran.”


miércoles, 23 de septiembre de 2026

"El ritmo lo marcan las nubes" poemas de María Isabel Patiño


Desgracia
(Tomado del poemario “Penumbras – Canción de las Almas Perdidas”, ganador de la beca de creación Bucaramanga Cree En Tu Talento del IMCT, 2023)
 
Me das de beber de tu sal exorcizada
clavada en el abismo de mi memoria
de los anaqueles en el rostro quedo
un ángel con las alas estertóreas
anunciando la llegada
de otra inmunda soledad condenada a las soirée citadinas
entre faldas de seda y velos robustos de cizaña mujeriega
no me mires con tus ojos malintencionados
de un futuro tan esquivo al batir de alas de cuervo
sobre el cañón desnudo en tu lecho blanco
no soy quien prepare el banquete de las desgracias ajenas
para los comensales de placeres y murmullos en las paredes de bahareque cóncavo
no soy la estrella de la mañana que venera tu hoguera enamorada
no soy quien dice ser de la noche
una más con el vulgo aclamado entre las piernas
habitando la miseria de las calles azufradas


El ritmo lo marcan las nubes
(Tomado del poemario “Sodium En Las Estrellas”, ganador de la beca de creación Motivarte de la Gobernación de Santander, 2021)
 
 
La aldea tiembla
más profundo que de costumbre
ha llegado el séquito perlado
 
Todos, en posición circunspecta
no mirar atrás
premisa decisiva para un éxito de plástico
 
Marchando al ritmo de las nubes
el tambor firmemente
en los regazos de los que no partieron
en las miradas aromáticas de los vendedores ambulantes
“hay que llorar para sobrevivir” gritan extasiados
sus maneras son más exquisitas que nuestras suelas almidonadas
con la patria a sorbos sin apartar la mirada
de los hoyuelos en sus pechos rígidos
 
Estamos amotinados en el parque central
como una trinchera deliciosa para los sentidos generales
la guerra enseña a ser aprendiz de ofrenda consagrada
 
La guerra aprende a ser acuífera en los ojos resecos
 
Cuando por fin pisen suelo maldito
haremos reverencia a la inmundicia de sus pasos lustrosos
con pétalos de rosas sin tumbas
 
 
X purgatorium
(Tomado del poemario “Penumbras – Canción de las Almas Perdidas”, ganador de la beca de creación Bucaramanga Cree En Tu Talento del IMCT, 2023)
 
Las heridas siempre se llevan abiertas.
Expuestas en plaza pública,
al costado de la capilla,
por debajo del esternón descubierto
Al frente, en las montañas traicioneras,
en medio de los palacios abandonados
sucesión de lazos rotos como piedad de vías
desoladas.
 
Las cicatrices son las memorias de las ciudades ausentes
que yacen en el olvido de sus propios habitantes perdidos.
 
 
*María Isabel Patiño. Magíster en Educación (University of London), QTS en el Reino Unido, Magíster en Gestión de Diseño (UDI), Diseñadora Gráfica (UDI). Artista visual y plástica por pasión, escritora y poet(r)iza por vocación, docente universitaria e investigadora por acción, gestora cultural por re-acción. Su voz ha sido validada por el reconocimiento estatal y la crítica internacional. Es autora de la novela El Diluvio de las Luciérnagas, 2017 (Beca Bicentenario de la Gobernación de Santander) y de los poemarios Lejanía, 2020 (beca de creación Bucaramanga Cree En Tu Talento del IMCT), Sodium En Las Estrellas, 2021 (beca de creación Motivarte de la Gobernación de Santander), Penumbras – Canción de las Almas Perdidas, 2023 (beca de creación Bucaramanga Cree En Tu Talento del IMCT).  y del circuito literario Pasaporte a las Penumbras: El Oráculo de la Pitonisa y las Almas Perdidas (ganadora de la convocatoria Arte En Circulación 2026 del IMCT). En el ámbito global, su poemario Marejada alcanzó el Top 10 del VI Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador en Salamanca, España en 2019, consolidándose como una de las voces más singulares de su generación. Su labor literaria ha sido publicada en diferentes revistas locales, nacionales y en antologías poéticas. Así mismo, su trabajo plástico ha sido expuesto en diferentes salones regionales e internacionales de artes visuales. Su compromiso con el tejido social y la formación de audiencias se extiende al trabajo con fundaciones sin ánimo de lucro en proyectos concertados con Ministerio de Cultura y entidades gubernamentales de orden local. Directora creativa y artística del Festival Internacional de la Cultura en Santander – FICUS en sus primeras 5 versiones. Miembro fundador del Colectivo SIE7E en 2019, el primer espacio de mujeres poetas en Bucaramanga dedicado a transformar la intimidad del verso en una presencia pública y política contundente. Le encanta vestirse de negro en tierras calentanas.