Ver una entrada al azar

lunes, 27 de abril de 2026

“Medusario” cuento de Laura María Pacheco


La cinta del pasillo rodante desplaza lentamente las intenciones del sábado. El olor residual a químico mezclado con olores oceánicos afila una presencia adulta que sostiene la fantasía de una niña de diez años. Embelesada por el azul profundo del túnel subacuático, viajando a 2.00 km/h, una mujer es rodeada por la multiplicidad de las especies acuáticas de agua salada. Sobre ella se deslizan tortugas y peces payaso; sus cuerpos se ondulan con las corrientes de agua y son guiados de un lado a otro mientras la superficie robusta del acrílico los aparta de la realidad terrestre. 
 
A 2.00 km/h una mujer desearía ser parte de un cardumen, desearía tener la certeza de la supervivencia, desearía moverse de manera coordinada y en la misma dirección junto con otros. Ella piensa en su vida siendo parte de un grupo gigantesco y esencialmente eficiente que ha evolucionado hasta el punto de convertirse en un solo cuerpo de reacción instantánea. Cierra los ojos y mientras es transportada sin que sus piernas se muevan imagina ese gran cuerpo de mil bocas hablando por ella, observando por ella. Imagina una legión de individuos autoorganizarse como inteligencia colectiva que sostiene lo que ya no insiste en sostenerse solo. Esa idea, aunque inalcanzable para descendencias humanas, la hace sentir protegida; y de la nada, como si se tratara de una revelación, un cardumen de jureles se abre en forma de dona dejando pasar por en medio a un tiburón toro. El cuerpo del animal queda en el vacío mientras el cardumen se cierra inmediatamente detrás de él. Entre miles de puntos brillantes y veloces ha quedado confundido el depredador. 
 
Tras cinco minutos llenos de movimiento, forma y color, la mujer es conducida al final del túnel. El azul del acuario es reemplazado por la luz del sol de la tarde temprana. Inmediatamente sus orbes zarcos se retraen violentamente, de hecho, toda ella se contrae espasmódicamente al ser expuesta a los rayos UV y la algazara del entorno. Aquella escena le genera una extraña sensación de urgencia, la escena crea en ella la impresión asfixiante de estar a la intemperie en un océano que se canibaliza frenéticamente y en el cual el único camino frente a la extinción es la mutación perpetua.
 
En el suelo o en el agua la misma regla es aplicada; su cuerpo pequeño no difiere mucho del cuerpo iridiscente de una sardina, la única diferencia, (absolutamente radical), es que ella está sola y desprotegida en su pecera genérica ovalada.  Junto a los puestos de comida se acerca un carrito de ventas, peluches de peces, libretas de colores, y esferos son ofrecidos a los turistas. A los costados del carro el cuerpo plástico de una Orca se revela y entre manos infantiles comienza a fluir. De sus mandíbulas perfectamente diseñadas para la ergonomía de la primera infancia se liberan incontables burbujas de jabón que se desplazan erráticamente entre las risas, los gritos y la mirada anhelante de una mujer. 
 
Ella no puede recordar la última vez que sostuvo un juguete, quizá nunca lo hizo. Motivada por su carencia se premia a sí misma con el cuerpito sólido e inorgánico de un cetáceo burbujero. En el hueco de lo que son sus manos se encuentra la efímera posibilidad de inocencia. Mecánicamente sus dedos presionan el corazón del dispositivo, y como si disparara un arma de fuego, ella empuja el gatillo de la ballena, miles de burbujas son disparadas al aire.  Aquella escena desenterró el recuerdo de la última vez que estuvo en un acuario. Ella acababa de cumplir diez años y soñaba con ser una sirena de agua dulce, sus manos sostenían otras- error- otras manos sostenían las suyas. Las burbujas y las balas hacen daño en proporciones equivalentes. Agua dulce y lágrimas están hechas del mismo silencio.
 
La evasión es el control de la frontera, la indiferencia es la máxima sofisticación de la higiene. Lejos del recuerdo una mujer se arrastra. Toda su energía es redireccionada al presente que se configura como parque temático, su jornada recreativa continúa sin deformarse. Subirse a la montaña rusa del Kraken no es una opción, ella tampoco considera hacer fila para las motos acuáticas y menos para una presentación educativa sobre los delfines. Entre sus opciones ella considera visitar la galería de invertebrados y arrecifes, alguna zona temática, o el medusario. 
 
Ella elige lo último y caminado en medio de coches para bebés y cuerpos empapados llega a una de las zonas más interesantes del parque. La quietud en el lugar parece ser protocolo, lentamente la trepidante actividad exterior se reemplaza por la sosegada conducta de uno de los organismos más antiguos del planeta. Sus pies cepillan la madera del piso y la conducen por los bordes cilíndricos del acuario. Ella rodea la forma esperando comprenderla; detrás de la superficie cuerpos como sombrillas se pliegan y se despliegan pasivamente performando una danza compasada. Justo en ese momento ella reconoce que cada siglo de existencia de una medusa se traduce en ese retorno neutro que se dilata, se contrae y se desplaza apaciblemente. Ojalá ser cardumen, ojalá ser medusa. Pero en su lugar, aquella mujer espectadora del éxito ajeno es una esfera de gas atrapada en una capa finísima de jabón. Ojalá ser cardumen, ojalá ser medusa en vez de una burbuja que se contiene a sí misma detrás de una forma geométrica discreta que a diferencia de la que contiene a las medusas esta puede estallar y dejarla resumida en una línea: “acabada”.
 
Sus ojos cristales vuelven a los tanques que se proyectan hasta el techo del espacio. Ella supone que la estructura de aquel lugar es más compleja de lo que esperaba; litros y litros de agua sosteniendo el ecosistema primitivo de la templanza y la permanencia. Entre seres que se estiran y se encogen ella viaja como visitante acostumbrada a intensidades claras cuando de repente, al otro lado del acrílico ella reconoce el rostro de otra mujer conocida. La escena deja de ser decorativa y se traiciona. Las medusas ya no son un foco de interés, en un micro desplazamiento ella comienza a existir en otro plano.
 
No está segura de haber sido vista, no está segura de haber sido detectada, se dedica a observar a ese otro ser completamente ajeno a ella. El acto le genera una extraña fascinación que suspende el contacto con lo todo lo que puede ser interpretado; esa otra mujer contempla los tanques con expresión ausente, como si estuviera completamente raptada de sí, de la misma manera en la que ella se encuentra en relación con el otro. El fenómeno de trance dura poco, la acción de acechar la hace sentir avergonzada, nerviosa incluso. El espectacular y breve deseo de compañía es solo un gasto inútil de energía en abstracto. A diferencia de los depredadores acuáticos, su estado de vigilancia y focalización neurobiológica crea un ánimo difuso que eterniza la sensación de insuficiencia. Mil tanques de acuario ultramodernos jamás llenarán la sensación residual pero completamente lúcida del desamparo. Mil tanques de acuario son el analgésico contra cuadros patológicos eficientemente controlados. Lo que se crea entre agua salinizada y la luz difusa es el espacio no narrado en el cual ocurre la pérdida de la forma. Ambas, luz y agua son amenazas no formuladas.
 
Solo existe un desenlace para el deseo mal ubicado. La orfandad se procesa en cada sustitución inconsciente, pero eso ella no lo sabe. Sus manos huérfanas buscan consuelo, y al no poder tocar la superficie de los tanques ella busca con que distraerlas. Es ahí donde se despliega el protocolo del presagio: sus uñas se clavan en sus palmas, raspan los contornos de su piel buscando algo que se rasgue, el dorso de su mano es frotado violentamente, rodea su muñeca con el pulgar y el dedo corazón y finalmente, al quedarse sin ideas ambas manos terminan custodiadas por la seda de sus bolsillos. 
 
La micro recaída solo es la escena decorativa de su vida, todo lo demás ocurre sin que ella entienda. Todas sus impulsos y deseos quedan suspendidos como las medusas que tiene frente a ella, en medio de aquellos cuerpos traslúcidos quedan sus días sin metabolizar. Cada idea es transportada lejos de ella mientras observa los filamentos ondulantes a través del tanque, en ese instante algo se desprende sin hacer ruido. 
 
La distracción fenómeno genérico devuelve la agencia de sus manos, de sus bolsillos ella saca el burbujero. Sin darse cuenta sus dedos toquetean el disparador y este cede de inmediato. Múltiples burbujas son expulsadas, una masa densa como una nube queda suspendida flotando a la altura de su pecho y poco a poco se dispersan ayudadas de corrientes de aire, los destellos de luz erráticos comienzan a proyectarse en visiones fragmentadas. Detrás de la cortina de esferas químicas ella permanece observando el caos descendente con horror y desconcierto en partes iguales y sin embargo, ambos estados no tienen descarga, se diluyen de la misma manera en la que explotan las burbujas, excepto por una que viaja lentamente hasta el cuerpo de la otra mujer. 
 
Desde la esquina ella observa el tránsito, desde esa esquina desea que la esfera explote antes de tocarla, pero eso no sucede. Aquel cuerpo jabonoso se fusiona con la fibra de los guantes usados por la mujer, su suavidad atrapa unos instantes la burbuja hasta que el movimiento de sus manos rompe el equilibrio. La presión estalla el último cuerpo flotante y delata su presencia. 
 
Desde cada arista ambas se miran, se reconocen, se evalúan. En medio de ambas fantasmas neón nadan despreocupadamente revelando la fragilidad de su estructura.
 
Detrás del acrílico cristal, ojos se cruzan en el silencio compartido.
 
Es posible que la luz cree la ilusión de una sonrisa. 

*Laura María Pacheco (Colombia, 2002) es artista visual y escritora. Su trabajo explora la relación entre lenguaje, imagen, memoria y afecto, con énfasis en quiebre, identidad y pérdida. Desarrolla una prosa poética y fragmentaria, e investiga la fotografía analógica como extensión narrativa que articula cuerpo, símbolo y experiencia íntima contemporánea.

No hay comentarios:

Publicar un comentario