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jueves, 23 de abril de 2026

"Oración a mis ancestras" obras de Anya Jiménez Arvizu


Nombre: Oración a mis ancestras
Técnica: Acuarela sobre papel
Medidas: 48 × 36 cm
Año: 2025



Nombre: El silencio del mundo, el dolor que nos une
Técnica: Técnica mixta sobre papel
Medidas: 46 × 48 cm
Año: 2025


Nombre: Calabazo, guardián del umbral
Técnica: Óleo sobre papel
Medidas: 35 × 50 cm
Año: 2025



Nombre: Calladita te ves más bonita
Técnica: Técnica mixta sobre papel
Medidas: 29.7 × 42 cm
Año: 2025



Nombre: Labios de Medusa
Técnica: Técnica mixta sobre papel
Medidas: 36 × 48 cm
Año: 2025



Nombre: Luciérnagas de óleo y petróleo
Técnica: Óleo sobre papel
Medidas: 46 × 48 cm
Año: 2025



Nombre: Lluvia de ideas
Técnica: Técnica mixta sobre papel
Medidas: 12 × 20 cm
Año: 2025



Nombre: Susurro a María Tonantzin
Técnica: Técnica mixta sobre papel
Medidas: 24 × 32 cm
Año: 2025



*Cartografía del origen es una serie pictórica que explora el cuerpo, la memoria y la naturaleza como territorios simbólicos donde convergen distintas capas de experiencia humana. A través de figuras femeninas, elementos orgánicos y símbolos recurrentes —serpientes, raíces, agua, ojos o fragmentos del paisaje— las obras construyen un mapa íntimo donde se entrelazan memoria ancestral, identidad y transformación. Cada imagen funciona como un fragmento de ese territorio interior donde el cuerpo se vuelve paisaje y el paisaje se vuelve memoria. La serie no propone una narrativa única; más bien abre un espacio de resonancia donde lo personal dialoga con lo colectivo. En estas cartografías simbólicas aparecen gestos de silencio, intuición, resistencia y vínculo con la tierra, evocando una memoria que atraviesa generaciones. 

"Libres de miedo" cuento de Karina Piriz


Cuando se cambió del turno mañana al turno tarde, debido a que había nacido su hermanito y sus padres necesitaban que se quedara a cuidarlo, se encontró con un grupo de chicos bastante mayores. Eran chicos casi adolescentes, entre 12 y 14 años, en 6° grado. La edad «normal» para transitar ese grado es de 11 años. Serían lo que actualmente llamamos «alumnos desfasados». Eran ocho pibes de lo más pillos, eran pibes con mucha calle, acostumbrados a manejarse solos, pero pertenecientes a familias de trabajadores, que valoraban la escuela pública y sus autoridades. Padres que tenían mucha vergüenza si el Director los llamaba, porque quería decir que sus hijos se habían metido en problemas.

El día fatal llegó: el Director llamó a los padres de los ocho que venían acosando a una compañera. Enorme ella, en su metro ochenta, sufría estoica el abuso de estos malandras.  Se aprovechaban de que ella era la última de la fila de nenas, para acorralarla y acosarla, tocarle sus partes íntimas, decirle cosas subidas de tono. Los pibes no volvieron más a la escuela y aquel año terminaron solo dos compañeros varones, habiendo sido expulsados seis de ellos.

 Todos sabían que lo que ellos hacían no tenía disculpa, estaba mal. También estaba mal presenciar la situación y no avisar a la maestra. Sandrita veía la situación y salía corriendo. Sabía la sensación de sentirse sucia. Sentía pena por la chica, pero no se animaba a delatar a sus compañeros. «¿Y si le hacían lo mismo a ella?», pensaba. Cuando ella veía el abuso, se reía nerviosamente de la situación y corría al recreo intentando no mirar para atrás. 



*Karina Piriz. Nació en 1971 en Buenos Aires, Argentina.  Es Licenciada en Letras y Especialista en Enseñanza de Español como lengua segunda y extranjera por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Editora y correctora en diversos ámbitos editoriales, tanto públicos como privados. Pertenece a PLECA (Profesionales de la Lengua Española Correcta de la Argentina) y a la SADE. Ha desarrollado la tarea docente como Maestra, Profesora de Literatura y Directora de escuela. Como escritora ha sido seleccionada en antologías literarias de Argentina, España y Latinoamérica. Es parte del Colectivo Autores de La Matanza. Participa del Taller literario/Editorial Experiencia Letras desde el cual promueve el desarrollo de la actividad editorial independiente, en especial para escritores nóveles. 

miércoles, 22 de abril de 2026

"Paréntesis para tiempos inciertos" poemas de Emilio Paz Panana

 

Paréntesis para tiempos inciertos

Pausa.

Pausa serena que se dibuja bajo una roca
que emana perfume de mujer.

Pausa que se marchita entre las manos del alfarero
que pierde la figura del barro que moldea.

Pausa.

Pausa con sexo salvaje que se presenta entre las 10 y 12 de la noche,
como orgasmo matutino para antes del trabajo,
como solo de guitarra que suena como gemido salvaje,
como pasantía de cuerpos que recobran el eros indómito.

Pausa.

Pausa para recuperar el aliento
y marchar sobre los cráneos de los vencidos,
respirando aromas de rosas negras
que se dividen entre verbos y sustantivos.

Pausa.
Pausa.
Pausa.

Pausa que se divide entre oración y fe.

Pausa que se divide entre vida y muerte.

Pausa que se divide
            entre tu adiós y mi negligente memoria
            que se resiste a perderte.


Alone

Soledad,
partitura silenciosa,
morado penitente que emerge religiosamente.

Soledad,
palabra aguda que se impregna
en los tímpanos de un hombre sordo.

Aquel que no le interesa ver,
que no le importa que Dios lo juzgue.

Soledad,
penitencia que avanza por el sendero
surcado con rosas amarillas.

Esperanza, falsa esperanza
que se presenta al mediodía.

Soledad,
palabra aguda que mata,
que mata el alma.

 

Un café frío sobre la mesa

En la radio suena The Winner Takes It All
y un gato ronronea en aquel sofá que queda.

Los fantasmas se bañan en la ducha
y bajo las tablas hay muertos que cantan.

En el espejo la marca de tus labios
y las sábanas las huellas de tu perfume.

El rojo carmesí que llama desde el cajón
para recordar la tesitura de tus labios.

Y el sonido de tus pasos
acercándose a la puerta.

La emoción del corazón que se despierta
ante un silencioso paso que se acostumbra
a la soledad que emana cada madrugada
cuando la ansiedad se manifiesta.

Ahí, en la mesa, el café frío que te espera.

Que te espera en silencio
con un radio que repite la misma canción
hasta que la volvamos a cantar los dos.

 

*Emilio Paz Panana (Lima. 4 de septiembre de 1990) Profesor de Filosofía y Religión, gestor cultural y director de Revista Kametsa. Ha publicado en el Perú y el extranjero, en formato físico y digital. Su poesía ha sido traducida a diferentes idiomas, obteniendo reconocimientos en Perú, China y Macedonia del Norte. Investiga sobre la relación entre estética, filosofía y educación, presentado sus conclusiones en diferentes congresos de filosofía.

“La coneja” relato de Griselda Quintero

 

El ventilador gira hace horas. O días. Ella no está segura. El tiempo en esa habitación funciona por suscripción, se renueva solo y nadie lo cancela.

Está acostada boca arriba, mirando el techo con la intensidad de quien estudia una carrera nueva. Podría especializarse en grietas. Tiene varias favoritas.

En la mesa de luz hay una pastilla. cuadrada, blanca, disciplinada con gusto a cereza. Parece inocente. La toma con agua tibia porque olvidó volver a llenar la botella fría. No hace drama. Drama ya tuvo suficiente el semestre pasado.

Antes las ideas le caían encima como fuegos artificiales ilegales. Tres proyectos por semana. Dormir era opcional. El mundo era pequeño y ella enorme. Hablaba rápido. Pensaba más rápido. Escribía como si la estuvieran persiguiendo.

Después vino el otro extremo, el colchón convertido en territorio nacional. Levantarse era un trámite burocrático. Comer, una negociación diplomática. La ducha, un mito urbano.

Ahora está en el punto intermedio. Eso dicen. “Estabilizada”. Qué palabra elegante para describir que el cerebro ya no intenta incendiar la casa ni apagar todas las luces al mismo tiempo.

la pastilla la deja correcta, utilizable, como versión beta de sí misma. El cuerpo hace lo que puede, intenta portarse bien. Pero si mira el reloj y ya pasó las tres de la madrugada, listo, mañana va a ser un día torcido. No es profecía, es estadística. Puede dormirse igual, claro, pero eso no significa que haya descanso, es más bien cerrar los ojos y firmar asistencia. Y ahí está ella, tan aplicada, creyendo que con cumplir alcanza. Se sienta a escribir. Abre el cuaderno. Espera el chispazo. Llega una idea correcta, moderada, con cinturón de seguridad. La mira. Antes hubiera sido un volcán. Ahora es una hornalla en mínimo.

Se ríe sola. “Bueno”, piensa, “al menos no estoy organizando una revolución ni redactando mi despedida.” El equilibrio tiene ese encanto gris.

La camiseta que lleva puesta podría sostenerse sola. El cabello empieza a negociar con la gravedad. La toalla en el baño conserva su dignidad intacta desde hace días. No es que no pueda bañarse. Es que no ve la urgencia. ¿Para quién? El ventilador no juzga.

La ventana permanece cerrada. El polvo se acumula con paciencia budista. Afuera, el mundo insiste en existir.

Hay momentos en que extraña la euforia. Esa versión suya que hacía listas imposibles, que prometía libros, viajes, proyectos, reformas estructurales del universo. Esa chica era insoportable, pero magnética. También agotadora. También peligrosa.

Y hay momentos en que recuerda la otra versión, la que no contestaba mensajes, la que miraba el techo y calculaba cuánto peso soporta una lámpara. Esa era silenciosa. Densa. Convincente en su argumento final.

Entre ambas, esta nueva mujer toma una pastilla diaria y aprende a vivir sin espectáculo.

Una tarde cualquiera,

porque las mejoras no avisan, se sienta en el borde de la cama. Los pies tocan el piso. Frío. Nada heroico. Solo frío.

Mira la ventana. Se pregunta si el aire sigue funcionando. Se levanta. La abre. Entra luz, ruido lejano, olor a algo que no es encierro. No siente epifanía. Solo un leve fastidio por el polvo.

Va al baño y abre la ducha con el entusiasmo de quien paga una factura fuera de término. El agua cae. Se mete debajo. Punto. No hay epifanía, no suena ninguna banda sonora interna, nadie le entrega un premio por higiene básica. Hay agua y hay un cuerpo que, al menos hoy, eligió levantarse.

Mientras el espejo se empaña piensa que tal vez no hacía falta incendiarse para escribir algo decente. Que la genialidad dramática era un capricho adolescente. Que se puede producir sin autodestruirse, aunque eso suene aburrido y poco subversivo.

Se ríe, corta y filosa. La que quería hacerlo todo y la que no quería hacer nada coinciden bajo el agua. Discuten, pero sin espectáculo. Y en el medio queda ella, más sobria, menos épica, todavía incómoda en su propio cuerpo porque ya no es trinchera ni escenario. No le encanta esa versión. No es incendiaria. Es funcional.

Terminé este cuento. No incendié la casa, no me autoproclamé mártir brillante con talento maldito. No redacté una despedida dramática. Me senté, me bañé, tomé la pastilla, respiré y lo terminé. Parece poco, pero para alguien que hace meses negociaba hasta el acto de abrir la ventana, es casi una irreverencia.

No derroté a ningún dragón ni di un discurso motivacional frente al espejo, apenas cumplí con lo básico sin hacer un escándalo. Apenas le gané unos centímetros al pozo y los convertí en palabras. Y si pude llegar hasta este punto final sin caer ni volar demasiado alto, entonces tal vez no soy la heroína trágica ni la loca brillante que prometía destruirlo todo. Soy algo más incómodo y difícil, una mujer que se queda, que escribe, y que, a pesar de sí misma, elige seguir.

 

*Griselda Quintero (Candelaria, Misiones, Argentina, 1989) es licenciada y productora audiovisual. Su trabajo articula narrativa, lenguaje visual y exploración psicológica de la experiencia contemporánea. Escribe ficción centrada en tensiones íntimas, identidad y cuerpo, con una mirada irónica y crítica. Reside en Misiones, donde desarrolla proyectos audiovisuales y literarios.

lunes, 20 de abril de 2026

"La rueda" poemas de Jorge Cappa


 
La rueda
 
La rueda del olvido
araña con premura nuestras sombras
como si pudiera descifrar la vida en su despojo,
como si pudiera anudar la escarcha que derrama su reflejo.
 
La rueda arrastra el eco de nuestras sombras
por esos callejones encharcados
que chapotean su aroma de invierno
y caen por una pendiente de afonías
para volcar el reverso de su destino
y agitar un látigo entre la bruma.
 
Gira la rueda del olvido,
gira y agrieta nuestros espejos
mientras acomoda su martillo de algodón
en nuestros sueños,
mientras deshace su puzle de tormentas
para seguir girando entre recuerdos
y volver a rozar la luz
con otro nombre y en otro verso.
 
 
Desvelo            
                                                                                            
Como el eco de un verano
del que nadie recuerda su aroma
ni el baile de su mirada
ni el disfraz de su anochecer.
 
Como una escalera que queda
enroscada en el buzón del tiempo,
así es el desvelo de mis labios
en el jardín de tus labios,
como el girar de las gaviotas
en una madrugada voraz
que revuelve
el norte con el sur,
la nostalgia con el viento,
el sabor del deseo
con la saliva de otro siglo.
 
 
La luciérnaga 
                       
El umbral del futuro aparta sus nieves
cuando asoma el vuelo de una luciérnaga
que gira entre el vértigo y la derrota,
que gira y roza cráteres de luz
con su lumbre entrecortada,
con una pulsión derramada
que remueve el túnel de papel
que recorren a tientas las palabras.
 
Gira la luciérnaga entre el abismo y la gloria
mientras el rumor de sus alas
vuelca en el umbral una madrugada etérea
que resguarda el mundo de la incertidumbre,
agitando en su balcón nuevas miradas
cada vez que los poemas se disfrazan de milagro
y rondan la vida con su certeza a cuestas,
deshojando la estela de ese instante
donde la voz que quedó atrapada en tus versos
asoma su vívida nostalgia en la frontera de tu voz.
 
 
*Jorge Cappa (Madrid, España, 1979) es escritor. Licenciado en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Máster en Gestión Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Ha publicado tres libros de poesía, que incluyen poemas y letras de canciones: `Sueños en el aire´ (2017) y `Lumbre de marfil´ (2022) y `La deshora´ (Olé Libros, 2025).  
Además, también escribe cuentos, microrrelatos, haikus y artículos.
Entre sus más de 140 textos galardonados, destaca especialmente el 1º Premio en Poesía logrado en el III Certamen Literario “Carlos Giménez”, en el XVIII Certamen Literario “Manuel Vázquez Montalbán” o en el Cuarto Concurso Literario Internacional “Armonía Somers”, así como el 1º Premio logrado en el concurso de letras de canciones de Artistas Revelaciones y en la Sexta edición del Concurso de Relatos “Cuarto y mitad”.
Ha participado en diversas actividades, ponencias y festivales literarios, y textos suyos han sido publicados en más de cincuenta antologías literarias.
Las temáticas abordadas en sus  poemas son variadas y tienen que ver esencialmente con el recuerdo de un amor, el anhelo, el paso del tiempo y el peso de la ausencia, el valor de la palabra y la crítica social.
Su página de escritor en Facebook es: https://www.facebook.com/cappajorge/