me despabiló los sueños
y pregunté a la guerra por qué
las niñas lloraban.
Abrí los músculos que protegen mi corazón
y las abrigué;
el mundo sintió la carne urgente
llena de huidas y de paraísos insostenibles;
sintió la cicatriz que dejan los gritos
cuando el dolor
se ha vuelto parte de los ojos.
Es invierno
y solo la paz quiere quedarse
a morir de frío con los soldados;
a morir de hambre con los niños,
a morir, fingir su muerte
solo para acompañar
a la humanidad.
Las luciérnagas escribirán nuestros nombres
en las flores afiladas:
se volverá íntima luz
nuestra memoria.
porque nadie más podría volver verde
el mundo siniestro;
solo tú sabes
envolver de calor maternal a las crisálidas.
La creación poética
desborda de esporas, esquejes y semillas
los profundos terrarios del alma.
Allí cumple su promesa cada verso;
ahí juran, los pronombres y las metáforas
que nombran el amor primero
y el naufragio que comparte con el futuro.
El lenguaje se vuelve hábitat
de microorganismos y de brotes;
es la celebración de los nidos de barro.
Se descompondrá la piel de las frutas,
las cáscaras y el nervio de los tomates.
Así como ellos, se vulnerarán nuestros huesos
en la humedad luminosa del tiempo,
y nos atravesará el corazón
una rama cubierta de mariposas nuevas:
solo así sabremos que llegó la muerte con su llanto.
inconsistente, quiere escaparse
como de la boca de un poeta
y así, imita la forma de veleros o de gaviotas.
Las manos se corresponden
como aspirando a formar
el presente más necesario,
el paraíso que se sobreentiende urgente
en las orillas de lo sencillo,
allí, justo encima de mi nombre
donde van a morir los segundos.
Las bocas transcriben
un beso interno, desconocido,
que buscó darle una infancia al nuevo universo:
sobre la soledad del diafragma
hizo la canción más larga del mundo.
En ese amontonamiento de pureza,
la piel también lo sabe, se invierte,
de nuevo, el cielo;
se recrean los laberintos, los naufragios
y todo quiere ser cuerpo.
Hoy, la casa se ha llenado de dioses.
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