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viernes, 17 de abril de 2026

"¡Esta es mi casa!" cuento de Yury Sandoval Rosas


     El ruido de los grillos parecía la bocina de advertencia, mientras la luz de la luna guiaba sus pasos hacia la casa finca que albergaba al dueño de su vida. Carol desconocía la paz desde hacía seis años, cuando escuchó la voz de Juan Pablo por primera vez y la dependencia a él se había convertido en su proyecto de vida. Pasar una noche tranquila en la habitación que él pagaba mensualmente, sin preocuparse por sus andanzas no parecía algo interesante para hacer, ese caluroso crepúsculo de junio. El oscuro sendero para llegar a su destino desde donde la había dejado el taxi no la atemorizaba tanto como el hecho de encontrarlo con otra mujer, tal vez tan joven como ella era cuando se conocieron. Tropezando con pequeñas piedras y rozando algunos prados, iba recordando el primer encuentro en casa de su entonces padrastro, una tarde al llegar del colegio.

     —Te presento a Juan —dijo Adriana, su hermanastra, al departir en la sala fumando cigarrillos—, un amigo de motorizadas aventuras.

     De inmediato, ella supuso que la ostentosa motocicleta que había visto afuera era de él.

     Él extendió una mano y dijo:

     —Hola, preciosa. ¡Jovencita, como me gustan!

     Carol quedó impresionada por su inusual apariencia. Era el tipo de hombre que llamaba la atención de todas las personas donde se encontrara. Las proporciones de su contextura fornida y su notable estatura nunca pasarían inadvertidas. Así como tampoco la longitud de su oscuro cabello que sobrepasaba los hombros y hacía juego con el color de su ceñido vestuario. La grave voz que la elogiaba le atrajo desde el primer momento. Ella respondió con una sonrisa algo tímida, soltó su morral y también le extendió su mano derecha.

     —Hola, soy Carol. ¿Qué hace?

     —Mucho gusto, hermosa. Yo me dedico a complacer mujeres ja, ja, ja, ja.

     La carcajada fue ruidosa, pero ella pareció disfrutar la picardía.

     —Hay que preguntarles a las mamás de los nueve niños que tiene —Advirtió Adriana con un gesto de desaprobación—. Usted, cuídese, hermana.

     Aunque existían innumerables recuerdos de su relación, particularmente ese le infundía mayor temor esa noche. Él había ignorado sus insistentes llamadas al celular durante el día, y las sospechas apuntaban a una nueva conquista adolescente. La ira parecía darle más fuerza para aumentar el ritmo de sus pasos a la par de sus latidos, hasta que, finalmente, distinguió la lujosa camioneta negra aparcada frente al gran portón blanco. Entonces se quitó un anillo y lo usó para tocar. Se escucharon las garras de Sultán aproximarse corriendo mientras ladraba. Al llegar, olfateó por debajo y sus chillidos indicaban que reconocía a Carol. Como consecuencia, ella se sintió motivada a tocar con más esmero.

     —¡Ábrame la puerta, Juan Pablo! —gritó furiosamente—. Yo sé que está con una zorra. El perro estaba con ustedes; no estaba acá esperando a nadie.

     Pasaron unos segundos entre los golpes en la puerta y los imparables ladridos de Sultán, pero nadie salía. Empezó, entonces, a golpear con aun más fuerza.

     —¿Por qué me hace esto? —cuestionaba Carol entre sollozos e insultos—. ¿No le basta con su mujer y conmigo? ¿Por qué tiene que buscar vagabundas más jóvenes? ¡Dígale que se vaya! Le prometo que no les hago nada, pero yo tengo más derecho de estar aquí que esa perra.

     —Váyase y deje de joder tanto —respondió él, por fin, después de unos minutos—. Esta es mi casa y aquí hago lo que me dé la gana. Siga así y verá que se muere.

     Las palabras de él sonaban tan similares a las de otras ocasiones cuando se enojaba, que no le sorprendieron en absoluto. De inmediato, recordó la última pelea en la que le apuntó a la sien con su pistola, y los postreros instantes disfrutando los placeres de su amor, potencializados por los churros de cannabis. 

     —¡No me voy a ir, ábrame ya! —seguía demandando ella una y otra vez sin recibir respuesta.

     Al sentirse ignorada por varios minutos, Carol, entonces gritó:

     —¡Despídase de su Burbuja porque se la voy a rayar!

     A los pocos segundos, los ladridos de Sultán sonaban en coro junto con los pasos de Juan Pablo acercándose al portón. Al abrir, tomó a la mujer por el brazo derecho con gran fuerza.  

     —Ni se le ocurra hacerle algo a mi camioneta, perra zarrapastrosa —dijo él, empujándola hacia adentro del predio—. No se crea con derechos, usted no es nadie.

     Cerró el portón energúmenamente sin soltar el brazo de Carol, y Sultán dejó de ladrar para mover la cola. Los tres se adentraron rápidamente hacia el salón de juegos que se encontraba en el fondo.

     —¿Dónde está esa vieja? —preguntó Carol, mientras pasaban por la piscina, en cuya baranda de salida colgaba un traje de baño femenino—. Dígale que se vaya.

     Al aproximarse al salón de juegos, él la tomó del cabello con su mano izquierda. Acercó su rostro al de ella y le susurró:

     —¡Usted ya me tiene harto! ¡Ya, hasta vieja se ve! No es sino una pobre pendeja que se cree mi mujer. Le he dado lo poco decente que tiene para vivir como la vaga que es. Ya ni su mamá la quiere en la casa. Come porque yo le doy, se viste con lo que le compro y nada la tiene contenta. Ahora mismo se va a meter al cuarto de atrás, espera a Mario y se va con él cuando empiece el turno.

     Se alejó de ella y encendió un cigarrillo. Carol se sintió intimidada por la desdeñosa mirada de su amado, quien expelía un aliento ya alcoholizado. Decidió callarse un momento, y se recostó en el borde de una mesa de billar. Observó las botellas y los restos de comida esparcidos por el humeante salón. Después de unos instantes, rompió el silencio.

     —Que se vaya ella y nos quedamos los dos —suplicó entre sollozos—. Yo sí soy su mujer; le he perdonado todo. Soy la única que ha aguantado los escándalos de su esposa todos estos años. Lo recibo siempre con los brazos abiertos y no hay nadie más en mi vida. Por favor no me trate así. No me voy a encerrar en ese cuarto mientras usted duerme con ella en nuestra cama.

     —¡¿No entiende?! —gritó el hombre con ira, mientras botaba el cigarrillo aún encendido—. Si yo le digo que se meta en ese cuarto, así lo debe hacer porque la casa es mía y usted no debe estar aquí hoy. Ya colmó mi paciencia… ¿Se quiere morir?

     Sacó el arma de un cajón cerca de la mesa de billar. Entre las amenazas y el llanto de ella, Sultán comenzó a ladrar nuevamente. De repente, se escuchó la puerta de una de las habitaciones abrirse y, en seguida, una suave voz, casi imperceptible.

     —Creo que es mejor que me vaya —dijo una muchacha lista para la huida.

     Dio pasos largos fuera del umbral, su mano derecha sostenía una cartera con aire infantil, mientras ponía la izquierda en su pecho (como en señal de sobresalto) y se desplazaba hacia la salida. Se notaban restos de maquillaje, movidos por el sudor que rodeaba su rostro, el cual estaba enmarcado por la castaña naturalidad de su largo y enmarañado cabello suelto. Completamente vestida de la informalidad que cubría su esbeltez, la chica despertó los celos de Carol, quien lamentó no ser la que había ocupado la habitación durante todo ese día.

     —De aquí no sale nadie hasta que yo diga —advirtió Juan Pablo con su arma en la mano—. Cada una en su cuarto y se acabó.

      La joven corrió hacia el portón, pero él la alcanzó mucho antes de que lograra abrirlo. Con la fuerza de su mano izquierda, tomó la mano de la chica, dejó el arma un momento en el suelo, le susurró al oído y la besó en los labios. Al ver el acto, Carol se acercó rápidamente, tomó el arma del suelo y apuntó a los dos. No obstante, el cansancio y la inexperiencia propiciaron que su coraje no diera fruto: en una pronta reacción, Juan Pablo le pateó una rodilla y ella resbaló. En el suelo, Carol le devolvió el golpe con su pie derecho, haciendo que cayera junto a ella. El forcejeo favoreció al hombre, quien recuperó fácilmente el arma, se levantó y apuntó a las dos féminas. La chica estaba inmóvil y jadeante al observar la escena de los dos adultos en el lugar, solamente con ella y el inquieto Sultán como testigos.

 

     —Sara, vuelva a la habitación donde estaba              —ordenó Juan. A lo cual, ella cedió inmediatamente.

     El agotamiento de Carol le impedía levantarse con facilidad.

     —¡Asqueroso! —le decía con una intensa mezcla de sentimientos, sentada en el suelo— ¿Me va a matar para terminar de criar a su zorrita?

    —¡Cállese! —le ordenaba, apuntando a su cabeza— ¿Se cree muy santa? ¿Cuántos años tenía usted cuando aflojó conmigo? Por mucho 17. Deje la envidia, anciana. Su rato ya pasó. Agradezca lo que le doy, deje de rogar. No sea patética. Párese y métase al cuarto que le dije.

     —¡No lo voy a hacer!

     La conveniencia en la postura de Carol le permitió al hombre sujetarle el cuello. Entre tal fuerza ejercida en su cuello y el arma apuntando a su sien, ella se levantó como evitando la sofocación. En ese instante, ya no pudo volver a pronunciar una palabra.

     Al escuchar un disparo desde la habitación, Sara ya se había puesto el atuendo que Juan le había ordenado al oído, desconociendo que este se convertiría en una prueba de la peor noche de su vida.  Paralizada, permanecía sentada en la cama, preguntándose cómo su galante novio (quien la había recogido del colegio ese día) declaraba, ahora, en voz alta: «¡La maté, la maté! ¡Venga me ayuda a arrastrarla al carro o usted es la próxima!». Palabras que Juan Pablo manipularía en la posterior audiencia, unos meses después, asegurando ser víctima de una intrusa en su casa (como consejo de su sagaz abogado) para lograr así la libertad en dos años. Pero el recuerdo de las rojas manchas de la intrusa, resaltando en los finos asientos de la camioneta, y el sensual atuendo, convertido en pañuelo para detener la hemorragia de Carol, nunca abandonaron la memoria de Sara, quien es ahora la frenética abogada que pronto me representará, tras conocer el nombre de mi futuro exesposo: Juan Pablo.

Tomado de la obra ‘Historias para Almas Sensibles’ (2023).


*La poeta y escritora bilingüe Yury Sandoval Rosas es oriunda de Bucaramanga, Colombia. Es licenciada en inglés de la Universidad industrial de Santander, con casi 15 años ejerciendo como docente en el instituto de Lenguas de la misma universidad. Se ha desempeñado como creadora de contenidos en Youtube y emisoras culturales. También como editora y gestora cultural. Es autora de dos poemarios: Cuando Despiertas (2023) y Color y Sombras (2025). También es autora de la novela La Tiranía del Elogio (2022) y los cuentos La Camiseta Rosada (2025) e Historias para Almas Sensibles (2022), libros que le han permitido ser seleccionada e invitada a eventos literarios como la FILBo (Feria Internacional del Libro de Bogotá) y ULIBRO (Feria del Libro de Bucaramanga). Recientemente, se desempeñó como tallerista en el circuito literario Bucaramanga lee, crea y crece junto a la autora Amparo Herrera, a quien le fue otorgada una beca de Arte en Circulación por el IMCT (Instituto Municipal de Cultura y Turismo) de su ciudad. En la actualidad, está trabajando en su sexta obra literaria.

jueves, 16 de abril de 2026

"Para el amor no es un problema" poemas de Angelo Chacón Sequeira


Para el amor no es un problema 
 
A lo lejos resuena el campanario,
el lugar parece de nieve, 
pues no hay más color.
No hay nadie; nadie vivo.
Cada noche, religiosamente,
transito la misma senda
y me escurro entre el silencio.
No hay mucho que cavar.
Levanto la tapa de madera:
hay suficiente espacio para dos.
Cada noche beso sus labios rasgados
y sujeto su mano fría:
pues, para el amor, 
la pestilencia no es un problema.
 
 
                                                              
Sus extremidades son inentendibles:
a veces son apéndices de artrópodo;
en ocasiones, largas agujas negras;
pies humanos habituales;
o alguna que otra mutación mefistofélica.
El desdichado que lo encuentre
reparará en el temblor perpetuo
y en el profundo miedo que adolece la criatura:
y como maldición tomará su lugar.
El señor del desasosiego
no es más que un espíritu humano
encerrado en un cuerpo de pesadilla
buscando horrorizar a otro
para verse liberado. Lo sé, pues lo he visto.
He sido él y a otro más he condenado.
 
 
Sueño en la vigilia de la Torre de Babel
 
«Si la Torre de Babel se hubiera podido construir sin treparla,
habría sido permitido.»

 
FRANZ KAFKA, Meditaciones
 
Soñé (como una aciaga fantasía:
con los ojos abiertos, en la vigilia)
sobre una llanura aluvial en la tierra de Sinar
y vi una Torre que jamás vislumbré.
 
Entre cosmogonías se ha erigido en mí
este imaginario, así como la misma Torre 
que infamó el firmamento.
Por ventura del pensamiento que erra
 
entre la espesura de los recuerdos
que esperan el otoño de tono miel y muerte;
me ha sido dado el recuerdo de otro
que vio la verdadera Torre de Babel
 
y a través de sus ojos
no vi ningún torreón palpable.
A través de sus ojos 
vislumbré el mundo entero que es la Torre,
 
el cielo y los constructores.

 
*Angelo Chacón Sequeira (Costa Rica) es profesor en formación de Literatura y Castellano en la Universidad de Costa Rica, escritor y lector apasionado de la literatura clásica y sus vertientes más oscuras.
Ha publicado en revistas como Santa Rabia Poetry, Mal de ojo,  o Perpetuo y colaborado recientemente en el libro: El vuelo del tacto: antología del día mundial de la poesía, publicado en 2025 en la Colección de Poesía Panhispánica por Santa Rabia Poetry.
Su obra está influenciada por el simbolismo francés, el romanticismo gótico, el modernismo y la literatura fantástica, en diálogo con autores como Borges, Baudelaire, Poe, Kafka, Milton y Meyrink. Su escritura explora la muerte en sus múltiples facetas, la metafísica, la subversión y el subconsciente.

miércoles, 15 de abril de 2026

"La resaca" cuento de Micaela Ramón Naranjo

 

Y si me pongo a recordarte, no me queda más que recorrer las calles.


Un martini en la Plaza Foch, ese que nos tomamos mientras me contabas que no soportabas a tu jefe, hablabas atropelladamente y con el espíritu desencajado, no encontrabas los adjetivos justos y necesarios para describir la poca creatividad del tipo que amenazaba tu estabilidad laboral y emocional; esa noche llevabas esa chaqueta que tanto me gustaba, esa que me ponía para correr al baño luego de nuestros encuentros sudorosos, la prenda apenas llegaba a cubrir mis nalgas desnudas que saltaban alborotadas en mi carrera pudorosa al baño.

Ese martini en la Plaza Foch; odiaba la bebida, muy fuerte para mi pésimo gusto, pero definitivamente disfrutaba escucharte y tratar de mejorar tu noche o por lo menos, procurar que se te pase el mal humor y te provoque hacerme el amor; entonces, era el turno del vinito en tu departamento, ese que ostentaba la vista a Guápulo entre nubes. Salíamos de ese bar que cambiaba de nombre cada cierto tiempo, cruzábamos apresuradamente mientras las “seños” nos perseguían con la mirada por si nos animábamos a comprarles alguna de esas drogas novedosas que ofrecían, luego trepábamos por las calles hasta llegar a ese departamento de la González Suárez que amabas porque podías pagarlo. Me sentaba ahí, en el sillón blanco que sonaba como mueble de abuelo, me encantaba ese ventanal tuyo, la vista era imponente, me sumergía en las luces de las modestas casas de Guápulo que podía apreciar a la distancia y el caminar despreocupado de los vecinos que no se imaginaban que eran observados por mi mirada perdida, mientras tú limpiabas las copas y abrías la botella de turno, yo trataba de llenar los silencios procurando alguna frase ingeniosa, me ponías tan nerviosa, jamás sentí que estaba a la altura de tu elocuencia, luego, cansada de tanto meditar cada palabra, me preparaba para brindarte mis mejores besos que normalmente terminaban con mis mejillas rozando las tuyas y llevándonos a otro tipo de vicio.


Ahora, desde tu calle, esa que ahora transito a prisa para que no me invada la nostalgia, resulta inevitable no parar en el mirador de la esquina, ese que antes estaba ocupado por un bar diminuto que disfrutábamos en complicidad de esas parejas fugaces y amantes del rock, mirándonos sonrientes mientras bebíamos una cerveza, esa de la marca que ahora no me atrevo a probar para no evocarte, para no invocarte.
Sigo caminando entre los autos de alta gama que suelen circular por el sector y me encuentro con ese restaurante que ya no está, ahora en su lugar está un edificio lleno de gracias y diseño, superior en todos los sentidos al restaurante para comer alitas de pollo y mirar el fútbol que tú y yo visitábamos; entonces me llegan las imágenes de la modelo de la puerta que nos atendía con una sonrisa boba y que te miraba insistente, como si yo no existiera, mientras tú fingías no darte cuenta y yo contemplaba la escena preguntándome: ¿Qué hacía este espécimen tan magnífico, conmigo, una pobre mujer tan desaliñada? No me lo explicaba y sin embargo me tomaba la cerveza, esa de la marca que te gusta; esperaba que mi conversación chispeante y mi inteligencia sean suficientes para retenerte, no te miraba, pretendía interesarme en el partido de fútbol para que tengas la oportunidad de coquetear con la modelo, por si se te antojaba; sorprendida, te descubría mirándome, a mí, sólo a mí, jamás llegué a comprender tus razones, te estabas enamorando de mí y nunca llegué a comprender el porqué

El barrio entero te pertenece, la experiencia de caminarlo no me deja desplazarme en paz, llenaste de tí cada rincón de lugares que solían emocionarme; ahora me encuentro huyendo de calles y bebidas, me doy cuenta de que todos mis recuerdos contigo son alcohólicos y que el chuchaqui aún no se me pasa. Me encuentro con las ráfagas de momentos que a veces dudo que sucedieron, se me atraviesan como pequeños golpes que me recuerdan que dejé que te fueras, que te miré con alivio mientras tomabas el valor de irte, dejando la copa de vino a medias y a mí en silencio. En efecto, el chuchaqui no pasa. No pude elegirte finalmente, no lo lamento, descubro que lo que quiero es recuperar a mi ciudad, transitar tranquila por ella, sin el sobresalto de tus vinos, tus martinis, tus cervezas y el tormento de tu sonrisa en mi nueva realidad, no sentirme infiel ante tu recuerdo, poder beber sin prisas ni nostalgias, rodar por las avenidas que algún momento recorrimos sin tener que pensarte y sentarme a observar desde lo alto de algún restaurante del parque Itchimbía, sin recordarte mientras mirabas con ojos brillosos el bullicio de la ciudad, recuerdo que me contabas de la vez en que decidiste dejar tu país para instalarte en este Quito que descubriste al mirar esa película que esos empresarios de Hollywood decidieron filmar en nuestras calles; decías que te encantó ver a la Virgen del Panecillo desde el cielo encapotado de La Carita de Dios, entonces te antojaste de esas montañas y de estos fríos, te trasladaste vibrante, con curiosidad insólita, te quedaste y luego me encontraste.

Nunca supe qué responder cuando me acribillabas con tus propuestas de una vida en conjunto, yo callaba y abría las piernas para cambiar el tema o servía más vino para que ocupes tu boca en menesteres menos exigentes con mi atribulado corazón que no logró enamorarse de ti; y, sin embargo, aquí me encuentro, bebiendo en tu nombre, pensándote en los pasos mojados que doy entre la lluvia de este diciembre quiteño, sin animarme a llamarte ¿Para qué hacerlo? Si de todas formas jamás te elegiré, el proceso mental es claro, nunca podría elegirte.

Llego a mi destino, uno que jamás recorrimos, incluso las calles nunca fueron tuyas, dejo de lado tus sombras, las esquivo con decisión, abrazo a mi hija, a mi esposo y tú te vuelves etéreo, imposible, ajeno, lejano, un recuerdo; y, entonces, bebo mi whiskey sin prisas, finalmente logré encontrar una bebida que no era tuya y una salida a tu recuerdo, incluso puedo decir que por instantes te olvido.  

Me interno en mis secretos, quién podría adivinar que esta dama de clubes y domingos en familia los tiene.  Miro a mi hija a la distancia, escucho sus carcajadas desinhibidas, sosteniendo mi mano con cariño, por otro momento te olvido, ya no eres importante y entonces me llega algún mensaje tuyo, uno corto y sin corazón que me obliga a volver a la tarea de tratar de sacarte de mis días.  Él se me aparece como un fantasma, a veces creo que no existió, pero sus huellas en mi piel lo comprueban.  Eres esa isla de fiestas y sonrisas, una isla llena de vinos y música, de poses y egos elevados, eres esa isla en la que me pierdo cada que lo necesito, cuando siento sed de aventura y tramas telenovelezcas, esa en la que naufrago cuando no encuentro sentido a la existencia y te extraño, sí, me haces falta, llenas espacios que pensé que estaban llenos, sacudes polvos olvidados para llenarme de vida, de esa que pudo ser y no fue; eres, seguirás siendo esa isla recóndita y escondida, misteriosa, llena de placeres, una isla en la que no quiero habitar por miedo al tedio, esa que veo a lo lejos desde mi comodidad, para temblar y recordar que aún en las profundidades de mi ser, está esa mujer, la que visita la isla, la que se desdobla de mi ser para vivir pecadora, la que te busca, la que te encuentra y te besa, la que te llena de caricias sudorosas y vino.  Tú lo dijiste, somos esas islas cuando estamos juntos, islas que se encuentran por un momento, que chocan y se dan un beso, que se miran de pasada y sonríen, para luego seguir su camino.  

Día 321 de mi abstinencia, finalmente sucumbo y voy a visitarlo, él me mira y sonríe, me pregunta la razón de mi llegada y no atino a decir más que tonterías; él me lo hace más fácil y cierra la puerta.  Adentro una esposa y un bebé, afuera yo sobresaltada e incrédula, adentro él aliviado y seguro, afuera yo tratando de calmar al corazón y al ego herido, adentro él rogando que me vaya, afuera yo comprendiendo que, tal vez si fue un sueño, adentro él en su nueva vida, afuera yo en ruinas, corriendo hacia la vida que elegí, adentro él suspirando, ya no le dolía, afuera yo murmurando: ¡Maldita resaca! 

Pasan pocos días y de todas formas me llama, nos encontramos, nos volvemos a amar y nos seguimos despidiendo, después de todo, encontramos la forma de soportar la monotonía de nuestras vidas.  Nos encontramos en restaurantes, fiestas y conciertos, el problema de vivir en Quito es que todos están en todas partes; fingimos no conocernos, pasamos de lado con mil mariposas en el estómago, nos enviamos un mensaje cómplice y nos prometemos un encuentro lejano y fugaz, corremos el riesgo y cuando calmamos las ganas nos damos cuenta que no era para tanto, eso no es amor, es algo más.


*Micaela Ramón Naranjo (Loja-Ecuador) Nacida en Loja, pequeño lugar al sur del Ecuador.  Actualmente habita las alturas imposibles de Quito.  Las letras son una especie de escape a la aburrida vida de abogada en la que decidió habitar cuando apenas cruzaba los 18, nunca lo meditó con mayor detenimiento, por lo que descarga su alma en la danza y los cuentos. 

"Migajas y pobreza" collages de Laura Rojbel

Nombre de la obra: Migajas y pobreza
Técnica: Collage análogo
Medidas: 80 x 60 cms.
Año: 2025


Nombre de la obra: Nostalgia
Técnica: Collage análogo
Medidas: 75 x 62 cms.
Año de creación: 2022


Nombre de la obra: Alba
Técnica: Collage análogo
Medidas: 60 x 50 cms.
Año de creación: 2021


Nombre de la obra: Quiero atar mi atardecer
Técnica: Collage análogo
Medidas: 80 x 60 cms.
Año de creación: 2023



Nombre de la obra: El último beso
Técnica: Collage análogo
Medidas: 75 x 65 cms.
Año de creación: 2021




Nombre de la obra: Ecos del silencio
Técnica: Collage análogo
Medidas: 70 x 60 cms.
Año de creación: 2024



Nombre de la obra: Colgando sueños
Técnica: Collage análogo
Medidas: 75 x 65 cms.
Año de creación: 2022



Nombre de la obra: Historias en rosa
Técnica: Collage análogo
Medidas: 75 x 58 cms.
Año de creación: 2024



 *Laura Rojbel, pseudónimo de Laura Ximena Rojas Belmar es una artista visual, nació en la ciudad de Talca en Chile y desde muy pequeña tuvo una inclinación por el arte y la literatura en todas sus expresiones. Sus otras pasiones como la educación y los niños, la lleva a estudiar en la Universidad de Concepción, Licenciatura en Educación y luego el diseño y el interiorismo la cautivan y su naturaleza curiosa e insaciable, hace que se perfeccione y estudie en Barcelona y Valencia en España, cuna del diseño y del interiorismo, donde cursa el Magíster en Diseño de Interiores en la Escuela Superior de Diseño en Barcelona y Magíster en Diseño de Interiores de la Universidad Internacional de Valencia. En el año 2020, se inicia en la técnica del collage análogo con el pseudónimo de Laura Rojbel, realizando desde esa fecha exposiciones individuales en distintos lugares de américa, dando rienda suelta a su creatividad. Como objetivo, le interesa visibilizar el collage análogo como obras de arte mayor, en obras de gran formato, dando movimiento a sus obras, creando poesías y microcuentos que transformen al espectador en un observador activo en el descubrimiento del recorte en cada ensamble. La obra de Laura Rojbel destaca por el manejo del color, de la composición, de la perspectiva, así como el manejo de luces y sombras. Hay que destacar también que la obra de Laura Rojbel, se caracteriza por mostrar escenas de la cotidianeidad, destacando a la mujer en todos sus roles, se podría definir su temática como de realismo mágico.

martes, 14 de abril de 2026

"Ecos de ausencia" poemas de Andrés Eduardo Gómez Lopera


Ecos de ausencia
 
La tarde cae, 
y la oscuridad tiñe 
con azules profundos 
los cielos que abrazaron nuestros cuerpos. 
 
En frías noches, 
mi cuarto —sin ventanas ni puertas— 
nos guardaba como un secreto, 
un refugio donde el mundo 
no podía encontrarnos. 
 
Solo ardía el calor de tu cuerpo, 
que entre batallas y amaneceres 
me quemaba intensamente. 
 
Tan fuerte. 
Tan amplio. 
Que soñaba 
que nunca se apagara. 
 
Las paredes, 
cómplices mudas, 
retenían tu aliento 
y mi espera. 
Sin salida. 
Sin entrada. 
Solo nosotros 
y el fuego. 
 
Pero la noche pesaba. 
A veces, tu abrazo dolía, 
como si el calor pudiera herir. 
Aun así, tu respiración, 
honda y viva, 
me decía que dentro de ti 
había un mundo para compartir. 
 
Hasta que te fuiste... 
Una fría mañana de diciembre. 
No quisiste pelear 
una noche más— 
la noche que todo iba a cambiar. 
 
Y el cuarto, 
nuestra morada, 
quedó vacío. 
Sin ventanas. 
Sin puertas. 
Sin ti. 
 
Desolado quedé. 
Esperando... 
que el orgullo no ganara. 
Pero te fuiste. 
 
Ahora, 
nuestras almas se buscan 
en otros abrazos 
que no queman 
ni arden 
como el tuyo. 
 
Y aunque el mundo 
nos separó, 
y las voces ajenas 
destruyeron el destino, 
 
en cada noche helada, 
el fuego de nuestras almas 
vuelve a encontrarse 
en ese cuarto, 
donde la ausencia 
es la única puerta 
que nos separa.
 
 
Narciso
 
Acá mi lomo,
te lo ofrecí sin defensa,
creyendo que en tu sombra
había un refugio y no un dominio.
 
Te acercaste con palabras suaves,
prometiendo amistad,
pero tus gestos trazaban límites tan sutiles
que solo yo, con tu permiso, cruzaba.
 
Te hiciste dueño de mis horas,
de mis risas,
de mis ganas de contarle al mundo
que te había encontrado.
 
Y yo, ciego de fe, esperando que algo fuera,
te seguí como quien sigue una voz en medio del agua;
te seguí hasta encontrarte
bajo las estrellas.
 
Te alejaste de todos los que me querían,
me hiciste creer que el silencio era cuidado,
que la distancia era ternura,
que bastaba con mirarte
para sentirme acompañado.
 
Pero no era amor,
era tu espejo.
Yo solo reflejaba el brillo
que ya tenías para ti mismo.
 
Y mientras tú te contemplabas,
yo me hundía en el reflejo,
esperando que alguna vez me vieras
sin necesidad de mirarte.
 
Aún recuerdo esa noche:
el cielo abierto,
las estrellas quietas sobre el potrero,
y tú, dibujando algo torpe en una hoja,
un intento de figura,
una promesa que nunca se dijo.
 
Al día siguiente,
solo quedó ese papel:
un dibujo sin forma,
y un gracias escrito con tu mala caligrafía,
como si te disculparas
por haber existido demasiado cerca.
 
Lo guardé un tiempo.
Ahora lo dejo ir.
 
Porque aprendí
que amar a un Narciso
es amar el reflejo de uno mismo,
rompiéndose por dentro,
desconociéndose en el agua del río Cauca,
que pasa lejos de la cabaña,
viendo al caballo en que “acá mi lomo” va,
como camina el caracol con su casita,
hasta que alguien más decide romper.
 
Como una flor que, aunque quisiera moverse,
no hay ventarrón que le permita mirar otro cielo,
otras estrellas,
fugaces como tú.
 
 
La hoja de papaya
Hay una hoja,
una hoja de papaya,
de colores verdes y naranja.
Hay una hoja que recuerda
cada paso de una persona,
que, de manera lenta y pausada,
dibuja cada trazo,
cada camino que me propuse para ti.
Una vieja de tu pueblo me la entregó,
mostrándome cómo, al secarse,
se quiebra y se deshace;
recordándome que la vida nace, crece y alimenta,
pero también se marchita.
Una hoja guardada como testigo,
dibujada en un trozo de tu cuero,
una obra sobre piel curtida,
muestra del pasado que se pudre lentamente.
Pero esa vieja me enseñó
que la hoja de papaya
ayuda a digerir aquello que no se sana fácilmente:
eso que simplemente se asimila,
como las palabras sin sentido
que, por más que quisieran,
no se van ni se borran.
No porque hayan sido mentira,
sino por la intencionalidad
con que fueron atiborradas de sentido,
llenas hasta el borde
de algo que nunca fue amor.
Solo eso.
De algo que fuimos:
simplemente amigos.
 
 
*Andrés Eduardo Gómez Lopera es filósofo de la Universidad Católica Luis Amigó y estudiante de Derecho en la misma institución. Nacido y residente en Bello, Antioquia, ha tenido una trayectoria diversa como seminarista y militar antes de dedicarse a la docencia. Actualmente, es profesor en varias instituciones educativas de Medellín. Su pasión por las artes, en especial la música, lo ha llevado a interpretar el violín desde los siete años. Su interés académico se centra en la filosofía deconstructivista, la posmodernidad y la metafísica moderna, con un énfasis en la relación entre ética, moral y construcción del Estado en el contexto posmoderno.