La cinta del pasillo rodante
desplaza lentamente las intenciones del sábado. El olor residual a químico
mezclado con olores oceánicos afila una presencia adulta que sostiene la
fantasía de una niña de diez años. Embelesada por el azul profundo del túnel subacuático,
viajando a 2.00 km/h, una mujer es rodeada por la multiplicidad de las especies
acuáticas de agua salada. Sobre ella se deslizan tortugas y peces payaso; sus
cuerpos se ondulan con las corrientes de agua y son guiados de un lado a otro
mientras la superficie robusta del acrílico los aparta de la realidad
terrestre.
A 2.00 km/h una mujer desearía
ser parte de un cardumen, desearía tener la certeza de la supervivencia,
desearía moverse de manera coordinada y en la misma dirección junto con otros.
Ella piensa en su vida siendo parte de un grupo gigantesco y esencialmente
eficiente que ha evolucionado hasta el punto de convertirse en un solo cuerpo
de reacción instantánea. Cierra los ojos y mientras es transportada sin que sus
piernas se muevan imagina ese gran cuerpo de mil bocas hablando por ella,
observando por ella. Imagina una legión de individuos autoorganizarse como
inteligencia colectiva que sostiene lo que ya no insiste en sostenerse
solo. Esa idea, aunque inalcanzable para descendencias humanas, la hace
sentir protegida; y de la nada, como si se tratara de una revelación, un
cardumen de jureles se abre en forma de dona dejando pasar por en medio a un
tiburón toro. El cuerpo del animal queda en el vacío mientras el cardumen se
cierra inmediatamente detrás de él. Entre miles de puntos brillantes y veloces
ha quedado confundido el depredador.
Tras cinco minutos llenos de
movimiento, forma y color, la mujer es conducida al final del túnel. El azul
del acuario es reemplazado por la luz del sol de la tarde temprana.
Inmediatamente sus orbes zarcos se retraen violentamente, de hecho, toda ella
se contrae espasmódicamente al ser expuesta a los rayos UV y la algazara del
entorno. Aquella escena le genera una extraña sensación de urgencia, la escena
crea en ella la impresión asfixiante de estar a la intemperie en un océano que
se canibaliza frenéticamente y en el cual el único camino frente a la extinción
es la mutación perpetua.
En el suelo o en el agua la
misma regla es aplicada; su cuerpo pequeño no difiere mucho del cuerpo
iridiscente de una sardina, la única diferencia, (absolutamente radical), es
que ella está sola y desprotegida en su pecera genérica ovalada.
Junto a los puestos de comida se
acerca un carrito de ventas, peluches de peces, libretas de colores, y esferos
son ofrecidos a los turistas. A los costados del carro el cuerpo plástico de
una Orca se revela y entre manos infantiles comienza a fluir. De sus mandíbulas
perfectamente diseñadas para la ergonomía de la primera infancia se liberan
incontables burbujas de jabón que se desplazan erráticamente entre las risas,
los gritos y la mirada anhelante de una mujer.
Ella no puede recordar la última
vez que sostuvo un juguete, quizá nunca lo hizo. Motivada por su carencia se
premia a sí misma con el cuerpito sólido e inorgánico de un cetáceo burbujero.
En el hueco de lo que son sus manos se encuentra la efímera posibilidad de
inocencia. Mecánicamente sus dedos presionan el corazón del dispositivo, y como
si disparara un arma de fuego, ella empuja el gatillo de la ballena, miles de
burbujas son disparadas al aire. Aquella escena desenterró el recuerdo de la última vez que
estuvo en un acuario. Ella acababa de cumplir diez años y soñaba con ser una
sirena de agua dulce, sus manos sostenían otras- error- otras manos
sostenían las suyas. Las burbujas y las balas hacen daño en proporciones
equivalentes. Agua dulce y lágrimas están hechas del mismo silencio.
La evasión es el control de la
frontera, la indiferencia es la máxima sofisticación de la higiene. Lejos del
recuerdo una mujer se arrastra. Toda su energía es redireccionada al presente
que se configura como parque temático, su jornada recreativa continúa sin
deformarse. Subirse a la montaña rusa del Kraken no es una opción, ella tampoco
considera hacer fila para las motos acuáticas y menos para una presentación
educativa sobre los delfines. Entre sus opciones ella considera visitar la
galería de invertebrados y arrecifes, alguna zona temática, o el
medusario.
Ella elige lo último y caminado
en medio de coches para bebés y cuerpos empapados llega a una de las zonas más
interesantes del parque. La quietud en el lugar parece ser protocolo,
lentamente la trepidante actividad exterior se reemplaza por la sosegada conducta
de uno de los organismos más antiguos del planeta. Sus pies cepillan la
madera del piso y la conducen por los bordes cilíndricos del acuario. Ella
rodea la forma esperando comprenderla; detrás de la superficie cuerpos como
sombrillas se pliegan y se despliegan pasivamente performando una danza
compasada. Justo en ese momento ella reconoce que cada siglo de existencia
de una medusa se traduce en ese retorno neutro que se dilata, se contrae y se
desplaza apaciblemente. Ojalá ser cardumen, ojalá ser medusa. Pero en su
lugar, aquella mujer espectadora del éxito ajeno es una esfera de gas atrapada
en una capa finísima de jabón. Ojalá ser cardumen, ojalá ser medusa en vez de
una burbuja que se contiene a sí misma detrás de una forma geométrica discreta
que a diferencia de la que contiene a las medusas esta puede estallar y dejarla
resumida en una línea: “acabada”.
Sus ojos cristales vuelven a los
tanques que se proyectan hasta el techo del espacio. Ella supone que la
estructura de aquel lugar es más compleja de lo que esperaba; litros y litros
de agua sosteniendo el ecosistema primitivo de la templanza y la permanencia. Entre
seres que se estiran y se encogen ella viaja como visitante acostumbrada a
intensidades claras cuando de repente, al otro lado del acrílico ella reconoce
el rostro de otra mujer conocida. La escena deja de ser decorativa y se
traiciona. Las medusas ya no son un foco de interés, en un micro desplazamiento
ella comienza a existir en otro plano.
No está segura de haber sido
vista, no está segura de haber sido detectada, se dedica a observar a ese otro
ser completamente ajeno a ella. El acto le genera una extraña fascinación que
suspende el contacto con lo todo lo que puede ser interpretado; esa otra mujer
contempla los tanques con expresión ausente, como si estuviera completamente
raptada de sí, de la misma manera en la que ella se encuentra en relación con
el otro. El fenómeno de trance dura poco, la acción de acechar la
hace sentir avergonzada, nerviosa incluso. El espectacular y breve deseo de
compañía es solo un gasto inútil de energía en abstracto. A diferencia de los
depredadores acuáticos, su estado de vigilancia y focalización neurobiológica
crea un ánimo difuso que eterniza la sensación de insuficiencia. Mil
tanques de acuario ultramodernos jamás llenarán la sensación residual pero
completamente lúcida del desamparo. Mil tanques de acuario son el analgésico
contra cuadros patológicos eficientemente controlados. Lo que se crea entre agua
salinizada y la luz difusa es el espacio no narrado en el cual ocurre la
pérdida de la forma. Ambas, luz y agua son amenazas no formuladas.
Solo existe un desenlace para el
deseo mal ubicado. La orfandad se procesa en cada sustitución inconsciente,
pero eso ella no lo sabe. Sus manos huérfanas buscan consuelo, y al no poder
tocar la superficie de los tanques ella busca con que distraerlas. Es ahí donde
se despliega el protocolo del presagio: sus uñas se clavan en sus palmas,
raspan los contornos de su piel buscando algo que se rasgue, el dorso de su
mano es frotado violentamente, rodea su muñeca con el pulgar y el dedo corazón
y finalmente, al quedarse sin ideas ambas manos terminan custodiadas por la
seda de sus bolsillos.
La micro recaída solo es la
escena decorativa de su vida, todo lo demás ocurre sin que ella entienda. Todas
sus impulsos y deseos quedan suspendidos como las medusas que tiene frente a
ella, en medio de aquellos cuerpos traslúcidos quedan sus días sin metabolizar.
Cada idea es transportada lejos de ella mientras observa los filamentos
ondulantes a través del tanque, en ese instante algo se desprende sin hacer
ruido.
La distracción fenómeno genérico
devuelve la agencia de sus manos, de sus bolsillos ella saca el burbujero. Sin
darse cuenta sus dedos toquetean el disparador y este cede de inmediato.
Múltiples burbujas son expulsadas, una masa densa como una nube queda
suspendida flotando a la altura de su pecho y poco a poco se dispersan ayudadas
de corrientes de aire, los destellos de luz erráticos comienzan a proyectarse
en visiones fragmentadas. Detrás de la cortina de esferas químicas ella
permanece observando el caos descendente con horror y desconcierto en partes
iguales y sin embargo, ambos estados no tienen descarga, se diluyen de la misma
manera en la que explotan las burbujas, excepto por una que viaja lentamente
hasta el cuerpo de la otra mujer.
Desde la esquina ella observa el
tránsito, desde esa esquina desea que la esfera explote antes de tocarla, pero
eso no sucede. Aquel cuerpo jabonoso se fusiona con la fibra de los guantes
usados por la mujer, su suavidad atrapa unos instantes la burbuja hasta que el
movimiento de sus manos rompe el equilibrio. La presión estalla el último
cuerpo flotante y delata su presencia.
Desde cada arista ambas se
miran, se reconocen, se evalúan. En medio de ambas fantasmas neón nadan
despreocupadamente revelando la fragilidad de su estructura.
Detrás del acrílico cristal,
ojos se cruzan en el silencio compartido.
Es posible que la luz cree la
ilusión de una sonrisa.
*Laura
María Pacheco (Colombia, 2002) es artista visual y escritora. Su trabajo
explora la relación entre lenguaje, imagen, memoria y afecto, con énfasis en
quiebre, identidad y pérdida. Desarrolla una prosa poética y fragmentaria, e
investiga la fotografía analógica como extensión narrativa que articula cuerpo,
símbolo y experiencia íntima contemporánea.
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