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martes, 14 de abril de 2026

"Ecos de ausencia" poemas de Andrés Eduardo Gómez Lopera


Ecos de ausencia
 
La tarde cae, 
y la oscuridad tiñe 
con azules profundos 
los cielos que abrazaron nuestros cuerpos. 
 
En frías noches, 
mi cuarto —sin ventanas ni puertas— 
nos guardaba como un secreto, 
un refugio donde el mundo 
no podía encontrarnos. 
 
Solo ardía el calor de tu cuerpo, 
que entre batallas y amaneceres 
me quemaba intensamente. 
 
Tan fuerte. 
Tan amplio. 
Que soñaba 
que nunca se apagara. 
 
Las paredes, 
cómplices mudas, 
retenían tu aliento 
y mi espera. 
Sin salida. 
Sin entrada. 
Solo nosotros 
y el fuego. 
 
Pero la noche pesaba. 
A veces, tu abrazo dolía, 
como si el calor pudiera herir. 
Aun así, tu respiración, 
honda y viva, 
me decía que dentro de ti 
había un mundo para compartir. 
 
Hasta que te fuiste... 
Una fría mañana de diciembre. 
No quisiste pelear 
una noche más— 
la noche que todo iba a cambiar. 
 
Y el cuarto, 
nuestra morada, 
quedó vacío. 
Sin ventanas. 
Sin puertas. 
Sin ti. 
 
Desolado quedé. 
Esperando... 
que el orgullo no ganara. 
Pero te fuiste. 
 
Ahora, 
nuestras almas se buscan 
en otros abrazos 
que no queman 
ni arden 
como el tuyo. 
 
Y aunque el mundo 
nos separó, 
y las voces ajenas 
destruyeron el destino, 
 
en cada noche helada, 
el fuego de nuestras almas 
vuelve a encontrarse 
en ese cuarto, 
donde la ausencia 
es la única puerta 
que nos separa.
 
 
Narciso
 
Acá mi lomo,
te lo ofrecí sin defensa,
creyendo que en tu sombra
había un refugio y no un dominio.
 
Te acercaste con palabras suaves,
prometiendo amistad,
pero tus gestos trazaban límites tan sutiles
que solo yo, con tu permiso, cruzaba.
 
Te hiciste dueño de mis horas,
de mis risas,
de mis ganas de contarle al mundo
que te había encontrado.
 
Y yo, ciego de fe, esperando que algo fuera,
te seguí como quien sigue una voz en medio del agua;
te seguí hasta encontrarte
bajo las estrellas.
 
Te alejaste de todos los que me querían,
me hiciste creer que el silencio era cuidado,
que la distancia era ternura,
que bastaba con mirarte
para sentirme acompañado.
 
Pero no era amor,
era tu espejo.
Yo solo reflejaba el brillo
que ya tenías para ti mismo.
 
Y mientras tú te contemplabas,
yo me hundía en el reflejo,
esperando que alguna vez me vieras
sin necesidad de mirarte.
 
Aún recuerdo esa noche:
el cielo abierto,
las estrellas quietas sobre el potrero,
y tú, dibujando algo torpe en una hoja,
un intento de figura,
una promesa que nunca se dijo.
 
Al día siguiente,
solo quedó ese papel:
un dibujo sin forma,
y un gracias escrito con tu mala caligrafía,
como si te disculparas
por haber existido demasiado cerca.
 
Lo guardé un tiempo.
Ahora lo dejo ir.
 
Porque aprendí
que amar a un Narciso
es amar el reflejo de uno mismo,
rompiéndose por dentro,
desconociéndose en el agua del río Cauca,
que pasa lejos de la cabaña,
viendo al caballo en que “acá mi lomo” va,
como camina el caracol con su casita,
hasta que alguien más decide romper.
 
Como una flor que, aunque quisiera moverse,
no hay ventarrón que le permita mirar otro cielo,
otras estrellas,
fugaces como tú.
 
 
La hoja de papaya
Hay una hoja,
una hoja de papaya,
de colores verdes y naranja.
Hay una hoja que recuerda
cada paso de una persona,
que, de manera lenta y pausada,
dibuja cada trazo,
cada camino que me propuse para ti.
Una vieja de tu pueblo me la entregó,
mostrándome cómo, al secarse,
se quiebra y se deshace;
recordándome que la vida nace, crece y alimenta,
pero también se marchita.
Una hoja guardada como testigo,
dibujada en un trozo de tu cuero,
una obra sobre piel curtida,
muestra del pasado que se pudre lentamente.
Pero esa vieja me enseñó
que la hoja de papaya
ayuda a digerir aquello que no se sana fácilmente:
eso que simplemente se asimila,
como las palabras sin sentido
que, por más que quisieran,
no se van ni se borran.
No porque hayan sido mentira,
sino por la intencionalidad
con que fueron atiborradas de sentido,
llenas hasta el borde
de algo que nunca fue amor.
Solo eso.
De algo que fuimos:
simplemente amigos.
 
 
*Andrés Eduardo Gómez Lopera es filósofo de la Universidad Católica Luis Amigó y estudiante de Derecho en la misma institución. Nacido y residente en Bello, Antioquia, ha tenido una trayectoria diversa como seminarista y militar antes de dedicarse a la docencia. Actualmente, es profesor en varias instituciones educativas de Medellín. Su pasión por las artes, en especial la música, lo ha llevado a interpretar el violín desde los siete años. Su interés académico se centra en la filosofía deconstructivista, la posmodernidad y la metafísica moderna, con un énfasis en la relación entre ética, moral y construcción del Estado en el contexto posmoderno.

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