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miércoles, 22 de abril de 2026

"Paréntesis para tiempos inciertos" poemas de Emilio Paz Panana

 

Paréntesis para tiempos inciertos

Pausa.

Pausa serena que se dibuja bajo una roca
que emana perfume de mujer.

Pausa que se marchita entre las manos del alfarero
que pierde la figura del barro que moldea.

Pausa.

Pausa con sexo salvaje que se presenta entre las 10 y 12 de la noche,
como orgasmo matutino para antes del trabajo,
como solo de guitarra que suena como gemido salvaje,
como pasantía de cuerpos que recobran el eros indómito.

Pausa.

Pausa para recuperar el aliento
y marchar sobre los cráneos de los vencidos,
respirando aromas de rosas negras
que se dividen entre verbos y sustantivos.

Pausa.
Pausa.
Pausa.

Pausa que se divide entre oración y fe.

Pausa que se divide entre vida y muerte.

Pausa que se divide
            entre tu adiós y mi negligente memoria
            que se resiste a perderte.


Alone

Soledad,
partitura silenciosa,
morado penitente que emerge religiosamente.

Soledad,
palabra aguda que se impregna
en los tímpanos de un hombre sordo.

Aquel que no le interesa ver,
que no le importa que Dios lo juzgue.

Soledad,
penitencia que avanza por el sendero
surcado con rosas amarillas.

Esperanza, falsa esperanza
que se presenta al mediodía.

Soledad,
palabra aguda que mata,
que mata el alma.

 

Un café frío sobre la mesa

En la radio suena The Winner Takes It All
y un gato ronronea en aquel sofá que queda.

Los fantasmas se bañan en la ducha
y bajo las tablas hay muertos que cantan.

En el espejo la marca de tus labios
y las sábanas las huellas de tu perfume.

El rojo carmesí que llama desde el cajón
para recordar la tesitura de tus labios.

Y el sonido de tus pasos
acercándose a la puerta.

La emoción del corazón que se despierta
ante un silencioso paso que se acostumbra
a la soledad que emana cada madrugada
cuando la ansiedad se manifiesta.

Ahí, en la mesa, el café frío que te espera.

Que te espera en silencio
con un radio que repite la misma canción
hasta que la volvamos a cantar los dos.

 

*Emilio Paz Panana (Lima. 4 de septiembre de 1990) Profesor de Filosofía y Religión, gestor cultural y director de Revista Kametsa. Ha publicado en el Perú y el extranjero, en formato físico y digital. Su poesía ha sido traducida a diferentes idiomas, obteniendo reconocimientos en Perú, China y Macedonia del Norte. Investiga sobre la relación entre estética, filosofía y educación, presentado sus conclusiones en diferentes congresos de filosofía.

“La coneja” relato de Griselda Quintero

 

El ventilador gira hace horas. O días. Ella no está segura. El tiempo en esa habitación funciona por suscripción, se renueva solo y nadie lo cancela.

Está acostada boca arriba, mirando el techo con la intensidad de quien estudia una carrera nueva. Podría especializarse en grietas. Tiene varias favoritas.

En la mesa de luz hay una pastilla. cuadrada, blanca, disciplinada con gusto a cereza. Parece inocente. La toma con agua tibia porque olvidó volver a llenar la botella fría. No hace drama. Drama ya tuvo suficiente el semestre pasado.

Antes las ideas le caían encima como fuegos artificiales ilegales. Tres proyectos por semana. Dormir era opcional. El mundo era pequeño y ella enorme. Hablaba rápido. Pensaba más rápido. Escribía como si la estuvieran persiguiendo.

Después vino el otro extremo, el colchón convertido en territorio nacional. Levantarse era un trámite burocrático. Comer, una negociación diplomática. La ducha, un mito urbano.

Ahora está en el punto intermedio. Eso dicen. “Estabilizada”. Qué palabra elegante para describir que el cerebro ya no intenta incendiar la casa ni apagar todas las luces al mismo tiempo.

la pastilla la deja correcta, utilizable, como versión beta de sí misma. El cuerpo hace lo que puede, intenta portarse bien. Pero si mira el reloj y ya pasó las tres de la madrugada, listo, mañana va a ser un día torcido. No es profecía, es estadística. Puede dormirse igual, claro, pero eso no significa que haya descanso, es más bien cerrar los ojos y firmar asistencia. Y ahí está ella, tan aplicada, creyendo que con cumplir alcanza. Se sienta a escribir. Abre el cuaderno. Espera el chispazo. Llega una idea correcta, moderada, con cinturón de seguridad. La mira. Antes hubiera sido un volcán. Ahora es una hornalla en mínimo.

Se ríe sola. “Bueno”, piensa, “al menos no estoy organizando una revolución ni redactando mi despedida.” El equilibrio tiene ese encanto gris.

La camiseta que lleva puesta podría sostenerse sola. El cabello empieza a negociar con la gravedad. La toalla en el baño conserva su dignidad intacta desde hace días. No es que no pueda bañarse. Es que no ve la urgencia. ¿Para quién? El ventilador no juzga.

La ventana permanece cerrada. El polvo se acumula con paciencia budista. Afuera, el mundo insiste en existir.

Hay momentos en que extraña la euforia. Esa versión suya que hacía listas imposibles, que prometía libros, viajes, proyectos, reformas estructurales del universo. Esa chica era insoportable, pero magnética. También agotadora. También peligrosa.

Y hay momentos en que recuerda la otra versión, la que no contestaba mensajes, la que miraba el techo y calculaba cuánto peso soporta una lámpara. Esa era silenciosa. Densa. Convincente en su argumento final.

Entre ambas, esta nueva mujer toma una pastilla diaria y aprende a vivir sin espectáculo.

Una tarde cualquiera,

porque las mejoras no avisan, se sienta en el borde de la cama. Los pies tocan el piso. Frío. Nada heroico. Solo frío.

Mira la ventana. Se pregunta si el aire sigue funcionando. Se levanta. La abre. Entra luz, ruido lejano, olor a algo que no es encierro. No siente epifanía. Solo un leve fastidio por el polvo.

Va al baño y abre la ducha con el entusiasmo de quien paga una factura fuera de término. El agua cae. Se mete debajo. Punto. No hay epifanía, no suena ninguna banda sonora interna, nadie le entrega un premio por higiene básica. Hay agua y hay un cuerpo que, al menos hoy, eligió levantarse.

Mientras el espejo se empaña piensa que tal vez no hacía falta incendiarse para escribir algo decente. Que la genialidad dramática era un capricho adolescente. Que se puede producir sin autodestruirse, aunque eso suene aburrido y poco subversivo.

Se ríe, corta y filosa. La que quería hacerlo todo y la que no quería hacer nada coinciden bajo el agua. Discuten, pero sin espectáculo. Y en el medio queda ella, más sobria, menos épica, todavía incómoda en su propio cuerpo porque ya no es trinchera ni escenario. No le encanta esa versión. No es incendiaria. Es funcional.

Terminé este cuento. No incendié la casa, no me autoproclamé mártir brillante con talento maldito. No redacté una despedida dramática. Me senté, me bañé, tomé la pastilla, respiré y lo terminé. Parece poco, pero para alguien que hace meses negociaba hasta el acto de abrir la ventana, es casi una irreverencia.

No derroté a ningún dragón ni di un discurso motivacional frente al espejo, apenas cumplí con lo básico sin hacer un escándalo. Apenas le gané unos centímetros al pozo y los convertí en palabras. Y si pude llegar hasta este punto final sin caer ni volar demasiado alto, entonces tal vez no soy la heroína trágica ni la loca brillante que prometía destruirlo todo. Soy algo más incómodo y difícil, una mujer que se queda, que escribe, y que, a pesar de sí misma, elige seguir.

 

*Griselda Quintero (Candelaria, Misiones, Argentina, 1989) es licenciada y productora audiovisual. Su trabajo articula narrativa, lenguaje visual y exploración psicológica de la experiencia contemporánea. Escribe ficción centrada en tensiones íntimas, identidad y cuerpo, con una mirada irónica y crítica. Reside en Misiones, donde desarrolla proyectos audiovisuales y literarios.

lunes, 20 de abril de 2026

"La rueda" poemas de Jorge Cappa


 
La rueda
 
La rueda del olvido
araña con premura nuestras sombras
como si pudiera descifrar la vida en su despojo,
como si pudiera anudar la escarcha que derrama su reflejo.
 
La rueda arrastra el eco de nuestras sombras
por esos callejones encharcados
que chapotean su aroma de invierno
y caen por una pendiente de afonías
para volcar el reverso de su destino
y agitar un látigo entre la bruma.
 
Gira la rueda del olvido,
gira y agrieta nuestros espejos
mientras acomoda su martillo de algodón
en nuestros sueños,
mientras deshace su puzle de tormentas
para seguir girando entre recuerdos
y volver a rozar la luz
con otro nombre y en otro verso.
 
 
Desvelo            
                                                                                            
Como el eco de un verano
del que nadie recuerda su aroma
ni el baile de su mirada
ni el disfraz de su anochecer.
 
Como una escalera que queda
enroscada en el buzón del tiempo,
así es el desvelo de mis labios
en el jardín de tus labios,
como el girar de las gaviotas
en una madrugada voraz
que revuelve
el norte con el sur,
la nostalgia con el viento,
el sabor del deseo
con la saliva de otro siglo.
 
 
La luciérnaga 
                       
El umbral del futuro aparta sus nieves
cuando asoma el vuelo de una luciérnaga
que gira entre el vértigo y la derrota,
que gira y roza cráteres de luz
con su lumbre entrecortada,
con una pulsión derramada
que remueve el túnel de papel
que recorren a tientas las palabras.
 
Gira la luciérnaga entre el abismo y la gloria
mientras el rumor de sus alas
vuelca en el umbral una madrugada etérea
que resguarda el mundo de la incertidumbre,
agitando en su balcón nuevas miradas
cada vez que los poemas se disfrazan de milagro
y rondan la vida con su certeza a cuestas,
deshojando la estela de ese instante
donde la voz que quedó atrapada en tus versos
asoma su vívida nostalgia en la frontera de tu voz.
 
 
*Jorge Cappa (Madrid, España, 1979) es escritor. Licenciado en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Máster en Gestión Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Ha publicado tres libros de poesía, que incluyen poemas y letras de canciones: `Sueños en el aire´ (2017) y `Lumbre de marfil´ (2022) y `La deshora´ (Olé Libros, 2025).  
Además, también escribe cuentos, microrrelatos, haikus y artículos.
Entre sus más de 140 textos galardonados, destaca especialmente el 1º Premio en Poesía logrado en el III Certamen Literario “Carlos Giménez”, en el XVIII Certamen Literario “Manuel Vázquez Montalbán” o en el Cuarto Concurso Literario Internacional “Armonía Somers”, así como el 1º Premio logrado en el concurso de letras de canciones de Artistas Revelaciones y en la Sexta edición del Concurso de Relatos “Cuarto y mitad”.
Ha participado en diversas actividades, ponencias y festivales literarios, y textos suyos han sido publicados en más de cincuenta antologías literarias.
Las temáticas abordadas en sus  poemas son variadas y tienen que ver esencialmente con el recuerdo de un amor, el anhelo, el paso del tiempo y el peso de la ausencia, el valor de la palabra y la crítica social.
Su página de escritor en Facebook es: https://www.facebook.com/cappajorge/

sábado, 18 de abril de 2026

"Llegada del mal" poemas de Omar Jasso


Llegada del mal
 
Hay una fuente herida en mi cabeza,
un diablo desgarrándome los labios,
y una lumbre me fluye por las venas
que tiñe de voz roja el crisantemo.
 
Y lo que es dulce amor convierte en ira,
un miedo de perder, entre mis manos,
la vida llanto a llanto conseguida,
el fruto, beso a beso, entreverado.
 
Y apuñala de agujas, enhebrando
sobre mi corazón tercos desvíos
con los cabellos de quienes más amo.
 
Quiere, en su soledad, reinar lo cierto,
acabar con la niebla exacta y viva
donde el amor, más amplio, me abandona.
 
 
Al nacimiento de nuestro señor jesucristo
 
Envuelta en manto humeante entre los grillos
la palabra final llena el espacio
porque esta noche viva, Dios, llorando
ha nacido en cada uva del viñedo sombrío.
 
Liberado su cuerpo en el calor vacío
agita con sus manos la tinta de su sombra.
La vida se acumula con ojos para verlo
caminar en la muerte como sobre las aguas.
 
En Tu cuna de espinas balarán los minutos,
el corazón sin límites compartirá la sangre. Despierta,
Dios de lumbre y de sal,
latido entre las manos de María.
 
Liba la flor del ñuñu, de la arveja del ñuñu,
liba el clavo -la tierra- de los pechos morenos
que, repletos de vida, le duelen a tu madre.
 
 
Invitación
 
Ven conmigo en la fuente de esta tierra desnuda
que tiembla por mirarla en la fruta escondida;
los labios de sus grietas, sonámbulos del mundo
que se pregunta a tientas por los pasos que fallan.
 
Vamos solas tú y yo al ruideral de rosas,
solos vamos tú y yo río arriba en las palabras,
desatando latidos, y memorias que apagan:
seremos esa música que no sabe decirnos.
 
En tus manos me ahueco por volverme tus manos
solo porque te palpes y en mí te veas vacía
como la mano abierta para ti del instante
para que los perdidos la escuchen y hallen mundo.
 
Viene la luna al llanto con su pecho rendido,
guarda la luna, amor, escóndete en su boca
(ahora que estás oscura dime dónde mis pasos,
si tan solo esta forma que me desata el cuerpo;
dime cómo es tu sombra cuando ya no es sagrada,
dime si aún te conoces al romper los destinos
y si todos los ojos son la luz que los suelta).
 
Ven hacia mis cabellos que hacen ruido en tus dedos,
dime cómo es tu sombra cuando dice mi nombre,
cómo es mi nombre dime cuando nadie lo dice
cuando nadie lo toca dime dónde se duerme.
 
El polvo se hace vida cuando cruza tu aliento
como una lejanía que recoge los labios
(un oído es la noche que la razón seduce).
 
Dime cómo es tu nombre después de tantas bocas,
ven conmigo hacia el tiempo para verter los frutos,
construyamos un beso que no pueda ofrecerse
 
(cómo es el tiempo dime cuando cierras tus labios
cómo es el tiempo dime cuando nadie lo dice).
 
Sembrarás tu silencio en los ojos de un ave,
¿deshojarías sus alas por liberar su vuelo?:
los cantos de los pájaros son ámbares astillas
(tan solo los desiertos han de lavar el cielo):
para ti y para mí no quedan tantas manos.
 
Yo guardaré mi nombre bajo pieles de piedra
y dirá el canto a oscuras que le lastima el tiempo:
yo guardaré tu nombre tan real que desnuda
la fuerza de los pasos que, amando, no te alcanzan.

 
*Omar Jasso (Estado de México, 1990). Estudió Letras clásicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Es autor de Tierra (Editorial Literal, 2020), y textos suyos aparecen en las antologías Los reyes subterráneos (La Bella Varsovia, 2015), Ritmo. Poesía joven de México (UNAM, 2018), Poetas parricidas (Cuadrivio, 2014), y en las revistas Palabrijes, Irradiación, Carruaje de pájaros, Revista Kametsa, La Pulcata, entre otras.

viernes, 17 de abril de 2026

"¡Esta es mi casa!" cuento de Yury Sandoval Rosas


     El ruido de los grillos parecía la bocina de advertencia, mientras la luz de la luna guiaba sus pasos hacia la casa finca que albergaba al dueño de su vida. Carol desconocía la paz desde hacía seis años, cuando escuchó la voz de Juan Pablo por primera vez y la dependencia a él se había convertido en su proyecto de vida. Pasar una noche tranquila en la habitación que él pagaba mensualmente, sin preocuparse por sus andanzas no parecía algo interesante para hacer, ese caluroso crepúsculo de junio. El oscuro sendero para llegar a su destino desde donde la había dejado el taxi no la atemorizaba tanto como el hecho de encontrarlo con otra mujer, tal vez tan joven como ella era cuando se conocieron. Tropezando con pequeñas piedras y rozando algunos prados, iba recordando el primer encuentro en casa de su entonces padrastro, una tarde al llegar del colegio.

     —Te presento a Juan —dijo Adriana, su hermanastra, al departir en la sala fumando cigarrillos—, un amigo de motorizadas aventuras.

     De inmediato, ella supuso que la ostentosa motocicleta que había visto afuera era de él.

     Él extendió una mano y dijo:

     —Hola, preciosa. ¡Jovencita, como me gustan!

     Carol quedó impresionada por su inusual apariencia. Era el tipo de hombre que llamaba la atención de todas las personas donde se encontrara. Las proporciones de su contextura fornida y su notable estatura nunca pasarían inadvertidas. Así como tampoco la longitud de su oscuro cabello que sobrepasaba los hombros y hacía juego con el color de su ceñido vestuario. La grave voz que la elogiaba le atrajo desde el primer momento. Ella respondió con una sonrisa algo tímida, soltó su morral y también le extendió su mano derecha.

     —Hola, soy Carol. ¿Qué hace?

     —Mucho gusto, hermosa. Yo me dedico a complacer mujeres ja, ja, ja, ja.

     La carcajada fue ruidosa, pero ella pareció disfrutar la picardía.

     —Hay que preguntarles a las mamás de los nueve niños que tiene —Advirtió Adriana con un gesto de desaprobación—. Usted, cuídese, hermana.

     Aunque existían innumerables recuerdos de su relación, particularmente ese le infundía mayor temor esa noche. Él había ignorado sus insistentes llamadas al celular durante el día, y las sospechas apuntaban a una nueva conquista adolescente. La ira parecía darle más fuerza para aumentar el ritmo de sus pasos a la par de sus latidos, hasta que, finalmente, distinguió la lujosa camioneta negra aparcada frente al gran portón blanco. Entonces se quitó un anillo y lo usó para tocar. Se escucharon las garras de Sultán aproximarse corriendo mientras ladraba. Al llegar, olfateó por debajo y sus chillidos indicaban que reconocía a Carol. Como consecuencia, ella se sintió motivada a tocar con más esmero.

     —¡Ábrame la puerta, Juan Pablo! —gritó furiosamente—. Yo sé que está con una zorra. El perro estaba con ustedes; no estaba acá esperando a nadie.

     Pasaron unos segundos entre los golpes en la puerta y los imparables ladridos de Sultán, pero nadie salía. Empezó, entonces, a golpear con aun más fuerza.

     —¿Por qué me hace esto? —cuestionaba Carol entre sollozos e insultos—. ¿No le basta con su mujer y conmigo? ¿Por qué tiene que buscar vagabundas más jóvenes? ¡Dígale que se vaya! Le prometo que no les hago nada, pero yo tengo más derecho de estar aquí que esa perra.

     —Váyase y deje de joder tanto —respondió él, por fin, después de unos minutos—. Esta es mi casa y aquí hago lo que me dé la gana. Siga así y verá que se muere.

     Las palabras de él sonaban tan similares a las de otras ocasiones cuando se enojaba, que no le sorprendieron en absoluto. De inmediato, recordó la última pelea en la que le apuntó a la sien con su pistola, y los postreros instantes disfrutando los placeres de su amor, potencializados por los churros de cannabis. 

     —¡No me voy a ir, ábrame ya! —seguía demandando ella una y otra vez sin recibir respuesta.

     Al sentirse ignorada por varios minutos, Carol, entonces gritó:

     —¡Despídase de su Burbuja porque se la voy a rayar!

     A los pocos segundos, los ladridos de Sultán sonaban en coro junto con los pasos de Juan Pablo acercándose al portón. Al abrir, tomó a la mujer por el brazo derecho con gran fuerza.  

     —Ni se le ocurra hacerle algo a mi camioneta, perra zarrapastrosa —dijo él, empujándola hacia adentro del predio—. No se crea con derechos, usted no es nadie.

     Cerró el portón energúmenamente sin soltar el brazo de Carol, y Sultán dejó de ladrar para mover la cola. Los tres se adentraron rápidamente hacia el salón de juegos que se encontraba en el fondo.

     —¿Dónde está esa vieja? —preguntó Carol, mientras pasaban por la piscina, en cuya baranda de salida colgaba un traje de baño femenino—. Dígale que se vaya.

     Al aproximarse al salón de juegos, él la tomó del cabello con su mano izquierda. Acercó su rostro al de ella y le susurró:

     —¡Usted ya me tiene harto! ¡Ya, hasta vieja se ve! No es sino una pobre pendeja que se cree mi mujer. Le he dado lo poco decente que tiene para vivir como la vaga que es. Ya ni su mamá la quiere en la casa. Come porque yo le doy, se viste con lo que le compro y nada la tiene contenta. Ahora mismo se va a meter al cuarto de atrás, espera a Mario y se va con él cuando empiece el turno.

     Se alejó de ella y encendió un cigarrillo. Carol se sintió intimidada por la desdeñosa mirada de su amado, quien expelía un aliento ya alcoholizado. Decidió callarse un momento, y se recostó en el borde de una mesa de billar. Observó las botellas y los restos de comida esparcidos por el humeante salón. Después de unos instantes, rompió el silencio.

     —Que se vaya ella y nos quedamos los dos —suplicó entre sollozos—. Yo sí soy su mujer; le he perdonado todo. Soy la única que ha aguantado los escándalos de su esposa todos estos años. Lo recibo siempre con los brazos abiertos y no hay nadie más en mi vida. Por favor no me trate así. No me voy a encerrar en ese cuarto mientras usted duerme con ella en nuestra cama.

     —¡¿No entiende?! —gritó el hombre con ira, mientras botaba el cigarrillo aún encendido—. Si yo le digo que se meta en ese cuarto, así lo debe hacer porque la casa es mía y usted no debe estar aquí hoy. Ya colmó mi paciencia… ¿Se quiere morir?

     Sacó el arma de un cajón cerca de la mesa de billar. Entre las amenazas y el llanto de ella, Sultán comenzó a ladrar nuevamente. De repente, se escuchó la puerta de una de las habitaciones abrirse y, en seguida, una suave voz, casi imperceptible.

     —Creo que es mejor que me vaya —dijo una muchacha lista para la huida.

     Dio pasos largos fuera del umbral, su mano derecha sostenía una cartera con aire infantil, mientras ponía la izquierda en su pecho (como en señal de sobresalto) y se desplazaba hacia la salida. Se notaban restos de maquillaje, movidos por el sudor que rodeaba su rostro, el cual estaba enmarcado por la castaña naturalidad de su largo y enmarañado cabello suelto. Completamente vestida de la informalidad que cubría su esbeltez, la chica despertó los celos de Carol, quien lamentó no ser la que había ocupado la habitación durante todo ese día.

     —De aquí no sale nadie hasta que yo diga —advirtió Juan Pablo con su arma en la mano—. Cada una en su cuarto y se acabó.

      La joven corrió hacia el portón, pero él la alcanzó mucho antes de que lograra abrirlo. Con la fuerza de su mano izquierda, tomó la mano de la chica, dejó el arma un momento en el suelo, le susurró al oído y la besó en los labios. Al ver el acto, Carol se acercó rápidamente, tomó el arma del suelo y apuntó a los dos. No obstante, el cansancio y la inexperiencia propiciaron que su coraje no diera fruto: en una pronta reacción, Juan Pablo le pateó una rodilla y ella resbaló. En el suelo, Carol le devolvió el golpe con su pie derecho, haciendo que cayera junto a ella. El forcejeo favoreció al hombre, quien recuperó fácilmente el arma, se levantó y apuntó a las dos féminas. La chica estaba inmóvil y jadeante al observar la escena de los dos adultos en el lugar, solamente con ella y el inquieto Sultán como testigos.

 

     —Sara, vuelva a la habitación donde estaba              —ordenó Juan. A lo cual, ella cedió inmediatamente.

     El agotamiento de Carol le impedía levantarse con facilidad.

     —¡Asqueroso! —le decía con una intensa mezcla de sentimientos, sentada en el suelo— ¿Me va a matar para terminar de criar a su zorrita?

    —¡Cállese! —le ordenaba, apuntando a su cabeza— ¿Se cree muy santa? ¿Cuántos años tenía usted cuando aflojó conmigo? Por mucho 17. Deje la envidia, anciana. Su rato ya pasó. Agradezca lo que le doy, deje de rogar. No sea patética. Párese y métase al cuarto que le dije.

     —¡No lo voy a hacer!

     La conveniencia en la postura de Carol le permitió al hombre sujetarle el cuello. Entre tal fuerza ejercida en su cuello y el arma apuntando a su sien, ella se levantó como evitando la sofocación. En ese instante, ya no pudo volver a pronunciar una palabra.

     Al escuchar un disparo desde la habitación, Sara ya se había puesto el atuendo que Juan le había ordenado al oído, desconociendo que este se convertiría en una prueba de la peor noche de su vida.  Paralizada, permanecía sentada en la cama, preguntándose cómo su galante novio (quien la había recogido del colegio ese día) declaraba, ahora, en voz alta: «¡La maté, la maté! ¡Venga me ayuda a arrastrarla al carro o usted es la próxima!». Palabras que Juan Pablo manipularía en la posterior audiencia, unos meses después, asegurando ser víctima de una intrusa en su casa (como consejo de su sagaz abogado) para lograr así la libertad en dos años. Pero el recuerdo de las rojas manchas de la intrusa, resaltando en los finos asientos de la camioneta, y el sensual atuendo, convertido en pañuelo para detener la hemorragia de Carol, nunca abandonaron la memoria de Sara, quien es ahora la frenética abogada que pronto me representará, tras conocer el nombre de mi futuro exesposo: Juan Pablo.

Tomado de la obra ‘Historias para Almas Sensibles’ (2023).


*La poeta y escritora bilingüe Yury Sandoval Rosas es oriunda de Bucaramanga, Colombia. Es licenciada en inglés de la Universidad industrial de Santander, con casi 15 años ejerciendo como docente en el instituto de Lenguas de la misma universidad. Se ha desempeñado como creadora de contenidos en Youtube y emisoras culturales. También como editora y gestora cultural. Es autora de dos poemarios: Cuando Despiertas (2023) y Color y Sombras (2025). También es autora de la novela La Tiranía del Elogio (2022) y los cuentos La Camiseta Rosada (2025) e Historias para Almas Sensibles (2022), libros que le han permitido ser seleccionada e invitada a eventos literarios como la FILBo (Feria Internacional del Libro de Bogotá) y ULIBRO (Feria del Libro de Bucaramanga). Recientemente, se desempeñó como tallerista en el circuito literario Bucaramanga lee, crea y crece junto a la autora Amparo Herrera, a quien le fue otorgada una beca de Arte en Circulación por el IMCT (Instituto Municipal de Cultura y Turismo) de su ciudad. En la actualidad, está trabajando en su sexta obra literaria.